2 de mayo de 2012

III - El canto de la luna llena


La noche había caído, y la luna aparecía radiante a través de los ventanales del comedor de la posada. Poca gente quedaba, puesto que la mayoría se había ido a dormir. Agnes se había marchado, y Dythjui acababa de recoger los platos. Dejó los últimos en el escurridor y se acercó a la mesa donde cenaba una meditabunda Eliel. Dythjui llevaba un vestido negro, algo ceñido por la cintura, con un delantal blanco encima. Eliel se había vuelto a poner sus ropas, que se habían secado ya al calor de la chimenea, y unos zapatos que la joven casera le había prestado.
- Casi no has comido y eso que parecía que tuvieras hambre - dijo sentándose en la mesa -. ¿No está bueno?
- No es eso, lo siento, es que estoy preocupada. Me deben de estar buscando, pero ese hombre... - Eliel se encogió, aun veía la sonrisa de Siril cuando cerraba los ojos. El miedo a sentirse acorralada, sola, perdida, la caída del puente... Todo se había quedado grabado a fuego en su memoria.
- ¿Hombre?
- Sí... yo... esto... - Se quedó callada. Pero ¿qué hacía? ¿Por qué tanta confianza con esa humana? Porque se sentía sola - Verás... - las palabras se le atragantaban por los recuerdos -, yo venía aquí para recoger unos libros...
Y Eliel, tal vez por sentirse aliviada, contó su historia a aquella humana. Si sus amigos la hubieran visto intimando con una común se habrían reído de ella. Pero necesitaba que la escuchara alguien, y Dythjui la había tratado muy bien. Sin duda mejor de lo que ella habría hecho nunca a una común y se sentía un poco culpable por ello.




Un tren estaba detenido en la estación mientras varios guardias examinaban minuciosamente el vagón donde la novicia shaman había desaparecido. Los dos doalfar que la habían acompañado como guardaespaldas estaban ayudándolos gracias al apoyo de un improvisado intérprete, ya que ninguno de los dos hablaba tírico. Melisse, acompañada de un novicio humano de pelo largo y oscuro, y ojos castaños, hablaba con el capitán de la guardia.
-¿Y a tienen alguna pista?
- No, señora priora, lamento decirle que es como si aquel hombre no pisara el suelo. Ni una huella, ni una pista. Hacemos todo lo que podemos, pero está siendo más complicado de lo que esperábamos. Le ruego un poco de paciencia - El capitán vestía, al igual que sus hombres, levita y pantalones, pero con el bordado del colmillo plateado y un par de líneas negras en su hombro derecho que le correspondía por rango. Era un humano de mediana edad, con unas pronunciadas entradas y canas en los aladares. Un bigote corto perfilaba sus finos labios, enmarcados en un rostro anguloso y algo severo.
- Creo que no es necesario que señale la importancia de que esta desaparición o secuestro quede resuelto cuanto antes.
- Somos conscientes de ello, señora priora. Sepa que tengo a casi todos mis hombres trabajando en el caso. La guardia del sector cuatro está a su entera disposición.
- Así lo espero capitán. No me gustaría tener que trasladar la denuncia a la Delegación de Asuntos Exteriores, entonces tendría que pasar este asunto a manos del ejército y ni usted ni yo lo queremos.
- No hará falta. - El capitán hizo una profunda reverencia para despedir a la priora.
Melisse se alejó con el novicio, dejando solo al capitán con la amenaza de trasladar el caso.
- ¿Era necesaria la amenaza, priora? - preguntó el joven que la acompañaba.
- A veces, para que sean eficientes, hay que asustarlos un poco. Y no hay nada que le dé más miedo a la Guardia de Tiria que quedar en ridículo frente al Ejército Imperial. Ya sabes de su rivalidad y problemas de competencias.
De repente, Melisse se quedó callada y meditabunda. - ¿Priora?
- ¿Has notado eso?
- ¿El qué, señora?
- Vamos a la calesa. Hay que ir al Sur. -Y echó a correr sin casi esperar al novicio.



