22 de agosto de 2012

XIII - Buscando el cielo


Meikoss y Adriem cargaban el equipaje en el carro, disponiéndolo todo para la partida. Mientras, Eliel, Rulia, Danae y Elric conversaban. La mañana se iba abriendo paso y la helada de la noche comenzaba a levantar con los primeros rayos de sol.
- Es una verdadera pena que tengáis que partir con tanta prisa. Podríais haberos quedado unos días más -dijo Danae.
- Podríamos haber disfrutado de las fiestas, son dentro de dos días. -Elric lamentaba la partida de aquellas dos bellas mujeres.
- Lo siento de verdad, pero tengo que llegar cuanto antes. -Eliel dijo esto haciendo una ligera reverencia a modo de disculpa, una costumbre muy kresaica.
- Yo ya he tenido suficiente fiesta con lo de esta no- che - comentó Rulia-. Siento haberte juzgado mal ante- ayer, Elric.
- Soy como un diamante en bruto -dijo él con una sonrisa pícara.
Tras el comentario de Elric, un codazo de Danae le impactó en las costillas.
- Y la mar de modesto.
- Bruta... - Estaba medio doblado por aquel golpe tan doloroso.
-Toma esto, Eliel. - La boticaria le ofreció un peque- ño tarrito con una sustancia violácea-. Es enemista dilui- da. Si ves que Adriem vuelve a estar mal, esto lo calmará.
- Muchísimas gracias, Danae. -Eliel se quedó observando el frasquito-. Pero ¿la enemista no era peligrosa? - En pequeñas dosis no, así que ten cuidado - le dijo guiñándole un ojo-. Sólo un par de gotas como mucho. Tú cuídalo.
-¡Nos vamos! ¡Esto ya está! -dijo Adriem asegurando la lona del carro.
- Os deseo lo mejor a las dos -dijo Danae-. ¿Tú no dices nada Elric? - A ú n medio doblado y sin aliento esbozó una sonrisa y se despidió con la mano. Porque era una mujer, que si no, se habría vengado.
El carro ya se había perdido de vista tras las casas. Danae y Elric se habían dado la vuelta para volver a sus quehaceres diarios. Caminaban por la calle, que ya empezaba a tener actividad, cuando Danae se detuvo.
Elric se quedó mirándola .
-¿Pasa algo, Danae?
- Un sephirae... Aunque es diferente, es algo de mi pasado que no quería recordar. Las casualidades no existen, Elric. Algo se está empezando a mover y no me gusta. Cuando curé a aquel sephirae tuve una sensación muy extraña. -Se mordió el dedo índice-. No se parece en nada a los que conocí. No sabría describirlo, pero el hecho de que tenga ese poder de forma natural desafía la lógica.
- ¿Y no les has dicho nada?
- No, para qué. No merece la pena preocupados más. 
El vendedor se encogió de hombros.
- Sea como fuere, da igual. Ya se han ido y dudo que volvamos a verlos.
- No estaría tan segura.
- Ah , una cosa más, Danae. Que conste que te dejo que me pegues porque yo nunca pegaría a una mujer. Danae empezó a reírse a carcajadas.
-Sí, claro, Elric, lo que tú digas.


Zir se entretenía en uno de los claustros del bastión entrenándose en el manejo del sable. Movimientos continuos se encadenaban uno detrás de otro en un bello bai- le que podía traer la muerte a quien se pusiera por delante. Cuando era pequeño le habían enseñado los pasos de la escuela de esgrima del sable kresaico. Ese estilo era famoso por asemejarse a una especie de danza, donde el movimiento de pies era la clave para conseguir la mayor potencia posible en los golpes.
La hoja silbaba mientras cruzaba el aire cuando una voz interrumpió su entrenamiento.
- Lord Gebrah lo llama a su presencia, señor Zir-ldaraan -anunció una sirvienta doalfar vestida con el traje blanco y granate que llevaban los que se encargaban de mantener en orden aquel palacio.
Zir envainó ceremoniosamente el sable y miró a la sirvienta.
- Decidme dónde he de ir.
- Le espera en el salón este. 
-¿Se puede saber a qué viene esa llamada?
- La señorita Idmíliris ha vuelto de su misión -dijo la sirvienta con un tono carente de emoción alguna. 
- Entonces, eso quiere decir que ha ido mal.
