13 de junio de 2012

IX - La furia de la derrota


La débil luz del crepúsculo entraba, con tonos grises y anaranjados, a través de las ventanas de la sala. En el centro, observando cómo el sol se iba ocultando entre las nubes y el mar, un hombre de cabello cano y corto degustaba un buen vino. Se atusaba su cuidada barba mientras sus cansados ojos azules no dejaban de mirar el ocaso del astro rey desde su sillón. Esperaba sin esperar nada. Sencillamente se deleitaba con la puesta y con el sonido del péndulo del enorme reloj, que, en su elaborada caja de madera de marquetería, marcaba impasible las horas.
La jornada había sido dura, y ese remanso de paz era el bálsamo que curaba las heridas del día. Tal vez debiera seguir leyendo aquel libro. Llevaba ya cinco años leyéndolo. Acarició la cubierta del tomo, que estaba en la mesita, donde también se hallaba la botella de vino. «La cazadora de sueños. Hechos y fundamentos de Neferdgita» Pasó los dedos por el título y suspiró. Los libros de historia le gustaban, pero aquél se le resistía.
Un escalofrío le recorrió la espalda. El reloj se detuvo. ¿Tocaba darle cuerda ya? Lo había hecho el día anterior, puede que se hubiera estropeado o... tal vez fuera un signo de mal agüero. Interrumpiendo sus cavilaciones, alguien llamó a la puerta.
- ¿Quién es? Le dije a Reinald que no me molestaran - dijo con desgana..
- Soy yo, padre.
Su desgana desapareció al oír esa voz. Si algo podía privarlo de su rato a solas, era una visita de su hijo.
- Adelante, pasa. - Y se ajustó el sobrio batín de invierno para levantarse.
Se abrió la puerta y Meikoss entró. Pero detrás de él, medio en sombras, había una mujer que se había quedado esperando en el umbral.
- Buenas tardes, Meikoss, me alegra ver que vienes a hacerle una visita a tu viejo padre.
- Buenas tardes, padre. Siempre tengo un rato para que me cuentes cómo te ha ido el día. Aunque lamento que esta vez sea una visita interesada.
- Por lo que veo, vienes acompañado. Dile a tu amiga que pase - dijo guiñándole un ojo a su hijo.
- No es lo que piensas, padre. Sólo es una conocida.
Eliel entró por la puerta.
- Con permiso.
- Es Ariadne Eliel Van Desta, hija del marqués de las tierras de Hannadiel. Éste es mi padre, lord Jeffel Sherald, consejero del canciller Hendmund - Y Meikoss lanzó una mirada de duda a Jeffel.
El consejero del canciller se quedó durante un momento pensativo. La Marca de Hannadiel… había leído algo sobre esas tierras pero no recordaba muy bien el qué. Se dio cuenta del silencio con el que se quedó observando a la doalfar, que se estaba tornando incómodo, y reaccionó para solventar la situación apartando aquellos pensamientos.
- Sed bienvenida, señorita Van Desta. Espero disculpe mi vestuario, pero no esperaba visita.
- No tiene que disculparse, Lord Sherald. Soy yo quien lamenta tener que visitarle a horas tan intempestivas.
- Bien, pues - dijo ofreciéndoles asiento -, cuénteme qué quiere de mí.



Tendido en la plaza, Adriem estaba frente a Meikoss. Había perdido y estaba furioso ¿Por qué debía esforzarse? Estaba claro que Meikoss era de ese tipo de personas que lo había tenido todo. Veía la admiración en los rostros que los rodeaban y las miradas juguetonas de las mujeres. Guapo, con buena posición... Se miraba a sí mismo y sólo encontraba a un tipo triste que había aspirado toda su vida a ser algo y no había conseguido nada. Sentía un vacío dentro de sí que le oprimía el pecho. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y una sensación muy desagradable, como una descarga eléctrica, le atravesó desde los pies hasta el último pelo de la cabeza. Esa sensación ya la había tenido antes. Fue cuando...
Y la desesperación y el dolor se fundieron en uno solo, y un grito de dolor salió de su garganta.
El aire se distorsionó entre él y su contrincante. Vio cómo se levantaban los adoquines del suelo y la fuente se resquebrajaba. Meikoss salió despedido y quedó inconsciente por un tremendo golpe invisible que no acertó a esquivar.
Adriem jadeaba y el sudor le corría por el rostro. Un desagradable vértigo lo envolvió. Como si cayera a un abismo. Sus oídos se habían taponado, pero podía percibir el silencio de las gentes que habían observado la escena. Poco a poco sus ojos se nublaron. Pero, en vez de oscuridad, empezó a ver que la gente se distorsionaba a su alrededor. Las casas y los edificios habían desaparecido. Ya no veía caras, sólo manchas azuladas que, como si de espectros se trataran, flotaban. Sólo una persona no se había desvanecido en aquella extraña bruma. Eliel lo miraba con cara de preocupación.
Él fue andando poco a poco hacia ella. Lo miraba apenada, como si algo la reconcomiera. Oyó su voz sin que sus labios se movieran.
- No te acerques, no vengas a mí… No quiero
Y las palabras se perdieron en un susurro.
Pero Adriem no hizo caso. Se sentía solo y desorientado en aquel mundo de fantasmas desencajados, y ella era lo único real que veía. Lo único a lo que se podía agarrar. Eliel extendió los brazos para sostenerlo, pero aquella voz volvió a sonar.
- Por favor, huye y sigue con tu vida. - Y una vez más no hizo caso - No quiero hacerte daño… no quiero sufrir más.
En ese mismo instante, cuando se dejó caer en los brazos de la doalfar, Adriem volvió a sentir un intenso vértigo. Se recuperó justo a tiempo para ver que Eliel y toda la gente habían desaparecido. Una enorme presión le oprimía el pecho. Una descomunal serpiente de escamas rojizas se le enroscaba alrededor apretando todo su cuerpo. Aquel monstruo lo miraba con ojos inteligentes y crueles. Una poderosa voz surgió de la nada en la que se hallaban sumergidos.
- Puede que seas tú. Puedes ser tú a quien he estado esperando.
Adriem se quedó paralizado ante el poder de las palabras. Se sentía como una rana en manos de aquella serpiente. Pero en vez de comérselo, la serpiente lo soltó, dejándole caer al abismo. Y una nueva sensación de vértigo le envolvió.


