6 de junio de 2012

VIII - El sueño de un caballero


El dirigible surcaba los cielos acompañado del ronroneo de los motores. Abajo, entre las nubes, se divisaba el mar de Loto como una especie de cielo invertido. Desde uno de los ojos de buey, Eliel admiraba aquel extraño paisaje. Adriem descansaba en uno de los dos camastros del camarote.
El viaje había sido tranquilo, y pese a que nos les dejaban salir de allí, la comida y el trato por parte de la tripulación habían sido bastante buenos.
- No sé por qué nos tienen encerrados aquí - preguntó a Adriem, mientras miraba el firmamento - Me gustaría ver el paisaje desde un lugar mejor.
- Supongo que el capitán no quiere que una bonita doalfar se pasee por una nave llena de rudos marineros que pasan semanas sin ver una mujer - respondió Adriem sin molestarse en abrir los ojos.
- Gracias, Adriem.
Él se incorporó al oír aquel extraño e inesperado agradecimiento.
- ¿Gracias? ¿A qué viene eso?
 Eliel se dio la vuelta.
- Por lo de bonita - dijo con la cara sonriente. Adriem se ruborizó un poco.
- Yo no he dicho eso.
- Sí lo has dicho. Has dicho «bonita doalfar» y creo que no hay otra por aquí - dijo mientras se acercaba al camastro. Se sentó a su lado y lo miró con expresión divertida - No pareces el tipo de persona que suele decir piropos a la ligera, así que me siento muy halagada.
Adriem desvió la mirada y se puso en pie, incómodo ante los comentarios de la doalfar.
- ¿Y tú qué sabrás? - dijo casi para sí mismo.
- Lo siento, señor guardia - contestó Eliel sonriendo.
Ella se quedó mirándolo. Le divertía la timidez de aquel humano y en el fondo le reconcomía un poco la conciencia, pero estar allí tantas horas con alguien que casi no hablaba se hacía muy aburrido. Sin duda era atrac- tivo, pero lo ignoraba todo en lo tocante a la etiqueta y las relaciones sociales... Su tutora del templo ya lo habría suspendido varias veces.
- Ven, deberías ver esto - dijo el humano mirando hacia fuera.
Eliel se levantó y se acercó a él. A través del ojo de buey se veía que, entre las nubes, el mar se acababa en un cabo, sobre el que se extendía una ciudad. Sobre una isla había un gran castillo de piedra. Por las calles adoquinadas de la ciudad, las personas y los carros parecían diminutos. Un tren salía de una estación, arrastrando los vagones.
A lo lejos, en el horizonte, hacia el Norte, una cordillera enmarcaba las llanuras y praderas, donde se podían distinguir pequeños pueblos.
- Eso parece Dulack - afirmó Adriem, pues, pese a que nunca había estado allí, le habían hablado muchas veces de aquella ciudad que tenía un castillo sobre el mar, famosa por su puerto franco, donde los marineros y los dirigibles no tenían que pagar impuestos por las mercancías.
- El templo donde estudio está tras aquellas montañas, y más allá, mi hogar - dijo, claramente excitada ante la cercanía de aquellos lugares tan familiares.
- Sólo espero que no nos pongan muchos problemas en la aduana para entrar en la ciudad. Si fuéramos mercancía sería más fácil.
- No te entiendo.
 - Nada.Tú reza a Alma para que nos facilite el papeleo.
La verdad es que la doalfar nunca supo si lo decía en serio o si se estaba mofando.
Un pequeño golpe, debido a alguna turbulencia, sacudió el paquete con los libros, que estaban en un estante. Eliel, asustada por si alguno se había dañado, corrió a recogerlos.
- El paquete se ha roto - dijo algo contrariada - Habrá que arreglarlo cuando estemos en tierra.
- Todos los libros son muy gordos - comentó Adriem observando el formidable grosor de los tres tomos - Bueno, excepto ese rojo. Es muy pequeño, parece que se va a ca...
Casi se cayó por el hueco roto del paquete, pero Eliel lo cogió antes de que llegara al suelo. Adriem se acercó y la ayudó, pero no pudo evitar la curiosidad de leer el título del que asomaba, pese a que Eliel trataba de ocultarlo con el cuerpo.
- Diario de lady Eraide. Vaya, parece bastante antiguo.
- ¡Esto es secreto, no deberías verlo!
- Vale, vale - dijo sonriendo- . Tampoco me interesa.
Eliel remendó como pudo el paquete y lo volvió a anudar.
- Ni yo sé de qué tratan estos libros. Me prohibieron que los viera nadie. Ni siquiera yo.
- Demasiado secreto para un simple diario, ¿no?
- Tal vez.
 El guardia se levantó y se asomó al ojo de buey.
- No tardaremos en aterrizar.



