16 de mayo de 2012

V - Bajo el mismo cielo


En el habitual lugar de reunión que era la cocina, se encontraban Adriem, Eliel y Dythjui. El primero acababa de llegar y había dejado sobre la mesa un paquete atado con una pequeña cuerda. La llegada de Adriem interrumpió la conversación de las dos mujeres sobre lo diferente que era la vida en Kresaar y en Tiria.
- ¡¿Quieres que me disfrace?! - exclamó Eliel al ver las ropas que había dentro del paquete: una falda larga de color marrón con dibujos geométricos en dorado y un corsé de color negro, con una blusa blanca y una capa con capucha marrón oscuro.
- Agradecería que no chillases, el salón está aquí al lado. Es sólo por unos días. Sabemos que te buscan, y una doalfar llama mucho la atención en esta ciudad - se explicó Adriem - Además, han hecho circular tu descripción entre los cazarrecompensas. No podemos arriesgarnos.
- No, me niego - dijo Eliel desviando la mirada, muy contrariada.
- Con un poco de maquillaje parecerías una... - A Adriem no le dio tiempo de terminar la frase.
- ¡Una delven! - exclamó levantando los brazos, escandalizada - ¡Vamos, lo que faltaba! ¿Acaso no te entró en tu dura cabezota lo que hablamos ayer?
- Pues sólo hay otra opción - Adriem se levantó, agarró por el brazo a la muchacha sin mucha compasión y la llevó escaleras arriba. Ella se resistía y pataleaba, pero era imposible deshacerse de aquel recio brazo que la agarraba. Adriem la empujó dentro de su habitación y cerró la puerta. Se oyó un golpe seco.
Eliel tiró para intentar abrirla, pero sus sospechas se vieron confirmadas. Adriem había trancado la puerta por fuera.
-¡Abre, maldita seal ¡No puedes encerrarme como a una prisionera! -N o se oyó ninguna respuesta-. ¡Maldito comúnl ¡Te exijo que me abras! - gritó golpeando la puerta - ¡Adriem!
Dythjui se quedó mirando a Adriem, que bajaba la escalera haciendo oídos sordos a las exigencias de Eliel.
- Suerte que la zona privada está separada del resto. Esa muchacha tiene buena voz. Sería una buena cantante - dijo el guardia.
- Creo que te has pasado. Mira que arrastrarla de esa forma... - Dythjui estaba a punto de argüir que era una invitada y no la podían tratar así, pero Adriem interrumpió su discurso.
- Hazme caso. Sólo será cuestión de unas horas. Es como una niña pequeña - dijo dedicándole a Dythjui una sonrisa de complicidad.
- A veces pienso que detrás de esa apariencia tuya de buen chaval se esconde algo de maldad.
- Exageras - Adriem extendió la ropa sobre la mesa.
- Vaya, tienes buen gusto para la ropa pese a que eres un hombre. Creo que le quedará bien si decide ponérselo -dijo Dythjui, tomando una de las prendas para probársela por encima.
- Lo hará.



Eliel, cansada de forcejear con la puerta que Adriem había atrancado, estaba tumbada en la cama. No acostumbraba a hacer tales esfuerzos, por lo que sus finos brazos le dolían. Aún tenía las marcas de los dedos de Adriem. Se sintió molesta por la brusquedad de aquel humano.
- ¡Será posible! ¿Cómo se atreve a dejarme encerrada en esta habitación como si fuera una vulgar prisionera? ¡Soy una invitada de la Santa Orden! ¡Él no puede retenerme así! ¡Adriem, eres idiota! - exclamó la doalfar en su monólogo. Pero se calló de repente, tapándose la boca con las manos. ¿Qué había dicho? ¿Lo había llamado por su nombre con tanta familiaridad? Por Alma.
Se levantó de la cama alarmada. Aquella situación la estaba cambiando. No podía permitirse esas confianzas. ¿Se estaba convirtiendo en una común como ellos? No entendía cómo su padre los podía tratar sin sentirse... ¡Era culpa de ese guardia, seguro! No podía dejarle que se saliera con la suya. Una doalfar a merced de un común, ¿dónde se ha visto?
