10 de mayo de 2012

IV - Soñando con un mañana


Tener que estar allí, escondido para servir como enlace para Idmíliris, lo aburría. Llevaba ya una semana en Tiria, metido en aquel antiguo reloj, saliendo solo a la calle a primeras horas de la mañana para comprar algo de comida, sirviéndose de una capucha para taparse las orejas y no llamar la atención de nadie. Esperar... Esperar y controlar a aquella insensible criatura capaz de sacarte los intestinos mientras hacía un chiste sobre ello. Aquella noche se estaba retrasando. A lo mejor la búsqueda de alguna pista sobre la doalfar no había sido tan fructífera como ella auguraba. Tiria era una ciudad grande, llena de recovecos. Encontrar a alguien allí no era una tarea ni rápida, ni fácil.
Se puso tenso al advertir una presencia a su espalda, que no podía ser otra que la bufona. Apareció sin hacer ruido, como siempre.
- Te has retrasado treinta y cinco minutos.





La mujer sonrió.
- Es fácil saberlo, viviendo en un reloj. Debe de ser aburrido.
Zir-ldaraan intentó disimular el enfado que le produjo el comentario, pero no paso inadvertido a Idmíliris, que ensanchó su sonrisa.
- Ve al grano.
- Estoy siguiendo cualquier movimiento del guardia, un tal Adriem Karid, por lo que sé. Pero no hay muchas novedades por el momento. No hace movimientos extraños, ni he visto nada sospechoso. Tal como me dijiste estoy teniendo paciencia, aunque preferiría sacarle la información junto con sus propias entrañas.
- De esa forma sólo conseguirás mancharte las manos y perder a la única persona que sabe dónde está.
- Subestimas lo que llega a decir la gente bajo presión… y sus entrañas, claro.
Zir se quedó unos instantes pensativo.
- ¿Has probado a seguir a alguno más de la posada?
- A algunos, pero sin resultados. En la posada no puedo entrar debido a las protecciones mágicas que tiene instaladas. Son muy intensas.
- Eso me hace sospechar de la dueña. Normalmente ningún posadero blinda con runas su posada hasta ese nivel. Tal vez debieras seguirla con más atención.
- Como ordenéis, Zir-Idaraan - dijo haciendo una profunda reverencia, en la que Zir reconoció la mofa en su poco disimulada sonrisa.
Ella odiaba estar a sus órdenes tanto como Zir estar encerrado en ese reloj.
- Deja que yo me encargue de las runas de la posada. Con que pueda acercarme esta noche podré hacer algo para debilitarlas. Dentro de poco podrás ver qué hay dentro sin que te molesten. Ahora ve a vigilar, he de descansar.
- Algún día debería intentar eso de dormir, debe de ser agradable.
Zir se sentó al lado de la gran ventana desde la que se veía la ciudad, y abrió su bolsa para sacar algo de comida.
- Sabes que no puedes.
Idmíliris lo miró algo molesta. No le gustaba que le recordasen su condición. Se dio la vuelta y saltó por un hueco de la maquinaria.
Zir se volvió a quedar solo en la oscuridad, con un trozo de pan duro y algo de jamón como sus compañeros. Tanto aburrimiento le hacía pensar demasiado. Y en esos pensamientos siempre le llevaban a ella. Sophia.


