1 de febrero de 2016

Eraide 3x02: La ciudad de las mentiras



Muy lejos de las frías montañas de Noraik-Ard, al sur del Imperio, entre el océano y las inhóspitas tierras Arene, donde el río Jarein se ramificaba antes de desembocar dando origen a un grupo de fértiles islas. Sobre sus tierras aún se erigían restos de los primeros asentamientos que databan de hace miles de años. Incluso antes de su caída ante el Imperio, cinco siglos atrás, habían albergado una rica ciudad comercial pero que, a día de hoy, sucumbía a las mafias y el contrabando. Sobre las ruinas de antiguos templos y bibliotecas se levantaban casinos y burdeles; esa era la realidad de la ciudad de Hazmín. Pequeñas casas encaladas de apenas tres o cuatro alturas, cuyos tejados y terrazas cubrían pequeños patios, que a su vez se mezclaban mediante retorcidas callejuelas y oscuros callejones. Un complejo laberinto donde un hombre podía encontrar cuanto deseara... o tal vez no. Pero nadie hablaría nunca sobre ello.

Comercio, contrabando, trata... Cualquier cosa se movía bajo la permisiva administración del gobernador. Pero de entre todos, había un lugar de sobra conocido donde satisfacer cualquier inquietud, por deshonesta que esta fuera: «La Gata con Botas».

Era el lugar más exclusivo, donde se reunían hombres ricos y poderosos para distraerse del mundo que los rodeaba entregándose a los placeres en la privacidad de dicho local.

Aquel palacete cuya silueta recortaba la noche reflejada en numerosos estanques y rodeado de un exuberante jardín, en otros tiempos fue una de las residencias del virrey de aquella región sometida, cuya existencia como país independiente fue breve, al caer bajo el yugo del Imperio apenas veinte años después de su escisión de la antigua Galdabia durante la Guerra de las Lágrimas. A día de hoy no era más que una provincia medio desértica, de valor estratégico pero alejada del resto del mundo. Exótica porcelana traída de oriente, mobiliario trabajado por los mejores ebanistas de Arqueís, mosaicos y pinturas que sugerían escenas de naturaleza; nada estaba al azar en aquel lugar destinado a crear un ambiente relajado en sus salones de la planta baja. En las habitaciones tampoco se daba cuartel a la improvisación, y en una de ellas, ricamente adornada con tapices que evocaban días de caza, sobre una gran cama con dosel, esperaba el señor Russel, el dueño de uno de los bancos más importantes del país. Un hombre entrado en carnes, que se podían vislumbrar fácilmente bajo el batín que llevaba como única prenda. Sudaba copiosamente, en parte por el calor de la estancia pese al gran ventilador del techo, y por otro lado por la bella señorita que acababa de salir del baño.





Una chica de unos veinticinco años, de pelo oscuro como el azabache que contrastaba con su mirada de color miel, despierta y segura de sí misma. Su melena ondulada caía sobre sus hombros tapando en parte su busto, siendo su esbelta y bella figura ensalzada por un picardías negro y rojo.

La joven se fue acercando al hombre, sin prisa, jugando con su evidente deseo, pues este no dejaba de relamerse, ansioso por catarla. Tenía que ser inolvidable, ya que por ella había pagado una buena suma. Llegó a la altura de la cama y a gatas se acercó hasta apoyarse sobre él y aproximar sus labios a su oído.

Iba a susurrarle algo para prender aun más la libido de su cliente, pero no llegó ni siquiera a decir la primera palabra cuando la puerta de la habitación se abrió tras un fuerte golpe que casi la saca de sus bisagras.

Ambos se giraron asustados y vieron cómo una figura atravesaba el umbral, cerrando tras de sí lo que quedaba de la maltrecha puerta.

