11 de julio de 2012

XI - Mentiras amargas


Dythjui se encontraba absorta en sus pensamientos. Estaba recogiendo con una fregona los charcos de agua que producían los cientos de goteras que se filtraban a través del ruinoso tejado. La planta baja ya era habitable, pero los malditos techadores estaban todo el día dándole largas. Los pocos ahorros que tenía se los había dejado pagando las primeras obras de la reconstrucción de la posada, pero aún estaba lejos de poder volver a abrirla. Y si no lo hacía, no sabía de dónde iba a sacar lo que le faltaba. Los pagos y las facturas se acumulaban en la mesa de la cocina, y esa maldita lluvia de invierno ponía a prueba su paciencia.
El tosco sonido de la desencajada puerta de la entrada la sacó de sus ensoñaciones.
- Pase, pase. Pero le advierto que, como verá, la posada está temporalmente cerrada -dijo alzando la voz desde la cocina.
- ¿Señorita Lezard? Soy yo, la priora Melisse.
Dythjui se asustó al oír varios ruidos secos de metal. Parecían armaduras. Salió sin dudarlo un momento y encontró a la priora acompañada de cuatro soldados de la guardia imperial.
Ataviados con sus armaduras, los soldados de élite del imperio observaban con detenimiento la estancia. A Dythjui no se le escapó que la priora se sentía incómoda por su escolta.
 - Lezard, me gustaría que me acompañara.
- Bueno, con tan galantes caballeros como acompañantes, ¿quién se resistiría? -dijo irónicamente a la vez que apoyaba la fregona en el cubo-. Pero ¿se puede saber adónde, sor Melisse? No sé si llevaré el atuendo adecuado. - Viendo que la cosa parecía oficial, Dythjui pensó que tal vez aquel vestido viejo y el delantal no serían apropiados.
- Sí, tiene razón. Tenemos una pequeña audiencia. Si se cambia, será mejor. La esperaremos aquí. No hace falta que se ponga muy formal.
- Es usted un cielo, priora. -Y después de guiñarle un ojo, Dythjui subió al trote las escaleras que llevaban a su cuarto.
Pese a la intensa lluvia, el Palacio Imperial se veía con absoluta claridad. Edificado en la parte antigua de la ciudad, tras varias ampliaciones a lo largo de los años, se había convertido en el edificio más alto e impresionante de Tiria. Las líneas rectas, enormes columnas que soportaban altísimos techos y multitud de bellas estatuas de mármol rodeadas de vidrieras definían aquel edificio. Así mismo, la piedra gris y el mármol rojo y blanco jugaban creando bellos dibujos geométricos. Elevadas torres apuntaban al cielo con osadía. El viandante no podía por menos que sentirse embriagado por aquella muestra de poder arquitectónico.
Como contrapunto a aquella imponente majestuosidad, una sencilla estatua de piedra blanca representaba a una mujer desnuda con las manos en posición de ofrenda y dos hermosas alas extendidas. Había sido colocada allí el día de la fundación del imperio, hacía más de trescientos años. A sus pies rezaba la frase «Sagrada y grande es nuestra misión en aras de la libertad de un nuevo mundo. EmperadorJulio I El Fundador. 14 de abril del 239, Era Común». Solitaria en la enorme plaza circular llena de fuentes y canales, y rodeada por soportales, la estatua miraba hacia el Palacio Imperial.
- Es curioso cómo la libertad se empequeñece ante la glorificación del hombre -dijo Dythjui observando la entrada del palacio tras bajar del carruaje. Un soldado se aprestó a cubrirla con un paraguas, e igual le ocurrió a Melisse.
- Corríjame si me equivoco, pero me da la sensación de que ya sabía que iba a venir aquí. Antes de que fuéramos a su casa.
- Efectivamente -dijo sacudiéndose una rodilla del pantalón que estaba manchada de polvo. Ahora vestía una sencilla camiseta de cuello alto blanca, unos pantalones rojos ceñidos y un chaquetón gris. Algo bastante informal en comparación con el uniforme de priora de Melisse- . Era lógico que alguno de los peces gordos quisiera saber qué ha originado tanto movimiento en la ciudad.
- Sí, era lógico. Pero ¿no se imagina usted quién quiere saber qué está pasando?
- No tengo ni idea. ¿Algún senador?

- El emperador.

