25 de abril de 2012

II - La danza de las sombras


Las llanuras de Tiria, salpicadas de campos de trigo y cebada, formaban un intrincado tablero de ajedrez en tonos de verdes y ocres. Por ellas avanzaba el ferrocarril mientras el sol se ponía. La mole de metal escupía humo y vapor, seguida por cinco vagones, dos de pasajeros y tres de mercancías. Esa maravilla de la mecánica era considerada uno de los mayores logros del ingenio humano. Permitía el transporte a gran velocidad por tierra, y aunque no eran tan eficaces como los aerobuses Aesir, eran más baratos de mantener. Una enorme caldera calentaba el agua y generaba el vapor que, a través de un sistema de pistones y válvulas, creaba el movimiento que se transmitía a las seis ruedas de la locomotora.
En su monótono traqueteo, la máquina silbó anunciando su paso a unas cabezas de ganado que pastaban cerca de la vía. El agudo silbido sacó a Eliel de sus ensoñaciones.




Cerró suavemente el libro que estaba leyendo y recostó la cabeza contra el asiento, mientras se daba un suave masaje en los ojos, agotados después de varias horas de lectura. Había intentado dormir, pero el continuo balanceo del vagón se lo había impedido.
Se encontraba en un compartimiento de primera clase. Dos asientos de cuero flanqueaban el reducido espacio, coronado por unas baldas portaequipajes e iluminado por una amplia ventana. Allí, aburrida tras nueve horas de viaje desde la frontera, estaba sentada ella. Sobre su delgado cuerpo, una blusa rosada de mangas acuchilladas le dejaba el hombro derecho al aire, y una falda larga de color ocre con estampados en tonos más claros la cubría hasta los tobillos, sujeta por un pañuelo anudado por delante. Hacía rato que se había quitado los zapatos para estar más cómoda, y aunque afuera el tiempo era gris y frío, como mostraba el vaho de la ventana, la calefacción daba al compartimiento una temperatura agradable.
Aún no podía concebir cómo las gentes del imperio podían usar semejante trasto para trasladarse de un lado a otro. Ella no estaba acostumbrada a viajar, pero no había tenido opción.
El tren comenzó a girar hacia el Sur, siguiendo el trazado del gran río Tir, el más largo y caudaloso que se conocía. Su anchura era impresionante. Mientras el sol iba describiendo poco a poco sus últimas horas de recorrido, el caudal se fue ensanchando. Algunas casas se divisaban al otro lado. Eran los primeros signos de la cercana capital de aquel orgulloso imperio de los humanos.
Eliel se puso en pie para ver mejor el gran espectáculo de las tres grandes compuertas que embalsaban toda aquella agua y regulaban el caudal del río. Eran unos enormes muros de metal que sobresalían casi quince metros del agua, entre gigantescos muros de piedra. El tren se metió por un túnel a través de uno de ellos y cuando salió, la doalfar abrió unos ojos como platos ante el espectáculo. Dos caudalosas cascadas evacuaban agua de dos de las tres compuertas, precipitándose a un lago que se ramificaba en incontables canales que vertebraban la inmensa ciudad. Finas gotitas se adherían al cristal, expulsadas por aquellos saltos de agua. La ciudad parecía no tener fin, y Eliel se sobrecogió al sentirse tan pequeña, tan ínfima, en comparación con aquel desafío arquitectónico que veían sus ojos.
¿Cuánta gente podía vivir allí? A Elielle costaba hacerse a la idea. Tal vez más de un millón de habitantes. La sola cifra la agobiaba, acostumbrada a vivir en lugares apartados y tranquilos.
Se notaban claramente los sectores en los que se dividía la ciudad, cada uno correspondiente a una terraza que se hallaba a distinta altura y que se comunicaba a través de túneles y puentes. Las vías se internaban en los sectores más altos, dividiéndose en varias trazadas que conectaban las distintas zonas de la ciudad. Los campos habían sido sustituido por ladrillo, metal y roca, que se iban iluminando con las primeras luces de aceite.