Perdón, no quería interrumpir. Un hombre delgado, vistiendo una levita negra que contrastaba con su melena cobriza, los miraba con sus intensos ojos claros. Se sacudió la pernera del pantalón con la que había dado la patada y miró a la pareja con una amplia sonrisa que hizo que Milenne le reconociera al instante: Uriel Von Hamil. Aquella mueca en su cara, a primera vista inocente para quien no conociera al antiguo espía del Servicio Secreto Imperial, siempre era el preámbulo de algo desagradable—. Creo que la frase hecha no era exactamente así.

El hombre se levantó de un salto de la cama y se dirigió hacia su ropa con una agilidad impredecible para su complexión. Uriel lo miró sin alterarse y se acercó hacia él mientras este extraía una pistola rúnica de entre sus pertenencias. Extendió el brazo para apuntarle, pero el pelirrojo ya le había sujetado de la muñeca, sacando la trayectoria de tiro fuera de su alcance. Le propinó un puñetazo sin dejar de sujetarle el arma y lo derribó contra la pared.

¡Maldito! ¡¿Sabes quién soy?! gritó el abatido.

Un hombre desarmado —replicó, pues en algún momento le había arrebatado la pistola que ahora sujetaba por el cañón. Sin dejar de mirarle, Uriel añadió—: Siempre dicen eso quienes en realidad no son nadie.

La mujer se percató de varios gritos y golpes de pelea que provenían del fondo del pasillo.

Una compañera se está encargando de la seguridad dijo Uriel—. Están siendo más duros de lo que esperaba.

Russel se apretó contra la pared, como si fuera a ser capaz de un momento a otro de pasar a través de ella, en un vano intento de huir del hombre que le amenazaba con su propia arma.

No... No me hagas daño. Puedo pagarte... lo que quieras. ¡Mucho dinero! Pero déjame marchar, por favor —gimoteó.

Uriel hizo una clara mueca de desprecio. Se giró hacia la mujer, encogiéndose de hombros.

¿Ves como al final no son nadie? Sólo un saco lleno de basura y dinero. Se acercó a él y le dio unos golpecitos con el pie en el costado—. ¡Lárgate de aquí! ¿Qué te hace pensar que soy un ladrón o un secuestrador? El dinero no me interesa, ni verte la cara tampoco. Déjame hablar con la señorita a solas.

¿D-De verdad?

Uriel le lanzó una mirada fulgurante. El hombre, tras recoger su ropa apresuradamente, salió corriendo de la habitación sin mirar atrás.

La mujer se sentó sobre la cama, serena y resignada. No era la primera vez que asistía a una escena por parte del pelirrojo.

Gracias por arruinarme el trabajo, Uriel dijo cruzándose de brazos visiblemente molesta.

No es para tanto. Se sentó sobre la cama—. Seguro que uno menos en tu lista de clientes no supondrá demasiadas pérdidas para ti, Milenne.

Se quedó un momento en silencio y ella se percató de que la pelea fuera había terminado. Ahora venían los gritos y el pánico de clientes y meretrices

Tengo una reputación que mantener, ¿sabes? Si mis clientes se enteran de que en mis citas hay un loco echando puertas abajo y dando palizas con sus secuaces, puede que no les haga demasiada gracia.

Bueno..., no es tu única fuente de ingresos. Sobrevivirás, como has hecho siempre. La miró de arriba abajo—. A veces me pregunto si vienen a ti por lo que sabes o sólo por verte.

La chica comenzó a reírse.

Veo que no has cambiado en absoluto, sigues siendo ese espía que conocí. Como siempre, aciertas: tus antiguos compañeros vienen más por lo segundo.

Ninguno cambiamos, sencillamente nos adaptamos a la situación.

Tienes razón, aunque tú siempre fuiste diferente, distante, hablando conmigo sin mirarme tan siquiera. Se acercó a él lentamente, con la sensualidad que la caracterizaba—. A diferencia de los demás, nunca te has interesado en mí. Uriel se limitó a mirarla de reojo—. ¿Nunca has tenido fantasías conmigo? Me entristecí mucho cuando supe que habías desertado del SSI y no iba a volver a verte. Pero ahora estás aquí, así que ya no tienes por qué reprimirte.

