30 de mayo de 2012

VII - El Bastión de los Justos


La enorme sala, decorada con bellos tapices y cuadros que representaban batallas acontecidas en épocas pasadas, estaba alumbraba por la luz de unas tenues lámparas y el resplandor de una gran chimenea encendida. En el centro, había una enorme mesa cuadrada rodeada de ocho sillones. Un elaborado trono de madera tallada la presidía. En los sillones se hallaban sentadas cuatro personas. Por un lado estaba ldmíliris, que vestía un fino vestido de color negro con mangas hasta el codo; unas medias de rejilla y un elaborado moño remataban su estampa. Demasiado veraniego para el frío que hace, pensó Zir, que estaba sentado a su lado. Con su típica expresión meditabunda, se ajustaba el pañuelo que llevaba sobre el cuello de la camisa blanca, disimulando así el nerviosismo que le provocaba aquella inesperada audiencia. Enfrente de él, una humana de unos veinticinco años lo observaba. Tenía el pelo rubio y ondulado en una melena que le llegaba a los hombros. Llevaba un bonito vestido azul y blanco de falda larga y con bellos encajes, que gracias al generoso escote, dejaba ver el canalillo de sus senos, realzados por un corpiño. Al lado de tan bella mujer, otro humano miraba con nerviosismo un gran portalón que daba a la estancia. Estudió a los demás a través de sus gafas. Tenía el pelo castaño y los ojos verdes. Vestía chaqueta de pana marrón, camisa y chalina.





La gran puerta de doble hoja que observaba estaba ricamente tallada con bajorrelieves y, a ambos lados, había dos magníficas esculturas de mármol blanco que representaban a dos bellas mujeres con el torso desnudo que mira- ban con ternura a los reunidos. Las hojas se abrieron, dejando entrar la intensa luz del pasillo. Una figura se dibujó en el arco de las puertas. Un hombre alto y bastante corpulento, pese a los sesenta años que aparentaba, entró en la estancia. Una chica kitsune lo acompañaba, con las orejas y la cola de zorro gachas en señal de respeto. Resultaba bastante raro ver allí a una de esas criaturas que habitaban en las tierras más orientales. La muchacha de finas facciones y ojos rasgados cerró las puertas, quedándose fuera.
Ante el recién llegado, los asistentes se pusieron en pie. Una larga melena rubia platino y unos ojos azules extremadamente vivos contrastaban con las arrugas de su cara. A través de su piel se veían como unas ligerísimas trazas brillantes que recordaban a las complejas estructuras rúnicas de los magos. Se sentó en el trono que presidía la mesa y se desabrochó el botón del cuello de la elegante camisa blanca que vestía. Su cuerpo era extremadamente recio y musculoso; irradiaba una sensación de poder, acrecentada por su inteligente mirada. Todos los demás se sentaron.
Carraspeó y dijo en tono grave:
- Me alegra ver que estáis bien, Zir-Idaraan e Idmíliris, aunque no puedo decir lo mismo por el éxito de vuestra misión. - Su potente voz atronó en la sala, estremeciendo a quienes la oían.
Zir tomó la palabra
- Ha habido serias complicaciones, mi señor Gebrah, como habrá podido comprobar en el informe que le entregué.
- Cierto. Veo que la Santa Orden se ha metido por en medio, y eso no es bueno para nuestros planes. Pese a ello, no es excusa. Os consideré a ambos personas más que capacitadas para atrapar a una novicia, pero tal vez me equivoqué.
Entonces Idmíliris interrumpió:
- Me parece que hay alguna cosa que se nos escapa. Algún factor no hemos tenido en cuenta. Creo que hay algo o alguien que la está protegiendo. Perdí a dos de mis sombras cuando las envié a seguir a la casera. Debe de...
- ¡Silencio! - cortó Gebrah, helando la sangre de los presentes - No te he dado permiso para hablar. He teni- do en cuenta todas las posibilidades. ¿No te referirás a ese guardia, ese...
- Adriem Karid - apuntó Zir.
- ... ese insignificante humano - acabó la frase pese a la puntualización del doalfar.
- Por supuesto que no, mi señor - dijo Idmíliris agachando la cabeza - Yo me refería a otra cosa, a...
-Si no tienes pruebas, no digas nada. Aquí nos movemos por hechos, no por suposiciones infundadas.
- Por supuesto - murmuró Idmíliris.
- Bien, ¿han afectado mucho estos acontecimientos a Tiria, Miguel?
- No. No ha trascendido ningún dato, salvo el incendio en la posada, que salió en los periódicos. Borramos todas las huellas - dijo el hombre de las gafas.