- Aquí tienes, cocido de la llanura - dijo Dythjui mientras le servía un plato de barro a la hambrienta Eliel en la mesa de la cocina, ya que no podía dejar que los otros clientes la vieran - Es la especialidad de Agnes, la cocinera.
La doalfar se quedó mirando las alubias con verduras y algo de carne que nadaban en una espesa salsa. Ese plato se alejaba mucho de las ensaladas, sopas y pescados que comía en la escuela o en su casa. Los doalfar acostumbraban a comer platos muy ligeros, y ese cocido ya se le estaba haciendo pesado antes de comerlo.
- No pongas esa cara. Es el plato típico de los alrededores de Tiria. No has estado en una ciudad si no has probado su gastronomía.
- Es que no sé... parece muy... denso. - describió sin encontrar un adjetivo mejor.
- ¡Eso es energía! - dijo mientras oscilaba un dedo en señal de riña - No querrás quedarte tan poco desarrollada como yo, ¿verdad? Estás en edad de crecer - dijo señalando su escaso pecho.
- Ya tengo veintiocho años, no he de crecer más - dijo Eliel algo indignada. Esa común no tenía derecho a tratarla como a una cría.
- ¡¿Veintiocho?! ¡Válgame Alma, si creí que tendría diecisiete! - dijo Agnes, que estaba escuchando desde la despensa.
- Los doalfar son como los delven, viven muchos años, así que crecen más lentamente - dijo Dythjui, aleccionando a su cocinera.
- ¡No me compares con un delven! - dijo Eliel muy enojada.
Adriem entró en la cocina vestido con el traje de guardia. Venía del trabajo y su cara expresaba la fatiga de lo que parecía haber sido una dura mañana.
- Buenos días. Espero no llegar tarde. - Adriem miró a su alrededor y comprobó lo cargado que estaba el ambiente - ¿Se puede saber qué pasa?
- La señorita doalfar, que siente su orgullo herido - dijo Dythjui con desdén.
- Tú me has comparado con una delven. Por ese mismo hecho, en Kresaar se puede encarcelar a un común. – Eliel se cruzó de brazos levantando la barbilla en una postura muy digna.
Adriem dio un suspiro. En esa pose, la joven doalfar no podía negar su alta cuna. Pero daba igual el título que pudiera tener, en el Imperio se habían abolido hace más de doscientos años cualquier tipo de título nobiliario, así que, el ser noble, marqués o duque no era más que una preposición en el nombre si esto no iba acompañado de una gruesa cartera repleta de escudos. A fin de cuentas, en Tiria, tu posición social dependía de cuánto dinero tenías en el banco. La pobre no sabía que era vivir en esa ciudad
- Pues vas a tener que acostumbrarte – dijo Adriem mientras se servía un plato de cocido y se sentaba a la mesa – en Tíria vas a encontrarte con muchos. La provincia de Ilnoa está bien comunicada con  Tiria, así que es muy frecuente verles por esta ciudad para hacer negocios.
- Son traidores. Su reyezuelo decidió aliarse con los comunes en aquella desgraciada guerra civil. ¿Y todo para qué? ¿Para qué su reino fuera independiente de Kresaar? ¿Para no tener nunca más señores? Fíjate ahora, sólo han conseguido ser vasallos de los humanos. Una “provincia”, como decís los imperiales. Diría que a los doalfar nos ha ido mejor siendo fieles a los dragones.
- Esa “provincia” – hizo hincapié Adriem en esa palabra – se formó por un pacto con Tiria hace muchos años y les otorga un autogobierno, leyes propias y es el único territorio del Imperio donde aún existen las antiguas castas nobles. Además, son sus armeros los que equipan en exclusiva a todo el ejército imperial. Aquel pacto se firmó por unión de sangre entre las familias reales, así que en ningún momento Ilnoa ha perdido su identidad, sino que ha sabido encontrar su lugar dentro de este país.
- Tú no lo entiendes. Eran nuestros hermanos, gozaban de los mismos privilegios que nosotros y los dragones los tenían en alta estima. Hubo un alzamiento en el asedio de Sazel durante la guerra y fueron castigados por no mantener aquella posición, pero en vez de aceptarlo, que hubiera sido lo honorable, todo su pueblo decidió recurrir a las armas. Si aquello no hubiese ocurrido, la Guerra de las Lágrimas nunca habría empezado, hubiese sido una simple revuelta de los comunes como cualquier otra, y millones no hubieran perecido en vano.
Adriem suspiró. Había sido un día demasiado duro para que esa chiquilla viniera amargándole la comida con política.
- Entre estas paredes puedes opinar lo que quieras, Eliel, pero en la calle no encontrarás gente tan comprensiva y puede que les moleste que consideres banal la guerra por la que sus antepasados derramaron sangre, así que mejor será que te guardes semejantes opiniones. Se dice que Tiria es una ciudad abierta, pero  sigue sin ser la Ciudad de la Tolerancia. Además, que yo recuerde, aquello ocurrió hace casi quinientos años. ¿No crees que es suficiente tiempo para que una doalfar haga la vista gorda durante unos días? Sólo os diferenciáis en el color de la piel.
- ¡Los comunes no entendéis nada! - alzó la voz Eliel.
Los argumentos de Adriem no habían servido de nada.