Dythjui se quedó parada, desconcertando al soldado que iba tras ella con el paraguas. Melisse se volvió hacia Dythjui.
¿Algún problema, señorita Dythjui?
Dythjui señaló su coleta alta.
 ¿Voy a ver al emperador y yo con estos pelos?





Las puertas de metal del elevador, adornadas con motivos geométricos, se fueron abriendo. Aún escoltadas por dos guardias imperiales, la priora y la posadera salieron a un corredor. De proporciones colosales, como todo en aquel lugar, éste se perdía en la distancia. Grandes tragaluces lo iluminaban todo con una luz grisácea. Fueron avanzando por el interminable pasillo hasta que, por fin, llegaron ante dos enormes puertas metálicas. Cuatro guardias custodiaban aquella entrada, flanqueada por dos enormes estatuas que representaban a dos antiguos emperadores, Pedro II el Alto, que proclamó a la Santa Orden como única y verdadera fe del imperio, y Vargas III el Libertador, que suprimió la esclavitud pese a la oposición de los grandes terratenientes, padre del actual emperador.
A su encuentro acudió una sacerdotisa. Al parecer de bastante rango, aunque inferior al de Melisse.
- Priora -dijo haciendo una profunda reverencia-, les están esperando con impaciencia. El prior Rognard se está enfrentando a las acusaciones del Senado.
- No os preocupéis, Salara. Ya vamos a entrar. - Y dicho esto, anunció a los guardias quién era y les pidió que abrieran la puerta.
- Yo no sé si estoy preparada. No se me da bien hablar en público -dijo Dythjui al saber que estaría allí todo el Senado.
- No hay alternativa.
Y la puerta se abrió lentamente. En el interior, donde + hacía un momento se oía el sonido de miles de conversaciones cruzándose, se hizo el silencio. Un enorme hemiciclo con palcos donde se sentaban los senadores, ataviados con su tradicionales togas, estaba presidido por un pequeño estrado, donde se encontraba el jefe de la Cámara, y detrás, sentado en un trono ricamente adornado, estaba el emperador. En el centro geométrico de aquella estancia estaba Rognard, que recibió con un gesto de alivio la presencia de su más querida alumna y la testigo que necesitaba.
El jefe de la Cámara, un anciano de unos setenta y cinco años, de larga barba y que lucía una toga más adornada que la del resto de los senadores, presentó a las dos mujeres.
- La priora Melisse Enerdel y la ciudadana Dythjui Lezard, propietaria de la posada El Puente de Álsomon. Sean bienvenidas al Senado. Su excelentísima autoridad el emperador Alejandro I y el Senado les presentan sus respetos. Por favor, avancen hasta el centro de la Cámara.
El emperador, con aire aburrido, hizo un ademán en señal de aprobación. Alejandro I era un hombre bien plantado, de pelo negro, corto, y mirada triste de ojos oscuros. Había heredado el título de emperador con apenas diecisiete años, tras la muerte de su padre, y había desempeñado esa función sin problemas durante quince. Allí sentado, con su armadura negra ribeteada en oro, con el Escudo del Grifo, mitad águila mitad león, símbolo del imperio, tenía un aspecto más que impresionante.
A su lado, una delven, vestida con la armadura granate de la guardia imperial, custodiaba el trono. Alexandra, la comandante en jefe de los ejércitos y guardaespaldas personal del emperador, miraba con frialdad a los presentes.
- La pondré al día, priora Melisse -dijo el jefe de la Cámara- . El Senado quiere conocer los hechos ocurridos la semana pasada en relación con una novicia shaman. Algo que podría haber supuesto un conflicto internacional, teniendo en cuenta nuestras delicadas relaciones con el país vecino.
Uno de los senadores se puso en pie.
- ¿Por qué, una vez localizada, no se avisó a la Guardia del Colmillo o la Guardia Imperial, priora?
- Se lo he dicho antes, teníamos la certeza de que ha- bía un topo -dijo Rognard.
- No se lo he preguntado a usted, prior, sino a la priora Melisse.
- Como bien le ha respondido el prior, creíamos que había un topo.
- ¡Eso es inaudito! ¡Nuestros cuerpos de seguridad no tienen espías! -dijo una senadora sin levantarse.
Tras esto los senadores empezaron a alzar la voz y a discutir. Después de unos momentos de confusión, el jefe de la Cámara consiguió poner orden gracias a su maza de madera y el ruido ensordecedor que producía.