En el pequeño despacho se amontonaban cientos de documentos, esperando ser estudiados y aprobados. Una vieja estufa de leña intentaba inútilmente caldear la pequeña estancia. Un oficial de pequeñas gafas de cristales gruesos y reluciente calvicie se ajustaba el cinturón mientras leía detenidamente unos papeles.
- Puede que en el imperio puedan alegar tranquilamente la pérdida de unos pasaportes, pero muchacho, siento decírselo, esto es Detchler. ¿Cómo voy a saber que son quienes afirman ser?
- Ya se lo he dicho - dijo Adriem, de pie frente a la mesa del oficial - Mi nombre es Adriem Karid, y soy miembro de la Guardia del Colmillo de Tiria.
- Ajá, muy bien... - dijo mirando a Eliel, que estaba sentada al lado de Adriem en una vieja silla, acurrucada, intentando quitarse el frío del cuerpo - ¿Y qué hace un respetable miembro de la guardia de Tiria con una doalfar?
- La estoy escoltando.
- ¿A una doalfar? Vamos, ¿por qué no se inventa algo mejor? Un doalfar nunca se dejaría ver por ahí con un humano, y mucho menos imperial. ¿Cómo nos llaman ...? ¡Ah sí! Comunes.
- Pe..., pero la Santa Orden... - dijo Eliel.
- Esto no tiene que ver con la religión.
- ¡Soy una novicia shaman y marquesa de las tierras de Hannadiel! ¡Exijo un respeto! - saltó la doalfar, harta de las pegas del funcionario.
- ¡Aquí no hay respeto para los doalfar de mierda como vosotros! ¡Y menos para una furcia con aires de grandeza como tú, zorra! - dijo el corpulento hombre con la cara hinchada y roja.
Eliel hizo ademán de levantarse por el insulto que había recibido, pero para cuando quiso ponerse en pie, Adriem ya estaba enviando de un puñetazo en la cara al arrogante oficial contra el suelo.
- ¡Maldito cerdo! ¡Ni se te ocurra volver a insultarla! - dijo Adriem, encendido por la cólera - Nadie te ha faltado al respeto, así que discúlpate - le dijo mientras lo mantenía agarrado por el cuello.
El oficial sólo acertó a gritar:
- ¡¡Guardias!!