- A Nara - dijo Eliel con rotundidad.
- ¿Es allí donde piensa llevarlo? -dijo Jeffel.
- En efecto, lord. Desde hace siglos mi orden se ha dedicado al estudio de las artes mágicas y el plano astral, y sé que pueden ayudarlo. Viendo lo que ha pasado esta tarde, sin duda es un efecto metafísico, aunque no hubiera ningún tipo de runa. Por desgracia carezco de los conocimientos necesarios para tratarlo y necesitaríamos de algún maestro, así que creo que es la mejor opción. Y pese a todo, no sé muy bien si lo ayudarán.
- Puede que tenga razón, padre - añadió Meikoss -, apenas son nueve días de camino desde aquí.
- No creo que tenga muchos problemas para solicitar un indulto por una falta menor pero, a cambio, deberás responderme a una pregunta.
- ¿Cuál? - dijo Meikoss.
- Entiendo las razones de ella para pedirme tal favor. A fin de cuentas está ayudando a un amigo, pero ¿cuáles son las tuyas, hijo?
- Quiero saber de donde proviene ese poder que fue capaz de derrotarme, y estando inconsciente no podrá responderme.
- ¿Sólo por eso?
- Sí. ¿Hace falta alguna razón más?
Jeffel se giró hacia la ventana.
- Hijo, hace tiempo que estoy esperando una oportunidad para esto. Siempre te has criado en esta ciudad y has aprendido a ser querido y respetado, pero creo que esa vida cómoda no te permitirá ser un buen caballero en el futuro .
- Padre...
- Aún no he acabado - lo interrumpió Jeffel-. Eres un buen chico y confío en ti, así que tú te encargarás de la custodia de la marquesa y su acompañante. De esa forma, seguro que me conceden el indulto.
- Lord, eso es completamente innecesario, no hace falta que moleste a su hijo - dijo Eliel.
- Pero si no es una molestia ¿verdad Meikoss?
Meikoss se quedó callado, meditando las palabras de su padre. Al final rompió su silencio.
- Claro que no. No se preocupe, marquesa, seré su escolta hasta Nara.
- Mañana por la mañana tendrá el indulto, marquesa. Ahora le pido que descanse en las habitaciones de palacio. Su amigo estará bien atendido por el doctor, y usted necesita descansar para el viaje. Mi hijo será su anfitrión.
Eliel no podía rechazar la invitación del lord, que tan grande favor les iba a hacer, así que, pese a que quería ve- lar el sueño de Adriem, no tuvo más remedio que aceptar.