Estaba cansada de que la situación la superase constantemente. Desde que había llegado a Tiria todos habían decidido por ella.
- Pero eso va a cambiar. Le demostraría a ese guardia que era capaz de salir de allí por sí misma. Quería ver su cara cuando la viera entrar por la cocina como si nada. Quería demostrarle que no era una niña mimada. Él pensaba que no era más que una niñata hija de papá, pero pronto descubriría que estaba muy equivocado.
Sin más, abrió la ventana. Se asomó y vio el pequeño pa- tio trasero, donde se tendía la ropa. El suelo de cemento estaba lleno de verdín. Una tapia de piedra de no más de dos metros y un viejo sauce completaban la estampa. Examinó la pared y al final optó por agarrarse al canalón. El tubo estaba frío, húmedo y resbaladizo al contacto y Eliel no pudo reprimir un escalofrío y un sentimiento de asco al tocar a saber qué sustancias; pero no desistió y, con un mohín de labios, trepó al alféizar para luego extender una de sus esbeltas piernas hacia el canalón. Apoyó primero un pie, luego el otro, pero no calculó que la vieja tubería no fuese capaz de soportar su liviano peso. Se oyó un gemido proveniente de los tornillos que sujetaban la tubería a la pared, como si el mismo metal protestase por su sueño interrumpido. Eliel, asustada, se cogió con ambas manos con más fuerza a la tubería, apretando las rodillas contra ella para afianzarse y rezando a Alma para no caerse. Pero todo fue en vano. Con un último crujido, la tubería se soltó de los enganches. Profiriendo un grito, Eliel se precipitó hacia el suelo, arrastrando en su caída restos de moho y trozos de piedra de la pared. Se estampó contra un montón de ropa de uno de los cestos que contenía la colada de esa mañana, por suerte.


- ¿A quién se le ocurre descolgarse de esa forma? Podrías haberte hecho mucho daño. - Adriem, arrodillado ante Eliel, la curaba con un algodón y algo de alcohol unos rasponazos que se había hecho en una pierna.
La doalfar, sentada en una de las banquetas de la cocina, se negaba a hablar. Estaba de lo más enfadada. No sólo porque su escapada había sido un auténtico fracaso, sino porque también tenía que soportar la vergüenza de su torpeza ante Adriem. El alcohol escocía mucho, pero se mordía los labios para no demostrar debilidad.
- Lo malo es que se ha echado a perder la colada - dijo algo molesta Dythjui. En una de las pilas lavaba la ropa de los cestos que se había ensuciado con el accidentado aterrizaje de Eliel.
Al final, la doalfar se decidió a hablar:
- Todo ha sido por tu culpa. Me encerraste en esa habitación porque no quería disfrazarme -dijo contrariada.
- Y por eso decidiste iniciar una aventura, ¿no? - contestó Adriem sin el menor síntoma de sentirse culpable.
Aún arrodillado alzó la cabeza y la miró a los ojos. Eliel se sintió algo incómoda y perdió parte de su porte altivo.
- No iba a permitir que me vistierais como una delven.
- ¿Y por qué no de humana? - dijo Dythjui desde el fondo de la cocina, donde seguía frotando la ropa con algo de jabón y agua.
- De humana podría pasar - dijo la doalfar, aunque no del todo convencida - Sé que es una situación extrema, así que puedo tolerar el hacerme pasar por uno de los vuestros.
Adriem sonrió. El hecho no pasó inadvertido a Eliel.
-  ¿Qué te hace tanta gracia?
-  Sólo ha costado un par de horas.
- ¿A qué te refieres?
- Si te hubiera dicho de buenas a primeras que te disfrazaras de humana nunca hubieras aceptado -Cerró el bote de alcohol.
- ¡Maldito seas! - Desde su asiento estiró la pierna que no estaba sujetando el humano con intención de darle una patada en el pecho. Él no se molestó en esquivarla. Esto la enojó más si cabe.