El salón era bastante oscuro. En el centro, Gebrah esperaba sentado en un gran sillón, frente a una mesa de madera tallada con relieves de criaturas que los ojos de Zir nunca habían visto. El doalfar estaba de pie, firme, a un lado de la mesa. Al otro, una indiferente Sayako miraba con desdén hacia la puerta que se acababa de abrir.
Idmíliris avanzó lentamente con paso inseguro hasta estar a unos cinco metros de la mesa.
- Mi señor Gebrah, no sé como excusarme. - Por primera vez, Zir veía a ldmíliris asustada. Es más, ahora que lo pensaba, nunca la había visto tener miedo por nada. Pero sin duda, su señor era diferente.
- Mi paciencia se va agotando. Sólo tenías que quitar de en medio a las personas que rodean a la Princesa. Una misión demasiado fácil para ti. ¿Tanto cuesta conseguir que se quede sola para que nadie interfiera?
- Mi señor, intenté deshacerme del humano tirense, pero...
- ¿¡Pero qué!? -dijo Gebrah, asestando un fuerte golpe con el puño en el escritorio-. ¡Tanto le cuesta a alguien como tú acabar con un humano! ¡Un simple común, maldita sea!
- Tenía ayuda. Una mujer que sabía canalizar runas sacras.
- No me sirven tus excusas. Te he sobrestimado - dijo mientras se remangaba uno de los brazos, dejando al descubierto una serie de runas que tenían inscritas sobre él- . No me decepcionarás una tercera vez.
Sayako, con voz dubitativa, hizo un comentario.
- Mi señor, no creo que sea recomendable.
Gebrah hizo caso omiso y con la mano izquierda trazó unas runas que hicieron vibrar las que tenía en el brazo. Hecho esto, los ojos de ldmíliris se abrieron como platos. Acto seguido, hincó las rodillas en el suelo y empezó a gemir de dolor. Sentía que la vida se le escapaba. Sus músculos se tensaron y notó cómo le crujían los tendones. Un dolor punzante en el pecho le quitó hasta el aliento, mientras violentos calambres le recorrían la espalda.
- ¡Recuerda que yo te di la vida!
ldmíliris empezó a implorar clemencia, pero Gebrah no se detuvo.
- ¡Perdonadme!... ¡Detened este dolor! - El cuerpo de la bufona se retorcía y su cara se desencajaba mientras las lágrimas le surcaban las mejillas.
Gebrah se dispuso a inscribir otra runa en su brazo, pero Idmíliris apretó los dientes, inscribió en el aire con pulso tembloroso pero veloz tres runas que se transformaron en una esquirla de hielo que se proyectó a una velocidad increíble hacia el ejecutor de su tormento. Sayako y Zir se dispusieron a interponerse entre el conjuro y su señor, pero antes de que les diera tiempo, Gebrah había modificado las runas que estaba escribiendo, que se convirtieron en una llama que deshizo la esquirla. Gebrah se levantó de su sillón claramente contrariado. Se acercó hacia ella, que lo miraba rabiosa.
- No toleraré que me amenaces. No eres nada, y la nada no puede dañarme. - La cogió por el cuello y la levantó del suelo-. Ahora, discúlpate.
Pero Idmíliris no lo hizo. Siguió forcejeando para soltarse. La terrible fuerza de aquel ser le estaba destrozan- do el cuello. Gebrah la miró fijamente a los ojos. Su mira- da, ya carente de rabia o furia, la observaba, maquinando algo que se escapaba a la impotente bufona.
-Siempre me ha gustado tu perseverancia. -La soltó y, como si fuera un saco lleno de tierra, cayó medio inconsciente. Sus ojos se nublaban debido al dolor. Incapaz + de tragar saliva, ésta le caía por la barbilla y las lágrimas le corrían el maquillaje de los ojos.
- No me odies a mí. Es ese maldito humano el que te ha hecho esto. Él es la culpa de tu fracaso. Pero no te preocupes, yo te ayudaré a derrotarlo. Acaba con él y ábreme las puertas hacia esa traidora.
Idmíliris no pudo decir nada. Ya no era capaz de sentir. Su cuerpo no respondía y la niebla de la inconsciencia planeaba sobre su cerebro. Sólo una idea se aferraba a su mente: «Todo era culpa de Karid».

Desde aquel alto se veían todos los valles que rodeaban, como estrías, aquel paisaje montañoso. Los prados verdes desaparecían poco a poco para dar paso a los bosques de abetos, y más arriba, la roca desnuda y las nieves eternas. El viento gélido que provenía del Oeste venía cargado con la humedad de las llanuras de la meseta, donde, a miles de kilómetros, se encontraba Tiria. Hacía ya horas que no se veían las llanuras de Detchler. Habían dejado atrás la frontera, donde no les habían puesto demasiados problemas, y estaban en territorio de Salania, el único país de Eidem que carecía de mar.