La alcoba estaba sobriamente decorada con algunos jarrones procedentes de Estlar y bonitos tapices con bordados de animales. La puerta acristalada daba a un balcón de piedra con bellas vistas al mar. En el interior, había una cama con dosel y una pequeña mesa con los restos de una exquisita cena. Meikoss y Eliel charlaban a la luz de los quinqués.
El anfitrión le había ofrecido a Eliel ropa nueva. Así que, tras mucho rebuscar entre los armarios de la mansión, encontró un lindo vestido con faldón de color verde y oro, con motivos de hojas. Dejaba los hombros al aire y lo ceñían tres cinturones finos. Los zapatos que había escogido tenían un poco de tacón, y unos guantes altos le cubrían hasta la mitad del brazo. Alrededor del cuello portaba un collar de cuero con un pequeño rubí en el centro. Un diseño kresaico, sin duda. Eliel estaba contenta de poder quitarse las grises ropas del imperio y vestir otra vez con ropa colorida y vistosa.
- Así pues, ¿no quieres ser shaman?
- No es mi vocación, sólo quiero acabar mis estudios sobre las criaturas astrales. Después volveré a casa.
- Supongo que la vida de una noble kresáica no debe de ser muy divertida.
- Bueno, hasta que mi hermana mayor se case. Entonces perderé mis derechos sobre la marca.
- Vaya, entonces después de eso, serás libre - dijo Meikoss imitando con las manos las alas de un pájaro.
- Jijiji - rió Eliel con discreción - Más o menos, aunque es complicado de explicar.
Ahora que se fijaba en él, Eliel pudo comprobar que era muy atractivo. Tenía una mirada sincera y un carácter encantador. Había conseguido amenizar aquella velada, pese a que estaba preocupada por Adriem.
- Yo dejaré de ser noble, pero tú algún día serás caballero, ¿no? - Ya no recordaba en que momento de la noche había empezado a tutearlo. Tal vez fue después del vino.
- Exacto. Dentro de dos años tengo la prueba. Todo el mundo me da ya por aprobado. No creo que tenga muchos problemas.
- Aunque no soy muy entendida, pareces muy bueno con la espada.
- Mi padre siempre me apuntó a las mejores escuelas de esgrima; supongo que eso servirá. -Meikoss miró la hora - Se hace tarde, será mejor que pospongamos la charla para otro momento, pese a lo agradable que es.
- Tal vez tengas razón.
Meikoss se levantó y dio la vuelta a la mesa para retirar la silla de Eliel mientras ella se levantaba. Pero Eliel había bebido demasiado y un imprevisto mareo la sorprendió cuando se puso en pie, tambaleándose. Se hubiera caído de no haber sido por Meikoss, que la asió con rapidez.
Eliel sintió un fortísimo rubor, mezcla del buen vino y de verse sujetada por los fuertes brazos de Meikoss. Sus caras estaban a poca distancia. Él cerró los ojos y acercó sus labios a los suyos. Ella se dejó llevar por la agradable sensación y la fragancia de aquel futuro caballero.
- Supongo que habrá muchos hombres en Hannadiel esperando a una mujer tan bella - dijo Meikoss justo antes de buscar sus labios. Pero nunca los encontró.
Cuando quiso darse cuenta, Eliel había escapado de su placentera prisión y sin mirarlo a los ojos le dijo:
- Por favor, me lo he pasado muy bien, pero estoy cansada. Quiero irme a dormir.
Meikoss, sin saber qué decir, se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba a punto de salir intentó disculparse.
- Eliel, yo...
  - Gracias, buenas noches, Meikoss - le cortó Eliel con cortesía.
Meikoss abandonó la estancia, y una sirvienta entró a recoger la cena.


El pasillo estaba solitario y en penumbra. Meikoss paseaba sin prisa, desvelado y meditabundo. Dos derrotas en sólo tres días, pensó; iba a ser un viaje muy interesante.


A diferencia de lo que era habitual en Dulack, aquella mañana había amanecido soleada, sin la persistente bruma otoñal. Las calles de la ciudad parecían bastante animadas a la luz de aquel sol que, por desgracia, no calentaba mucho.
Meikoss hablaba, enfundado en su abrigo marrón, con un par de mercaderes en una taberna cercana al puerto.
- Lo siento - dijo uno de ellos - Vamos hacia Kramemberg y no pensamos salirnos de la ruta. Además, no tardarán en caer las primeras nevadas fuertes en las montañas, por lo que dudo mucho que ninguna caravana suba por lo menos hasta dentro de un mes. Es una mala época, muchacho.
- Pero yo necesito ir allí esta semana, y a alguien que conozca ese camino.
- Ése no es nuestro problema - dijo el otro mercader mientras se levantaban de la mesa.
Meikoss se quedó apenado. Ésos ya eran los quintos que rechazaban la propuesta, y no parecía que fuera a tener mejor suerte con los demás. Dio un buen trago a la cerveza y se dispuso a marcharse, pero alguien lo detuvo sentándose en la mesa, a su lado.
- Puede que yo esté loca o que éste sea su día de suerte. Quizá me interese la oferta si está bien pagada.
Una mujer de pelo rubio ondulado, recogido en una coleta, lo miraba con una sonrisa. Tenía los ojos azules, cristalinos, y vestía como una comerciante bastante adinerada. Probablemente de telas, a juzgar por su aspecto.
- Puede que sea coincidencia.
- Sea como fuere, yo tengo un carro y conozco la zona. He de ir a Zirna para atender unos negocios y Nara me viene de paso. Por lo que tengo entendido, estaría dispuesto a pagar por unos pasajeros.
- Ha entendido bien, señorita...
- Rulia. Rulia Amodo, de Naria.
- Encantado. Si acepta a tres pasajeros, le diré mi nombre.
- Pues ya puede ir diciéndome cómo se llama.
Meikoss sonrió y bendijo a la Madre Alma por haber tenido tanta suerte cuando ya lo daba todo por perdido.