Acercó su cara, sonrojada, buscando besarle. Él le sostuvo la mirada y la agarró del hombro con suavidad, bajando lentamente por el brazo. Pero el beso nunca llegó. Uriel puso el dedo sobre sus labios, sonriendo, mientras su otra mano agarraba con firmeza la de ella.

Nunca me acerco a una flor, porque las más hermosas... le arrebató de entre sus dedos una horquilla afilada pinchan.

Ella se alejó de él con un empujón, terriblemente contrariada.

¡Maldito seas! Y con la otra mano le arreó un bofetón que bien seguro podría haber esquivado, pero no lo hizo.

Esto paga la puerta que he roto dijo guardándose la horquilla en la manga.

Bien, ¿y ahora me dirás qué hacemos? Si has venido hasta aquí será porque querías información, pero lo siento, no voy a poder darte nada. Siempre me caíste bien, Uriel, pero eres un desertor. Miguel ha puesto un precio muy alto a tu cabeza y ahora es quien manda.

El pelirrojo se quedó mirándola, con gesto grave. ¿Tal vez nombrar a su antiguo compañero le había puesto en guardia? Sabía de sobra que era un tema muy sensible para cualquiera de los dos. Pero en vez de decir algo, se acercó a la ventana y empezó a jugar con su reloj de cadena abriendo y cerrando la tapa. Un detalle que no le pasó por alto a Milenne; probablemente ese movimiento rítmico era un código.

Tienes razón, si es ahora el director no tardarán en capturarme. Pensaba en sonsacarte información antes, pero será mejor tenerla de primera mano. Así que relájate, ya conseguí lo que necesitaba.

Ella se giró, sorprendida.

¿Y entonces? ¿Te vas y ya está? ¿Para qué tanto alboroto?

Uriel se alejó de la ventana, acercándose a la cama para tumbarse, cerrando los ojos al tiempo que daba un largo suspiro.

Para disfrutar un rato de tu compañía mientras espero.

Milenne le miró, completamente extrañada. No había sabido nada de ese hombre  en los últimos años, pero aunque él decía que era el mismo, veía algo diferente en él. Se sentó en una de las esquinas del lecho. uriel había dejado la pistola a un lado y permanecía con los ojos cerrados, confiado de que no le iba a atacar de nuevo. No recordaba si, en los tiempos en que colaboraban, le había visto relajarse alguna vez. Siempre alerta, perspicaz, maquinador… Ella era capaz de entrar en la mente de cualquier persona, sus gestos o manías siempre los delataban, pero sin embargo el pelirrojo siempre había sido un muro. Nada de lo que hizo consiguió acercarla ni por un instante a él, y esa capacidad para desconcertarla lo convertía en un tipo muy interesante a la vez que peligroso. Un juego que, sin duda, añoraba.

Era verdad.

Él abrió un ojo y la miró con cierta sorpresa.

¿Qué era verdad?

Que te he echado de menos se sinceró—. Siempre me trataste bien, fuiste un caballero conmigo, y eso es algo que no puedo decir de casi nadie. Lamento mucho que ya no podamos trabajar juntos.

Mentiría si te dijera que extraño aquellos tiempos, pero tuve que sacrificar muchas cosas. Se rio, pero esta vez a Milenne le pareció ver un atisbo de sinceridad—. Y que no me haya quedando mirándote el escote o el culo no quiere decir que no aprecie lo guapa que eres. Sencillamente, me parece más interesante lo que hay dentro de esa cabeza. No voy a negar que he conocido mujeres tan hermosas como tú, pero ninguna tan peligrosa e inteligente.

¡El mismísimo zorro rojo me está halagando! Por Alma, esto sí que es nuevo. ¿Qué pasó para que te fueras? Eras una leyenda en el SSI, todos te respetaban. Pero de la noche a la mañana despareciste y nunca averigüé el motivo. Puse mucho empeño en ello, pero no obtuve nada.

