23 de mayo de 2012

VI - Más allá de un sentimiento


Los frondosos bosques de abetos se mecían al son del viento que descendía de las altas cumbres de la nevada cordillera. Los campos aún conservaban neveros donde todavía no daba el sol. Una bonita mansión de tres pisos de paredes blancas y tejas de pizarra dominaba, con bellos jardines, el pequeño pueblo.
Eliel observaba el lago que estaba dentro de sus propiedades. Un doalfar, bastante más alto que ella, de bella melena y de mediana edad bien llevada, estaba su lado.
Es una pena que el lago se haya deshelado ya. Aún me apetecía patinar sobre él.
- No te preocupes, hija, el año que viene todavía estará ahí.
- Ya, pero entonces yo no estaré. Me habré ido a estudiar a Nara.
- Pues yo me encargaré de que el lago siga estando aquí al año siguiente, y al siguiente... Tranquila, no se irá. Lo ataré bien - dijo con una amplia sonrisa.
- Qué tonto eres, papá... -dijo en tono de falsa reprimenda.
- Aprovecha esos años, ya sabes que a la vuelta tendrás que...
- No quiero hablar aún del tema, papá - lo interrumpió -, ya trataremos de eso a la vuelta.
- Claro que sí. Ahora volvamos que empieza a refrescar, y no me gustaría que te constiparas. Vamos, ven conmigo - dijo alejándose.
- Sí, papá…



- ... ven conmigo.
 Eliel despertó de aquel sueño abriendo poco a poco los ojos, intentando situarse y saber la procedencia de aquella voz. Y vio que alguien estaba sobre ella, estrangulándola con ambas manos. Aquellos ojos en medio de la oscuridad le trajeron un recuerdo desagradable.
- ¡Siril...! - dijo con voz ronca. Pero era diferente. Tenía el cuerpo de una joven, vestida de bufón. Pero eran esos mismos ojos, no había duda.
- Más o menos, cariño. Te dije que ésta no era tu para- da. Pero no te preocupes, no cojas el equipaje, no te hará falta.
Sus manos apretaron más, pese a que Eliel trataba de aflojarlas. Su mente empezaba a nublarse.
- Me encanta el tacto de tu cuello, ¿sabes? Podría usar una de mis sombras para estrangularte, pero prefiero tocarte. No te preocupes, no pienso matarte, sólo quiero que estés más dócil que la última vez.
En ese mismo momento, la puerta se abrió de par en par. Adriem, espada en mano y con las botas sin atar, estaba allí con cara de sorpresa.
Ni él mismo sabía por qué. Tenía una intuición extraordinaria. Se había despertado de repente, y con un nudo en el estómago. No era la primera vez que le pasaba. Sabía que algo andaba mal, pero sus predicciones eran superadas con creces por los hechos.
- ¡Señor Karid, cómo me alegro de verlo! - Y una amplia sonrisa se dibujó en los labios de Idmíliris a la vez que de las sombras de ambos lados de la puerta surgían dos criaturas desagradablemente familiares.
Idmíliris soltó a Eliel y se bajó de la cama. Se encaró con Adriem, pero sin perder de vista a la chica, que se había levantado tosiendo y agarrándose la dolorida garganta.
- Es sorprendente su capacidad de supervivencia. En verdad es un hombre tenaz.
- Déjala en paz, ella no te ha hecho nada.
- Lo sé, pero lo hará. Y a mí me gusta atajar los problemas.
- ¿A qué te refieres?
- No, no, no... La curiosidad mató al gato -dijo moviendo su dedo índice en señal de reprimenda -. Acaso sigue pensando dar su vida por una desconocida? - se mofó.
- Tal vez... - Adriem apretó los puños. Las dos sombras se pusieron en guardia, creyendo que las iba a atacar, pero no fue así. Corrió hacia adelante dejándolas atrás, yendo a por su señora. Idmíliris levantó la mano murmurando algo y trazando unas runas azules. Un haz de aire se dirigió hacia él, pero su rápido movimiento evitó que le desgarrara el pecho, aunque le produjo sendos cortes en el hombro y el costado. Haciendo caso omiso, Adriem dibujó un arco con la espada. Sin embargo, la bufona se lo esquivó. Cuando Idmíliris se dispuso a contraatacar, vio que Adriem atraía a Eliel hacia él y, cubriéndola con su chaqueta, la hacía saltar a través de los cristales de la ventana. Idmíliris se asomó por el alféizar y vio que las ramas de un árbol amortiguaban su caída, siendo el peor parado Adriem. Tras unos momentos de confusión, éste la cogía y salían corriendo.