La ciudad de Dulack, capital de Detchler, estaba construida al resguardo de una pequeña bahía y bajo la sombra de su imponente castillo, edificado sobre un peñón.
Antiguo nido de piratas y contrabandistas, su puerto franco le daba una importancia comercial y política envidiable. La clásica bruma matutina que envolvía las calles en otoño, empañando los cristales de las casas, llenaba de misterio cada una de las plazas de aquella ciudad de piedra y teja oscura.
Cerca del puente que conectaba el peñón con el castillo, se amontonaban los edificios administrativos. Eran los únicos que alcanzaban los tres pisos de altura en toda la ciudad, algo que, para una persona acostumbrada a Tiria, parecía increíble.
Aquella mañana Meikoss aguardaba en la plaza delimitada por estos edificios, sentado en el borde de una enorme fuente, en cuyo centro unos preciosos delfines esculpidos en mármol arrojaban bellos chorros de agua cristalina.
Era un tipo bastante atractivo, y lo sabía. De pelo liso y castaño, lo llevaba con raya en medio y largo hasta los hombros. Sus profundos ojos azules habían hecho ya las delicias de más de una cortesana, y tanto su físico, curtido con el entrenamiento que seguía como aspirante a caballero, como su envidiable posición social hacían suspirar a las bellas damas, y no tan bellas, de la ciudad.
Lanzó un largo suspiro. La mañana había sido muy pesada. No sólo había tenido que madrugar, algo que cualquier adorador de la vida nocturna odiaba, sino que además había sido para asistir al cónclave de los clanes, que se celebraba cada seis meses.
Se había frotado los ojos y ni se molestó en disimular su cara de aburrimiento. Vestía una camisa beige con un pañuelo negro al cuello y pantalones marrones. En cuanto pudo se quitó la chaqueta y la dejó a cargo de uno de los sirvientes. Si la cosa seguía así, en un rato se quitaría el pañuelo.
Las reuniones de los siete clanes de Detchler siempre eran serias y nunca servían nada de comer o beber, excepto agua. Cinco hombres, entre ellos su padre, y dos mujeres. Todos rondaban los cuarenta años y representaban a cada una de las comarcas del país. Antaño eran independientes, pero un antiguo canciller doblegó en sucesivas batallas a todos los clanes de la región tras la gran + Guerra de las Lágrimas. En los dos siglos que habían venido a continuación, el país había conseguido superar su pasado mercenario y pirata, y convertirse en una nación próspera gracias al comercio. Y siempre quedaban los juegos, que se celebraban cada tres años, con combates, pruebas y demás competiciones para recordar su pasado bélico.
 Pero era el pasado. Lo que tenía ahora delante Meikoss era una tediosa reunión en la que se debatía el estado del país y los clanes. A los antiguos generales les habían sucedido sus hijos burócratas y burgueses. Dentro de no mucho, Meikoss sucedería a su padre y por ello estaba obligado a ir.
El canciller siempre presidía las reuniones, pero el débil estado de salud del actual le había impedido asistir. Y precisamente de eso iba la reunión. De la sucesión del canciller. No era hereditaria, sino que se elegía a un hombre entre varios candidatos de cada clan. Se les sometía a las pruebas más exigentes y el ganador se convertía en canciller. Pero para ello aún había que esperar un poco.
Hablar, discutir y volver a hablar. Meikoss hacía tiempo que había dejado que su mente volara desentendiéndose de la discusión. Se concentró en una bella muchacha con la que se había acostado hacía un par de días. Y la reunión acabó mucho más rápido de esa forma.