- Ah, sí..., se me olvidaba. Si no eres un doalfar, para los de tu tierra eres un «común» - dijo Adriem mirándola a los ojos.
Estaba muy cansado y su paciencia se agotaba por momentos - Lo tendría que haber recordado cuando te saqué de los suburbios del sector seis. ¿Qué debería haber hecho? ¿Dejarte allí para que te encarcelaran, te robaran, te violaran... o asesinaran? Un común no es digno de tocar a un doalfar, ¿No es así?
- ¡No puedes hablarme de esa manera! Yo...,yo...
-¿Te doy asco por ser un humano? - dijo Adriem, y comió un poco de cocido. Aquellas palabras habían salido solas y, aunque no era lo que pensaba, su hartazgo le había hecho reaccionar de mala manera con toda la intención de hacer daño.
- ¡Idiota! - Las palabras habían sido como una puñalada en su corazón.
La doalfar salió de la cocina dando un sonoro portazo. Parecía mentira que aquella chica pudiera tener tanta fuerza escondida, pues casi desencajó la puerta.
La cocina se quedó en silencio. Adriem miró la puerta que daba a la escalera por donde se había ido la doalfar durante unos segundos con expresión severa. Dio un largo suspiro, calmando su ánimo, y siguió comiendo en silencio.
Al final Agnes se decidió a decir algo.
- Jovencito, creo que has sido demasiado duro con ella.
- Sólo he sido sincero. ¿Acaso algo de lo que he dicho era mentira? - alegó Adriem.
- Pero esa pobre chiquilla está sola en una ciudad que no conoce. Es lógico que esté a la defensiva y diga cosas sin pensar. A mi no me ha ofendido, así que si tu lo has hecho, ha sido porque has querido.
- Ése no es mi problema - dijo Adriem dejando la cuchara sobre el plato. Se recostó en el respaldo de la silla y un sonoro golpe le impactó en la cabeza.
- ¡Claro que es tu problema, Adriem Karid! ¡Tú la trajiste aquí, no te puedes desentender, estúpido!
- Dythjui tiene razón - asintió Agnes.
Adriem se quedó sin palabras ante las dos mujeres que le regañaban. La cabeza le dolía del golpe, pero no conseguía entender el mal que habría podido causar por decirle la verdad a esa doalfar. Era mejor decírselo a la cara y no andarse con rodeos ya que cuanto antes supiera donde estaba, mejor. Aquélla era una ciudad grande, donde pasaban muchas cosas y muy pocas se sabían. Adriem había sido guardia los últimos dos años y era muy consciente de ello.
Pero estaba demasiado cansado para discutir con aquellas mujeres. Le pesaban los hombros, se sentía embotado y una presión en su cabeza le invitaba a querer cerrar los ojos. Llevaba todo el día con la moral muy baja y no quería saber nada de nadie. Muy probablemente había pagado su mal humor con ella. Se levantó de la mesa. - Gracias Agnes, el cocido está muy bueno, como de costumbre, pero no tengo más hambre. Si me disculpáis, voy a descansar un poco - Se dirigió con paso pesado a su habitación, casi arrastrando los pies. Sólo quería dormir un rato, pese a que eran las tres de la tarde.
-¿Qué le pasa? Lleva dos días así de raro - dijo Agnes mientras se volvía hacia el fregadero para limpiar los cacharros.
Dythjui no respondió. Pero lo podía adivinar. El incidente que sufrió con aquellas sombras lo había trastornado. El que casi te mataran era un trauma que afectaría a cualquier persona. A Adriem lo había marcado y ella dudaba de si sería capaz de superarlo pronto.
Adriem llegó a su habitación y se sacó la levita, se sentó en la cama y se quitó el cinturón con la espada. La luz gris entraba en la habitación y ésta se reflejó en el arma cuando Adriem la desenvainó. Se quedó observándola. Una espada de una mano con una hoja curva bastante ancha con guarda en cruz. Las fabricaban en serie y el acabado era bastante pobre. La volvió a envainar y la dejó apoyada contra la pared.
Se acercó a un baúl que tenía cerca de la ventana. Lo abrió y sacó algunas herramientas, un par de mantas y una larga caja de madera un poco apolillada. Extrajo de ella un sable que compró al poco de llegar a Tiria a un comerciante delven.
Era una hoja curva de un metro y veinticinco centímetros, seguida de una sencilla guarda partida en dos partes que pinzaba la hoja, una sencilla empuñadura con cinta entrelazada que se ensanchaba al final en un pomo. Carente de cualquier adorno, su belleza se hallaba en la perfecta geometría del arma. Los delven sabían forjar espadas prácticas, aunque no bellas. Se dejó su primerjornal en comprarla y nunca la había vuelto asacar de la caja. Le daba miedo estropear algo tan hermoso.
 Pero todo había cambiado, y sin duda necesitaba algo mejor que su modesta espada de guardia. Mas una arma era una arma. Sólo servía para matar. Nunca había librado un combate en el que arriesgara su vida hasta que se encontró con aquella bufona. Siempre había soñado con el momento en el que se enfrentase en un duelo por una mujer, como en los cuentos de caballería, y decidió aprender esgrima para estar preparado para ese día. Pero no de aquella manera. Esto no era un cuento. Era real. Y tenía miedo. Porque ya sabía de antes a que olía la muerte.