Un seco gesto hizo que una de las sombras apareciera a su lado. Idmíliris se volvió con una cara de morbosa satisfacción, cincelada por las sombras de la noche.
- Avisa a Zir que han escapado en dirección sur. Yo los seguiré. - Se volvió hacia la calle - Señor Karid, adoro ir de caza con usted. Es una pieza muy interesante.


A medida que corrían, la respiración de Adriem se iba haciendo más pesada, y su ritmo aminoraba. A Eliel no le pasó inadvertido y se detuvo con cara de preocupación.
Se encontraban en una pequeña estación de ferrocarril. Más allá, las vías discurrían por un puente metálico en dirección hacia otro sector. El andén estaba desierto, no había ningún signo de vida, excepto tal vez algún gato callejero. El viento comenzaba a soplar, arrastrando en los cielos pequeñas nubes que, a intervalos, ocultaban la luna menguante de aquella noche.
Adriem se giró, sobresaltado, por aquel brusco frenazo.
- ¿Qué ocurre? ¿Estás bien, Eliel? - dijo Adriem jadeando.
- Eso debería preguntártelo a ti. - Y la doalfar se acercó a él. La mirada de Adriem fue suficiente respuesta. Eliel alzó la mano y le acarició el costado. Los músculos de él se tensaron, y Adriem profirió un quejido ahogado entre dientes.
- Te duele, ¿verdad?
- No es nada, lo importante es encontrar dónde refugiarnos.
- ¡Estás sangrando, es un milagro que puedas correr! - la herida no era grave pero a juzgar por al  zona tenía que ser dolorosa - Tienes que descansar un poco. Esa herida es muy fea. - Pese a su presencia de ánimo, Eliel, vestida sólo con un camisón, empezó a tiritar. Adriem se quitó su cazadora y se la puso por encima de los hombros a la doalfar.
- Ahora no es tiempo para descansar, ya lo haré cuando estemos a salvo.
La nube que había tapado la luna siguió su camino y la luz del satélite volvió a bañar el andén. Se oyeron unos pasos y una persona apareció doblando la esquina, a escasos metros de ellos. Era un doalfar de pelo castaño, vestido con gabardina, los miró con sus penetrantes ojos azules. Con expresión grave saludó:
- Hace una buena noche para esperar el tren.
Adriem se fue hacia él.
- ¿Quién eres tú? - Se fijó en sus orejas puntiagudas - Un doalfar. Dudo que seas de por aquí.
- Cierto. Me presentaré, mi nombre es Zir-Idaraan Al Semacir y usted, Adriem Karid, se está convirtiendo en alguien demasiado conocido para nosotros, por desgracia. Es un hombre demasiado tenaz, por no decir estúpidamente obstinado, que se empeña en meterse en algo que, como verá, le viene grande.
- ¡¿Qué queréis de mí?! - dijo Eliel adelantándose - Yo no os he hecho nada.
- Sí que lo has hecho, pero, claro, no lo recuerdas. Sea como fuere, por el bien de tu amigo humano, te recomiendo que vengas con nosotros. No tengo ningún interés en matar, pero él no será quien se interponga entre nosotros y el destino.


A esa altura, el frío viento azotaba a placer. Una de las torres de las murallas de Tilia servía también como puerto para las aeronaves. Dichas torres se habían construido hacía más de cien años para defenderse de un eventual ataque de Kresaar como última lían de defensa. Ahora, algunas de esas torres era un puente aéreo tras quedarse obsoletas por la presencia de los modernos aerobuques de guerra. Diversas plataformas de metal, a distintos niveles, se enmarañaban con cables, vigas y tensores habían sido añadidas para acomodar los muelles de atraque. En uno de los muelles, un pequeño dirigible carguero, con el nombre de Raudo, ultimaba la carga que debía transportar. El capitán, un humano de unos cuarenta años, moreno y de piel curtida, como si de un lobo de mar se tratase, hablaba a la luz de uno de los focos del muelles con una mujer.
- No acostumbro a llevar pasajeros, esto no es más que un carguero.