Adriem se levantó y le dedicó una sonrisa
- Lo siento, no te lo tomes a mal… - Y se fue de la cocina, dejando a la doalfar con la palabra en la boca.
- ¡Lo odio! ¡Ha jugado conmigo!
- Pues pese a todo, parece que está mejor de ánimo, gracias a ti - dijo Dythjui.
- ¿Mejor? ¿Es que le pasaba algo?
- No me digas que la priora no te dijo nada.
- ¿Nada de qué?
- Adriem se jugó la vida por ayudarte - añadió con  gravedad y dejando la ropa a un lado.
- ¡¿Qu… qué?.
 - Verás, creo que deberías saberlo…
 Dythjui le contó a Eliel que Adriem se había enfrenta do a las sombras de aquella misteriosa mujer y cuán cerca había estado de la muerte. Y que la priora había evitado ese fatal desenlace, así como los esfuerzos que Adriem estaba haciendo, preguntando por las calles, hablando con amigos y contactos, en un esfuerzo titánico por averiguar algo sobre la perseguidora, hasta quedar exhausto.
Eliel escuchó con atención las palabras de la casera. No conseguía comprender por qué Adriem se estaba tomando tantas molestias. Siempre la habían cuidado, sus padres, sus tutores, pero nunca nadie había arriesgado su vida por ella. Y mucho menos un desconocido.
- No existe un porqué - dijo Dythjui - Él es así. Y lo peor de todo es que no le da importancia. Es una de esas pocas personas que simplemente hacen lo correcto. Gente así escasea en estos tiempos. Siempre le he dicho que esa bondad, casi estúpida, le puede hacer mucho daño, pero pido todos los días que nunca cambie.
- Tal vez... tal vez he sido demasiado dura con él - comentó arrepentida Eliel, cabizbaja.
- No te preocupes, querida, él no espera que se lo agradezcas. - Dythjui miró por la ventana que daba a la calle y suspiró-. Siempre he creído que esta ciudad no es su lugar.


El sol se filtraba a través de los árboles, dibujando sombras sobre el suelo, como si de un mosaico se tratara. El sonido de las campanas anunciaba el final de la ceremonia. Del pequeño templo de piedra, construido antes de que los edificios lo rodearan, empezó a salir la gente. Se notaba que era un día de fiesta, ya que todos iban arreglados con ropas elegantes.
Adriem aguardaba sentado en la vieja escalinata que daba paso a los bonitos jardines donde se hallaba el templo. Era un remanso de paz entre el febril mundo de ahí fuera.
El joven permanecía con la mirada perdida en los árboles, oyendo el canto de los pájaros que allí anidaban, evocando estampas de su ciudad natal. Al oír las campanas se levantó y se sacudió los pantalones. Ya no llevaba el uniforme, ahora vestía unos pantalones de color verde grisáceo, con botas de cuero marrón y camiseta blanca. Recogió una cazadora de cuero negro que había dejado sobre el pedestal de la estatua de una bella mujer. La había cogido para protegerse del frescor de la mañana. Pero ahora sólo le servía para colgársela del hombro.
Avanzó en sentido contrario al resto de la gente que descendía hacía el mundanal ruido, procedentes de orar a Alma. Según llegó a la puerta, Eliel salía por ésta. Estaba casi irreconocible. Llevaba el pelo recogido en una coleta que sobresalía bajo una tela, que, a modo de capucha, tapaba parte de su cabeza y las orejas. Esta capucha, junto con la falda larga gris y la blusa blanca, adornada con un lazo en el cuello, le hacían parecer una humana realmente hermosa y delicada. Sujetos contra su pecho, llevaba tres libros atados por una fina cuerda y envueltos en papel grueso. Por lo que se podía entrever eran muy viejos.
- ¡Adriem! Me alegra que hayas venido a buscarme.
- Vaya, qué cambio de actitud. ¿Ya no estás enfadada conmigo?
- No. Estás de suerte, común - dijo con una sonrisa picarona y casi en un susurro, para que ningún curioso pudiera oírlos - La noble y orgullosa doalfar está magnánima contigo.
