20 de mayo de 2014

Capítulo 9: El sueño de un caballero

El dirigible surcaba los cielos acompañado del ronroneo de los motores. Abajo, entre las nubes, se divisaba el mar de Loto como una especie de cielo invertido. Desde uno de los ojos de buey, Eliel admiraba aquella extraña perspectiva del mundo. Las montañas parecían sencillas arrugas de un mantel, el mar cambiaba de tonos entre azules y verdes, las ciudades apenas cambios de color sobre el ajedrezado de los campos de cultivo y los bosques. Las nubes, que siempre había visto como algo lejano, ahora podría rozarlas con los dedos si aquel cristal no se lo impidiera. Mientras Adriem descansaba como podía en uno de los dos camastros del camarote, ya que no era la primera vez que volaba, los continuos aspavientos y comentarios de la doalfar le resultaban algo molestos, aunque le producía cierta envidia al verla disfrutar. 
El viaje había sido tranquilo y, pese a que nos les dejaban salir de allí por precaución, la comida y el trato por parte de la tripulación habían sido bastante buenos.

Habían pasado tres días de vuelo. Las heridas habían empezado a cicatrizar bien y el dolor comenzaba a mitigarse.

- No sé por qué nos tienen encerrados aquí - preguntó algo molesta mientras miraba el firmamento - Me gustaría ver el cielo desde un lugar mejor.

- Supongo que el capitán no quiere que una bonita doalfar se pasee por una nave llena de rudos marineros que pasan semanas sin ver una mujer - respondió Adriem sin molestarse en abrir los ojos.

- Gracias, Adriem.

Él se extrañó al oír aquel inesperado agradecimiento. Se incorporó, tratando de no apoyarse en el brazo herido - ¿Gracias? ¿A qué viene eso?

La doalfar se dio la vuelta y no pudo evitar fijarse en sus ojos. Azules como aquel mismo firmamento.

- Por lo de bonita – le dedicó un gesto sonriente, ante el que Adriem se ruborizó un poco.

- Yo no he dicho eso.

- Sí lo has dicho. Has dicho «bonita doalfar» y creo que no hay otra por aquí - dijo mientras se acercaba al camastro. Se sentó a su lado y lo miró con expresión divertida - No pareces el tipo de persona que suele decir piropos a la ligera, así que me siento muy halagada.

Adriem desvió la mirada y se puso en pie con esfuerzo, incómodo ante los comentarios de la doalfar. - ¿Y tú qué sabrás? - dijo casi para sí mismo.

- Lo siento, señor guardia - contestó Eliel sonriendo. 

Ella se quedó mirándolo. Le divertía la timidez de aquel humano y en el fondo sentía una punzada de culpabilidad, pero estar allí tantas horas con alguien que casi no hablaba se hacía muy aburrido. Sin duda era atractivo, pero lo ignoraba todo en lo tocante a la etiqueta y las relaciones sociales... Su tutora del templo ya lo habría suspendido varias veces.

- Ven, deberías ver esto - dijo el humano mirando hacia fuera.


Eliel se levantó y se acercó a él. A través del ojo de buey se veía que, entre las nubes, el mar  acababa en un cabo, sobre el que se extendía una ciudad de tejados de pizarra y calles desordenadas. En la parte más alta del cabo, desafiando a las olas que chocaban contra los acantilados, una fortaleza de piedra oscurecida por el paso del tiempo proyectaba su sombra sobre las calles adoquinadas. Sus múltiples torres se erguían coronadas por cañones y, por al ciudad, se podían divisar algunas torres más de defensa. Los lienzos de la muralla dejaban entrever que, aunque antiguas, se conservaban todas las defensas de la pequeña ciudad.

A lo lejos, en el horizonte, hacia el Norte, bajo el cielo raso una cordillera enmarcaba las llanuras y praderas, donde se podían distinguir pequeños pueblos.

- Eso parece Dulack - afirmó Adriem, pues, pese a que nunca había estado allí, le habían hablado muchas veces de aquella ciudad que tenía un castillo sobre el mar, famosa por su puerto franco, donde los marineros y los dirigibles no tenían que pagar impuestos por las mercancías.