«Lo suficientemente fuerte para no llorar nunca más.»

Las palabras que le dijo a Esmail el día en que su madre murió, hacía cinco años, resonaban en su cabeza, mientras Adriem caía al suelo.
- Vaya Karid, ¿te has hecho daño? - dijo uno de los chavales que lo había golpeado.
- Pobrecito, espera a que te ayude. - Una fuerte patada fue a parar a sus costillas.
Aquellos malditos gamberros habían estado haciéndole la vida imposible desde que entró en el club de esgrima del colegio. Su padre había usado algunos contactos para que, pese a que no había pasado las pruebas de acceso, entrara de todas maneras, pero eso no había sentado bien a sus nuevos compañeros.
- Mirad, parece que el hijo del bibliotecario se enfada.
Adriem se abalanzó contra uno de ellos y lo derribó, pero inmediatamente los otros lo cogieron por los brazos y lo inmovilizaron. En ese momento se levantó el que había tirado al suelo y se dispuso a golpearlo.
- Esto te va a doler, Karid.
- ¡Eh! ¡Vosotros! ¡Si no lo dejáis, avisaré al señor Bolman! - Esmail acababa de aparecer en el patio de tierra que había detrás de la escuela. Era una jovencita ya de quince años.
- Maldita sea... - dijo el chico al que Karid había derribado. Mirando amenazadoramente a los ojos del muchacho indefenso, escupió al suelo y se alejó, seguido de sus compañeros - ¡Esto no ha acabado Karid,ya nos veremos…!


- Deberías dejar este club. Algunos de tus compañeros no te tragan porque tu padre te enchufó.
-Y a lo sé. - dijo dolido - Ahora mismo me lo acaban de recordar.
Adriem y Esmail estaban tumbados en un verde prado que había cerca del colegio, un edificio gris de tres plantas con el tejado de pizarra y grandes ventanales. Ambos veían cómo pasaban las nubes de la primavera sobre un cielo azul intenso, mientras los pocos árboles que había por esa zona se mecían al son del viento.
- Además, la esgrima no se te da muy bien. Siento decírtelo.
- Lo sé, pero quiero ser fuerte, así nunca más me podrán pegar. Nunca he tenido ninguna virtud, ni he destacado en nada. - La mirada de Adriem se perdía en el cielo, mientras que sEmail lo contemplaba sin que se diera cuenta.
- ¿Acaso el ser tan testarudo no es una virtud? - se mofó - Adriem, no necesitas tener ninguna virtud. Por lo menos, a mí no me hace falta.
- ¿Cómo? - Adriem volvió la cabeza para ver cómo ella apartaba la mirada y se ruborizaba.
- Te quiero tal como eres... - dijo todavía con el rubor en las mejillas desviando su mirada para que sus ojos no se encontrasen con los de él.
Una ráfaga de viento se alzó, deshojando las flores primaverales y llevándose la última frase con él.