Eliel volvió a sentarse y guardó el libro en su bolsa de viaje. Parecía que por fin había llegado a su destino y eso la relajaba. No obstante, unos suaves golpes en la puerta del compartimiento la espabilaron. Eso la molestó, pues no había pegado ojo desde que estaba en ese cajón de madera y hierro que no cesaba de moverse, y se levantó irritada para deslizar la cortinilla que cubría el cristal de la puerta.
Un humano, escoltado por dos doalfar de aspecto severo y uniformados con gabardinas grises, se asomó a la puerta cuando ésta la abrió.
- Señorita Ariadne Eliel, apenas quedan veinte minutos para llegar a término. Vaya preparándose. - El humano tenía el pelo negro, ligeramente largo, y vestía casaca y pantalones verde grisáceo adornados con el escudo del colmillo del tigre, propio de los miembros de la policía de Tiria. Era un joven de modales descarados y sonrisa burlona. Había ido a su encuentro en la ciudad fronteriza de Doria con el fin de que no hubiera ningún percance en el trayecto desde allí hasta la capital. A Eliel le caía mal. No entendía cómo ese tipo podía ayudar en nada. Le ponía nerviosa el aspecto burlón que siempre mostraba. Pero a fin de cuentas tampoco tenía por qué verle mucho más. Ya llegaban a Tiria, y pediría a sus escoltas que invitaran al señor Siril a marcharse e informar a su superior de su llegada.
- Muchísimas gracias. Su cornpañía y ayuda han sido inestimables - dijo en tono cortés y amable.
- Perrnítame ayudarla con su equipaje. - Siril entró en el compartimiento.
- No hace falta, corno usted ha dicho, aún quedan veinte minutos. -Eliel retrocedió ante la cercanía de aquel humano. Quería evitar el menor contacto físico con los humanos, aunque iba a ser una tarea imposible en una ciudad repleta de ellos.
Uno de los escoltas entró en el compartimiento y sujetó a Siril por el hombro.
- La señorita no le ha dado permiso para entrar.
- He dicho que quedan veinte minutos para llegar a la estación de Tiria. Pero nosotros nos apearnos aquí.
En ese momento Siril le propinó un golpe seco al escolta en el cuello que lo dejó sin respiración y de rodillas. Su cornpaúero desenvainó el sable que portaba al cinto y amagó una estocada que fue detenida por una fuerte patada en la cara. Los dos escoltas yacían en el suelo, inconscientes. Siril se volvió justo a tiempo para ver cómo la sombra de Eliel desaparecía por el pasillo del vagón. La joven había aprovechado la confusión para escabullirse por la puerta sin que Siril se percatara.
- ¡Maldita sea! ¡No me lo pongas difícil!
En aquel vagón no había nadie más. Siril se había ocupado de que no hubiera más viajeros para que nadie molestara a la invitada de la Santa Orden. Pero en realidad lo que quería era no tener testigos. Eliel se maldijo a sí misma. ¿Cómo había podido ser tan ingenua? Si aquel viaje era secreto, tendría que haber desconfiado de un guardia de Tiria que sabía demasiado.
Eliel avanzó asustada hasta la puerta que daba paso al siguiente vagón, pero estaba atrancada. Su corazón latía violentamente y le costaba respirar debido al miedo. Dio un empujón a la puerta para forzarla. Fue inútil. Se volvió dispuesta a regresar sobre sus pasos, pero no era una opción, ya que Siril avanzaba lentamente sonriendo por el pasillo. Se detuvo a pocos pasos de ella.
- Lo siento, cariño. Ahora sé buena y ven conmigo.
Eliel estaba acorralada. La sonrisa de aquel hombre le inspiraba más miedo que lo que le pudiera hacer. Era extraño, pero su gesto burlón y siniestro le producía un terror no natural. La puerta no se podía abrir y Siril le cerraba el paso hacia el otro vagón, aunque seguramente también se había ocupado de atrancada. Sólo quedaba otra puerta. A su derecha estaba la de acceso al vagón. Una placa metálica avisaba de que no se abriera a no ser que el tren estuviera detenido. A través de la ven tan a se podía ver cómo discurría veloz el paisaje. Se volvió hacia ella y la abrió. Una fuerte corriente de aire hizo que sus ropas se agitaran violentamente.