Se habían parado para almorzar. Un poco de cecina y algo de queso que habían comprado en un pueblo calma- rían sus hambrientos estómagos, mientras los caballos pa- cían al borde del camino. Adriem se había distanciado un poco del grupo para observar las montañas desde un privilegiado mirador. Meikoss se levantó de las rocas donde estaba comiendo y se acercó a Adriem masticando el último trozo de cecina.
- Es un paisaje precioso, ¿no crees? -dijo poniéndose a su lado.
- Sí, me trae muchos recuerdos. - Adriem se peleaba con los rebeldes mechones de su pelo para que no le ta- + paran la vista, pero el viento se lo ponía difícil.
-¿No eres de Tiria? Que yo sepa allí no hay muchas montañas.
- Te equivocas, nací al Norte, en Krimeís. Se parece mucho a esto.
Meikoss se dejó cautivar por aquel paraje e inspiró la fragancia que traía el viento y que le helaba la nariz. Al igual que Adriem, se había cerrado la cazadora hasta el cuello.
- Quería preguntarte algo -dijo Adriem interrumpiendo aquel placentero silencio-. Eliel me ha contado que nos ayudaste a salir de Dulack, ¿puedo saber por qué?
- Estaba intrigado por saber cómo lograste darme aquel golpe que me derrotó. Sé que suena algo infantil, pero tenía curiosidad. Además, mi padre se empeñó en que os acompañara.
- ¿Sólo por eso? -dijo. Antes no podía soportar a aquel niño rico, pero era innegable que lo había ayudado y que había cuidado de Eliel mientras él estaba enfermo. Por lo menos le debía un poco de tolerancia y comprensión.
- Bueno, supongo que estaba aburrido de vivir en Dulack. Que todo el mundo te conozca, te respete y te adule por ser hijo de quien eres, pese a que pueda parecer bonito en principio, llega a ser monótono y aburrido. ¿Y tú? ¿Por qué acompañas a Eliel?
Adriem clavó la vista en el cielo. Las nubes se agarraban a las montañas y se desgajaban arrastradas por las frías corrientes. El sol intentaba calentar aquellas tierras sin éxito.
- Supongo que también estaba aburrido.
- Comprendo -dijo Meikoss intentando adivinar qué estaba mirando Adriem-. ¿Pasa algo?
- Va a caer la niebla dentro de unas horas.
- ¿Cómo sabes tú eso? 
- Me he criado en una tierra montañosa y, si algo sé, es que cuando el sol no consigue calentar y las nubes se van enganchando en las montañas, sólo es cuestión de tiempo que anochezca y que llegue el frío, así que deberíamos buscar un lugar donde pasar la noche.
- De acuerdo. - Y Meikoss se encaminó hacia el carro para anunciar a las dos mujeres que el descanso había acabado.

En una de las terrazas del bastión estaban Gebrah y Zir. El señor de aquel palacio degustaba un té sentado en una silla de mimbre, mientras su subordinado se mantenía de pie, firme, a su lado. Aquel día era realmente bueno para ser casi invierno. A través del cielo azul, pequeñas nubes flotaban como un rebaño hacia el horizonte. Abajo, un precioso lago reflejaba con exactitud aquel paisaje en sus aguas cristalinas y calmas.
- ¿En qué piensas, Zir-Idaraan?
- Creo que su castigo ha sido desmedido -dijo el doalfar armándose de valor.
- ¿Te refieres a Idmíliris? ¿Acaso temes sufrir lo mismo?
- Por supuesto que no -dijo, apartándose con la mano los mechones que le caían sobre los ojos por culpa de aquella brisa.
- Interesante... -dijo Gebrah. Dejó la taza sobre el platito e hizo un gesto con la mano para que la sirvienta fuera a recogerlo inmediatamente-. ¿Y qué te hace pensar eso?
- Yo no fallaré.
- Mucho aplomo tienes. Recuerda que ya has fallado una vez. - La sirvienta, una muchacha realmente bella que llamó la atención de Zir durante un segundo, se alejó tras hacer un reverencia, llevándose la taza consigo-.
Idmíliris es sólo un criatura sin alma, una marioneta, no merece la menor compasión. Si permitiera que no cumpliera mis órdenes, correría el peligro de que se rebelara.