Adriem se quedó pasmado ante la sincera y bella sonrisa de la doalfar. Ayer mismo casi no le dirigía la palabra. Se preguntaba qué había cambiado. Pero, sin lugar a dudas, cuando sonreía era una auténtica preciosidad. Ahora se fijó en sus delicadas facciones, en sus ojos ligeramente almendrados, que se entornaban con suavidad al sonreír, y el rosado de sus pómulos, contrastando con su blanca piel, tan fina que daba la sensación de estar viendo el fantasma más hermoso que se pudiera soñar. Sin duda, prefería que sonriese.
- ¿Cómo es que has venido a buscarme?
- Me han dado un permiso, así que tengo unas semanas de vacaciones, por lo que sustituiré a Dythjui por unos días. Bastante trabajo tiene ya la pobre con atender la posada.
- ¿Y no será una molestia para ti?
- No, mi capitán se ha empeñado en el permiso, no hay problema.
El sacerdote salió a la puerta del templo. Era un humano de avanzada edad, como denotaban las canas que poblaban lo poco que quedaba de su cabello, en contraste con sus cejas densamente pobladas. Era bajito, regordete y humilde, ya que vestía una sencilla túnica de color marrón, con un simple cinturón de cuero y unas sandalias baratas. Era amigo íntimo de Melisse y el contacto que tenía que dar los libros a Eliel. Habían decidido aprovechar la ceremonia matinal para entregárselos. A veces, para esconder las cosas -les dijo Melisse - es mejor hacerlo a la vista de todos.
- Hola, joven, ¿viene a recoger a la invitada?
- Sí, señor.
- Sepa que nuestra invitada es muy generosa, me ha ayudado mucho a preparar la ceremonia de hoy. Y, como buena colega, una mujer muy devota de nuestra Benefactora y Madre.
- Me alegro de que todo vaya bien pero, si no le importa, llevamos prisa, no es conveniente que se pasee mucho - Oh, claro, claro. Siento entretenerlos. Cuide bien de ella, joven.
- No se preocupe - dijo alejándose-. Lo haré. Andaban con paso decidido entre las callejas del sector, pero sin llamar mucho la atención. Adriem iba por delante y observaba por el rabillo del ojo cualquier movimiento extraño Eliel lo seguía, concentrada en no perderse. Por el camino cruzaron un puente bastante largo que unía dos sectores. Desde allí, gran parte de la ciudad se podía contemplar: casas apelotonadas, fábricas, bloques de ladrillo y acero que sujetaban los superpoblados sectores, y las altas torres que amurallaban la ciudad. Una densa niebla emborronaba algunas zonas donde el sol aún no llegaba. Los puentes y los túneles se entrecruzaban y un silbido anunció que un tren iba a pasar por debajo de ellos.
Eliel se detuvo, asombrada, a contemplarlo todo. Ya acostumbrada al caos de esa ciudad, se dejó embriagar por su complejidad y rara majestuosidad. La marca inequívoca del ser humano.
- No es bueno que nos detengamos aquí. Venga, Eliel, sigamos.
- No, espera un momento. Hasta hoy no había tenido + + la oportunidad de ver la ciudad. No había salido de la posada desde que llegué.
- La ciudad no es gran cosa. Yo a veces echo de menos la tranquilidad del campo.
- Pero es preciosa - dijo abriendo los ojos como platos y apoyándose en la barandilla del puente - A su manera, claro. Sigo prefiriendo Estash, pero tiene un encanto que no se ve a primera vista. Hay algo romántico en ella… algo… antiguo - Por un momento se quedó extrañada por usar ese adjetivo sobre aquella ciudad.
- Tal vez, pero te acabas acostumbrando.
- Por cierto, Adriem - dijo mientras el viento ondeaba su coleta -, ya que habías venido a recogerme, podrías haber entrado a la ceremonia.
- No, gracias, no me apetecía. No soy muy religioso.
- ¿No sueles orar? ¿Acaso no crees en Alma?
- No es eso. Lo que pasa es que no creo que haga mucho caso a si uno de sus hijos reza o no reza y yo tengo demasiadas cosas que hacer.