Los postes pasaban rápidos y las casas de ladrillo y fábricas con chimeneas que escupían humo al cielo conformaban un paisaje muy distinto a los campos por los que habían pasado antes. La línea férrea se había adentrado en la periferia de la capital.
- No puedes escapar. ¿Qué vas a hacer? ¿Saltar? A la velocidad que vamos te matarás.
- ¡No ... no lo entiendo! ¡¿Qué quieres de mí?!
- Todo a su debido tiempo, querida ...
Un fuerte golpe producido por un raíl mal nivelado al entrar en un puente desequilibró a Eliel y no fue capaz de aferrarse al asidero de la puerta. Se vio lanzada al exterior. Siril, ágilmente, se acercó con la intención de sujetarla, pero llegó tarde. Sólo pudo contemplar cómo la doalfar caía desde una altura considerable a uno de los mayores canales del río Tir.
Siril hizo una mueca de desagrado.
¡Tsch!. .. Tantas molestias para esto. A Gebrah no le va a gustar este contratiempo.


Una fina lluvia empezaba a empapar los adoquines de las calles de la inmensa ciudad. Las casas, construidas con ladrillo y yeso en su mayoría, se agolpaban casi una encima de otra con una altura de entre cuatro y siete pisos. Más arriba, muros de piedra formaban las terrazas de otros sectores con sus casas idénticamente amontonadas, hasta casi privar al viandante de la visión del cielo. Las farolas de aceite de las calles creaban en aquella fría noche un mapa de estrellas sobre la tierra, mientras las chimeneas de los tejados tapaban las del cielo.
Sobre las oscuras y lentas aguas del canal principal, la lluvia iba distorsionando aquel perfecto espejo de la ciudad. En uno de los embarcaderos yacía un cuerpo exhausto y empapado.
- Cof, cof .. eh, horoen E, ¿Gesunh fa sunte? Cof cof, ¿Mhortya sunte?
Eliel entreabrió los ojos, totalmente desorientada. La lluvia le bañaba la cara y dificultaba su visión. De repente, un nauseabundo olor a tabaco rancio y alcohol despejó su mente. Un humano desaliñado estaba reclinado sobre ella, dándole golpecitos con un palo. Tenía la cara arrugada y unos ojos pequeños, que brillaban con un destello azulado producido por la bebida. Una rizada y blanca barba le ocultaba la cara, y su abrigo roído lo protegía del frío. Aquel humano viejo era asqueroso y, para colmo, tosía de forma espasmódica. A Eliel se le revolvió el estómago de repulsión y de miedo. Por un momento creyó que iba a vomitar. Se levantó como pudo e inició una carrera sin rumbo, alejándose de aquel sucio común.
-¿Qué demonios está pasando? ¿Qué lugar es éste? - Los suburbios de Tiria ocultaban en parte el cielo gris gracias a sus destartaladas casas de varias alturas y antiguos puentes, maltrechos en su mayoría - Que Alma me proteja.
En ese momento un agudo dolor le recorrió el pie. No se había dado cuenta, pero iba descalza y sin querer había pisado un cristal roto que le había hecho un corte en el pie. Tras esto cayó al suelo, lleno de charcos por la insistente lluvia. La herida sangrando, y el dolor se volvió más intenso. Sus ropas estaban empapadas y notaba cómo el frío de la noche se le calaba en los huesos.
Entonces se dio cuenta de lo concurrida que estaba la calle. Cientos de personas, de todo tipo, clase y raza, avanzaban con paso lento, apartándose lo justo para no pisar a la accidentada y para dedicarle una mirada de extrañeza en algunos casos. Hombres, mujeres, ancianos y niños, que seguramente no habían visto a muchos doalfar de las lejanas tierras del Este.
Eliel empezó a sentir miedo. Mucho miedo. Sus piernas ya no le respondían. Notaba que le flaqueaban las fuerzas, y su cuerpo, exhausto, empezaba a reclamar descanso. Empezó a tiritar, no sabía si de miedo, de frío o de cansancio. Poco importaba. Creía que iba a morir allí, bajo un cielo que ni siquiera podía ver, rodeada de extraños, en una sucia callejuela. No tenía fuerzas ni para llorar.