Ahora estaba esperando a su padre, pero como siempre se retrasaba. Aún tendría algo que discutir por los pasillos. Pero una cosa le llamó la atención. En uno de los edificios empezó a oírse jaleo. Sin dudarlo un momento, se dirigió con paso decidido hacia allí.
- ¡Maldita sea, prendedlo! - gritó el oficial mientras Adriem se defendía a puñetazos de los guardias que lo intentaban apresar. Un par yacían en el suelo. La verdad es que, a diferencia de los guardias de Tiria, éstos eran unos blandos y estaban peor entrenados. No obstante, los tres que acababan de entrar parecían un hueso más duro de roer.
Un intento fallido de pegar un puñetazo por parte de uno de los guardias acabó con un rodillazo en las costillas que lo tumbó en el suelo. De inmediato otro golpeó a Adriem con el perchero que había junto a la puerta, y su compañero, un tipo bastante fornido, lo agarró por detrás, inmovilizándolo. Una vez así, Adriem fue recibiendo una dolorosa sucesión de puñetazos en el estómago.
Eliel no podía soportar ver aquello y empezó a dibujar runas en el aire. Pero no había empezado a entonadas, cuando una mano le asió la muñeca interrumpiendo la invocación.
- Espere, por favor, no querrá asustar a estos hombres, ¿verdad? - dijo un apuesto caballero de pelo castaño con una sonrisa de complicidad - Su amigo parece bastante resuelto.
Eliel volvió a mirar a Adriem, para ver que se había zafado de la presa de un feo taconazo en las partes íntimas del guardia que lo sujetaba. Más guardias acudieron, y Meikoss gritó:
- ¡Y a basta, caballeros! - Y ante su orden, los guardias, pararon, estupefactos - Esto empieza a ser un espectáculo bochornoso.
Pero Adriem aprovechó la situación para propinarle una patada en el estómago al guardia que lo había sostenido, cosa que provocó que éste intentara devolver el gol- pe, pero Meikoss volvió a interrumpir.
- ¡¡He dicho que ya basta!! Capitán, ¿se puede saber qué demonios pasa con este hombre?
- Él me agredió. Creo que está loco - dijo el corpulento oficial.
- ¡Eso es mentira! ¡Tú la insultaste! - dijo Adriem, defendiéndose.
- ¿Quién eres? - preguntó Meikoss cuando el capitán estaba a punto de replicar.
- Me llamo Adriem Karid.
- Bien, yo soy Meikoss Sherald, hijo del consejero personal del Canciller de Detchler y aspirante a caballero.
- Encantado... supongo - dijo Adriem sin saber qué responder ante aquel currículum.
- Estupendo, ahora que ya nos conocemos, podemos chocar nuestros aceros. ¡Que alguien le dé una espada!
- Pero señor Sherald... - dijo el capitán.
- Hay que detener a este hombre, ¿no? Déjemelo a mí.
- Supongo que no tengo alternativa - dijo Adriem, aceptando con resignación la espada que le ofrecían.
Bastante gente se había reunido en la plaza. Por lo visto debía de ser bastante conocido en la ciudad ese tal Meikoss, pensó Eliel. Notó las miradas que le dedicaba la gente. Se sentía despreciada, pero el combate les interesaba más que sus puntiagudas orejas. Meikoss daba cortes al aire, probando la espada larga que le habían dado. En el otro lado, Adriem era el contrapunto. Siempre se había entrenado con espadas más cortas y curvas, y la empuñaba con dificultades.
Eliel oyó los comentarios de la gente, que compadecían al humano de pelo moreno.
- No debes dejar que tiemble el extremo de la hoja. Pareces demasiado nervioso y tenso - dijo el aspirante a caballero, criticando la inexperta forma de coger la espada de su contrincante.
- ¡No necesito tus consejos!