- El templo donde estudio está tras aquellas montañas, y más allá, mi hogar – dijo Eliel, claramente excitada ante la cercanía de aquellos lugares tan familiares.

- Sólo espero que no nos pongan muchos problemas en la aduana para entrar en la ciudad. Si fuéramos mercancía sería más fácil.

- No te entiendo.

- Nada. Tú reza a Alma para que nos facilite el papeleo. 

Un pequeño golpe, debido a alguna turbulencia, sacudió el paquete con los libros, que estaban en un estante. Eliel, asustada por si alguno se había dañado, corrió a recogerlos cuando tras el impacto contra el suelo se deshizo el nudo de la cuerda.

- Está deshecho. Es sorprendente que haya aguantado tanto el paquete - dijo contrariada - Habrá que arreglarlo cuando estemos en tierra. 

- Todos los libros son muy viejos y gruesos. Habrá que tener cuidado o se deslomarán - comentó Adriem observando el formidable tamaño de los tres tomos que Eliel recogía con cuidado del suelo - Bueno, excepto este pequeño rojo. - dijo tomándolo del suelo y ofreciéndoselo. No pudo evitar la curiosidad de leer el título cuando ella lo tomo agradecida y lo colocó junto a los demás.

-Diario de lady Eraide. Vaya, parece bastante antiguo. - lo observó con gesto crítico.

- ¡Esto es secreto, no deberías verlo! - Lo tapó rápidamente con la tela para ocultarlos de su mirada

- Vale, vale - dijo sonriendo- . Tampoco me interesa tanto, 

La doalfar remendó como pudo el paquete y lo volvió a anudar. - Ni yo sé de qué tratan estos libros. Me prohibieron que los viera nadie. Lo siento – suavizó su tono algo arrepentida, al parecer, de haber sido demasiado brusca.

- Demasiado secreto para un simple diario, ¿no? - dijo el humano restándole importancia.

- Tal vez. - se quedó mirando los libros. Ésos que habían dado un vuelco a su vida.

El guardia se asomó al ojo de buey – Estamos descendiendo. No tardaremos en aterrizar.



En el despacho se amontonaban cientos de documentos, esperando ser estudiados y aprobados. Una vieja estufa de leña intentaba inútilmente caldear la pequeña estancia. Un oficial se ajustaba el cinturón mientras leía detenidamente unos papeles a través de sus gafas con cristales gruesos bajo una reluciente calvicie.

- Puede que en el imperio puedan alegar tranquilamente la pérdida de unos pasaportes, pero muchacho, siento decírselo, esto es Detchler. ¿Cómo voy a saber que son quienes afirman ser? Además, su aspecto... - su observación hizo clara alusión la manga de la chaqueta rota y el vendaje que asomaba.

- Ya se lo he dicho - dijo Adriem, de pie frente a la mesa del oficial – Tuve un accidente y perdimos la documentación. No estaremos más de una noche en la ciudad, le ruego que nos conceda sólo ese tiempo y saldremos del país.

- Ajá, pero me surge otra duda... - dijo mirando a Eliel, que estaba sentada al lado de Adriem en una vieja silla, acurrucada, intentando quitarse el frío del cuerpo - ¿Qué hace un ciudadano imperial viajando junto a una doalfar kresaica?

- La estoy llevando a su casa.

- ¿A una doalfar? Vamos, ¿por qué no se inventa algo mejor? Un doalfar nunca se dejaría ver por ahí con un humano, y mucho menos imperial. ¿Cómo nos llaman...? ¡Ah sí! Comunes.

- Pe..., pero la Santa Orden... - dijo Eliel amilanada ante los gritos del oficial.

- ¡Esto no tiene que ver con la religión, estúpida niñata! - le respondió.

- ¡Soy una novicia shaman y marquesa de las tierras de Hannadiel! ¡Exijo un respeto! - saltó la doalfar, harta de las maneras del funcionario.

- ¡Aquí no hay respeto para los doalfar de mierda como vosotros! ¡Y menos para una furcia con aires de grandeza como tú, zorra! - dijo el corpulento hombre con la cara hinchada y roja.