Melisse retomó su discurso.
- Intentamos poner a salvo a la novicia hasta que las cosas se calmaran y pudiéramos devolverla a su hogar. Tras esto, pensábamos hacer un informe completo para nuestro superior, el Pontífice, y para las autoridades civiles.
- Pero se les escapó y ahora no saben dónde está, ¿me equivoco? - p reguntó uno de los senadores.
- Así es. Esta mujer fue la última que los vio -dijo señalando a Dythjui.
- ¿Y qué cree usted, priora, que debemos responder al gobierno de Kresaar si nos pregunta dónde está esa respetable novicia y además de sangre noble? Dudo mucho que decir que la hemos perdido nos sirva de excusa - respondió el mismo senador de antes.
- Con su permiso, jefe de la Cámara y con el beneplácito de vos, mi señor -dijo la comandante- . Me gustaría añadir algo.
 El jefe de la Cámara la miró y le respondió:
 - Su presencia aquí es sólo formal, no tiene derecho a hablar, comandante Alexandra, si el Senado no le pre- gunta. Esto es una institución civil, no militar.
- Pero si yo le otorgo ese derecho a intervenir, puede -dijo el emperador con rotundidad aunque sin levantar demasiado la voz
- Por supuesto, su excelentísimo - dijo el jefe de la Cámara como si fuera un niño al que le hubiera regañado su padre-. Diga lo que tenga que decir, comandante.
- Creo que el prior Rognard nos oculta algo. Lo visité hace unos días con ánimo de esclarecer este caso sin que tuviera que llegar a esta Cámara, pero en vez de colaborar, se dedicó a entorpecer mi investigación con evasivas. Por favor, prior Rognard, ilumínenos con su sabiduría.
El silencio se hizo una vez más en la Cámara. Todas las miradas apuntaban hacia Rognard, pero él, firme y decidido, negó con la cabeza.
- No tengo certeza de nada. Creo que la comandante sobrevalora mi inteligencia. Siento decepcionarla.
Alexandra apretó los puños, interpretando aquella res- puesta como una nueva burla. Ella sabía que escondía algo, pero no había forma de sonsacárselo, y eso la sacaba de quicio.
- ¿Acaso no tendrá que ver con los rumores sobre el Oráculo de Nara? -dijo un joven senador desde su asiento-. Corren rumores de que el Oráculo se ha detenido.
Rognard se quedó petrificado en el sitio. Melisse no daba crédito a lo que había oído.
- Es sólo un rumor que he oído pero, por disparatado que sea, creí conveniente ponerlo en conocimiento de nuestro emperador y el Senado -prosiguió el joven senador.
- ¿Y qué importancia tiene ese hecho? - replicó una senadora de mediana edad-. Los problemas que puedan tener los oráculos, los shamanes o sus templos poco o nada tienen que ver con los intereses del imperio y de este Senado.
- Son tiempos difíciles -prosiguió el joven tras oír la queja- y las gentes de las fronteras de mi provincia son temerosas y asustadizas. Saben que la guerra planea sobre sus cabezas, y cualquier pequeño rumor o incidente puede hacer más inestable nuestras fronteras.
- ¿Y qué temen? ¿No poder peregrinar con sus recién nacidos a Nara la próxima primavera?
- Los ancianos del lugar dicen que es la señal que precede a la llegada de... ¿cómo la llamaban? - El senador fingió que intentaba recordar el nombre-. Ah, sí, Daleb'heime, la Princesa Oscura.
- ¡Eso no es más que un mito inventado por las tropas de Kresaar tras la derrota de Neferdgita! ¡Nunca acepta- ron la derrota ante los comunes! - E l Senado volvió a es- tallar en discusiones. El jefe de la Cámara era incapaz de poner orden, pero la mano alzada del emperador consiguió acallar todos los comentarios.
- Tal vez la Santa Orden o el Senado no tengan la perspectiva que estamos buscando. Me interesa más la visión de alguien que ha convivido con muchos viajeros y ha conocido a gentes de Kresaar. Ciudadana -dijo mirando a Dythjui a los ojos. La expresión del emperador denotaba que no había tomado en serio lo dicho por aquel senador y que buscaba una forma de zanjar el asunto. Con una sonrisa divertida en los labios, preguntó-: ¿Crees que esa mujer podría existir, una princesa que vivió hace quinientos años y que significó el fin de la Guerra de las Lágrimas?