De pronto, soltó un grito. Alguien se había acercado sin que se diera cuenta y le había asido la muñeca. Era un hombre vestido con una levita y pantalones de color verde grisáceo. Llevaba una espada corta al cinto y el escudo bordado del colmillo del tigre.
- Ja kaeh sunte?
Pero no era Siril. Este hombre también tenía el pelo oscuro, pero sus ojos eran castallños y su piel morena. Llevaba el pelo un poco largo y algo desgreñado, algunos mechones de pelo le entrecubrían la mirada. Era de complexión fuerte y, pese a que estaba delgado, su ancha espalda lo evidenciaba.
Una sonrisa afable la tranquilizó lo justo para concentrarse en entender el idioma de los tirenses.
- ¿Puedo ayudarla? ¿Es extranjera?



Eliel movió la cabeza en gesto afirmativo justo antes de que sus párpados cayeran sobre sus agotados ojos y ella en un anhelado sueño.


- Me hubiera parecido muy bien que te trajeras un ligue, tal vez un amigo, o alguna vieja conocida ... Pero ¿subir a tu habitación a una desconocida? Deberías haberla llevado al cuartel, y que allí se encargaran de ella, Adriem.
- No ... lo siento, parecía muy asustada. No quería dejarla en el cuartel. Allí sólo la habrían acribillado a preguntas. Parece kresaica, así que no creo que la hubieran tratado muy bien. Lo siento, Dythjui, no es mi intención traerte problemas a tu posada.
- Eres demasiado bueno. Eso te va a traer un día problemas - dijo a modo de sentencia.
La mujer era algunos años menor que el hombre. Tenía el pelo oscuro, recogido en una coleta, adornada con curiosos brillos verdosos. Vestía una camiseta de cuello alto bastante gruesa y de color beige, combinada con unos pantalones de color granate y zapatos de cuero marrón, todo carente de bordados o detalles artesanales, la marca inconfundible de los industrializados telares de Tiria. Sus ojos grises y una complexión delgada, tal vez demasiado, remataban la curiosa estampa de la dueña de El Puente de Álsomon. Era joven, demasiado según algunos para regentar aquella pequeña posada de apenas tres pisos, contando la buhardilla, situada a la sombra del gran puente de piedra y metal del que tomaba el nombre y que unía el distrito tres con el nueve.
Adriem y Dythjui se habían sentado en una de las mesas del piso bajo, donde se servían las comidas, que era la estancia más grande de la posada, iluminados por un quinqué. A esa hora el local aún permanecía cerrado, pero no tardaría en llegar Agnes, la cocinera, para empezar a preparar la cena a los parroquianos. El lugar era sencillo: cinco mesas circulares con sillas alrededor; un suelo de madera acuchillado: un hogar, que ya estaba encendido; dos ventanales, por donde se veía caer la lluvia en ese momento y una barra para servir.
- Bien, aquí tienes, cincuenta escudos, eso cubrirá su estancia y las molestias que te pueda ocasionar - dijo Adriem deslizando un par de billetes y unas monedas por la mesa-. Creo que será más que suficiente.
- También hay que decir que tu generosidad me encanta. Pero no hace falta. Eres cliente desde hace mucho, me conformo con que sigas siendo puntual en el pago de la habitación. -Y deslizó de nuevo las monedas de vuelta hacia Adriem.
- De acuerdo, de acuerdo. - Sonrió agradecido, y se levantó de la silla-. Tengo que irme, Makien me está cubriendo el puesto, y ya le debo un favor. Más vale que vuelva a patrullar. Volveré para la cena.
- Vale, pero ¿qué haré si despierta?
- Mmmm ¿sabes hablar doalí?
- No, pues claro que no, ¿acaso tú sabes?
Adriem se giró y le dedicó una sonrisa para luego salir de la estancia. Se medio tropezó con Agnes, que entraba en ese momento. Le dirigió una breve disculpa y siguió su camino.
- Si las casualidades no existen, si todo tiene que estar atado a un plan ¿qué es esto? -dijo Dythjui.