¿Ves? Ese hambre de saber y controlar lo que te rodea te hace interesante.

Esquivo como siempre, pero, a la vez, sentía que por un momento estaba un paso más cerca de él de lo que había estado nunca. Mas eso iba a terminar en breve y, aunque él ya estaría al tanto, tuvo que advertirle:

No tardarán en llegar, lo sabes.

Cuento con ello dijo cerrando de nuevo los ojos.

Dime qué pretendes. Juro por Alma que no se lo contaré a nadie.

Puedo sentirme hoy sincero contigo, pero no tan temerario como para contarle mis planes a una informadora del SSI, ¿no crees? Seguimos siendo enemigos, lamentablemente. Pero si algún día cambias de parecer, házmelo saber.

Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Ella traicionando al SSI abiertamente? No estaba dispuesta a poner precio a su cabeza, o puede que supiera algo de sus otros clientes. Imposible, pensó. Seguramente había tocado el tema por ver si reaccionaba de alguna forma. Pero ella sabía guardar perfectamente la compostura, al igual que el exagente.

No tuvo que esperar mucho, pues no habían pasado ni cinco minutos cuando tres hombres fuertemente armados se presentaron en la habitación. Milenne los conocía, eran sicarios del SSI. Junto a ellos, en el pasillo varios soldados cerraban la salida.

¿Qué había sido de los hombres que acompañaban a Uriel y neutralizaron a los guardias del burdel? ¿Le habían dejado solo?

¡Uriel von Hamil, quedas arrestado por alta traición! anunció uno de ellos.

Uriel abrió un ojo y lo miró durante unos instantes, impasible.

¡No me hagas usar la fuerza! prosiguió—. Estás rodeado.

Tranquilo dijo Uriel levantándose—. Con el alboroto que he armado habéis tardado más de lo que esperaba. Casi me quedo dormido. Tiró la pistola al suelo y alzó las manos, rindiéndose—. No os lo voy a poner difícil.

Una vez desarmado, los soldados entraron en la estancia y le derribaron contra el suelo violentamente para comprobar que no llevaba nada más encima. Lo levantaron, no sin antes propinarle alguna patada, y lo sacaron de la habitación al pasillo. Pero antes, el prisionero se giró hacia Milenne:

¡Ah! Y me alegro mucho de verte y saber que estás bien.

Se oyó cómo se lo llevaban por el pasillo con poca cortesía. Uno de los sicarios se giró hacia Milenne:

¿Te ha herido o algo?

Estoy perfectamente, no te preocupes respondió con una mueca de desagrado—. Me gustaría volver a mis quehaceres lo antes posible. Hacedme un favor y alejad a ese lunático traidor. Metedlo en el pozo más profundo que encontréis.

El hombre asintió y se despidió de ella.

Un destino peor le espera y se giró no sin antes echarle una atenta y furtiva mirada a su escote.



Por la mirilla del rifle que portaba Fearghus se podía ver cómo la habitación se quedaba vacía a excepción de la prostituta. Esta se levantó de la cama y echó la cortina.

Dejó de mirar por el arma y se frotó los ojos, cansado de estar fijando la vista tanto tiempo. Se recostó sobre las tejas mientras Shara accedía hasta el tejado, dejando escapar un gruñido mientras se palpaba el costado.

Esos tipos eran duros, ha costado reducirlos. Se nota que el burdel mueve mucho dinero y contratan a mercenarios competentes como guardias.

Esto no es lo que esperaba comentó disgustado.

¿A qué te refieres? dijo con desconcierto mientras se acercaba.

Ha habido un cambio de planes. Señaló la calle donde aún se veía al grupo que se lo llevaba—. No tengo muy claro por qué, sólo me ha pedido que no intervengamos y vayamos a Tiria.