Eliel hizo ademán de levantarse por el insulto que había recibido, pero para cuando quiso ponerse en pie, Adriem ya estaba enviando de un puñetazo en la cara al arrogante oficial contra el suelo.

- ¡Maldito cerdo! ¡Ni se te ocurra volver a insultarla! - dijo Adriem, encendido por la cólera - Nadie te ha faltado al respeto, ¡así que discúlpate! - le dijo mientras lo mantenía agarrado por el cuello.

El oficial lejos de disculparse, asustado, acertó a gritar - ¡¡Guardias!!



La ciudad de Dulack, capital de Detchler, estaba construida al resguardo de una pequeña bahía y bajo la sombra de su imponente castillo, edificado sobre un peñón.

Antiguo nido de piratas y contrabandistas, su puerto franco le daba una importancia comercial y política envidiable. La bruma matutina que envolvía las calles en otoño, empañando los cristales de las casas, llenaba de misterio cada una de las plazas de aquella ciudad de piedra y teja oscura.

Cerca de las escaleras que conectaba la ciudad con el castillo, se amontonaban los edificios administrativos. Eran los únicos que alcanzaban los tres pisos de altura en toda la ciudad.

Aquella mañana Meikoss aguardaba en la plaza delimitada por estos edificios, sentado en el borde de una enorme fuente, en cuyo centro unos preciosos delfines esculpidos en mármol arrojaban bellos chorros de agua cristalina.

Era un tipo bastante atractivo, y lo sabía. De pelo liso y castaño, lo llevaba con raya en medio y largo hasta los hombros. Sus profundos ojos azules habían hecho ya las delicias de más de una cortesana, y tanto su físico, curtido con el entrenamiento que seguía como aspirante a caballero, como su envidiable posición social hacían suspirar a las bellas damas, y no tan bellas, de la ciudad.

Lanzó un largo suspiro. La mañana había sido muy pesada. No sólo había tenido que madrugar, algo que cualquier adorador de la vida nocturna odiaba, sino que además había sido para asistir al cónclave de los clanes, que se celebraba cada seis meses.

Se frotó los ojos y ni se molestó en disimular su cara de aburrimiento. Vestía una camisa beige con un pañuelo negro al cuello y pantalones marrones. En cuanto pudo se quitó la chaqueta y la dejó a cargo de uno de los sirvientes. Si la cosa seguía así, en un rato se quitaría el pañuelo.

Las reuniones de los siete clanes de Detchler siempre eran serias y nunca servían nada de comer o beber, excepto agua. Cinco hombres, entre ellos su padre, y dos mujeres. Todos rondaban los cuarenta años y representaban a cada una de las comarcas del país. Antaño eran independientes, pero un antiguo duque doblegó en sucesivas batallas a todos los clanes de la región tras la gran Guerra de las Lágrimas. En los dos siglos que habían venido a continuación, el país había conseguido superar su pasado mercenario y pirata, y convertirse en una nación próspera gracias al comercio. Y siempre quedaban los juegos, que se celebraban cada tres años, con combates, pruebas y demás competiciones para recordar su pasado bélico.

Pero era el pasado. Lo que tenía ahora delante Meikoss era una tediosa reunión en la que se debatía el estado del país y los clanes. A los antiguos generales les habían seguido sus hijos burócratas y burgueses. Dentro de no mucho, Meikoss heredaría las responsabilidades a su padre y por ello estaba obligado a ir.

El duque siempre presidía las reuniones, pero su débil estado de salud le había impedido asistir. Y precisamente de esa era el acta del día. La sucesión en el más alto cargo del país. No era hereditaria, sino que se elegía a un hombre entre varios candidatos de cada clan. Se les sometía a las pruebas más exigentes y el ganador se convertía en el dirigente del ducado. Pero para ello aún había que esperar un poco.

Hablar, discutir y volver a hablar. Meikoss hacía tiempo que había dejado que su mente volara desentendiéndose de la discusión. Se concentró en una bella muchacha con la que se había acostado hacía un par de días. Y la reunión acabó mucho más rápido de esa forma.

Ahora estaba esperando a su padre, pero como siempre se retrasaba. Aún tendría algo que discutir por los pasillos, pero una cosa le llamó la atención. En uno de los edificios empezó a oírse jaleo. Sin dudarlo un momento, se dirigió con paso decidido hacia allí.