Adriem se despertó de golpe. Se había quedado dormido. Algo confuso, desorientado y con la boca pastosa, se levantó a beber un poco de agua y a lavarse la cara para despejarse.  Dythjui le dejaba usar el baño de la zona privada y era muy de agradecer.
Cuando fue hacia la puerta, ésta se abrió de repente y salió Eliel, casi tropezándose con él.
- Disculpa - dijo, echándose a un lado para dejar pasar.
Eliel hizo como si no lo viera. Miró al frente con unos ojos fríos como el hielo y salió al pasillo, camino de su habitación. Adriem se quedó un momento observándola, se encogió de hombros y acabó por entrar en el baño.


En el centro del sector cinco se hallaba una enorme plaza redonda, con una fuente de tres pisos, de mármol, decorada con sirenas y motivos marinos, rodeada por modestas casas de ladrillo, algo antiguas, de dos o tres alturas y tejados muy inclinados. Allí, todos los martes y jueves se montaba el gran mercado que tomaba el nombre de la plaza, Albast. Era una zona en la que vivían principalmente mawlers. Eran un poco más bajitos que los humanos, con los ojos almendrados y las pupilas rasgadas, sus orejas recordaban a las de un felino y tenían una cola sedosa que les proporcionaba un gran equilibrio. Aunque no fueran exactamente felinos, estaban más cerca de ellos que de los humanos. Pese a que la ciudad pretendía ser un ejemplo de la coexistencia de todas las culturas y razas, era inevitable la formación de guetos. Todos vivían cerca de sus semejantes, formándose núcleos por raza, clase social u oficio al que pertenecían sus gentes.
Si alguien buscaba silencio y tranquilidad, el mercado de Albast no resultaba el lugar más indicado. Era uno de los más famosos de Tiria, la gente de casi todos los sectores iba a comprar y buscar oportunidades que en los comercios de su barrio no podían encontrar. El tumulto hacía muy difícil andar. A veces a Dythjui tenía la sensación de que aquella marea de gente la iba a arrastrar. En esos momentos odiaba ser tan bajita.
Con una mano sujetando su bolso para evitar que nadie tuviese la tentación de quitárselo, y con la otra agarrando la falda, que en algún momento se había querido enganchar en algún sitio, buscaba un puesto de embutidos. Pensó que hubiera sido mejor ponerse pantalones.
- ¡Pescado de Puerto Roana! ¡Pescado fresco de ayer mismo! - gritaba una mujer entrada en carnes y sudorosa, vestida con un delantal manchado.
- !Dulces, dulces! ¡Frutas caramelizadas! - anunciaba un hombre delgado y de avanzada edad.
- ¡Señorita! ¡Acérquese, compruebe la calidad de mis telas! - Una joven de rasgos sureños, probablemente de la ciudad de Hazmín, la invitaba a tocar algunos de los paños que tenía en el tenderete.
Los anuncios de los mercaderes se mezclaban en un caos a veces insoportable. Los olores de los puestos de comida se mezclaban con las especias y el propio olor de la gente. Dythjui sólo quería comprar cecina. Luego iría a por queso y algunos retales para unos remiendos. Y daba igual lo que pasase alrededor. Haría eso y no se entretendría. Ese mercado tenía muy buenos precios, pero la agotaba tener que moverse a codazos.
Pero además de aquel incómodo tumulto, había algo más que molestaba a Dythjui. Hacía rato que se sentía observada. Algo la alertaba de que la seguían. Era imposible saberlo con certeza entre tanta gente. Pero ella lo sabía.
Procuró centrarse en las compras e ignorar aquella desagradable sensación. Compró la cecina, el queso y encontró unos retales a muy buen precio. Se fue abriendo paso entre la multitud y se dirigió hacia la estación de ferrocarril del sector. Ir andando desde allí hasta el sector nueve implicaba una caminata de más de una hora, por lo que era conveniente usar el transporte público.
Andaba a un ritmo tranquilo y sin fijarse en nada en particular. Pero a la vez lo observaba todo. A veces algo se movía en el rabillo del ojo, centraba la vista y ya no estaba allí. «Persiguen a esa doalfar. No es descabellado que nos estén vigilando.>> Nada podía hacer salvo aparentar normalidad.
Llegó a la estación. Se dirigió al andén tras comprar el billete. Un escudo con veinticinco dinares. Cada día el billete era más caro. Seguro que en la compañía de transportes lo achacaban a la inflación, el aumento de costes del carbón o más de cien excusas ingeniosas. Cómo se notaba que para moverse por Tiria no había otra opción que el ferrocarril si no tenías dinero para una calesa.
Vio a unas lindas jovencitas, muy acicaladas, probablemente hijas de algún burgués, que movían sus caderas con ritmo y mostraban orgullosas su busto y su cuidado cabello. Dythjui las observó alejarse con aquel movimiento que casi hipnotizaba.
Absorta en el contoneo de las dos bellas muchachas, la casera se olvidó de aquella desagradable sensación. A no mucha distancia, amparada bajo un árbol, una joven vestida con un traje blanco y azul oscuro, de falda larga y corsé, y de bellos cabellos largos tan blancos que daban la sensación de que tuvieran reflejos azules, obser- vaba a Dythjui. La siguió cuando subió al tren y no se sentó muy lejos.
Como no había visto a la doalfar en la posada, Idmíliris había decidido seguir a la casera. Parecía amiga del guardia y tal vez supiese dónde estaba la novicia, pero hasta ahora no había tenido suerte. La noche anterior había intentado entrar en la posada, pero fue inútil. Todos los marcos de las puertas tenían runas de protección. La dueña era muy cuidadosa... tal vez demasiado.
El viaje de Idmíliris fue en balde pero, siguiendo las instrucciones de Zir, fue paciente y sólo observó.