¿A Tiria? ¡Tan sólo tenía que sacarle a esa furcia dónde estaba ese tipo del SSI y llegar hasta el gobernador! De allí le teníamos que sacar, no de Tiria. En la capital va a ser imposible espetó indignada. No dejaba de frotarse el brazo, nerviosa.

Pieza a pieza fue desmontando el rifle para esconderlo en una bolsa, mientras respondía con voz pausada tratando de tranquilizarla:

No tenemos más opción que confiar en él, como siempre hacemos. Puede que haya visto una mejor oportunidad o algo haya cambiado…, no sería la primera vez.

Pero ahora está completamente solo. Tenemos que sacarlo lo antes posible del agujero donde lo vayan a meter replicó poniendo los brazos en jarras y dando un bufido—. Tal vez si nos damos prisa podríamos interceptarlos…

Metió las piezas en una maleta y ajustó la correa para echársela por el hombro, y así bajar del tejado con más comodidad.

No le dijo con tono autoritario—. Son cinco soldados y tres mercenarios, nos superan en número.

Los guardias eran cinco alegó.

No seas estúpida, esos soldados están bien entrenados y van armados. No sólo podríamos salir malheridos, además podrían matar a Uriel en la refriega. Suspiró tratando de contener el tono. A él también le ponía nervioso la situación, y aunque entendía a Shara, esa actitud suicida no le ayudaba—. Seguiremos con el plan al pie de la letra. Sin él a cargo, las órdenes las doy yo, y nos ceñiremos punto por punto a lo que nos encomendó Uriel.

Pero…

Shara, entiendo tus dudas, pero no tenemos elección. Confiemos en que ese bastardo mentiroso tenga todo bajo control. Más le valía, porque personalmente se encargaría de golpearle esa sonrisa de autosuficiencia de un buen y merecido directo. Eso le relajaría el molesto cosquilleo que sentía en las runas que le protegían la herida del pecho.

Entonces, ¿ahora qué?

Tú volverás al aesir mientras yo me encargo de dar el siguiente paso. Informa a Joseph y a Anna, pero hazlo con tacto indicó entregándole la bolsa con el rifle.

Vamos, exactamente al revés de como lo harías tú ironizó.

Suspiró tomándose ese ataque como que lo había entendido.

Sí, exactamente.

Echó una última ojeada al cielo nocturno de Hazmín salpicado por estrellas antes de bajar de nuevo a la calle. Confiaba en él, no era la primera vez que los engañaba, pero no podía evitar preocuparse. Si no era parte de su plan, o aunque lo fuera, cualquier error iba a terminar con él en la horca.



Hacía rato que Fearghus se había ido y Shara, en vez de acatar sus órdenes, corría por el entramado de tejados y terrazas con la bolsa del rifle a la espalda, tratando de encontrar el rastro de Uriel. Había tenido que esperar demasiado para que el delven no se diera cuenta, y por más que miraba a un lado y a otro, no localizaba a los soldados.

A punto estaba de maldecir su suerte cuando, de entre las escasas personas que aún deambulaban por las estrechas calles, pudo distinguir a uno de los sicarios que habían participado en su captura.

Atajó por un patio trasero hasta bajar al nivel de la calle, descolgándose por un par de balcones con gracilidad. Se agazapó y esperó a que el hombre la sobrepasara para, acto después, seguirle en la distancia sin ser descubierta.

Tan sólo un par de calles más adelante entró en una taberna. Chascó la lengua, molesta; ese desgraciado había participado en la detención, que a buen seguro iba a ser generosamente pagada. Dudó si entrar, pero estar parada, agazapada en la calle, tampoco la iba a ayudar. Así que se armó de valor y entró hasta la barra del pequeño local, situado en un semisótano, y pidió algo de beber. Le intimidaban mucho los lugares con gente y trataba de no mirar a nadie, mientras maldecía esa mezcla de timidez e impaciencia que la embargaba. Pero Fearghus tenía razón: debía aguardar.