Es complejo -dijo observando las runas de su brazo-, demasiado complejo.
- Pero usted la trajo aquí. Ya conocía ese riesgo. ¿Por qué la creó?
Gebrah no respondió. Sencillamente se quedó mirando el cielo.
- Luego acabaremos esta conversación -dijo al poco-. Tengo una visita que atender.
Zir miró a ambos lados, pero no había ningún sirviente que le hubiera anunciado a Gebrah la llegada de alguien. Pero era inútil preguntar. Se dirigía con paso calmado hacia la salida de la terraza cuando alguien abrió la puerta. Era un joven de corta melena rubia, recortada por detrás y tenía una mirada afable. Era bastante atractivo y vestía una elegante casaca, pantalones blancos y botas altas. Pero si algo llamó la atención de Zir fueron las extrañas marcas, casi imperceptibles, que surcaban su piel, idénticas a las de su señor Gebrah. Se cruzaron sin mediar ningún saludo y aquel invitado esperó a que el señor del lugar hiciera el gesto de que se acercase.
- Te veo bien, viejo amigo -dijo dirigiéndose a Gebrah.
- Sigues teniendo la mala costumbre de venir a visitarme sin avisar antes, Kai.
- Sencillamente pasaba por aquí -dijo mientras se acercaba un silla para sentarse enfrente de Gebrah.
- ¿Sabes por qué compré estas tierras? -dijo mirándolo con una ligera mueca que podría tomarse como irónica.
- ¿Por el paisaje?
- No, porque no viene de paso.
Kai comenzó a reírse.
- Muy propio de ti.
-Igual que tú. Nunca visitas a nadie porque te apetece. -Y endureciendo la expresión preguntó-: ¿Qué quieres?
El invitado se quedó observándolo. Su jovialidad había desaparecido, sustituida por un expresión grave.
- ¿La has encontrado?
Gebrah se quedó mirándolo a los ojos durante unos segundos que parecieron eternos. Al final apartó la cabeza y observando el horizonte dijo.
-¿Tú, que la trajiste, vienes a preguntármelo? La vida es una ironía.
- No sé nada de ella desde hace una semana y he de suponer que tiene algo que ver contigo, ¿me equivoco?
- Puede. -Y se volvió de nuevo para enfrentarse a la mirada de Kai, que no había dejado de estudiarlo en ningún momento-. Aunque sepa su paradero no te lo voy a revelar. Hace años preparaste todo esto en secreto y me engañaste, no te mereces mi ayuda -dijo.
- Nunca te ayudaría a matarla. -Y Kai se puso en pie dispuesto a abandonar la terraza.
- ¡Es un problema que hay que subsanar! -dijo Gebrah enfurecido.
Kai se detuvo.
- Ambos sabemos que ese problema existe. -Y giró la cabeza para dedicarle un último vistazo-. Pero nuestra forma de afrontarlo es diferente. Tú eres capaz de quemar la tierra con tal de salvar tu alma, yo prefiero salvar la tierra a costa de mi propia alma.
- ¿Con lo que te hizo y aún sigues creyendo en ella? Kai avanzó hacia la salida.
- Eso me pregunto todos los días, pero te mentiría si te dijese que la odio por aquello.
- Pareces un vulgar común.
- Tal vez ellos estén más cerca del cielo que nosotros.
- Y salió de la terraza dejando solo a Gebrah que observaba el pasar de las nubes.
- Arrasaré también el cielo si es necesario.

El carro se balanceaba de un lado a otro por culpa del mal estado de los adoquines de la calzada que, entre frondosos bosques de abetos y hayas, atravesaba los oscuros y profundos valles de la cordillera. Furtivamente, algún claro entre las altas y tupidas copas de los árboles, dejaba ver el cielo encapotado. Los dos caballos empezaban a mostrar signos de cansancio debido al largo trayecto que habían recorrido sin encontrar ningún lugar, aldea o casa, donde hacer una pausa para descansar.
Meikoss llevaba las riendas. A su lado, Eliel contemplaba el paisaje. Ambos se protegían del frío gracias a unas gruesas mantas. La doalfar se arrebujaba en la suya para que el aire helado no penetrara en su fino cuerpo. El vaho de sus respiraciones junto al de los caballos acrecentaba la sensación de frío. Y cubriéndolo todo, un fina capa de hielo en las zonas más oscuras del bosque emitía pequeños brillos, dotando al paisaje de una especie de aura sobrenatural.
Dentro del carro, Adriem dormía pese al incesante movimiento, mientras Rulia lo observaba. Tras un rato, el sephirae abrió un ojo.