No había acabado la frase y ya tenía a Meikoss encima. El manejo de la espada de éste obligaba a Adriem a retroceder constantemente. El choque de las espadas rebotaba en la plaza, produciendo un eco, acrecentado por el mutismo de la gente que contemplaba el combate.
La sangre le martilleaba la cabeza a Adriem. No podía soportar ese ritmo de combate. Se veía incapaz y falto de maestría. El sudor empañaba su cara, y cuanto más avanzaba el combate, más vacilantes eran sus movimientos.

«Esmail, yo algún día seré…»

Aquel hombre lo desbordaba. Tenía el estilo de un gran maestro. Por el contrario, los combates que él había librado los había ganado por suerte o gracias a alguna tre- ta. Había un abismo entre ambos, y Adriem se empequeñecía por momentos.
Un par de golpes con el pomo de la espada de Meikoss le hicieron recular. Estaba jugando con él.

«Además, la espada no se te da muy bien. Siento decírtelo.»

Tras un corte descendente, ambas espadas se entrecruzaron y Meikoss con un movimiento se hizo con ambas armas para golpear después con todo su peso a Adriem, que cayó de espaldas. Cuando se quiso levantar, Meikoss le apuntó con su espada a la garganta.
- La verdad, te veía más resuelto antes. Me has decepcionado. Tu manejo de la espada es patético. - S e giró hacia el capitán que había observado el breve combate -. ¡Todo suyo capitán!
Adriem miró a su alrededor. La gente se estaba yendo, decepcionada por lo poco que había durado el espectáculo, lamentándose de que el oponente de Meikoss fuera tan flojo. Adriem rehuía sus miradas de compasión, pero se encontró con la de Eliel. Sus ojos lo miraban con ternura. Sin saberlo, la doalfar estaba juzgando la capacidad de Adriem. Y Adriem sentía que no pasaba su examen. Allí estaba, en el suelo, cubierto de polvo. ¿La había ayudado hasta ahora? No había ganado ningún combate. Realmente nunca la había protegido. Lo único que habían hecho era escapar.
- No te quedes así de callado. Es normal que hayas perdido. He estudiado con los mejores maestros y nunca he perdido un combate. Así que consuélate. Aunque es una lástima no haberte lucido ante ella, ¿no?
- ¿Y tú que sabrás? - Adriem se fue levantando poco a poco.
Ya era bastante sentir la compasión de la gente, de Eliel... pero no necesitaba la de su contrincante. Ese maldito niño rico no sabía cuánto había hecho él para alcanzar su sueño. Y pese a que no lo había conseguido, eso no quería decir que mereciera que lo despreciaran.
«El miedo a la derrota, gracias al odio, se transforma en furia, y nos engulle, transformándonos en demonios», dijo una vez un escritor.

«Te quiero tal como eres…»

Adriem se abalanzó contra Meikoss y le propinó un fuerte golpe en el brazo, por lo que soltó el arma. La reacción no se hizo esperar, y un puñetazo fue a parar al pecho de Adriem, seguido de una fortísima patada en el costado. Pero a diferencia de lo que Meikoss creía, su oponente no cayó al suelo, sino que le miró fijamente con un fulgor rojizo lleno de odio a los ojos.

«- …, yo algún día seré caballero. Así seré muy fuerte y no perderé a nadie nunca más.
- ¿Y me defenderás?
- Pues claro que sí.»

Recordó una luz que vio hace mucho tiempo y algo, dentro suyo, se rompió.