- ¿El qué, Dythjui? -preguntó la recién llegada mientras sacudía el paraguas. Agnes era una humana de unos cincuenta años, aunque ella nunca había dicho su edad. Tenía el pelo cobrizo, ondulado y no muy largo. Unos pequeños ojos oscuros, enmarcados por las arrugas propias de una persona acostumbrada a sonreír, miraban tras unas pequeñas gafas redondas de montura dorada.
- Nada, Agnes - dijo mientras se levantaba de la silla - Como siempre, Adriem y su manía de dejar las frases a mitad.
- Ese muchacho siempre va con prisas. Aún me acuerdo de cuando tuvo que volver corriendo del trabajo porque le sentó mal el guiso que preparé. ¡Y no fue porque estuviera malo! - dijo con orgullo - Sino porque se lo comió en apenas cinco minutos porque tenía prisa.
Dythjui no pudo evitar reírse al recordar el aspecto tan pálido que tenía Adriem aquella vez. No pudo comer nada en dos días. Lo tuvo a base de sopas.
- Tienes razón. Tuve que cuidarle porque no quería ir a ver al doctor. Es como un niño.
- Lo que pasa es que trabaja demasiado. Debería dedicarse un poco de tiempo. -Agnes se enfundó el delantal que tenía guardado detrás de la barra-. Esta noche creo que voy a preparar unas buenas tortillas.
- Eso suena muy bien.

Sobre una de las colinas que había entre los canales del río Tira su paso por la ciudad se encontraba la Torre del Reloj, uno de los edificios más altos de la capital. Construido hacía doscientos años, se había edificado en conmemoración de la conquista de las provincias occidentales
de Nilia y Kriss y, mucho antes, el lugar donde se firmó la paz tras la Gran Guerra que aconteció quinientos años atrás. Era un edificio de base octogonal de más de setenta y cinco metros de altura, dividido en quince plantas y culminado en un tejado puntiagudo. Bajo éste, cuatro enormes relojes, uno mirando a cada punto cardinal, señalaban con extraordinaria precisión la hora, flanqueados por elaboradas gárgolas retorcidas sobre la grisácea piedra. El antiguo sector dos, donde se hallaba esta construcción, pertenecía a una de las terrazas superiores, de estrechas callejuelas y casas muy antiguas.
Desde el campanario, situado sobre los relojes, se podía observar de forma privilegiada la capacidad de los hombres para dominar el terreno. La ciudad, majestuosa e intrincada, se ocultaba entre el humo y la niebla. Sentado sobre el balaustre de uno de los ventanales, un doalfar de pelo castaño y desarreglado contemplaba la ciudad. Vestía una gabardina oscura, algo raída, sobre una camisa abotonada hasta el cuello y pantalones de cuero, rematados con unas botas altas. El vaho de su respiración salía de su boca condensado por el frío. Pero su mirada estaba yendo más allá de la ciudad, quería ver a placer algo que sólo él sabía.
Se giró poco a poco ante la silenciosa visita. Había acabado acostumbrándose, pero nunca dejaba de gustarle que alguien penetrara en su soledad sin llamar a la puerta.
- Supongo que no traes buenas noticias.
Siril se hallaba rodeado por la inmensa maquinaria de los relojes, como amparado por las sombras que proyectaban las enormes ruedas dentadas. Su gesto era el de siempre, como si se estuviera riendo de un chiste muy personal. Avanzó hacia la claridad sin hacer el menor ruido y sin emitir vaho al respirar. Daba la sensación de que no estuviera allí.
- Digamos que la suerte ha jugado en nuestra contra - comentó, sacando una baraja de cartas de Mahoc de la manga - No hemos tenido buena mano - Las giró mostrando una jugada pésima, dos más cuatro, uno más uno y ninguna base.
- Deja de hacer trucos de tahúr. Tenemos que encontrarla. Siril hizo desaparecer la baraja, a la vez que su forma se iba deformando hasta convertirse en una joven de intensos ojos azules vestida de bufón, pero, en vez de vivos colores, su ropa era de color negro, salvo por unos rombos azules. Tenía el pelo de color añil y era de estatura más bien baja. Dos divertidos cascabeles tintineaban colgados de su gorro.
- Eres un aburrido - dijo con cara apenada, subrayada por el maquillaje azul oscuro que adornaba sus labios y sus ojos.