El lugar estaba cubierto por el pesado humo de las cachimbas, y la cerveza probablemente era el peor brebaje que había probado en su vida. Caliente y con un regusto demasiado amargo que le hacía arrugar la nariz cada vez que le pegaba un trago. Permanecía cabizbaja tratando de escuchar algo sobre Uriel, pero el malnacido no soltaba prenda. Sencillamente alardeaba de su suerte jugando a los dados con sus compañeros de mesa mientras, entre un chupito y otro de aguardiente, soltaba algún comentario misógino. Todo un caballero, pensó.

Un fuerte olor a alcohol la sorprendió cuando el tipo en cuestión, ya tambaleante, se acercó a la barra para pedir una ración más de esa pócima, capaz, por lo que decía el tabernero, de tumbar al más recio de los hombres. Pero no contento con ello, para su desgracia, se giró hacia ella.

Ho… Hola…, preciossssa. ¿Nossh hemos vissshto antes? Sus ojos vidriosos la miraban y no pudo reprimir un gesto de asco cuando se acercó más de la cuenta—. ¿P-Pors… qué me evitassssh? So-Solo trrato de ser agradable…, encanto. ¿No quieresss venir a jugar?

Estoy bien sola, gracias dijo reprimiendo las ganas de clavarle los nudillos en la cara. Le habría gustado decir algo ingenioso como Uriel, tal vez lapidario, como hacía Fearghus… Pero de ella no surgían más palabras. Agarró la jarra y trató de ignorar a aquel tipo.

Venn…Venga, cielo. —La desnudó con la mirada de arriba abajo—. Una muuher tan, tan…, taaaaaan guapa no puede esssstar sola. Ven, ven… Le puso la mano sobre el hombro y a ella un desagradable escalofrío le recorrió todo el cuerpo—. Hoy he ganado mucha paaasshta, ashiií que lo estoy celebrando.

Se giró hacia él apartando su mano.

¿Ah, sí? ¿Cómo ha ganado tanto un borrachuzo como tú?

Él se encogió de hombros, algo sorprendido.

Eeey, sin insuuultar, nena. No shhaabes quién soy. Si… Si chascara los dedos estarías en la cárcel del gobernador. La tomó por la cintura y la apretó contra él. Había que reconocer que era fuerte—. Te conviene ssher bueno conmigo. Se acercó para besarla en el cuello.

¿Allí es donde han llevado al tipo con el que has ganado hoy tu recompensa? Es mejor que la horca.

Se detuvo en seco y por un momento hasta mejoró su dicción:

¿Qué…? ¿Cómo sabes…?

Shara notó cómo ese abrazo cariñoso titubeó, y para cuando fue a apartarse le propinó un fuerte rodillazo en su entrepierna que le cortó cualquier intención de seguir hablando.

El hombre se tambaleó y cayó al suelo, aturdido por el dolor. Sus compañeros de la mesa de juego se levantaron mientras el resto de la taberna la miraba, y no con buena cara, precisamente.

Shara se quedó mirando a los presentes, desafiante, mientras recogía la bolsa. El silencio era tenso, tan irrespirable como el humo del tabaco que invadía el local.

¡No soy una de esas! ¡No quiero tus escudos! gritó indignada.

Una sonora carcajada emanó de los parroquianos, mofándose del pobre diablo que se había quedado sin habla en el suelo, sujetándose la entrepierna. Ella sonrió, aún nerviosa, y abandonó el local con el corazón en un puño. El trabajo de espía no era para ella, pero al menos ya sabía que no habían matado a Uriel aún y, de paso, había descargado parte de su frustración con aquel borracho. Tardaría un buen rato en recuperar el habla.



El gobernador de la ciudad se había vestido a toda prisa cuando le despertaron a medianoche informándole de un importante arresto en uno de los burdeles de la ciudad. Alfred Hutton Aldelal era un hombre extremadamente delgado y de piel morena, como la mayoría de la gente oriunda de Hazmín, cuyo sueño siempre había sido dejar aquella maloliente ciudad y ascender como senador a la capital.