- ¡Maldita sea, prendedlo! - gritó el oficial mientras un tipo, con aspecto de imperial por sus ropas, se defendía a puñetazos de los guardias que lo intentaban apresar evitando usar su brazo izquierdo. Un par yacían en el suelo abatidos por el extranjero que, a ojos de Meikoss, demostraba un mejor entrenamiento que los funcionarios de aduanas. No obstante contra los tres que acaban de entrar, sólo por número, ya lo iba a tener más complicado.

Un intento fallido de pegar un puñetazo por parte de uno de los guardias acabó con un rodillazo en las costillas que lo tumbó en el suelo. De inmediato otro le golpeó a con la porra, y su compañero, un tipo bastante fornido, lo agarró por detrás, quedando inmovilizado y presa del dolor al tener su herida apretada. Una vez así fue recibiendo una dolorosa sucesión de puñetazos en el estómago.

La doalfar que parecía acompañar,e algo extraño sin duda, parecía no poder soportar ver la escena y sacó una tiza de argentano que reconoció al instante. Estaba dispuesta a dibujar runas. Pero no había empezado a entonarlas, cuando una mano le asió la muñeca interrumpiendo la invocación.

- Espere, por favor, no querrá asustar a estos hombres, ¿verdad? - dijo con una sonrisa de complicidad - Su amigo parece bastante resuelto.

Volvió a mirar a extranjero, para ver que se había zafado de la presa de un feo taconazo al pie de su captor y un codazo, al agacharse éste, en las partes íntimas. Más guardias acudieron pero se detuvieron ante la voz autoritaria de Meikoss: 
- ¡Ya basta, caballeros! - sonrió satisfecho de haber mostrado su poder de mando delante de la señorita doalfar - Esto empieza a ser un espectáculo bochornoso.

Pero el alborotador, rabioso, aprovechó la situación para propinarle una nueva patada en el estómago al guardia que lo había sostenido, cosa que provocó que éste intentara devolver el golpe según se recuperó, mas Meikoss volvió a interrumpir.

- ¡¡He dicho que ya basta!! Capitán, ¿se puede saber qué demonios pasa con este hombre?

- Él me agredió. Creo que está loco - alegó el corpulento oficial de aduanas.

- ¡Eso es mentira! ¡Tú la insultaste! - dijo defendiéndose.

- ¿Quién eres? - preguntó Meikoss cuando el capitán estaba a punto de replicar.

- Me llamo Adriem. ¿Eres el superior de estos... maleducados? - se notó que en aquella pausa iba un adjetivo bastante malsonante.

- No exactamente. Mi nombre es Meikoss Sherald, hijo del consejero personal del duque de Detchler y aspirante a caballero.

- Encantado... supongo - dijo Adriem algo dubitativo y claramente desconcertado.

- Estupendo, ahora que ya nos conocemos, podemos chocar nuestros aceros. ¡Que alguien le dé una espada!

- Pero señor Sherald... - dijo el capitán.

- Hay que detener a este hombre, ¿no? Déjemelo a mí. - se giró hacia la doalfar con una sonrisa que demostraba su confianza en sí mismo – Descuide, seré gentil con él.

- Supongo que no tengo alternativa - dijo Adriem, aceptando con resignación la espada que le ofrecían. Un sable de una mano, por suerte.



Bastante gente se había reunido en la plaza. Por lo visto debía de ser conocido en la ciudad ese tal Meikoss, pensó Adriem. Notó las miradas que le dedicaba la gente a Eliel. Se notaba el desprecio, pero el combate les interesaba más que sus puntiagudas orejas. Meikoss daba cortes al aire, probando el sable que le habían facilitado. En el otro lado, él era el contrapunto. Sin poder usar bien el brazo izquierdo para equilibrarse bien, empuñaba el arma con ciertas dificultades.

- No debes dejar que tiemble el extremo de la hoja. Pareces demasiado nervioso y tenso - dijo el aspirante a caballero, criticando la inexperta forma de coger la espada de su contrincante. - Además de algo magullado.

- ¡No necesito tus consejos! - Aunque tenía razón. Los golpes recibidos en el estómago en la reyerta le dolían al respirar.