- Por lo menos sabrás dónde está.
- No, la verdad es que no -dijo con una enorme sonrisa que mostró sus característicos caninos.
- Pues no se qué haces aquí en vez de estar buscándola.
- No te impacientes, Zir-Idaraan, no tienes por qué preocuparte. - En ese momento, como si formaran parte de las mismísimas sombras, varios pares de ojos azules brillaron - Ninguna ciudad tiene secretos para mí.


Eliel abrió los ojos lentamente. Pensó que empezaba a ser una molestia no saber dónde iba a despertar. La habitación se hallaba en sombras. Las siluetas de una cómoda y un pequeño escritorio se perfilaban contra la pared, iluminados débilmente por la tenue luz de la luna llena, que se abría paso fugazmente entre las nubes. Estaba vestida con un camisón que no era suyo, pues le venía un poco estrecho a la altura del pecho y de las caderas, y su pie herido estaba vendado.
¿Qué había pasado? Aquel hombre la había ayudado. Era de la guardia de aquella extraña ciudad oscura, vestía igual que Siril.
Se levantó poco a poco y miró por la ventana. Enfrente de la ventana se podía distinguir una acacia y una enorme cisterna de agua. Más allá brillaban las luces de las casas. Los adoquines reflejaban, debido a la reciente lluvia, la luz de las farolas. Un transeúnte, encogido como para protegerse del frío, caminaba a paso rápido.
En ese momento, a su espalda, se abrió la puerta.
- Vaya ... veo que te has despertado.
Dythjui se hallaba en el marco de la puerta, iluminada por la luz que venía del pasillo. Vestía una camisola que le llegaba hasta las rodillas y unos pantalones grises.
- Yo ... s ... sí, acabo de levantarme -respondió Eliel, esforzándose en hablar un buen tírico.
-Vaya, sabes hablar mi idioma. Menos mal, si no, no sabría cómo decirte las cosas. Me quitas un gran peso de encima. - Dicho esto, entró en la habitación con una sábanas limpias-. ¿Qué tal te encuentras? Si quieres comer algo, dímelo. Por esta vez invita la casa.
Eliel se encontraba desconcertada por la arrolladora presencia de Dythjui. ¿Qué clase de confianzas se estaba tomando esa humana? No sabía por qué, pero veía algo extrañamente familiar en ella.
-¿Dó ... dónde estoy? -dijo intentando dejar a un lado sus prejuicios. A fin de cuentas esa muchacha sólo pretendía ser amable.
-¿Que dónde estás? Cariño, estás en la famosísima posada de El Puente de Álsomon. La más conocida y respetada del sector cinco.
-¿En ... en serio?
- No, pero como publicidad no está mal, ¿eh?
No sabía cómo tomarse a esa chiquilla humana. ¿Le estaba tomando el pelo?
- Tienes suerte de que te encontrara Adriem. Si no, a estas alturas estarías rellenando papeles en la comisaría y respondiendo a muchas preguntas. Aquí si no eres ciudadana, te ponen las cosas muy difíciles.
-¿Se llama Adriem el hombre que me ayudó?
- Sí. Adriem Karid, teniente de la Guardia del Colmillo de la ciudad de Tiria. Originario de Puerto Victoria, veintitrés años y soltero. Un gran partido según muchas mujeres, pero es una lástima que sea tan tímido. Y un inquilino de esta posada desde hace tres años. ¿Deseas saber algo más?
- N ... no, no. - Eliel se ruborizó ante las muchas confianzas que se tomaba aquella desconocida humana.
Dythjui se sentó en la cama y encendió el quinqué de la mesita.
- Pero he sido muy descortés, no me he presentado. Mi nombre es Dythjui Lezard.
- Yo me llamo Ariadne Eliel Van Desta.
- Jeje... ¿te importa si te llamo Eliel?
- No... no me importa. - «Total, una concesión más…»
- ¿Y Eli?
- Sí, sí me importa. - Tampoco era para darle tanta familiaridad.
En ese momento el estómago de Eliel decidió hablar por ella, demandando atención. Dythjui soltó una risa.
- Vístete y baja. Te daré algo de cenar.