- Eso que dices no es verdad. Todos formamos parte de Alma, así que todos somos importantes y ella nos escucha. Es lo que siempre me han enseñado.
- Tal vez seamos importantes, pero me ha quitado ya demasiadas cosas, así que estamos en tablas. - Y dicho esto, reemprendió la marcha.
Eliel se dispuso a replicarle, pero le empezó a escocer la garganta y comenzó a toser.
Adriem se volvió y sacó un pañuelo que le colocó ante la boca y la nariz, aliviando en parte el picor.
- Sujétatelo y respira hondo. No estás acostumbrada al humo de esta ciudad. Si te fijas, hay gente que lleva embozos y pañuelos. A mí me costó acostumbrarme.
Eliel se dio cuenta de que la gente solía vestir pañuelos al cuello y que otros llevaban mascarillas. Incluso los uniformes de guardia tenían un cuello alto que hacía las veces de embozo si se ajustaba el cierre. ¿Era el precio del progreso?
- Parece que ya se te ha pasado un poco. Vamos, que llegamos tarde para almorzar y Dythjui se enfadará. Ya verás cómo allí te encuentras mejor.


- Más cuatro, más un comodín, con lo que derribo tu última carta, Adriem. - Dythjui se apresuró a quitarle las dos cartas de Mahoc que le quedaban.
- ¡Maldita sea! Ya sé por qué no me gusta jugar contigo.
- Sí, pero siempre te olvidas cuando te pido otra partida - dijo riéndose.
Los dos, junto a Eliel, estaban sentados en una mesa con una baraja. Mientras Adriem se frustraba por su nueva derrota y Dythjui se regodeaba, Eliel miraba con atención las cartas. En algunas mesas contiguas aún quedaban parroquianos que estaban en la sobremesa de la cena, pero la cocina ya había cerrado.
- No consigo entender este juego.
- No te preocupes Eli, yo te enseño a jugar esta noche. Tú y yo, a solas - se ofreció Dythjui.
- ¡¿Cómo?! Oye, Dyth no creo que... - interrumpió sonrojado Adriem.
- Has perdido... te toca sacar la basura - le replicó su casera.
- Pe..., pero...
Dythjui se le quedó mirando, sonriente, mientras Adriem dio un suspiro de desánimo. Se levantó y se dirigió a la cocina de mala gana.
-  ¿Qué le pasa?
- No le gusta perder - dijo Dythjui sin dejar de sonreír. 
 La noche había caído sobre la ciudad hacía rato. En la habitación de Eliel estaban ella y la casera, sentadas en la alfombra, frente a varias cartas de Mahoc. La doalfar ya llevaba el camisón prestado que usaba, y Dythjui vestía una camiseta larga sobre la ropa interior.
- ¿Lo entiendes ahora? Si tienes suficientes bases y un bono lo suficientemente alto, puedes hacer una jugada que deje al contrincante sin cartas - dijo Dythjui mientras ponía un grupo de cartas sobre la alfombra.
- Yo... lo siento. Sigo sin entenderlo bien. - Eliel se rascaba la cabeza mientras intentaba comprender el juego del todo. Nunca había jugado a las cartas y, por alguna extraña razón, le estaba costando un montón entender cómo funcionaba.
Dythjui exhaló un suspiro.
- Qué le vamos a hacer. Mañana lo seguiremos intentando.- Dicho esto, comenzó a recoger las cartas.
-  ¿Aún no ha vuelto Adriem? - preguntó Eliel.
- No. Iba a dar una vuelta. Quería hablar con un par de conocidos en las casas de contratas de mercenarios, a ver si averiguaba algo. - Acabó de recoger las cartas y miró a la doalfar con cara pícara - Veo que te interesas mucho por él. Si no fuera por la aversión que soléis tener por los que no son de vuestra raza... diría que te gusta.
- Eso no es verdad, sólo estaba preocupada porque es tarde - dijo Eliel ruborizándose..