No había acabado la frase y ya tenía a Meikoss encima. El manejo de la espada de éste obligaba a Adriem a retroceder constantemente. El choque de las espadas rebotaba en la plaza, produciendo un eco, acrecentado por el mutismo de la gente que contemplaba el combate.

La sangre le martilleaba la cabeza. No podía soportar ese ritmo de combate. No se veía en condiciones y, a diferencia del combate en la estación, Su enemigo esta vez tenía un nivel de la esgrima muy superior al suyo, hasta el punto de verle sonreír mientras dirigía el combate a su antojo. El sudor empañaba su cara, y cuanto más avanzaba el combate, más vacilantes eran sus movimientos.

*****

«Esmail, yo algún día seré…»

*****

Las palabras que le dijo a Esmail le resonaron en su cabeza. Pero su voluntad no bastaba ya que había un abismo entre ambos, y él se empequeñecía por momentos.



Un par de golpes con el pomo del sable de Meikoss le hicieron recular. Estaba jugando con él, respetando constantemente su flanco izquierdo para no aprovecharse de su brazo herido. Esto le humillaba todavía más.

«Además, la esgrima no se te da muy bien. Siento decírtelo.»

Tras descendente de Meikoss, ambas hojas se entrecruzaron y éste, con un movimiento rápido y preciso se hizo con ambas armas para golpear después con todo su peso a Adriem, que cayó de espaldas. Cuando se quiso levantar, Meikoss le apuntó con su sable a la garganta.

- La verdad, te veía más resuelto antes. Me has decepcionado. - suspiró con vehemencia - Tu estilo es bastante vulgar. - Se giró hacia el oficial que había observado el breve combate -. ¡Todo suyo capitán!

Adriem miró a su alrededor. La gente se iba, defraudada por lo poco que había durado el espectáculo, lamentándose de que el oponente de Meikoss hubiera sido tan fácil. Rehuía sus miradas de compasión, pero de pronto, se encontró con la de Eliel. Sus ojos lo miraban con ternura pero sentía que lo juzgaban, compadeciéndose de él, y no era capaz de superar el examen. Allí estaba, en el suelo, cubierto de polvo. ¿La había ayudado hasta ahora? No había ganado ningún combate. Realmente nunca la había protegido. Lo único que habían hecho era escapar.

- No te quedes así de callado. No pongas esa cara, es normal que hayas perdido. He estudiado con los mejores maestros y no he perdido un duelo desde hace años. - Meikoss se acercó hasta que le tapó la luz, cubriéndole con su sombra-  Aunque es una lástima no haberte lucido ante ella, ¿no?

- ¿Y tú que sabrás? - Se fue levantando poco a poco. No soportaba que además de la humillación tuviera que escuchar el curriculum de aquel tipo. Ya era bastante sentir la compasión de la gente, de Eliel... pero no necesitaba la de su contrincante. Ese maldito niño rico no sabía cuánto esfuerzo había hecho él en la Guardia Urbana. Pese a no ser un aspirante a caballero o el hijo de algún hombre rico, no merecía ese trato.

Tan sólo quería ser algo más que el hijo de un bibliotecario. Pero allí, en el aquella plaza, la realidad le recordaba quién era y las palabras de Esmail seguían sonando lejanas...

*****

«Te quiero tal como eres…»

*****

Como un martillo aquellas palabras se clavaron en la mente de Adriem como un cuchillo, que se abalanzó contra el hijo del consejero, propinándole un fuerte golpe en el brazo que le hizo soltar el arma. La reacción de su oponente no se hizo esperar, y un puñetazo fue a parar a su pecho, dejándole sin aliento, seguido de una fortísima patada en el costado. Pero bloqueó con el brazo herido en un rápido movimiento de cadera, sin inmutarse, no sintió ningún dolor. El aire comenzó a volverse turbio a su alrededor.

*****

«- …, yo algún día seré caballero. Así seré muy fuerte y no perderé a nadie nunca más.
- ¿Y me defenderás?
- Pues claro que sí.»