Eliel se volvió a ruborizar y agachó la cabeza, en muda afirmación. Menuda vergüenza mostrar así sus necesidades y delante de una humana. Pero a fin de cuentas ella se lo había tomado como mucha naturalidad. Los humanos eran así de... vulgares.


- Mierda, aquí se pierde el rastro.
- Eh, chiquilla, ¿te has perdido? -Makien se acercó - ¿Vas a alguna fiesta de disfraces? - Aquella jovencita vestida de bufón se había quedado en mitad de la calle, y qué raro, parecía que olfateara el aire. No sabía qué pensar, era muy extraña, pero lo que más le llamaba la ℅ era que la gente, sin motivo alguno, se apartaba de ella. Al acercarse entendió por qué, pues una desagradable sensación empezó a recorrerle el cuerpo.
Pero él debía cumplir con su deber y una simple sensación no era excusa para no hacerlo. Era un hombre de mediana estatura, con el pelo corto y rubio, y de facciones duras. Bastante robusto, como todos los del Oeste.
- No exactamente. Más bien he perdido a alguien, pero seguro que tú me puedes ayudar
- Bueno... ése es mi trabajo.
En ese momento la chiquilla se puso de puntillas, posó sus manos sobre las sienes de Makien y lo miró intensamente a los ojos.
- ¿Dónde está? Dímelo. Tú sabes dónde está ella.


-¡Zeilodita Melizze, zeilodita Melizzel - Una chiquilla mawler avanzaba de forma atolondrada por los pasillos encerados de la Catedral de las Luces. Las columnas se perdían en las lejanas bóvedas y las elaboradas vidrieras hacían honor al nombre de la catedral. Estatuas de antiguos y famosos sacerdotes y sacerdotisas observaban a los visitantes desde una posición privilegiada.
La mawler apenas tenía trece años. Vestía las ropas holgadas en blanco y azul propias de los novicios, adornadas con un estampado de la cruz aspada, signo de la Santa Orden. Tenía una sedosa cola y orejas puntiagudas, así como los ojos rasgados, rasgos felinos, muy propios de su especie. Su pelo ondulado y oscuro brincaba al compás de su frenético trote.
- Lani, te he dicho que no levantes la voz dentro de este sagrado lugar -respondió Melisse con tono de leve reprimenda.
- No seas así con la chiquilla, tú también fuiste novicia una vez. -El hombre tenía el pelo largo y moreno, recogido en una coleta larga. Aparentaba unos cuarenta años. Al igual que Melisse, vestía una túnica blanca y marrón, pero también llevaba una diadema de la cual colgaba un largo paño, con la cruz aspada bordada que, por detrás de su cabeza, le colgaba hasta casi la cintura, signo de su posición. Melisse era más joven. Tenía el pelo rubio, recogido en un elaborado moño, y unos intensos ojos azules. Aparentaba unos treinta años y era verdaderamente hermosa. Ambos se quedaron mirando a su bullicioso visitante.
- Peddona piod Dognaa.
- Prior Rognard - la corrigió amablemente el hombre.
- Ezo.
- ¿Qué quieres, Lani?
- Vedaz, dezulta que me ha enviado Sariane para que te diga que ha dezaparecido la vizita que ezperabas.
- ¿Te refieres a la novicia de los shaman?
- Zí, ezo mizmo. Han encontdado a zuz guardaespaldas inconzcientez en el dren en el que venía.
- Eso es grave -dijo Rognard.
- ¿Crees que se trata de un secuestro? ¿Qué interés puede tener una simple novicia?
- No lo sé. Tal vez sea alguien interesado en que nuestra difícil, pero pacífica, relación con los shamanes se rompa.
- No entiendo nada - apuntó Lani rascándose la cabeza.
- Es importante encontrarla antes de que el asunto trascienda - sentenció Melisse. Dio media vuelta y se alejó con paso acelerado por el pasillo, seguida, a marchas forzadas, por Lani.
Mientras, Rognard se quedó en silencio, mirando cómo se iba la que hasta hacía poco había sido su aprendiza. Había llegado muy lejos, ya era priora. Siempre había estado muy orgulloso de su determinación. Pero su gesto de repente se convirtió en una mueca de preocupación.