- ¿Y en cuanto a ese dirigible...?
- Aún no he conseguido la carta de embarque, pero la tendré en breve. Las autoridades portuarias son muy celosas para estas cosas. De todas formas, creo que se dirigió a alguno de los pequeños reinos, seguramente Salania o Detchler.
- Está bien, mañana decidiré cuál es vuestro destino, Zir-Idaraan e Idmíliris. Sophia, tú estarás al cargo de la próxima misión.
- De acuerdo, mi señor - dijo la muchacha asintiendo.
Gebrah se levantó y se dirigió de nuevo hacia la puerta.Justo antes de salir, dijo dándoles la espalda:
A la luz del día el Bastión llamado «de los Justos» se recortaba en el cielo. Era una enorme construcción defensiva en mitad de las montañas y los espesos bosques. Un bello lago reflejaba su imagen como si de un espejo se tratara. Piedra sobre piedra, una elevada torre coronaba el complejo edificado durante la Guerra de la Lágrimas, hacía más de quinientos años. Los cambios de guardia se hacían con la máxima precisión siguiendo el inmenso reloj que coronaba una de las fachadas y que marcaba la hora con increíble exactitud.
Tras aquellas murallas, reinaba la paz en un bello jardín lleno de árboles y flores que, con el otoño, se tiznaban de los más bellos tonos ocres. En un precioso cenador de madera pintada de blanco que había en el centro del jardín se encontraba la joven kitsune que solía acompañar a Gebrah. Rodeada de gorriones, les lanzaba migas de pan.
Zir daba su habitual paseo matutino. Según él, era mejor que cualquier café para despertarse por las mañanas.
Pasó al lado del cenador y, sin girarse, saludó a la kitsune - Buenos días, Sayako. - Y siguió con su paseo, sin ni siquiera molestarse en esperar una respuesta, dándola por supuesta.
- Usted nunca me lo ha preguntado - dijo con su característico acento oriental, que tendía a suavizar las erres. Zir se paró al no recibir la respuesta que esperaba y se dio la vuelta. Se quedó frente a la kitsune. Era una muchacha muy joven. Aunque nunca se lo había preguntado, no le pondría más de veinte años, dieciocho seguramente. Pese a que solía llevar el pelo recogido en un moño, ese día lo llevaba suelto, algo que, Zir tenía que reconocerlo, la favorecía, a pesar de que a él no le gustaban las mujeres tan jóvenes. Un kimono de color granate, cubierto por una larga chaqueta blanca y unas sandalias, tapaba aquel cuerpo tan menudo, que lo estaba mirando desafiante con unos oscuros ojos rasgados.
- No sé a qué te refieres.
- No me ha preguntado si me he acostado con Gebrah.
A Zir le llamaba la atención que Sayako nunca se refería a Gebrah como su señor, como hacían todos. Es más, lo trataba con familiaridad.
- ¿Acaso debería hacerlo? No me gusta preguntar cosas de las cuales no me interesa la respuesta.
- Pues todos lo han hecho de una u otra forma, menos usted.
- ¿Y les has respondido? - dijo desviando la mirada con desdén.
- No, nunca.
- Entonces no sé por qué te interesa que te pregunte... - Y Zir siguió con su paseo.
- No me he acostado con él en los tres años que hace que lo acompaño. Nunca se ha interesado por mí.
El doalfar se detuvo y dijo sin darse la vuelta.
- Ya te he dicho que no me interesa la respuesta. ¿Por qué me la das, si no te he preguntado?
- Precisamente porque no le interesa.
- Es absurdo.
- Y porque sé que no se lo dirá a nadie, porque para usted, excepto la Princesa Oscura, no existe nada que merezca su atención. Así que no le tendré que pedir que guarde el secreto.
- Tienes razón, lo único que me importa es acabar con esa Destructora de Sueños - dijo con tono apagado, casi nostálgico, y siguió andando.