- No te preocupes, lo entiendo. Siempre me he dicho que si mis preferencias fueran otras también él me gustaría. Y en cierta manera me gusta.
- ¿Cómo? No entiendo qué quieres decir con eso.
Dythjui se acercó a la doalfar y le dio un cálido y suave beso entre la comisura del labio y su carrillo.
- Eres muy inocente. - Dythjui se levantó dejando a Eliel perpleja y ruborizada - Y eso me gusta.
La doalfar se quedó sola, sin saber qué era exactamente lo que había pasado.


Adriem entró en la posada y se dirigió directamente hacia la cocina. Se notaba que era media tarde, ya que el comedor estaba completamente vacío.
 Dytbjui y Eliel bajaron rápidamente de la planta superior. La doalfar había estado ayudando a hacer las camas, aunque no había servido de mucho, puesto que la casera había tenido que ir arreglándolas después. Eliel irrumpió en la cocina y a punto estuvo de saludar efusivamente a Adriem, pero Dythjui le posó la mano en el hombro, interrumpiendo su saludo.
- Algo va mal - le dijo al oído.
Eliel miró con detenimiento a Adliem. No entendía qué pasaba. Él estaba mirando por la ventana y, salvo que aún no se había girado para saludarlas, todo parecía normal. Pero Dythjui lo conocía mejor. Adriem se sentó a la mesa sin decir nada. Su cara lo reflejaba todo. Algo le preo- cupaba y estaba buscando las palabras exactas.
- Adriem..., ¿qué te pasa? - acabó diciendo Eliel, preocupada por el humano.
Adriem sin ni siquiera mirarla respondió:
- Te han puesto precio.
 En la cocina se hizo el silencio. Dythjui estaba apoyada en el fregadero. Adriem se masajeaba las sienes. Eliel lo observaba sentada frente a él.
- ¿Crees que sospechan algo? Me sorprendería que los clanes mercenarios de Tiria ya estén sobre la pista de mi invitada - dijo por fin Dythjui.
- No lo sé con certeza, pero barajan la posada como una posibilidad. Tienen demasiada información. Me ha costado bastante sacarla, además de pagar un extra para que nadie más supiera que he preguntado. Vas a tener que retrasarme un poco el pago de este mes.
- Por eso no te preocupes.
- ¿Son muy peligrosos esos clanes? - preguntó Eliel Adriem la miró y respondió.
- En el imperio es habitual contratar a mercenarios para llevar a cabo trabajos poco decorosos que el ejército imperial o la guardia no están dispuestos a hacer. Normalmente se dedican a cazar recompensas, pese a que también suelen aceptar algunos trabajos no tan limpios. No son del todo legales, pero el gobierno los tolera, ya que todas sus transacciones se hacen en los llamados «hogares» y de ellas se cobra un impuesto. Es toda una institución, y son muy competitivos entre ellos.
- Vale, vale. ¿Y eso qué tiene que ver?
- Alguien está dispuesto a pagar veinte mil escudos por ti. Viva. Lo que te convierte en una presa de clase B. Todo un trofeo para el clan que consiga hacerse contigo. No sólo les proporcionaría dinero, sino también prestigio entre sus colegas. A menos que hagamos algo pronto, conseguirán dar contigo y tendremos a la mitad de los clanes de Tiria encima.
- Pero aquí escondida no me encontrarán.
- No subestimes a los mercenarios. Conozco a algunos, y son capaces de eso y más. Además, suelen tener hechiceros entre sus filas. Podrían detectarte usando runas.
- ¡¿Runas?! Por favor. Los comunes no sois más que niños jugando con fuego en lo que a magia se refiere. Aún tenéis mucho que aprender pero, claro, tenéis vuestras máquinas y fábricas, así que no lo conseguiréis nunca.
- Esas orgullosas soflamas de la superioridad de Kresaar no evitarán que te encuentren - dijo Adriem con acritud.
- ¿Tú qué sabrás de Kresaar? No tienes ni idea. Siempre metido en esta ruidosa ciudad donde ni siquiera se ve un árbol. No entiendes nada.