Todos miraron a Dythjui, a excepción de Rognard,
que le daba la espalda. La casera notó que el sudor le recorría el rostro y que la voz le temblaba. Odiaba hablar en público.
-N ... no, Su Excelentísimo. Sólo los más supersticiosos creen que pueda existir, y son gente de poca credibilidad.
- Y vos, ¿qué creéis?
- Yo..., yo, yo tampoco creo que exista. Sólo es un cuento para contar a los niños antes de dormir.
- ¿Lo juras ante mí, este Senado y la Madre Alma?
Dythjui se quedó callada. Pensativa. Un nudo se le hizo en la garganta, le faltaba el aire.
- Sí, lo juro por Alma -dijo al final con voz casi inaudible.
Y una nueva oleada de comentarios y cuchicheos recorrió la Cámara para suplicio de su jefe. Pero nada nuevo se dijo de aquellos rumores que consideraban infundados.

Los senadores caminaban por los pasillos y se reunían en pequeños grupos para comentar aquella larga y peculiar reunión extraordinaria de la Cámara. A lo lejos se podía ver cómo, custodiados por unos guardias, los dos priores y la testigo se alejaban camino de sus respectivas casas.
- ¿No crees que es un poco osado venir con esa clase de rumores? -dijo un senador delven de mediana edad. - Es cierto. Menos mal que el emperador se ha tomado con humor el asunto. Podrías haber quedado en ridículo -dijo una joven senadora.
- No os preocupéis. A fin de cuentas, ¿no nos ha animado un poco esta tediosa sesión?
- Tienes razón. Casi me muero de sopor. Muchas gracias, Miguel.
- No hay de qué -dijo ajustándose las gafas-, todo lo hago en aras de la verdad.

- Odio el otoño de esta ciudad. Nunca para de llover  -comentó Melisse a Rognard.
- Míralo de esta forma, luego no llueve una gota el resto del año.
Ambos priores caminaban por los jardines de la Catedral de las Luces. Pese a lo que se pudiera deducir por el nombre, no era un solo edificio, sino un enorme complejo cerrado.
 Se estaban dirigiendo hacia el gran pórtico del templo principal. La lluvia había dado una pequeña tregua pero, a lo lejos, las nubes volvían a amenazar. Rognard se hizo a un lado e invitó a la priora a pasar.
Una vez dentro, caminaron entre las enormes estatuas de las doce deidades zodiacales de más de ocho metros de altura. Se dirigían hacia el impresionante altar, tras el cual, la imagen de una mujer de gesto conciliador y bondadoso, envuelta en finos paños y con un sol en la mano derecha y una luna en la izquierda, daba la bienvenida a los visitantes. Pintada sobre un recargado retablo, con imágenes de la creación del mundo, la figura medía unos diez metros. Y para culminar la estampa, colgada sobre el altar y bajo la impresionante cúpula adornada con frescos, pendía una gran cruz aspada, símbolo de la Santa Orden.
Rognard y Melisse seguían con su conversación.
- Aquel senador me da mala espina ¿Por qué hizo esa pregunta basada sólo en rumores? -dijo el prior.
- Lo único que sé de él es que se llama Miguel, y es uno de los tres senadores por la provincia de Sireni. Es bastante dado a la polémica.
- Miguel... Nunca había oído su nombre.
- Claro, nunca sales de tus estudios. Si te interesaras un poco por la vida política lo sabrías, señor «sobrevaloras mi inteligencia>> -dijo con ironía Melisse.
- Esa Alexa es más agresiva de lo que esperaba.
Melisse adoptó una expresión grave. - Porque ¿tú sospechas algo, verdad?
 - No sé a qué te refieres.
 - Por favor, que te conozco desde que era una niña. Te han ofrecido cientos de veces ascender de rango y lo has rechazado porque lo veías como un impedimento para tus estudios. Alguien como tú siempre sospecha algo, siempre está pensando en algo, siempre tiene alguna teoría o certeza.
- Hoy es el día en el que la gente tiende a sobrevalorarme -dijo Rognard-. Si no digo nada, es porque no tengo dónde apoyarme. Todavía.
- No me lo digas como prior de la Santa Orden, sino como amigo.
Rognard supo en ese momento que no iba a poder esconder sus opiniones mucho más tiempo a Melisse.