La enorme biblioteca del bastión empequeñecía al más altivo de los estudiosos que allí entraban. Sophia estaba sentada ante la mesa que Gebrah usaba a modo de despacho al final de aquellas estanterías atiborradas de libros recopilados durante siglos. Un ordenado caos de libros se amontonaba encima de la mesa de roble. Gebrah llevaba el pelo recogido en una coleta y revisaba unos documentos, para posteriormente extender el brazo y dárselos a Sophia.
- ¿Cómo van las runas de retardo? ¿Ya las dominas?
- Sí, mi señor Gebrah. Gracias a los consejos que me ha dado ya no tengo problemas con ellas -respondió Sophia.
- Muy bien. Seguiremos pues con las lecciones. ¿Alguna pregunta antes de empezar?
Sophia se quedó callada, dudando si preguntar o no.
- Sé que tienes algo en mente que te turba. Puedes preguntarme libremente, una pupila mía no ha de tener preguntas secretas.
- Lo siento, mi señor, sé que con vos no se pueden tener secretos. - Paró un momento para tomar aire y, sin mirarlo a los ojos, dijo-: ¿Por qué no me enseñáis también el arte de la invocación? A Sayako la habéis entrenado en tales artes.
Gebrah miró a Sophia esbozando una sonrisa, como si tuviera la respuesta pensada.
- Querida Sophia, tienes mucho potencial y no me gustaría desperdiciarlo. Pese a que ambas artes se rigen por el dominio de las runas, ahí acaban las coincidencias. Los rituales de la invocación consiguen condensar criaturas de los planos astrales, pero pese a su poder, son lentos y toscos. Sin embargo, la magia proporciona efectos casi inmediatos y es el hechicero quien domina. Controla plenamente los elementos para que le sirvan. Durante años, este arte ha equilibrado la balanza entre las naciones. Sólo la mecánica, esa burda profanación de la naturaleza creada por los humanos, ha desestabilizado esa perfecta armonía. - Gebrah se levantó de la mesa y se acercó a Sophia. La cogió suavemente por los hombros-. Si te enseño las runas de invocación perderás un tiempo que podrías dedicar a la canalización de magia. Quiero convertirte en la mejor maga que tu especie ha conocido. Quiero que seas el ejemplo vivo de que tus hermanos se equivocan.
- Mi señor, me siento halagada - dijo Sophia, ruborizada.
- Los humanos han tomado la magia como una herramienta, pero es algo más grande, recuérdalo siempre.
- Nunca olvido vuestras enseñanzas. Vos me acogisteis cuando era una niña huérfana. Os debo algo más que la vida.
Gebrah sonrió orgulloso ante las palabras de Sophia. Retiró las manos de sus hombros y se apoyó en la mesa. - A hora repasemos las runas de contención.
- Sí, mi señor.


Poco a poco el atardecer teñía de naranja la gran biblioteca. Sophia acababa de cerrar una runa que desapareció y se transformó en una llama de color azulado que se + consumió a los pocos instantes.
- Muy bien. Veo que las runas de ilusión siguen siendo tu fuerte - dijo Gebrah cogiendo unos papeles de la mesa - La clase ha terminado por hoy.
- Gracias, mi señor.
- Aquí tienes tus papeles. Está todo en regla.
- De acuerdo.
- Miguel ha partido esta mañana. Cuando recibamos el mensaje con los datos de embarque del dirigible te pondrás en marcha.
- ¿Y una vez allí?
- Localizarás a la Princesa Oscura, pero no actuarás. La precipitación y la confianza nos hicieron fracasar antes. Deberás seguirlos e informarme lo antes posible, así podremos adoptar las mejores medidas para neutralizarla.
- Pero, mi señor Gebrah, ¿qué hay de lo que comentó Idmíliris? ¿Creéis que hay algún dato que se nos haya escapado?
- Precisamente eso es lo que quiero averiguar. Deberás atender a los pequeños detalles - dijo frotándose la barbilla
- Sí, mi señor.
- Yo mismo te he enseñado todo lo que sabes, sé que harás bien tu trabajo. - Y se quedó esperando a que ella se despidiera, pero n o lo hizo - . ¿Alguna cosa más, Sophia?
- Esto... Sí, mi señor - dijo titubeante.
- ¿Y bien?
- ¿Pensáis castigar a Zir y a Idmíliris?
Gebrah se quedó unos segundos pensativo, construyendo la respuesta más adecuada.
- Todavía no lo he decidido.
- Comprendo. -Y se levantó para dirigirse hacia la salida.
- Acepta un consejo, Sophia, él no te conviene - sentenció Gebrah, leyendo el pensamiento de la muchacha.
Y las puertas se cerraron, dejando a Gebrah en su querida soledad.
- Es lo malo de los comunes. No saben separar los sentimientos de la razón.