Una de aquellas bestias le propinó un zarpazo a Adriem en el brazo, justo antes de que la espada corta de éste penetrara en su estómago, gracias a un quiebro y una estocada certera. La sombra se retorció y explotó en una nube negra que se dispersó en el aire.
En su desesperada carrera había entrado en una de las naves abandonadas del sector. La chatarra se amontonaba entre aquellos muros de ladrillo derruidos, y las goteras del destartalado techo creaban enormes charcos en el suelo de adoquines.
Aún se estaba recuperando de la herida infligida cuando dos criaturas más le cerraron el camino. Reían como las hienas del desierto pese a que no tenían boca, dando nerviosos brincos de un lado a otro. Adriem jadeaba pesadamente. Le costaba mantenerse en pie y su vista se nublaba por momentos debido al gran esfuerzo que había supuesto la carrera. El sudor le bañaba el cuerpo y brillaba bajo la tenue luz de la luna, que penetraba a través de las cristaleras rotas de aquella antigua nave industrial. En su desesperada huida había perdido la orientación. Diversos cortes y heridas, por suerte ninguna de gravedad, cubrían su cuerpo. Había perdido la cuenta de cuántos seres había abatido. ¿Cinco, tal vez siete? ¿Y qué más daba? Lo único importante es que parecían no acabar. Tomó aire y aferró su espada de una mano. Notó que una herida de la cabeza le sangraba gracias un reguero caliente le bajaba por la mejilla. Pestañeó para aclarar la vista, justo a tiempo para ver que ambas criaturas se le echaban encima.
En un rápido movimiento retrocedió y extendió el brazo, atravesando el cuerpo de una de las sombras. Cambió de posición y dio un giro con el cuerpo trazando un arco. La espada se partió por la mitad y penetró en el costado de su compañera. Ambas se deshicieron como las anteriores, sin dejar rastro, mientras el trozo partido de hoja caía sobre el suelo de adoquines despedido a varios metros.
Su cuerpo ya estaba sin fuerzas y ese último esfuerzo lo debilitó aún más. Las heridas no le dolían, su cuerpo se estaba anestesiando poco a poco. Empezaba a costarle pensar con claridad. Los oídos se le estaban taponando y sus ojos no conseguían enfocar bien mientras un involuntario temblor en una de las piernas amenazaba con derribarlo al suelo. ¿Por qué tenía que pasar por esa angustia?
- Señor Karid, no haga esfuerzos inútiles. Se va a matar - ironizó - Veo que mis niñas han hecho bien su trabajo y apenas puede mantenerse en pie. Cada herida que sufra le va drenando el éter de su cuerpo  y adormeciendo poco a poco.
Adriem levantó lentamente la cabeza, percatándose de que aquella chiquilla, o lo que fuera, estaba sentada en una viga del techo, rodeada de tres criaturas más.
- ¡Maldita seas! ¡¿Te crees muy valiente usando esos bichos?! - Un dolor muy fuerte le punzó la sien.
- Valiente no. Tal vez inteligente. - torció el gesto, ofendida, por la afirmación - Yo no creo en el honor ni en chorradas por el estilo. Si tienes una ventaja y no la usas, eres un estúpido.
Adriem agachó la cabeza y apretó los dientes, desesperado. Allí no había nadie para ayudarlo. Estaba solo. Iba a morir... pero tal vez tenía una oportunidad.
- Tienes razón ¡Ésta es mi ventaja! - Apoyó la punta de la espada sobre su pecho-. Déjame ir, o me quitaré la vida, y no sabrás dónde está ella.
La chiquilla se quedó callada durante unos instantes con cara de incredulidad, para luego soltar una sonora carcajada.
- Ja,ja,ja,ja. Vaya farol, señor Karid. Debería de esforzarse más, ¿No cree?
- ¿Segura qué lo es? - Adriem sonrió. Estaba decidido
- Estoy acostumbrada a jugar. Y lo que usted está diciendo es un farol muy poco creíble. ¿Va a matarse por esa cría? ¿Va a poner fin a su vida por alguien que no sabe si merece la pena tan siquiera? ¡Que poco creíble! Parece ser una de esas personas que aprecian y valoran la vida, ¿me equivoco?
Adriem volvió a agachar la cabeza. Ella tenía razón. No iba a ser capaz de quitarse la vida. Retiró la espada de su pecho y volvió a mirar hacia arriba, sólo para ver que ella estaba delante de él.
Una fortísima patada impactó en su cara, derribándolo. La espada salió dando vueltas por el aire. El cuerpo de Adriem yacía derrotado en el suelo. Idmíliris se acercó a él y lo cogió por el cuello.
- ¿Sabe una cosa, señor Karid? Mi paciencia se está agotando. Va usted a decirme dónde está, de lo contrario haré realidad su farol. Y créame que, aun sin su ayuda, la encontraré.
¿Ya está? ¿Así se acababa su historia? Adriem no se lo podía creer. Era tan triste morir en un lugar abandonado... Para cuando lo encontraran, las ratas se lo habrían comido. Una vida gris, carente de esperanza, iba a acabar de forma más patética si cabía.
Adriem se quedó solo en la penumbra. En silencio. Su cuerpo no respondía, su mente tampoco. El eco de las goteras del destartalado techo se fue alejando al igual que el dolor. Sus ojos se nublaron, mientras la luna llena se difuminaba ante él producto de la inconsciencia. Luego sólo hubo oscuridad. Sus pensamientos se quedaron en blanco. Y una voz le susurró al oído una canción.