-¿Qué pasa?
- Me gustaría saber cómo eres capaz de dormir con este frío y sin que esto pare de moverse. Yo estoy cansada de intentarlo - l e respondió algo mosqueada.
Adriem se incorporó hasta quedarse sentado.
- He dormido en sitios peores, nada más.
Rulia se movió, se le estaban durmiendo las piernas de tenerlas todo el rato en la misma posición. Al hacerlo,
Adriem no pudo dejar de fijarse en que la caída de la blusa de la mujer mostraba en parte el canalillo de la bella muchacha. Iba a desviar los ojos para que Rulia no se diera cuenta cuando se fijó en que tenía algo tatuado, un pequeño símbolo debajo de las clavículas que parecía representar una gota.
Rulia, un poco más recostada, se quedó mirándolo mientras se arreglaba la blusa, dándose cuenta de la vista tan generosa que le había ofrecido. Medio enfadada, creyendo que aquel hombre estaría pensando alguna obscenidad, se dispuso a expresar su indignación. Pero su discurso sobre la intimidad y la moralidad quedó truncado por una pregunta de Adriem.
- Conoces el uso de las runas, ¿verdad? -dijo fríamente.
-¿Qué? No entiendo a qué viene eso -respondió nerviosa.
- Meikoss me comentó que Danae y tú habíais discutído por algo que tenía que ver con ellas. -Adriem tomó aire y aprovechó para analizar la cara de nerviosismo de la comerciante-. No es mi intención ser indiscreto pero ¿por qué ese empeño en acompañarnos a Nara?
- Yo... quería entrar en el templo. Sólo los shamanes pueden hacerlo y pensé que si iba con alguien que lo conociera o que perteneciera a allí, podría entrar.
- ¿Y qué esperas encontrar?
- Sólo quiero ver por mí misma la Puerta de Nara. -¿La Puerta de Nara? Nunca he oído hablar de eso. ¿Qué es?
- Lo único que sé es que son dos enormes puertas que guardan con celo. Nadie sabe qué hay detrás. Adriem apuntó mentalmente aquel detalle, aunque dudaba que fuera a servirle de algo.
- Discúlpame si os he engañado, pero temía que si os contaba la verdad no podría acompañaros.
- No pasa nada. Yo no tengo ningún interés en Nara. Sólo quiero que Eliel llegue a su casa.
Y ambos se quedaron en silencio con sus pensamientos. Adriem acabó por cerrar los ojos de nuevo pese a que no se volvió a dormir, y Rulia se quedó meditabunda. ¿Por qué se sentía así? Llevaba varios días intranquila y le costaba conciliar el sueño. Sabía lo que estaba haciendo, sus ideas eran claras... ¿O ya no? El blanco y el negro se habían fusionado en una amalgama de grises que le emborronaban el camino que debía seguir.

Tras varios días, encontraron una posada en una aldea que había en un cruce de caminos. Eran cuatro casas pero ninguno estaba dispuesto a seguir ni un día de viaje más sin descansar.
La posada era pequeña y al parecer frecuentada por cazadores y algún que otro viajero que se había aventura- do a viajar como ellos. Era un lugar bastante destartalado, pero por lo menos tenía un hogar que calentaba. Este detalle ya hacía suficientemente cómodo el establecimiento.
Decidieron pasar allí dos días, ya que les habían comentado que el tiempo no era bueno de momento en los valles del Norte. Fueron unos días aburridos, ya que, salvo pasear al mediodía y beber en la taberna de la posada, poco o nada se podía hacer.
Estaba ya lista la cena y Adriem aún no había bajado, así que Meikoss pidió a Eliel que, por favor, fuera a buscarlo. Subió la escalera y vio que el muchacho se había quedado dormido en la cama.
Ella se acercó para despertarlo. Él estaba tendido, con la ropa puesta. No era como cuando estaba enfermo. Ahora estaba relajado, descansaba, respiraba lenta y suavemente. Le dio pena despertarlo, pero pensó que se le iba a enfriar la cena. Se acercó y le susurró.
- Adriem, despierta. -Tanta delicadeza no hizo la menor mella en el placentero sueño de él.
Se acercó un poco más para volver a llamarlo y sintió su aliento. Era muy guapo. Se sentía segura junto a él. Y notó que se ruborizaba. Sintió calor en sus mejillas y en su pecho. No podía dejar de mirar sus labios.