- Lo sé, pero precisamente por eso me interesa. Te estoy pagando el equivalente a seis y sólo te pido que lleves a dos personas.
- ¿Los persiguen las autoridades? Porque si es así, no estoy dispuesto a jugarme la licencia, teniendo en cuenta la carga que llevo.
- No, te prometo que no tienen tratos sucios con nadie ni deudas pendientes. Es más, uno de ellos pertenece a la guardia, ¿No es suficiente garantía? - alegó la mujer como aval - Sencillamente han de realizar un viaje con urgencia y tú eres el primero que va a salir hoy hacia el Este. Descuida, lo que menos les importa es tu carga.
- ¡Maldita sea! Bien, de acuerdo, dame esos malditos escudos - dijo el capitán algo incómodo, pero satisfecho por lo lucrativo del trato.
- Ambos son encantadores y unos buenos amigos. Trátalos bien, ¿vale? - dijo Dythjui con aquella amplia sonrisa tan característica de ella - Ahora será mejor que vaya a buscarlos.


Adriem dio un traspiés tras recibir un duro golpe en la cara. Acto seguido, Zir saltó sobre él y le dio un tremendo puñetazo en la costilla herida. Adriem dio un par de pasos y cayó al suelo, llevándose la mano a la maltrecha herida.
«Este tipo es muy bueno -pensó Adriem-. No sé de dónde vienen sus golpes, es como una danza de movimientos. ¡Maldita sea, no deja ni un hueco!»
Intentó levantarse, pero el dolor punzante de la herida le hizo lanzar un quejido de dolor.
- Ven conmigo - Zir se fue acercando a Eliel -. ¿No ves que le estás haciendo sufrir?
- ¡Eres tú quien le está haciendo daño! - le gritó, asustada.
- ¿Ves a ese pobre humano? Este común luchaba por ti y ahora está a punto de morir. Pero si tú no hubieras estado aquí, él seguiría con su vida normal, disfrutando o no de ella. Creo que no se merece este sufrimiento, pero el destino, como si de una piedra se tratara, lo ha puesto momentáneamente en nuestro camino, haciéndonos tropezar con él.
- ¡No digas tonterías! - dijo Eliel con lágrimas en los ojos.
- Te lo explicaría encantado, pero éste no es el lugar. - Se acercó a ella con la intención de cogerla, pero de repente, la mano de Eliel se alzó y realizó una somática con los dedos; dibujó una runa que se iluminó con un fulgor azul que lo cegó momentáneamente.
Zir retrocedió unos pasos cubriéndose los ojos. Poco a poco fue retirando las manos y abriéndolos con dolor. Sobre las manos de Eliel se habían dibujado complicados signos rúnicos que emitían el mismo fulgor que el que lo había cegado. Y, entre ellos dos, una criatura surgida de la nada lo observaba con ojos rabiosos.
- Tienes razón, hermano doalfar, Adriem no tiene por qué sufrir. Tu oponente soy yo.


Rognard observaba las últimas inscripciones de la duodécima Sacra Squela. Una enorme piedra de tres metros de altura que, junto con sus nueve hermanas, relataban la historia del mundo, que según se decían, podían rivalizar en importancia con el mismísimo oráculo de Nara. Dispuestas en círculo en la enorme sala de mármol, los estudiosos intentaban descifrar las misteriosas inscripciones, pese a las altas horas de la madrugada que eran.
 Unos pasos acelerados y marciales sacaron a Rognard de su ensimismamiento. Una pareja de soldados, con armaduras con brocados granates que lucían el escudo imperial, formaron a ambos lados de la entrada, mientras una delven, ataviada con la misma indumentaria, entraba con sus vivos ojos claros clavados en él.
- ¡Prior Rognard! ¡Estoy muy disgustada con su actitud, y sepa que el emperador también!
- Comandante Alexa, siéntase como en su casa. No hace falta que llame a la puerta - respondió con educada ironía y una pronunciada reverencia.
- Ha llegado a mis oídos por la guardia de la ciudad que una noble kresaica, y además shaman, está en riesgo.
- Cierto es - Rognard la miró con indiferencia, sabiendo que, pese al temperamento de ella, él, como miembro de la Santa Orden, estaba por encima. Alexa era una mujer muy bella, de aspecto fiero y cuerpo atlético, de piel oscura y pelo rubio recortado por detrás, lo que dejaba al aire su nuca. Costaba creer que siendo tan joven y mujer, hubiera alcanzado uno de los rangos militares más altos del imperio. Comandante de la Real Guardia Imperial.