- Está bien. -Tragó saliva, se sentó en uno de los bancos y dijo-: Mi teoría es aún infundada y carente de todo apoyo científico, no deja de ser intuitiva.
Melisse miró con curiosidad al que fue su antiguo mentor.
- Ese senador... Miguel se llamaba. Creo que está en lo cierto. Existen señales, no de ahora, sino desde hace un tiempo, que apuntan al advenimiento de Daleb'heime: las sequías, la posición de las constelaciones y, para colmo, el oráculo. Y por lo que he sabido el oráculo de Gawi también se ha detenido. Sé que es un cuento, pero toda leyenda tiene una base, una pequeña semilla de verdad.
- Pero ¿qué estas diciendo? De todas tus teorías ésta es la más descabellada, y con diferencia.
Rognard suspiró.
- Sabía que me dirías eso, pero una de las Sacras Sque- las dice: « .. . Y un dragón se levantó contra la duodécima deidad y, en el reinado de Marte, con el ocaso del último cuarto del quinto episodio de los comunes, renació la + princesa, aquella mujer bendecida por la eternidad del último nómada, pero sujeta al péndulo del tiempo y a su mortalidad, la cantada en la profecía que se escribió en su reinado. Seguida por sombras en la ciudad del imperio de las etnias, perteneciente al reino de los dragones, buscó su alma entre el barro...>.
- Me cuesta entender adónde quieres llegar.
- No te quedes con las palabras, sino con el contenido. Estamos en el año 499, el quinto episodio de los comunes. Es decir, quinientos años desde que ganamos la gran Guerra de las Lágrimas. Actualmente reina la constelación de Aries, Señor de la Guerra, regido por Marte, y diversos son los pequeños focos belicosos que azotan el continente. Y justamente en este momento, en la ciudad del imperio de las etnias, es decir, Tiria, aparece nuestra amiga novicia acechada por unas misteriosas sombras.
-¡¿Qué?! ¡¿Esa niña?! - Se vio obligada a bajar el tono, ya que el eco resonó por todos los muros, y prosiguió en un susurro-: Me sorprendes. Si la Princesa Oscura existiera de verdad, dudo mucho que fuera esa cría. Estamos hablando de la mujer que supuso el fin de una civilización completa, alguien que traicionó, mató y convirtió en cenizas a la antigua Galdabia y casi extinguió a los dragones. Y la semana pasada yo sólo vi a una joven asustada e inocente.
- Ante esa niña no reaccionó el oráculo hace cuatro años, cuando ingresó en la academia.
- ¿Cómo sabes tú eso?
- Tengo mis fuentes... -Rognard se acarició la barbilla-. Además, están los libros que le mandaron recoger. Entre ellos estaba la única copia que existe del Diario de Lady Eraide. Fue la última princesa de Galdabia antes de que la guerra la destruyera.
- Impresionante, pero en tu teoría hay varias lagunas.
 Por ejemplo, no me has sabido decir a qué se refiere con + ese dragón, ni qué quiere decir que la princesa busque su alma entre el barro.
- No lo sé. Por eso no quería aventurar nada. Soy consciente de que mi teoría es por el momento descabellada. Respecto al dragón, lo único que he deducido es que la duodécima deidad es Piscis, Señor del Fin y de la Muerte, poco más. Tal vez se refiera a alguien capaz de desafiar a la propia muerte.
Melisse dio un largo suspiro de alivio.
- Menos mal que no dijiste nada en la Cámara. Los senadores se hubieran reído de nosotros. Suerte que el em- perador se tomó a mofa el comentario del senador Miguel.
- Sólo hay una cosa que me turba -dijo Rognard.
- ¿El qué? -dijo Melisse mientras se sentaba por fin a su lado para orar.
- ¿De dónde ha salido ese rumor? Me ha costado mu- cho trabajo saber lo sucedido con los oráculos.
- Esa gente tiene informadores muy extraños.
- Bueno, si tengo razón o no, sólo Alma lo sabe -sentenció el prior.
- Sólo una última cosa Rognard, ¿en qué Squela está escrito ese texto?
- Forma parte del último párrafo de la décima Squela.

Alexa vestía el uniforme de ceremonia del ejército: unos pantalones negros ceñidos, botas altas y una chaqueta de cuello cerrado también de color negro, con unas franjas blancas en las mangas que formaban una cruz con otra franja que recorría el cierre, la bandera del imperio. En las caderas, un trozo de tela granate le daba un poco de color al severo uniforme. Alexandra caminó con paso marcial por los pasillos del ala este del palacio hasta detenerse ante la puerta de una de las salas de reuniones.