El viejo edificio de la comisaría necesitaba reparaciones urgentemente. Para la gente que trabajaba allí, las goteras y las paredes desconchadas se habían convertido en un compañero más. Hacía años que la junta había prometido una rehabilitación del edificio, pero los guardias del sector seis daban por supuesto que esas obras no se realizarían hasta que no se les cayera el techo encima.
Oficiales, detenidos, abogados... ese espacio era un hervidero de gente. A Adriem, al principio de llegar a Tiria, lo asustó mucho, pero poco a poco se fue acostumbrando. ¿Por qué se había hecho guardia? Nunca pensó que fuera por vocación, pero era un trabajo bien pagado, donde su título de esgrima le daba una plaza segura y, qué demonios, le gustaba sentirse útil.
Fue avanzando por ese familiar ambiente saludando a sus compañeros. Se le hacía raro andar por ahí sin uniforme. El mero hecho de estar fuera de servicio y no poder dejar de visitar su lugar de trabajo le deprimía un poco. Era un lugar de locos, pero había acabado apreciándolo.
Entró en un pequeño despacho que había al fondo, donde rezaba la palabra CAPITÁN. Estaba poco iluminado y una pequeña planta intentaba dar un toque de vida a todo aquel follón de papeles y archivadores. Sentado en el despacho había un hombre de unos cuarenta años. Tenía una cuidada barba, y pese a su edad, lucía el pelo corto y ni una sola cana. El capitán Lobretti era bastante estricto, pero sus hombres le guardaban mucho respeto, y se contaban muchas leyendas de sus años de servicio cuando era sargento.
- Pase Karid - dijo y aspiró un poco de su pipa.
- Buenas tardes, capitán. Lamento presentarme sin avisar.
- No se preocupe. Con usted quería hablar precisamente.
- Señor, si es respecto al incidente...
Interrumpiéndolo, le extendió una notificación oficial sellada.
- Le acabo de conceder un permiso de vacaciones. Lleva dos años sin descansar ni un solo día y he considerado que ya va siendo hora de que gaste todos esos días acumulados. Tiene un mes para reponerse.
- Pe..., pero señor - tartamudeó Adriem.
- No hay peros que valgan. Sólo aproveche para descansar. Lleva un par de días muy agotado. Mírese al espejo, su cara me dice que necesita ese descanso más que nadie en esta división. Y eso afecta a su rendimiento también.
Adriem recordó el motivo de su visita. No estaba allí para cogerse vacaciones, sino para interesarse por la salud de su compañero.
- De acuerdo, capitán - dijo cogiendo el papel que estaba sobre la mesa, pero quería preguntarle por Makien. Intenté ir a verlo anoche al hospital, pero no se me permitió entrar.
- Es normal, tenga en cuenta que estamos investigando lo sucedido, y Makien es un testigo esencial. De todas formas, ya está mejor, no se preocupe. Aunque lo que declaró no tiene mucho sentido. Hablaba de sombras y cosas extrañas. - dijo torciendo el gesto sin dar crédito a aquellas palabras.
- Entiendo... -Adriem se quedó pensativo y un escalofrío le recorrió la espalda al oír la palabra «sombra».
- Mire, será mejor que trate de olvidar el tema. Según se le pueda visitar ya me encargaré de que le avisen - dijo, volviendo a mirar los papeles que tenía encima de la mesa-. Cuando vuelva ya hablaremos de su infracción por abandonar su puesto. Tiene suerte de que no haya habido que lamentar ninguna desgracia salvo ese incidente y el comité disciplinario no se haya enterado. Por lo menos, no por mi parte.
- Capitán, yo... siento mucho lo ocurrido. Se lo agradezco.
- ¿También ha venido para disculparse? Mire, teniente, en los últimos tres años ha tenido una ficha de servicios impecable, por lo que no tendré muy en cuenta lo sucedido. Todos cometemos errores alguna vez, pero es mejor no repetirlos que disculparse por ellos. Descanse estas cuatro semanas, porque cuando vuelva me encargaré de que no le falte el trabajo, así no tendrá tiempo de pensar en disculpas ni en compadecerse.
- Gra..., gracias capitán - dijo con la voz entrecortada, algo nervioso por la reprimenda que le había soltado su superior.
- Retírese y no vuelva si no es para trabajar. Es una orden.
- Sí, señor. - Dicho esto, saludó militarmente a la espera del saludo del capitán y abandonó el despacho cuando éste repitió el gesto.
- A este chico le falta autoestima, pero ya la irá adquiriendo con el tiempo - dijo para sí el capitán cuando se quedó a solas-. ¡Rayos! ¡¿Por qué ficha iba?!