La captura por parte de los militares y la inteligencia local de un alto traidor podía ser una prueba, aunque ilusoria, de que estaba enderezando aquella decadente urbe. Sin duda, un gran mérito para un posible ascenso político.

Ansioso, bajó hasta la entrada de su mansión, donde cuatro soldados imperiales, ataviados solo con cuero, peto y el yelmo abierto, como era costumbre en las tierras sureñas, custodiaban a un hombre pelirrojo de larga melena que vestía una desgastada levita negra y que, pese a estar apresado y que su final iba a ser indudablemente la muerte, parecía calmado.

A la cabeza de ellos, el capitán de la unidad se adelantó y se acercó al gobernador.

Señor, este es el hombre que hemos apresado tras un altercado.

Mmm..., no parece muy peligroso. ¿Cuál es su nombre?

Uriel von Hamil. Está acusado de alta traición al ejército.

Alfred lo escrutó con la mirada mientras se acariciaba el bigote, pensativo.

Estupendo... Creo que has venido a la ciudad equivocada, traidor dijo haciendo hincapié en el apelativo.

Uriel respondió con un tono calmado que no agradó al gobernador:

Tal vez, señor. Todos, antes o después, cometemos alguna equivocación.

El hombre se rio.

Yo no cometería semejante estupidez, pero, en fin... Es tu cuello.

Siempre hay una primera vez para equivocarse, señor.

El hombre descompuso el gesto. ¿Cómo se atrevía?

No oses juzgarme. Te voy a contar otra cosa en la que no me equivoco: para ti va a ser la última.

Lo siento, señor. Siempre juzgamos incluso antes de hablar, es un defecto humano. Disculpe mi impertinencia.

Alfred se giró hacia el capitán:

Muy bien, lo encerraremos y enviaremos un mensaje al gobierno central. De seguro tendrá una buena recompensa sobre su cabeza y no tardarán en venir a buscarle. Sin duda se alegrarán, en estos tiempos que corren, por ajusticiar a un traidor dijo mirando con una sádica sonrisa a Uriel, que permanecía en silencio y tranquilo—. ¿Qué ocultas? Me da que algo estás tramando.

Uriel negó con la cabeza, sobreactuando de nuevo:

No, no, señor. Para nada. Sencillamente estoy cansado de huir.
Alfred se mesó el bigote, tratando de adivinar qué pretendía aquel reo. Dudaba de que dijera la verdad, parecía demasiado tranquilo, y lo que fuera que estuviera planeando no podía ocurrir en su ciudad. Aquello que hubiera sido un mérito pasaría a ser un fracaso que lo hundiría en la miseria y su carrera política quedaría truncada. No, era mejor enviarlo a la capital, así con una llegada triunfal podría visitar con la excusa al senado y además trasladaría la responsabilidad a los tirenses.

¿Sabes? Sería descortés por mi parte hacerte vivir días de más pensando sobre tu suerte. Se dirigió al capitán—. Prepárelo todo para trasladar al preso con la máxima prioridad posible a Tiria.

Uriel dio un paso hacia delante abandonando su aparente calma, pero los soldados le interceptaron y uno le propinó un golpe en el estómago. Recuperando el aliento de rodillas en el suelo, aún pudo exclamar:

¡No! ¡Espere! Seguro que podemos llegar a un acuerdo.

Lo siento, no hay nada que puedas ofrecerme. Disfruta de tu viaje y tus últimos días en esta tierra. Pronto visitarás a Alma.

—¡No! Los soldados lo sujetaron y se lo llevaron de la estancia. Por una vez pudo verse la expresión del miedo en Uriel—. ¡Gobernador! Esto es una equivocación.


Cerraron la puerta y se hizo el silencio. Con paso tranquilo, Alfred volvió a sus aposentos sabiendo que el siguiente iba a ser un buen día. Él nunca se equivocaba.