La dama busca.
El caballero se desata.
 
Él busca en los brazos de la princesa el consuelo. 
El destino los traiciona.
 
La época de decidir se acerca.

La dama busca.

El caballero se desata.

El elegido para rebelarse contra el destino duda. 
Él puede destruir lo que conocemos.

Pero puede salvar nuestro sueño.



Los prados se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Los árboles empezaban a mostrar los primeros brotes con la llegada de la primavera, que aquel año se había adelantado. Un sacerdote de la Santa Orden, vestido con una blanca túnica ceremonial con complejos bordados en negro, cerraba un libro, dando por finalizado el entierro. Dio el pésame a los presentes, en especial a un hombre y a su hijo.
El hombre era alto y delgado, y había mostrado una entereza envidiable en aquellos aciagos momentos. Gastaba un cuidado bigote cano y el pelo largo, peinado hacia atrás, hasta los hombros. El niño, de pelo moreno y revuelto, apenas tendría once años. Aceptó el pésame del sacerdote para momentos después salir corriendo, lejos del cementerio.
- Discúlpelo padre. Hágase cargo de que esto es muy duro para él.
- No tiene de qué disculparse. Todos estamos pasando malos momentos, era muy querida por el barrio y ha sido un final triste. Pero tenemos que aceptar lo que Alma nos da. Y de la misma forma, lo que dolorosamente nos quita.
- Pero no es fácil, padre. No es fácil aceptarlo después de lo que he visto en mi vida - dijo el hombre, con los ojos empañados en lágrimas conteniendo el llanto
- Nunca lo es. - dijo el sacerdote asumiendo las palabras como una expresión de dolor más que el significado que contenían.
El chico se sentó en una piedra del camino, no muy lejos del cementerio, del cual aún se podía divisar los muros de piedra en la distancia. Tenía la mirada triste, clavada en la tierra, donde las hojas de hierba eran mecidas por la suave brisa. Alguien se acercó lentamente. Era una niña mawler, algo más pequeña que él que se sentó a su lado, en completo silencio.
Así paso un largo rato en el que lo único que se oyó fue el rumor del viento al mecer los campos de hierba, hasta que el chico abrió la boca, reseca, y dijo:
- Esmail, yo algún día seré...