Dythjui estaba barriendo la entrada de la posada cuan- do vio llegar a Adriem a lo lejos. Venía con la cabeza ga-cha e inmerso en sus pensamientos. El estilo inconfundible de andar de Adriem, pensó Dythjui. Siguió con su quehacer esperando a que llegara a su altura.
- No ha sido una buena tarde.
- Te hace falta divertirte. ¿Cuándo fue la última vez que saliste de fiesta?
- Hace diez meses - dijo Adriem con cara de no importarle la conversación.
- Ummm... cierto, ya me acuerdo. Esa fiesta en la que te pasaste casi toda la noche en un rincón, mientras yo ligaba más que tú, cosa nada difícil, por cierto, porque con lo calladito que eres... - dijo dándole unos golpecitos con el palo de la escoba en el hombro.
- Ya - sonrió ligeramente incómodo - Nunca se me ha dado bien.
- Lo que tienes que hacer es buscarte una novia. Alguien que te cuide un poco y que soporte tus neuras, que yo sólo soy tu casera.

Un beso bajo un árbol en la pradera de atrás del colegio. Una sensación que recorrió su cuerpo. Un abrazo tan eterno como breve, lleno de un aroma indescriptible. Labio con labio. Y luego apoyada sobre su pecho, acariciando su pelo. La contempló como si fuera la primera vez que la veía y sintió que, si apartaba la mirada, la echaría de menos.