- ¡Adriem, Adriem! Despierta. – últimamente sentía que tenía la mala costumbre de despertarse sin saber dónde estaba, ni que había pasado. Eliel estaba mirándole con preocupación. Un techo gris y una litera… parecía la consulta de un médico, a juzgar por los tarros con hierbas y medicinas que había sobre una estantería.
- ¿Qué ha pasado? Eliel, ¿dónde estamos? – dijo Adriem aún aturdido.
- En la enfermería de los calabozos del castillo. Llevas inconsciente tres días. Me tenías muy preocupada.
- ¿Tres días? – dijo mientras se reincorporaba lentamente. El cuerpo lo tenía entumecido y le tardaba en responder. Las ideas se apelmazaban en la cabeza y un intenso dolor en las sienes no le dejaba abrir demasiado los ojos.
- No te muevas mucho, aún no pareces recuperado, estás muy pálido – y Eliel se levantó de la silla en la que había estado aquellos tres días, sin separase de él. – Será mejor que llame al médico para que te vea.
Pero, justo antes de que empezara a andar Adriem dijo – Lo siento.
Eliel se giró - ¿El qué? No te entiendo
- Siento mucho haber perdido antes contra aquel tipo. Si le hubiera ganado tal vez no estaríamos aquí encerrados.
-Pero ¿qué dices, Adriem? Si fue él el que perdió.
- ¡¿Cómo?!
- No sabía que eras un sephirae tan temerario.
 La cara de Adriem se convirtió en una mueca de incredulidad. No podía dar crédito a lo que decía Eliel. Él había luchado contra Meikoss. No había podido defenderse de sus ataques y al final él... él... ¡¿Qué demonios había pasado?! ¿Sephirae? ¿De qué estaba hablando?
Adriem se llevó las manos a la cabeza, aquejado de un fortísimo dolor casi insoportable. Parecía que le taladraba el cráneo. Al verlo, Eliel salió corriendo llamando a voces al doctor.
- Esto le calmará el dolor unas horas - dijo el viejo doctor. Con una bata blanca, a juego con su pelo totalmente cano, miraba por encima de sus gafas a una preocupada Eliel, mientras inyectaba un analgésico en el brazo de Adriem.
- Conviene que no haga muchos esfuerzos y que repose durante un par de días.
- ¿Es muy grave, doctor? - dijo Eliel cruzando las manos.
- Sinceramente, no lo sé, señorita. Físicamente, aparte de unas magulladuras, no tiene ningún daño. Es más, diría que goza de muy buena salud, pero los síntomas...
- Entonces ¿qué le pasa?
- Diría que, y permítame que me salga de mi campo, su problema es de carácter anímico. No he tratado nunca casos de gente que haya usado el poder de la esencia. Los sephirae, es una anomalía muy extraña que nadie ha podido comprender. Usar magia sin runas ni somática a lo vista provoca grandes cantidades de estrés en el cuerpo y normalmente esa gente suele estar enferma por este abuso. - El doctor se colocó bien las gafas - Por suerte parece que su amigo no parece que haya usado este tipo de poder a menudo y aun está relativamente sano pero, a juzgar por lo que veo, parece como si algo hubiera quedado dañado en su mente. Lo mejor sería que lo visitara un experto. ¿Conoce usted a alguno?
- Pues, aquí no. No conozco a nadie en esta ciudad.
- Debería de verle algún experto porque si sigue así acabará enfermando de Eco y ya no tendrá cura.
- Con permiso. - Meikoss dio unos golpecitos en la puerta y entró interrumpiendo la conversación- . Quería ver a mi último oponente y a su bella acompañante.
Con una ligera cojera se acercó hasta el doctor.
- Señor Sherald, creo que su padre lo estaba buscando - comentó el médico.
- Podrá esperar un poco. ¿Cómo está el hombre que ha conseguido romper mi imbatibilidad de cinco años?
- Ahora duerme, el doctor le ha suministrado un calmante - dijo Eliel - Gracias por preocuparse.
- No me las dé, señorita. Tengo ganas de que se recupere y pueda explicarme cómo fue capaz de lanzarme aquel golpe invisible con semejante fuerza. No era magia, ¿verdad? No vi que hiciera runas ni nada por el estilo.
- No, fue algo más complejo -dijo Eliel -, pero no creo que pueda responderle si no lo llevamos a que lo vea un especialista. No parece que mejore.
- Creo que eso es bastante difícil. Él está bajo arresto por desorden público, tendrá que estar entre rejas un par de semanas. Pero ya sabe que usted no. No tiene que pasar más noches en estas frías habitaciones. Ya se ha comprobado que es una noble de Kresaar y debería estar disfrutando de las comodidades dignas de su posición - dijo con una ligera inclinación.
 - No, agradezco la hospitalidad de la ciudad de Dulack, pero prefiero quedarme junto a mi... - Una duda asaltó a Eliel. ¿Quién era Adriem? ¿Guardaespaldas, protector, guardián...?
-  ¿Amigo? - acabó la frase Meikoss.
-  Sí, mi amigo - dijo, rápida de reflejos.
 - Sea como fuere, señores, este hombre necesita atención especializada. Y mis conocimientos sobre su posible dolencia son limitados. Deben llevarlo a un experto. Si no, no sé hasta qué punto puede peligrar su salud. 
 Meikoss miró al médico y la cara de preocupación de la doalfar. Se quedó unos instantes pensativo y al final dijo.
- Muy bien, señorita Van Desta, acompáñeme. Sólo la separaré de su amigo un par de horas.
- ¿Adónde vamos?
- A hablar con mi padre.