La bufona se disponía a dar el golpe de gracia a Adriem. Había caído inconsciente y era obvio que no iba a decirle nada. Era un chico guapo, y su nobleza era difícil de encontrar en los tiempos que corrían. Eso la ponía enferma. Se preparó para darle un fuerte golpe en la caja torácica. Le aplastaría las costillas y éstas se encargarían de rasgarle los pulmones y el corazón. «Los humanos son así de frágiles y patéticos» Se relamió los labios disfrutando del momento y lanzó el puño. Pero no fue capaz de rematar el golpe; una secuencia de símbolos dibujados en el suelo entrelazados por líneas de color azul brillaron, y al instante un indescriptible dolor recorrió su cuerpo, haciéndole hincar las rodillas en el suelo con un angustioso alarido.
ldmíliris advirtió con horror que un conjuro de magia sacra la envolvía. Alguien estaba intentando purificar ese lugar y su cuerpo reaccionaba violentamente. Se volvió en dirección a las dos presencias que estaban a la entrada de la nave, probablemente responsables de su dolor. Agudizó la vista y pudo distinguir con claridad en aquella oscuridad los hábitos blancos de dos sacerdotes de la Santa Orden.
- ¡Alto! - dijo la mujer sobre la que aún flotaban algunos símbolos alrededor, evidenciando que había sido ella quien había lanzado el conjuro.
Esa mujer era muy fuerte. Podía sentirlo. Así que aquel humano había tenido suerte esa noche. Idmíliris no podía enfrentarse a aquellos dos sacerdotes a la vez, ya que había gastado mucho de su éter, su energía, persiguiendo al escurridizo guardia. Era un riesgo innecesario en aquel momento, pues tenía más que perder. Lanzó una mirada de odio a los dos que le habían interrumpido su fiesta, gruñendo y enseñádoles los colmillos como si fuera la amenaza de un gato. Antes de que pudieran reaccionar dio un par de increíbles saltos huyó por una de las ventanas del piso de arriba.
El joven novicio intentó seguir el rastro de aquel ser, pero su maestra se lo prohibió. Melisse sabía que era más urgente ayudar a aquel guardia malherido, y dejar que su alumno siguiera a esa criatura era poner en peligro su vida. Fuera lo que fuese, había sido capaz de salir con vida de un conjuro de purificación extremadamente potente.
- Parece que está recuperando el conocimiento.
Adriem empezó a percibir que había alguien cerca de él. Poco a poco fue abriendo los ojos, y ante él vio a los dos sacerdotes de la Santa Orden. Uno debía de ser un iniciado, a juzgar por sus ropas blancas y verdes. Un hombre de aproximadamente su misma edad. La otra debía de ser de más rango, priora seguramente, y estaba de rodillas a su lado, con las manos sobre su frente. Era esta última la que había hablado.
- Renald, ven, ayúdame a levantarlo. No se preocupe, señor, sentirá algún mareo, pero ya está bien.
Efectivamente. Al levantarse, Adriem vio que todo le daba vueltas. Pero poco a poco, las náuseas y el mareo empezaron a remitir.
- Está un poco pálido, priora Melisse.
- Es normal. Su cuerpo ha consumido mucha energía con la curación. Lo único que hacemos con nuestras runas es acelerar el ritmo de su propio cuerpo, no lo olvides, y siempre piden algo a cambio.
- ¿Qué ha pasado? - dijo Adriem con voz apagada.
- Será mejor que nos lo diga usted. Acudimos aquí después de detectar una gran distorsión mágica. ¿Con qué se ha encontrado usted? Esto estaba lleno de restos magia de oscuridad.


- La verdad es que resulta increíble de explicar. Hasta a mí me cuesta creerlo...
- Y así te encontraste con Adriem. -Dythjui había escuchado el relato de Eliel sin pestañear y sin una sola interrupción.
- Sí, así fue. No sé qué puede querer ese hombre de mí. Si estuviera en Kresaar lo entendería. Mi familia es noble y podrían pagar un rescate. Pero ¿aquí, en el Imperio? Se me hace difícil imaginar un motivo.
Dythjui reflexionó. Tras unos instantes miró a Eliel y posó enérgicamente sus manos sobre los hombros de ella.
- ¡Bueno, si Alma te ha traído hasta aquí, por algo será!
- Pero yo no quiero causarte problemas. Si me encuentran aquí, podría ponerte en un compromiso.
- No te preocupes. ¿Qué le vamos a hacer? Yo no pienso tirarte a la calle, así que intentemos pensar de la forma más positiva posible. ¿De acuerdo?
- De..., de acuerdo.
En esos instantes, la puerta del local se abrió, provocando un buen sobresalto en las dos mujeres. Adriem, no sin esfuerzo, pues aún estaba débil, entró en la estancia, seguido de Melisse. Eljoven se quedó en la puerta, vigilante.
- Alma nos guarde y nos proteja. Que nuestros lazos nos guíen a ella - dijo la priora en un perfecto doalí, alzando los brazos y mirando a Eliel. Ésta se levantó inmediatamente de la silla e imitó el gesto.
- Que la sabiduría una a nuestras gentes en nuestro camino hacia Madre - respondió en tírico.
- Novicia Ariadne Eliel Van Desta, del templo de Nara, me alegro de encontraros sana y salva. Soy la priora Melisse Enerdel de la Catedral de las Luces.
- Es con vos con quien me debía encontrar. - Una amplia sonrisa de alivio se dibujó en la cara de Eliel.
- Tiene una bonita sonrisa, ¿no crees? - dijo en voz baja Dythjui a Adriem, al cual se había acercado para servirle de apoyo- . ¿Qué te ha pasado para que estés así de agotado?
-Supongo que las respuestas vendrán ahora. - Se dejó caer en una silla y lanzó un suspiro de alivio. Aunque habían ido en calesa, el viaje se le había hecho eterno. Su cuerpo demandaba sueño. Le costaba mantener los ojos abiertos -. Aunque no sé si quiero oírlas.