- Yo sé qué me conviene y qué no - respondió a la defensiva, Adriem.
- Tranquilo. No he dicho nada. No te enfades.
Se quedó unos momentos contemplando a Dythjui visiblemente enfadado. Pero se dio cuenta de que no era con ella con quien se sentía molesto, sino consigo mismo. Relajó la mirada, dándose cuenta de su error, y se disculpó:
– Lo siento Dyth, estoy un poco cansado, eso es todo. No quería responderte de ese modo… – se dirigió hacia la puerta.
- Ah, esta noche jugaremos un rato a Mahoc después de cenar. Podrías quedarte un rato. Además jugará también Eliel. - le dijo la casera restando importancia a la brusca reacción de Adriem.
Adriem no se giró, sino que continuó como si no hubiera escuchado nada, o tal vez como sino no hubiera querido escuchar.
- ¿Por qué sigo teniendo tan poco más de don de gentes después de tanto tiempo? Da igual cuantos años pasen – murmuró Dythjui para sí.


- ¡¿Cómo que te vas a Tiria?! - Exclamó Esmail dando un paso hacia atrás sorprendida ante la afirmación de Adriem.
- Lo siento mucho Esmail, pero no quiero quedarme más tiempo aquí. Me gustaría que vinieras conmigo. - dijo tragando saliva y reuniendo valor
- ¿A qué viene esa decisión? - ella no conseguí entender el por qué de aquella decisión tan repentina.
- Desde que mi padre murió hace un año no he encontrado ningún trabajo en esta ciudad. Los ganaderos no quieren gente, porque este año ha sido muy malo y no quiero ser pescador. Ya tengo diecinueve años y he de empezar a hacer mi vida.
- Si ese es el problema, ¿por qué no haces el trabajo de tu padre? - alegó la mawler.
- No quiero ser bibliotecario. - el salón de su casa estaba repleto de libros cubiertos de polvo. Ya nadie los leía y sólo eran para el joven una pesada carga que le recordaban la muerte de su padre - Además, en Tiria las cosas son mejores, hay muchos trabajos y oportunidades. Allí podré empezar desde cero y hacer mi propia vida. No he de soñar con un mañana, he de hacerlo realidad. - la agarró por los hombros con gentileza para reforzar su discurso - Casi toda la gente de nuestra edad se ha ido allí a trabajar y les ha ido bien. Aquí no me queda que me retenga.
- ¿Y yo qué soy? ¿Acaso no te quedo yo? - dijo dolida. Sus ojos se empañaron en lágrimas.
- Por eso te estoy pidiendo que vengas conmigo, Esmail.
- No puedo abandonar ahora a mis padres. Me necesitan en la panadería, y lo sabes. Adriem, por favor, no me hagas elegir.
- Ya veo…
- No lo entiendes, Adriem, estás huyendo…
- Ya se tu elección. Es suficiente - la soltó sin atreverse a mirarla a los ojos.
El silencio se hizo en la estancia. La chimenea dejó de calentar y el ambiente se hizo opresivo.
- Adiós, Esmail.

El tragaluz de la buhardilla que era la habitación de Adriem dejaba entrar el resplandor de la luna, que ya estaba en cuarto menguante. Él estaba tumbado sobre la cama. Ni tan siquiera se había molestado en quitarse la ropa. solo se había descalzado y había tirado la cazadora al suelo. Con la mirada perdida, contemplaba el techo o tal vez más allá. Sus labios, casi con un susurro, dibujaron unas palabras:
-¿Acaso no soñamos con un mañana? Yo quería ser alguien importante, hacer algo grande con mi vida. Ser un héroe de novela que salvara a las princesas de los cuentos que leía en la biblioteca de mi padre. Quise dejar todo atrás y olvidar mi infancia...
Se agarró la cabeza y apretó los dientes. Se odiaba a sí mismo por sus propias decisiones.
- Entonces, ¿por qué me sigue doliendo el pasado?