- ¿Y por qué no se informó ni a nuestro ilustre emperador ni al Senado?
- Querida comandante, no queríamos intranquilizar por algo que era nuestra responsabilidad, puesto que la shaman era nuestra invitada.
- Pero ¿es consciente del delicado momento por el que atraviesan nuestras relaciones con Kresaar? Un incidente con uno de sus ilustres ciudadanos, como es una noble y religiosa, podría desencadenar un conflicto. La guerra no sería impensable.
- A veces - dijo Rognard, girándose de nuevo hacia la Squela y fijándose en las líneas que estaba estudiando -, es mejor que no se sepan las cosas de las que aún no conocemos sus consecuencias.
- ¡No me venga con juegos de palabras, prior! - Alexa dio un paso al frente, visiblemente airada - Tengo la sensación de que detrás de todo esto hay algo más de lo que parece. De lo contrario, usted no iría con tanto secreto. Déjese de evasivas ¡Quiero respuestas!
- No hay respuestas porque no las tengo. Tenga la amabilidad de abandonar esta sala, está molestando a la gente que aquí realiza el noble arte del estudio o el descanso. Señorita Alexa, buenas noches.
- Esto lo considero una falta grave a sus obligaciones, pero se escuda en su posición. Le prometo que volveremos a vernos las caras, prior. Hay veces en las que la fe no lo justifica todo. - Se giró en redondo y abandonó la estancia acompañada de sus hombres, mientras Rognard añadió un último apunte a sus notas.
- No lo tomaré como una amenaza. - murmuró el prior volviendo de nuevo a su estudio de la Squela.


Un zorro de pelaje casi blanquecino y del tamaño de un lobo exhalaba aire helado por la boca. Bajo sus patas, una compleja estructura rúnica palpitaba con un fulgor acorde con el de las manos de Eliel. El zorro miró de soslayo a su dueña, a la espera de la orden.
- ¡Ataca Ulimi!
Adriem sabía que los shaman eran famosos porque sabían invocar criaturas astrales, pero nunca había presenciado una invocación.
El zorro lanzó una bocanada de aire helado que Zir esquivó con un rápido movimiento. El resultado fue un montón de adoquines helados. Rodó sobre su flanco y se levantó de golpe con la intención de atacar a la invocadora. Pero en su trayectoria, se interpuso el zorro, que le dio un mordisco en el antebrazo izquierdo Al instante el miembro quedo cubierto de hielo Zir retrocedió con un quejido mientras agitaba el brazo congelado.
- Veo que antes te tendré que quitar de en medio, bestia peluda - dijo enfadado.
 Ante la amenaza, el zorro agachó la cabeza y gruñó.
La bestia empezó a caminar hacia uno de los lados y, llegado al punto que estimó mejor, se lanzó contra el doalfar. Éste, con un ágil movimiento de pies, se apartó e intentó herir al animal durante su salto, pero falló. Zir tomó la iniciativa y, bajando la espada, lanzó un golpe ascendente. El escurridizo zorro esquivó la rápida sucesión de cortes que el doalfar realizaba con maestría. Un tajo del sable acertó en uno de los costados del animal, haciendo que de él se oyera un quejido. A su vez, Eliel se agarró con fuerza las ropas a la altura del corazón presa de dolor.
- Tal y como suponía. Por lo que he estado estudiando de vosotros, los invocadores, creáis un extraño lazo existencial con vuestra criatura, por lo que si la hiero a ella te hiero a ti.
Eliel poco a poco se fue recomponiendo y con mirada claramente furiosa, dijo – hablas demasiado.
El zorro se volvió a abalanzar sobre su presa pillándola desprevenida debido a su discurso, pero fue capaz de actuar a tiempo y de un certero golpe le acertó en el vientre del animal produciéndole una herida mortal.
La invocadora shaman se encogió repentínamente agarrándose la cabeza presa de un terrible dolor. Este momento de confusión fue aprovechado por Zir-Idaraan que saltó dispuesto a darle el golpe que la dejaría fuera de combate.
Un traqueteo inundó el andén acompañado de un silbido. El primer tren de la madrugada hacía entrada en el andén, volviendo la escena más confusa.