Llamó a la puerta con suavidad, aprovechando un silencio en la conversación que se oía dentro. Casi de in- mediato, la voz del emperador la invitó a pasar.
Abrió la puerta y se dirigió con la cabeza gacha hacia una larga mesa donde, en el otro extremo, se hallaba sentado el emperador, y a su izquierda un hombre de avanzada edad. Hizo una profunda reverencia mirando por el rabillo del ojo a aquel hombre.
Alexandra lo conocía, era lord Jelwis de Dremingar, el ministro de Asuntos Exteriores. Un hombre influyente, sin duda, y su presencia allí sólo significaba una cosa: problemas.
- Bien, esta reunión ha acabado. De momento no moveremos pieza y esperaremos los acontecimientos. Puede retirarse.
- Como ordenéis, su Majestad Imperial. - LordJelwis se levantó, hizo la reverencia de rigor, cogió unos papeles de encima de la mesa y se marchó, mirando de reojo y con cara de disgusto a la comandante. Ella nunca le había caído bien, pero el sentimiento era mutuo. Por suerte, Alexandra sabía disimular las náuseas que le producía ese estúpido político que sólo conocía la guerra desde el sillón de su despacho. Era fácil diseñar estrategias y firmar tratados cuando no veías morir a los soldados.
El emperador sacó a Alexandra de sus pensamientos cuando la invitó a sentarse a su lado una vez cerrada la puerta.
- Ven, acércate.
 - Sí, mi señor.
 El emperador se desabrochó el cuello de su camisa gris y adoptó una posición más cómoda en el sillón. Suspiró y sonrió con amabilidad. Era una sonrisa hermosa y sincera, pensó Alexandra. Era la persona que se escondía tras el emperador.
Deja las formalidades, Alex. Y siéntate.
- Lo siento.
- N o te preocupes. Ven.
Alexandra se sentó y vio que sobre la mesa había varios planos de la frontera Kresaar, en la provincia de Sireni.
- ¿Para qué me has llamado?
- Supongo que necesito a alguien que me dé una visión más realista de la guerra que se avecina.
Alex se sintió incómoda. Sabía que las reuniones en palacio no eran de placer, pero en el fondo nunca perdía la esperanza.
El emperador siguió hablando.
- Pese a lo divertido de la sesión de hoy en la Cámara, en algo tenían razón, he recibido varios informes de la zona. Bandas de kitani bajan desde las tribus de Kinara y penetran en nuestro territorio. Hostigan a los colonos y saquean las cosechas y el ganado.
- ¿Cómo me recordará la historia? Alejandro I el Pacificador, el Sensato... o el que llevó al imperio de nuevo a la guerra...
El peso de las decisiones, pensó Alex, el peso de la vida de millones de personas. Sin duda era una responsabilidad que habría acabado con más de uno.
- Esperaremos... Sólo nos queda esperar -dijo masajeándose las sienes- . A veces creo que los rumores sobre el fin del mundo son ciertos.
 Alexa se sentía inútil. No podía ayudarlo, sólo podía esperar junto a él.


La lluvia golpeaba incesante las maltrechas tejas de la posada. Dentro, las goteras conformaban una extraña melodía que casi podía presumir de ritmo. La noche había engullido con su oscuridad todas las estancias, excepto la cocina. Un quinqué iluminaba débilmente una mesa donde Dythjui estaba sentada. Con la mirada perdida, jugueteaba con un cuchillo. Tarareaba una melodía que probablemente habría escuchado en alguna parte con cara triste. De repente, se detuvo y dijo:
- Madre mía, creadora de vida, así es como te llaman, Alma. Qué ironía. He vuelto a mentir para salir de algo que yo misma cree. Quiero pensar que ha sido por un bien mayor, pero no hay castigo digno para mi falta y deberé vivir con esa pena toda una eternidad. - Agarró el mango del cuchillo y lo apuntó contra su mano izquierda, que había apoyado sobre la mesa. Empezó a gimotear y con la voz entrecortada dijo.
- Algún día deberé de asumir mi culpa. Pero yo nos os puedo ayudar a escapar de ella. - Y entre lágrimas asestó una punzada a su palma atravesándola.
El desgarrador alarido fue engullido por el rumor del viento y la lluvia.