Esperaba que no estuviera relacionado con los libros que había venido a buscar aquella novicia. Si era así, quería decir que podía haber más gente al tanto de lo de Nara, y eso lo preocupaba.


Adriem había vuelto a su zona, pero no había dado con Makien. Tenía que encontrarlo, ya no hacía falta que lo cubriera, pero llevaba una hora dando vueltas por las calles de la zona oeste del sector seis y no lo veía. Se había cruzado con varios compañeros, pero ninguno lo había podido ayudar.
- Karid, te estaba buscando. -Adriem pegó un salto, asustado por la voz que repentinamente le había llamado por la espalda. Se giró.
- Makien, me has asustado. ¿Dónde te habías metido? Bueno da igual - dijo recuperando la compostura - ya está todo arreglado, la chica está bien, ya no hace falta que me cubras. Te debo una.
- De eso mismo te quería hablar. Han denunciado la desaparición de la doalfar. Sería mejor ir a por ella y llevarla a comisaría.
Adriem se quedó perplejo, pero después de unos segundos volvió a hablar.
- Comprendo.
- Vamos a donde la hayas dejado. Yo te ayudaré.
- Sí, claro.
Adriem se dirigió con paso decidido a través de las callejuelas de aquel sector casi abandonado. Hacía algún tiempo, el sector seis fue muy próspero y daba trabajo a cientos de familias, pero la apertura de los nuevos sectores industriales más allá de las antiguas murallas, el once y el catorce, habían sumido la zona en el declive, palpable por la cantidad de edificios en ruinas y vagabundos.
Bajaban por un callejón solitario, cuando Adriem preguntó:
- Tengo una duda, Makien. ¿Quién te ha dicho que era una doalfar? Yo no se lo he dicho a nadie.
- Eh ... ¿No? ¿Estás seguro?
- Pues claro que sí. ¿Alguien me ha visto?
En ese momento, el siseo de una espada corta al desenvainarse hizo que Adriem se girara al instante, espada en ristre. El sonido metálico que produjeron las dos espadas al cruzarse resonó en el solitario callejón.
- Es una lástima, Karid, hoy no es tu día de suerte.
Adriem encajó la guarda de su sable sobre la hoja de Makien y la hizo resbalar, apartando el arma hacia un lado y aprovechando el movimiento para dar un par de largos pasos hacia atrás.
- ¡¿A qué viene esto, Makien?! ¡¿Qué te crees que estás haciendo?!
- ¡Dime dónde está la doalfar y no pasará nada!
- No ... , no pienso decírtelo. -Entornó la mirada y se fijó en los gestos del que creía su compañero. Algo no le cuadraba. La forma de moverse, sus gestos, algo no estaba bien.
- ¿Quién eres? Te pareces mucho a Makien, pero no eres él.
- Ju,ju,ju ... -Su cara se deformó en una desquiciada sonrisa-. Vaya, es muy observador, no está mal -dijo acercándose poco a poco, mientras Adriem daba pequeños pasos hacia atrás manteniendo la distancia sin bajar la guardia, apuntando con su espada a la garganta de su adversario.
En ese momento la figura de Makien empezó a deformarse como si de un espejismo se tratara, adquiriendo la forma de un bufón. ldmíliris miró fijamente con sus intensos ojos azules a un impresionado Adriem.
- ¿Qué...  qué demonios?
- No anda descaminado - dijo con una amplia sonrisa - Soy Idmíliris, la maestra de las marionetas. - se presentó con cierta pomposidad.
- ¿Qué quieres? - La expresión de asombro de Adriem se truncó en una de alerta. Notaba cómo sus músculos se tensaban involuntariamente. Su cuerpo empezaba a percibir un peligro que su mente se negaba a creer. No podía ser cierto lo que acababan de ver sus ojos.
- Es usted una persona muy curiosa, Karid. Había llamado a mis niñas con la única intención de asustarlo y hacerle entrar en razón, pero creo que va a ser más divertido cazarlo. No os preocupéis pequeñas, nos lo vamos a pasar bien - Las marionetas se movían nerviosas, esperando las órdenes de su ama - Muy bien. ¡Que empiece el baile!