Poco a poco la invocadora fue abriendo los ojos, recuperándose del shock sufrido para ver como el brillo de un filo oscilaba sobre su cabeza. A su lado, Adriem, agarrándose el costado con una mano y con la otra interponiendo su espada con la de Zir-Idaraan, bloqueaba un ataque que podría haber sido mortal. Ambos se apartaron rápidamente sin quitar el contacto de sus espadas, tanteando con la punta de ambas espadas mientras se miraban fijamente.
- Por qué sientes esa necesidad de protegerla. Deja de arriesgar tu vida inútilmente.
- No es eso, es algo más. - dijo mirándole fijamente con determinación.
- ¿Tu deber como guardia? Vamos, los cementerios están plagados de espadas y héroes.
Poco a poco, debido a la herida, Adriem fue empezando a flaquear, a medida que esta empezaba a crear una mancha roja en su camiseta. No aguantaba más, y si caía no tendría ni la mas mínima oportunidad.
El doalfar veía su victoria frente a ese patético humano más que segura, así que, decidido, intentó apartar la hoja de Adriem de la suya. Sin embargo, éste desvió su acero alzando la espada por su lado izquierdo. Estaba ahora a una distancia corta y, presto, lo golpeó con el puño izquierdo en la cara, para después golpearle con el pomo del arma. El doalfar hincó la rodilla en el suelo, medio sorprendido, medio aturdido, y se impulsó para saltar Zir usó uno de sus brazos para apoyarse. Se encontró con Adriem, que estaba pegado a él, dispuesto a rematarlo. El choque de ambas espadas sonó con un agudo timbre, Adriem había visto el ataque a tiempo, pero había estado muy cerca de acabar con él.
Pese a los esfuerzos de Adriem, el doalfar tenía las de ganar, el último movimiento lo había pillado desprevenido, pero había tenido suerte. La herida seguía sangrando y la maestría con la espada de su adversario era indudable. Salvo algunos momentos brillantes del humano, Zir dominaba claramente el combate.
Un agudo silbido proveniente de la locomotora anunció la inminente salida del tren. El maquinista, ajeno a lo que estaba aconteciendo en el andén, se disponía a arrancar aquella mole de metal.
Pasando al lado de los contendientes, Eliel corrió tras los vagones que se alejaban, y se cogió a la barandilla del último. Adriem bloqueó un revés que iba hacia ella, y emitió un grito de dolor, al abrírsele más la herida. Pese a ello, empujó con el hombro al doalfar con todas sus fuerzas, derribándolo.
El tren entraba en el puente. A trompicones y casi exhausto, Adriem, con un hábil salto, se agarró a la mano que le tendía Eliel y a la barandilla.
Zir se levantó lo más rápido que pudo para alcanzar el tren, pero fue inútil. Se quedó en el andén, viendo cómo el convoy atravesaba el puente en dirección a otro sector.
Furioso, gritó y golpeó con el puño una de las farolas del andén con tal fuerza que se bamboleó.
- Vaya, al señor Gebrah no le va a gustar que se te hayan escapado, Zir - dijo maliciosamente Idrníliris con una sonrisa. Aparecida de quién sabe dónde y, corno siempre, rodeada de sus sombras, observaba al rabioso doalfar, que se volvió con una mirada de odio.
- ¡Si estabas observando, ¿por qué no has actuado?!
- He tenido algunos contratiempos. Además, ya sabes que me gusta trabajar sola.
- Pues tus caprichos nos han costado un nuevo fracaso.
- No te preocupes, los alcanzaré, es el tren que va al muelle aéreo.
- Por tu bien espero que así sea. Si no, tú también serás víctima de este fracaso.
- Las cosas tendrían que salirnos bien ¿Acaso no somos los buenos? Estarnos salvando al mundo, y los buenos siempre ganan.
- Estas perdiendo el tiempo - le reprochó.
- Vale, déjalo en mis manos. - Y de repente saltó por encima del tejado de la estación, acompañada de sus inseparables sombras, en una increíble demostración de agilidad.


El vaivén del vagón se estaba convirtiendo en una tor- tura para Adriern. El más leve movimiento le producía un dolor muy agudo. Eliel, usando la tela que llevaba a modo de cinturón, improvisó un torniquete para sujetarle la costilla rota.