 Dythjui notó que Adriem apretaba los nudillos y que su mandíbula se tensaba. Ella sabía que, sin querer, Eliel había dado en un punto sensible. Aunque no sabía cuál.
-  Eliel, yo creo que...
-  Déjala que siga hablando. ¿De qué crees que no tengo ni idea, hija de Kresaar? 
 Eliel miró con recelo a Adriem. Ese común la estaba desafiando.
- De mí. De mi tierra, de mis costumbres. Sólo sabes criticarnos. Me mandas callar como si mis ideas no tuvieran ningún valor. Tú no sabes nada porque sólo conoces esto. Eres un común, hijo de comunes, y tanto tú como cualquier humano que supiese runas, como esos mercenarios, no serían más que siervos. Aprende cuál es tu sitio. Estúpido común. 
 Eliel calló de repente. Todo aquello que le habían enseñado en la escuela, lo que había aprendido con sus amigas, con sus vecinos, había salido. Se dio cuenta de que ésas no eran sus palabras, sino las que le había aprendido de memoria, y ahora que se paraba a pensarlas estaban vacías de significado. No eran comunes, ni siquiera humanos, eran Dythjui y Adriem, y acababa de insultarlos. Pero era tarde. Adriem dio un fuerte golpe en la mesa con el puño.
- Gracias por darnos tu opinión, noble doalfar. ¿Qué tal si te marchas a tu maravillosa habitación y nos dejas a los comunes en la cocina trabajando para ti?
Eliel estaba cabizbaja, no se atrevía a mirarlo.
- Yo..., yo lo..., lo -sólo acertaba a tartamudear. - Vamos, vamos. La presión nos está afectando - dijo Dythjui para quitar hierro a la situación.
 Adriem se levantó de la mesa.
- Creo que he sido claro. Márchate.
 Eliel no pudo aguantar la mirada de él y subió corriendo la escalera entre sollozos. ¿Qué había hecho? Había conseguido demostrarle a Adriem que era una remilgada doalfar a la que le daban asco los comunes. Pero no era cierto, no era cierto. No sabía por qué, pero le dolía que él pensara de esa forma. Le dolía y las lágrimas brotaban sin parar de sus ojos.
- ¡Maldita criaja! - dijo Adriem volviéndose a sentar en la silla.
- Debes comprenderla. Está bajo mucha presión, y en esos momentos siempre herimos a las personas que tenemos más cerca.
- Eso no es excusa.
- Sí que lo es. ¿Acaso nunca has dañado a alguien a quien apreciabas porque estabas enfadado, asustado o deprimido? Yo lo he hecho cientos de veces. Y dudo que tú seas una excepción.
Adriem se quedó mirándola. La jovial cara de Dythjui ahora era seria, casi severa. Sentía que aquellos ojos grises eran capaces de atravesarlo, aquellas palabras estaban cargadas de una razón y una madurez algo inusuales en su casera.
Se quedó pensativo mientras ella le sostenía la mirada. Él mismo había hecho daño a una mujer que quería. La había abandonado porque no estaba contento consigo mismo y en vez de ponerle remedio, huyó cargando la culpa sobre ella porque no quiso acompañarlo en su huida.
Adriem se levantó y se fue hacia la puerta que daba a la escalera de la zona privada.
- Tienes razón. No sé cómo, pero siempre tienes razón.
- Es que tengo muchos años de experiencia.
- Lo dudo, eres más joven que yo.
Dythjui le sonrió, volviendo a su expresión jovial. - Eso nunca me lo has preguntado.


Adriem se detuvo ante la puerta de la habitación de Eliel. Abajo se oía aún algo del bullicio del comedor. Se tomó unos instantes, y con los nudillos dio unos suaves golpes. Pasaron unos instantes y nadie respondió.
Se acercó con cautela. Tras la puerta distinguió el sonido de lo que parecían sollozos. Apartó la cara, tomó aire y, decidido, abrió la puerta sin más preámbulos.
La habitación estaba casi a oscuras, pues las cortinas tapaban las ventanas. La doalfar se sentó rápidamente en la cama, de espaldas a la puerta, asustada por la irrupción de aquel humano.