«¡Es una locura! -pensó-. Yo estoy prometida. Cuando esto acabe, terminaré mis estudios y me casaré. No, no y no.» Esa excitación que sentía su cuerpo era irracional. No debía dejarse llevar. Respiró hondo y se tranquilizó...Vació su mente de aquellos pensamientos, impropios de una dama.
Y sus labios tocaron los de él.
No estaba bien. No era lo correcto pero cuando más lo pensaba, más le costaba separar sus labios, hasta que el beso fue correspondido.
Notó que los brazos de él la rodeaban y la atraían con fuerza. Su voluntad se quebró por completo y su cuerpo se dejó llevar por los impulsos de su corazón. Paladeó sus labios, suavemente al principio, con ansia después, con pasión al final. Todo se entremezclaba y la confundía. Las manos de él la tocaban y acariciaban.
El calor de su cuerpo aumentaba y, poco a poco, Eliel comenzó, sin apenas darse cuenta, a gemir.
Y Rulia abrió la puerta.
La escena se detuvo. El calor desapareció. Rulia, muy sonrojada pidió disculpas y desapareció.
Percibió que Adriem quería decirle algo. Nunca supo qué, porque salió de la habitación sin ni siquiera mirarlo. Aún intentaba discernir si aquel arrebato de pasión había sido un sueño o no. Adriem se había refrescado con el agua, ya fría, de la palangana que había cogido para afeitarse. Pero se había quedado dormido y no se había rasurado. El agua estaba realmente fría, tendría que volver a calentarla, pero le vendría bien para bajar sus ánimos.

Se sentó en la cama y constató que no había sido un sueño. El dulce olor del perfume de Eliel aún estaba en
las sábanas. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Una sonrisa estúpida.
Aspiró aquel perfume y se dejó embriagar por él. Y de repente, sin saber por qué, la imagen del pequeño diario que iba con los libros de la Santa Orden vino a su memoria. Algo en él le había llamado la atención, y, por alguna extra- ña causa, el perfume de la doalfar lo embrujaba. Eraide... ¿Dónde había visto ese nombre?
Para desgracia de Adriem, ella no bajó luego a cenar, y Rulia no se atrevía a dirigirle la palabra. Así que Meikoss se sintió como si interpretara un monólogo, ya que ninguno de los comensales le respondía.
Eliel trataba de no tiritar. Echaba de menos un buen hogar o por lo menos algo caliente. Se acordó de la posa- da, pero bloqueó rápidamente los recuerdos que le sugerían. Hacía rato que tenía los pies entumecidos y temía coger un resfriado. Ya aburrida de tanto bosque sólo se centraba en dejar pasar el tiempo. Pero algo cambió esa rutina, ya que una mota blanca se deslizó en la oscuridad. Al momento, otras tantas cayeron. Eliel miró al cielo para ver cómo, desde aquel fondo gris, los copos iban bajando como si fueran minúsculas plumas.
- ¡ Meikoss, Meikoss! Está nevando.
- Ya lo veo pero, por favor, no te muevas tanto -dijo el muchacho, sobresaltado por el ímpetu de la doalfar.
- Hacía dos años que no veía nevar, ¿sabes? En mi tierra siempre nieva en invierno.
- ¿En serio? Pues en Dulack es extremadamente raro. Sólo he visto nevar cuando he ido de viaje con mi padre. Eliel, olvidándose del frío por completo, se quedó ensimismada, contemplando cómo los copos iban cayendo y cubriendo lo que tocaban con una finísima capa blanca. Seguramente Adriem estaría durmiendo. Era una pena que se lo estuviera perdiendo.
- Creo que estamos llegando -dijo Meikoss.
Y ante ellos, el camino se fue abriendo poco a poco a un valle bastante amplio en comparación con los angostos pasos que habían cruzado. La calzada descendía entre los árboles y se perdía entre ellos hasta que, a unos tres kilómetros, volvía a aparecer, cuando los abetos daban paso a una extensa pradera salpicada de neveros.
Más allá, sobre un macizo de piedra caliza, se elevaba el templo, compuesto por varios edificios. Por detrás de él varias montañas daban paso a una estrecha garganta, Kresaar. Un gran edificio de cuatro pisos, de piedra y teja roja, salpicado de pequeñas ventanas parecía la residencia, y a su izquierda y un poco más elevado, otro edificio de planta rectangular, rodeado de enormes columnas, debía de ser el templo.
Al pie del macizo había un pueblo de pequeñas casas. Sus chimeneas escupían humo, formando curiosos trazos en el aire.