- No tenías por que haberte arriesgado tanto. Desde que estoy contigo lo único que consigo es que te hieran.
- No te preocupes. - Soltó un quejido cuando Eliel anudó el torniquete - No es que lo hagas adrede.
- ¡Pero casi te matan!
- Bueno, no es para tanto. -Y un temblor le recorrió el cuerpo. De repente su mente recordó el peligro que acababa de superar y lo cerca que había estado de morir a manos de ese doalfar. Un sudor frío le recorrió la cara - Como buen guardia debo proteger a la gente - dijo con la voz ligeramente temblorosa.
Eliel se abrazó a él.
Lo siento mucho - dijo entre sollozos.
 La altiva doalfar vio en Adriem la expresión de terror ante lo que había sucedido. Empezaba a estar muy asustada, tal vez más que ese humano que se había empeñado en ser su protector.
- Disculpen, sus billetes - les dijo una voz que venía de atrás.
- Lo siento mucho señor interventor, pero no hemos podido... -dijo Adriem, mientras Eliel se separaba de él, colorada por haber perdido la compostura- . ¡¿Dythjui?! - Adriem se levantó de golpe al ver a la joven casera delante de él - ¿Cómo? Pero ¿qué? ¿Cuándo...?
- Siento no haber sido de mucha ayuda. Os seguí, pero no me atreví a hacer nada, no sabía como ayudar - dijo, ruborizada.
- No, no pasa nada, me alegra mucho verte - dijo Eliel desde su asiento.
- Por lo menos puedo ayudaros a salir de la ciudad, bastante mejor de como lo ha hecho la Santa Orden.
- ¿A los dos? Pero ¿y mi trabajo?, yo…
 Dythjui lo interrumpió.
- Sería mejor que la acompañases hasta su tierra, recuerda que aún tienes una semana de permiso. Además, reconoce que no te quedarías tranquilo dejándola viajar sola, con esas sabandijas pisándole los talones. - Adriem otorgó en silencio - Resulta que un cliente de la posada es capitán de un dirigible. Es un carguero ligero y, aunque no lleva pasajeros habitualmente, me hace el favor de llevaros. Sale esta misma madrugada con destino a Dulack, en Detchler.
- Pero yo soy de Kresaar, ¿no hay nada que vaya más cerca? - replicó Eliel.
- Que yo sepa, no. Además, así podréis despistar a esas gentes que te persiguen. Desde allí a Kresaar no hay más de cuatro días. Seguro que en Dulack encuentras una escolta hasta tu casa.
- Sí, tienes razón. Sólo tengo ganas de abandonar esta ciudad.
- Y bien, ¿Adriem? - Dythjui se quedó a la espera de una respuesta que ya sabía.
- Está bien, iré. - No encontraba ninguna razón para rebatir sus argumentos y, en el fondo, tampoco quería hacerlo.
- Perfecto - celebró la casera - Aquí tenéis, quinientos escudos. No es mucho pero para una semana es más que suficiente.
- No sé si podré devolvértelos…
 Eliel cortó a Adriem.
- Pero yo sí, te lo devolveré en cuanto llegue a mi hogar. Confía en mí.
 Dythjui sonrió. En el fondo sabía, sin maldad, que no lo haría. Pero una brusca frenada al llegar a
otra estación la obligó a agarrarse. Algunas personas madrugadoras, seguramente por su trabajo, empezaron a sentarse en el vagón. Una cosa llamó la atención de Eliel.
 Pese a que Adriem estaba allí, herido, y ambos con las ropas sucias, nadie se inmutó. Seguramente en Estash se los hubieran quedado mirando, incluso los hubieran echado del tren o les habrían prestado ayuda. Nunca entendería a los comunes.
Una lluvia fina empezó a salpicar los cristales del vagón. Comenzaba a amanecer tímidamente entre las nubes grises. Oscuras nubes empañaban el cielo avisando de la proximidad de una tormenta.
Llevaban ya media hora en el tren. Ninguno se atrevía a hablar. En sus caras se reflejaba la preocupación. Incluso en la de Dythjui. Esto desconcertaba a Adriem, acostumbrado a la sonrisa de la casera, y le ponía más nervioso. Casi todo el mundo había abandonado el tren. Se notaba que se aproximaban al final del trayecto. El tren subía perezosamente la última rampa hasta el puerto aéreo. Las casas, las fábricas, la catedral, e incluso el Palacio Imperial se podían divisar bajo la bruma creada por aquella fina lluvia. Las siluetas de la ciudad en tonos grises le daban al ambiente una sensación de tristeza, pensó Eliel. Ella nunca podría vivir en un lugar como ése. ¿Era el precio de lo que llamaban progreso?