- No te he dado permiso para entrar - dijo frotándose los ojos.
Adriem no sabía qué hacer. Nunca se le había dado bien tratar con las personas, y mucho menos cuando lloraban.
- Ni elea kotto tain eima (Sólo te pido que me escuches un momento) -dijo al final.
- Einomase so ikai (No quiero oírte, vete) - Y la doalfar se estremeció al darse cuenta de que aquel humano le había hablado en doalí. Se giró de golpe para confirmar que era aquel guardia de Tiria el que había pronunciado aquellas palabras en su idioma.



Adriem prosiguió en tírico. Llevaba demasiado tiempo sin practicar y le costaba mucho encontrar las palabras.
- ¿Tanto te sorprende?
-  ¿Cómo es que alguien como tú...?
-  ¿Te refieres a cómo un vulgar guardia de ciudad sabe tu idioma? Es sencillo, mi madre era kresaica. -  Adriem se llegó hasta las ventanas y miró a través de ellas - Ella me enseñó cuando era pequeño.
- ¿Cómo es que acabó en el imperio? - dijo la doalfar, interesada. 
 El guardia se apoyó contra el marco de la ventana y finalmente se volvió hacia Eliel.
- Era sirvienta de una familia doalfar, como debe de ser la tuya. No vivía mal. Sus padres, así como sus abuelos, trabajaron para aquellos nobles ganándose honradamente el pan. Pero un día, un estudiante que venía de Krimeis, una provincia del norte del imperio, que buscaba aprender cosas sobre las casas nobiliares doalfar, se enamoró de ella. - Adriem tragó saliva y prosiguió con el relato - Mantuvieron su relación en secreto tanto tiempo como pudieron, pero al final se descubrió y, pese a que + aquel estudiante humano era respetado por los doalfar, su relación supuso un escándalo para la familia para la que trabajaba mi madre. Entendían que los comunes se relacionaran entre ellos, por supuesto, pero aquel hombre era un imperial y, por lo tanto, se sintieron traicionados. Al final, mi madre tuvo que huir con mi padre a Krimeis.
- Y allí naciste tú, ¿verdad?
 Adriem no pudo evitar sonreír.
- Yo fui la causa de que no pudieran ocultar durante más tiempo su relación.
 Tras un pequeño silencio en el que Eliel no sabía qué decir, Adriem se fue hacia las cortinas y abrió una de golpe, dejando que los rayos de sol penetraran en la habitación. La doalfar se sintió cegada por aquella repentina luminosidad a la que sus ojos se habían desacostumbrado.
- Será mejor que dejes que entre la luz. De lo contrario, nunca se te secarán las lágrimas. - Adriem se dirigió esperar más tiempo. Tenía que ir pensando en cómo sacarla de la ciudad.
Asomados a la barandilla del Puente de Álsomon, un hombre encapuchado y una joven de cabellos blancos con reflejos azulados observaban la posada, que estaba a unos metros bajo sus pies. Era la hora del ocaso. El sol teñía de tonos anaranjados los tejados de las casas.
- A sí que ésa es la posada - dijo Zir.
- Sí, ahí es.
- Bien, he filtrado algo de información a los mercenarios, a ver si de esa forma ponemos un poco nerviosos a nuestros objetivos. La presión hace cometer errores.
- De todas formas quiero mirar dentro de la posada.
- Esta noche me encargaré de ello. Esperaremos a que estén dormidos para que pueda desactivar las runas. Si hay algún hechicero en la posada, podría darse cuenta de que no funcionan.
- No sabía que fueras capaz de romper runas de protección con tanta facilidad
- Tengo algunos conocimientos básicos, nada más.
 Idimíliris lo miró con picardía.
- Te lo enseñó ella, ¿verdad?
A Zir no le gustaba que nadie se metiese en sus asuntos y mucho menos aquella parodia de persona. Echó a caminar por el puente, que empezaba a estar poco transitado debido al anochecer.
- Vamos, tenemos cosas que hacer.