El reloj de péndulo que había en el comedor daba las tres de la mañana. El novicio había acabado por pasar y sentarse a tomar un chocolate caliente que Dythjui le había preparado. Dos horas fuera, con la helada que empezaba a caer y la lluvia hacían que le tiritaran hasta los huesos. Mientras, Melisse seguía hablando con una seria Eliel, que había recuperado todo su porte de noble kresaica.
El joven guardia había acabado por quedarse dormido, cuando Dythjui se sentó a su lado y le despertó.
- Deberías ir a dormir a tu habitación. Mañana trabajas. Ya me quedaré yo despierta.
- No creo que sea correcto. En el fondo, esto me incumbe. Casi me matan esta noche, aunque quisiera no dormiría a gusto - dijo mientras se frotaba los ojos.
- Pero por lo menos descansarías algo - le susurró con una sonrisa - Además, no te estás enterando de nada.
Adriem le dirigió una mirada de enfado, pero con aquellos ojos ojerosos era imposible intimidar a la casera.
Eliel le estaba dando todos los detalles de lo ocurrido a la priora. Algo que se le hacía un poco repetitivo, puesto que se lo acababa de contar a Dythjui hacía poco. Pero Melisse tenía todo el derecho a pedir explicaciones.
Pese a todo, Eliel no podía evitar lanzar alguna mirada a Adriem. Nunca se había fijado en un común y mucho menos humano. Eran muy distintos de los doalfar, delgados y de facciones delicadas. Pero aquel humano era muy diferente. Ahora que se había quitado la levita y se había quedado con la camiseta blanca que llevaba debajo se podía ver un cuerpo bien formado, de torso bien definido y de espalda ancha casi el doble que la de cualquier doalfar. O eso le parecía. Empezaba a notársele la sombra de la barba en una cara de facciones suaves pero bien definidas y tez morena. Llevaba el pelo un poco largo y se notaba que no solía arreglarse mucho. Cada dos por tres tenía que apartarse el cabello de la cara. Necesitaba un buen corte de pelo. Tenía un atractivo extraño. No era una belleza deslumbrante, si no te fijabas no llamaba la atención, pero cuando Eliel lo miraba no podía dejar de sentir que la atraía. Esa forma de sentarse, su actitud un poco áspera y la sensación de que no solía dar importancia a nada que hiciese, daba como resultado una actitud distante que impulsaba a Eliel a querer acercarse. Se sentía un poco aturdida. Era un deseo animal y eso la molestaba. Pero no podía dejar de sentirlo. Apenas la había mirado desde que había entrado por la puerta. Seguramente pensaba que era «otra remilgada doalfar».
No se había dado cuenta, pero llevaba un buen rato observándolo y de repente él le dirigió una fugaz mirada. Sus ojos se cruzaron y Eliel volvió a la conversación con la priora. Algo se quedó grabado en su memoria. Aunque hubiera sido durante un instante, podía recordar perfectamente sus ojos. Eran intensos y oscuros, llenos de una melancolía infinita. Notó un ligero desasosiego, pero rápidamente apartó esa sensación a un lado y siguió con la conversación, que era importante.
- Señor - dijo la priora -, ¿ve usted algún inconveniente?
De golpe Adriem se sintió muy despejado y, por desgracia, desorientado. Había perdido el hilo de lo que estaban hablando la sacerdotisa y la doalfar hacía mucho y la pregunta lo pilló totalmente desprevenido.
- ¿ Có... cómo?
- Que si no es molestia que la señorita Van Desta se aloje con ustedes durante una semana. Es la mejor forma de que pase desapercibida hasta que estudiemos cómo sacarla de la ciudad sin percances. Yo pagaré su estancia.
Adriem miró a Dythjui. Antes de responder quería sa- ber la opinión de ella, que no en vano la casa era suya. La casera asintió.
- De acuerdo, puede quedarse. - Adriem se sentía mareado de sueño. Ya no aguantaba más.
Eliel y Melisse se pusieron de pie al unísono y ambas hicieron una reverencia como muestra de agradecimiento. - Intentaré ser lo menos molesta posible, muchas gracias - dijo la doalfar.
- No es necesaria tanta cortesía - dijo Dythjui sonriendo y claramente abrumada - Si lo hacemos con mucho gusto, ¿verdad Adriem?
Adriem se había quedado dormido en la silla.
- Increíble ¡¿cómo ha podido quedarse dormido de repente?!
Eliel se rió tímidamente ante aquella cómica escena que aliviaba las penurias de aquel día. Dythjui se llevó a Adriem por la escalera a su habitación, mientras Adriem insistía una y otra vez en que no hacía falta que lo ayudara.