Un silbido, seguido por un largo frenazo, detuvo el tren. Dythjui se levantó y le ofreció su poncho a Eliel.
- Hemos llegado. Será mejor que te pongas esto, con ese camisón cogerás un resfriado.
- Gracias - dijo, colocándoselo sobre los hombros, y luego ayudó a Adriem a levantarse.
- Es el muelle de carga ocho. Será mejor que nos demos prisa, el dirigible parte dentro de veinte minutos - dijo consultando un reloj de bolsillo.
Avanzaron intentando resguardarse de la lluvia. Varios mozos se afanaban en bajar la carga de los vagones posteriores del tren en el que habían venido. Tras cruzar varias pasarelas y coger un montacargas, ya calados hasta los huesos, llegaron al muelle ocho. Allí, el Raudo, un pequeño dirigible de carga de aspecto un poco destartalado, se preparaba para zarpar. Los hombres se afanaban en aflojar los cabos y dar unas últimas revisiones al casco. No tendría más de diez tripulantes, calculó Adriem, y muy probablemente se dedicaban al contrabando, además del transporte de mercancías legales. Mientras cavilaba sobre el tema, una duda le surgió de repente, cortando sus pensamientos de raíz.
- ¡Un momento, Dythjui, no llevamos los pasaportes encima! No podemos subir.
- No te preocupes, no os pondrán ningún problema, créeme. Cuando lleguéis a Dulack sólo tenéis que alegar que los habéis perdido y asunto solucionado. El capitán no suele pasar por las aduanas.
- Lo suponía - dijo Adriem. Aquel carguero no tenía pinta de llevar habitualmente mercancías muy legales.
Dythjui alzó la mano y llamó la atención del capitán. Éste, desde la zona de carga, les hizo un gesto para que se acercaran.
- Bien, seguidme.
Pisaban charco tras charco en su carrera. Las gotas de lluvia salpicaban sus caras. Adriem iba cojeando ligeramente. Pese a que era el más veloz, la costilla lo retrasaba. Un sonido seco, como si se rasgara el aire, le hizo frenar y desenvainar su espada.
Una sombra había aparecido delante de él y, si no hubiera sido por su instinto, lo habría cortado en dos. La sombra se dispuso a darle el golpe de gracia, pero la hoja de Adriem fue más rápida y la partió por la mitad.
Un grito le llamó la atención. Unos metros más adelante, Dythjui y Eliel se habían detenido. Cuatro sombras les bloqueaban el camino. Adriem corrió al encuentro de sus dos amigas. Mientras se acercaba a ellas vio que el capitán de la nave ordenaba el despegue inmediato, no quería meterse en problemas.
- ¡La nave se va sin nosotros! - gritó Adriem.
- ¡No, si puedo impedirlo! -Eliel empezó a entonar unas runas a la vez que trazaba extraños símbolos con las manos, y unos intrincados dibujos adornaban sus brazos.
Acto seguido, Eliel apuntó con las palmas de las manos a las criaturas que tenía adelante. Unas runas azules aparecieron sobre ellas, que acto seguido quedaron atontadas.
- ¡No me lo puedo creer, no creía que lo conseguiría! - Se volvió hacia sus atónitos compañeros - Vamos, no sé cuánto tiempo las retendré.
Llegaron a la rampa de la nave cuando ésta empezaba a arrancar motores. Las hélices zumbaban ahogando el sonido de la lluvia, mientras unos focos intermitentes anunciaban, desde el borde del muelle, que la aeronave despegaba. Dythjui se detuvo.
- ¡¿No subes?! - exclamó Eliel.
- Sólo hay dos billetes.
- Pe... pero, hay sombras, la bufona puede estar cerca.
- Recuerda que te buscan a ti. A mí no me conocen, así que me iré lo antes posible.
 La nave se separó del muelle un poco, bruscamente. Adriem agarró a Eliel, que estaba a punto de caer, mientras con el otro brazo agarraba la manilla de la puerta.
- ¡Vete! ¡No dejes que te pillen! ¡Cuídate, Dythjui! - dijo Adriem.
- ¡Nos vemos en unos días, Adriem! ¡Buena suerte, Eliel! ¡Adiós!
Eliel sonrió a aquella chica que en tan sólo unos días se había convertido en su amiga.
- Los kresaicos decimos Ináh - se despidió la doalfar. - ¡Ináh, Eliel! - gritó la casera
- ¡Ináh! - respondió Eliel. Y el dirigible descendió suavemente en el aire para maniobrar.
- Pobre Dythjui, no hemos debido dejarla allí.
- Estará a salvo, confío en ella. - Pero Adriem no podía dejar de preocuparse por su amiga aunque tratara de aparentar lo contrario. En siete días estaría de vuelta y, como siempre, su casera estaría esperándolo con su sincera sonrisa, en la posada.
No sabía cuán equivocado estaba.
A través de la escotilla fue entrando poco a poco la luz anaranjada del amanecer. La nave había superado aquellas nubes bajas, y el sol, radiante, aparecía majestuoso ante el morro de la nave.
Las sombras comenzaron a aparecer por todos los recodos del muelle. Desde allí arriba se podía ver cómo el dirigible enfilaba rumbo al Este. Las sombras se quedaron desconcertadas, no sabían qué hacer. Dythjui aprovechó su confusión para irse disimuladamente. Hasta que una voz la interpeló.
- ¡Tú eres la casera de Karid, ¿verdad?! Quiero que me digas adónde se dirigen. - Idmíliris se hallaba sobre un montón de grandes cajas.
- Vaya, ya decía yo que se me había olvidado algo. No les he preguntado adónde iban - respondió con una amplísima sonrisa. Por lo visto se había equivocado. Sí que la conocían.
- ¡¿Crees que me lo voy a tragar?! ¡Me lo dirás por las buenas o por las malas! - dijo la otra, apretando los dientes y enseñando sus brillantes caninos.
- Bueno, eso quiere decir que me toca correr. -Dythjui le dedicó una sonrisa pícara y echó a correr.
- ¡A por ella! - ordenó Idmíliris a sus sombras.


Los bomberos se afanaban en apagar el incendio como + podían. Sus mangueras eran insuficientes, y ya casi no les quedaba agua en los depósitos de los vehículos. Las llamas se tragaban la posada de tres plantas que había a la sombra del Puente de Álsomon. La gente se había acercado a ver el suceso, que probablemente saldría en el periódico al día siguiente. Dythjui miraba apesadumbrada cómo su negocio se hacía cenizas. Tanto esfuerzo de años destruido en apenas una hora. Cuando había llegado, agotada, los bomberos ya le habían dicho que nada se podía hacer.
- La señorita Lezard, ¿verdad? - dijo una voz potente a su espalda.
- Soy yo -Dythui se dio la vuelta, para ver a Melisse y al hombre que acababa de hablar, otro sacerdote.
- Lamento mucho lo sucedido - se compadeció la priora.
- Supongo que algunas personas querían borrar ciertas huellas. - Dythjui sabía que nada dura para siempre. Que antes o después su posada no estaría allí. Pero no podía evitar que alguna lágrima asomara en sus ojos. Nunca se había acostumbrado, después de tanto tiempo, a resignarse a perder todo lo que quería. Antes o después pasaba.
- Él es Rognard, un colega y amigo. Está al tanto de todo.
- Quiero expresarle mi pesar por lo de su negocio - dijo el prior tendiéndole la mano.
- Gracias - dijo Dythjui, estrechándosela.
-¿Qué ha sido de nuestra invitada? - continuó él - ¿Le ha pasado algo? Espero que esté a salvo.
- No se preocupen, ya no está aquí.
- ¿Y adónde ha ido? -preguntó Melisse algo inquieta ante esta revelación.
- Mmmm... No lo sé. Creo que se han ido en un dirigible. Y no tengo ni idea de adónde se dirigía. Tenían prisa por salir de la ciudad.
- ¡¿Sin nuestro permiso?! - exclamó el prior - Deberían habérnoslo comunicado. La Santa Orden lo hubiera organizado todo.
A mí no me pregunten, sólo soy su ex casera. Supongo que era mejor no molestarlos más. Además, creo que Eliel está en buenas manos.