*****

Recordó una fría luz que vio hace mucho tiempo y que había tratado de olvidar. Una presión en su pecho le oprimió el corazón con tal fuerza que parecía que se lo fueran a arrancar del pecho, y algo dentro de él se rompió en mil pedazos.



- ¡Adriem, Adriem! Despierta. – últimamente sentía que tenía la mala costumbre de despertarse sin saber dónde estaba, ni que había pasado. Eliel estaba mirándole con preocupación y tras ella un techo gris y una litera… ese tipo de estancias ya las conocía, aunque habitualmente desde el otro lado de los barrotes. Estaba en la celda de una comisaría.

- ¿Qué ha pasado? Eliel, ¿dónde estamos? – dijo Adriem aún aturdido.

- En la enfermería de los calabozos del castillo. Llevas inconsciente más de tres horas. Me tenías muy preocupada.

- ¿Tres horas? – dijo mientras se reincorporaba lentamente. El cuerpo lo tenía entumecido y le tardaba en responder. Las ideas se apelmazaban en la cabeza y un intenso dolor en las sienes no le dejaba abrir demasiado los ojos. 

- No te muevas mucho, aún no pareces recuperado, estás muy pálido – y Eliel se levantó de la silla en la que había estado aquellos tres días, sin separase de él. – Será mejor que llame al médico para que te vea. 

Pero, justo antes de que empezara a andar, Adriem dijo – Lo siento.

Eliel se giró - ¿El qué? No te entiendo

- Siento mucho haber perdido antes contra aquel tipo. Si hubiera mantenido la sangre fría con el oficial tal vez nos hubieran acabado dejando pasar.

-Pero ¿qué dices, Adriem? Si fue él el que perdió. - dijo sorprendida ante las palabras del humano,

- ¡¿Cómo?! - No podía salir de su asombro. Era imposible él estaba en el suelo y...

- No sabía que eras capaz de usar magia y – torció la cara algo extrañada – mucho menos de esa forma tan extraña. ¿Dónde aprendiste a hacer eso? Era...  algo raro. No vi las runas.

La cara de Adriem se ensombreció. Sólo recordaba estar en el suelo y que  no había sido capaz defenderse de sus ataques...  luego él.... Sólo recordaba aquella luz fría y ese dolor. No era la primera vez que había sentido algo así, pero ya hacía mucho tiempo de aquello... aquello fue cuando... No conseguía recordarlo. ¡¿Por qué?!

Se llevó las manos a la cabeza, aquejado de un fortísimo dolor casi insoportable. Parecía que le taladraba el cráneo. Al verlo, la doalfar salió inmediatamente llamando a voces al doctor.



- Esto debería calmarle el dolor de cabeza unas horas - dijo el viejo doctor que vestía una vieja bata que tiempo atrás fue blanca, miraba por encima de sus gafas a una preocupada Eliel, mientras inyectaba algo en el brazo del paciente que no dejaba de murmurar aquejado por el dolor. - Con lo que tengo aquí poco más puedo hacer, jovencita.

- ¿Es muy grave, doctor? - dijo ella cruzando las manos.

- Sinceramente, no lo sé, señorita. Físicamente, aparte de unas magulladuras y heridas, no tiene ningún daño serio. - revisó el vendaje del brazo herido que había desinfectado y sustituido por uno nuevo -  Es más, diría que goza de muy buena salud, pero los síntomas me desconciertan. - se rascó la cabeza pensativo mientras recogía en su maletín un par de frasquitos que había sacado para tratar al paciente. El doctor se colocó bien las gafas - A juzgar por lo que veo, parece más un daño anímico que físico y lo mejor sería que lo visitara un experto en la materia pero, sinceramente, por esta ciudad dudo que encuentre alguno.

- Puede que en mi tierra lo puedan ayudar... - dijo pensativa. No iba a ser nada fácil que en los monasterios shaman quisieran tratar a un humano, pero si no había otra opción tendría que intentarlo.

Apenas sé de este tipo de enfermedades, pero creo que las llaman Eco. - se levantó – Pero si quiere llevarlo a Kresaar, antes tendrá que ver cómo lo saca de aquí.

- Con permiso. - Meikoss dio unos golpecitos en la puerta y entró interrumpiendo la conversación- . Quería ver a mi último oponente y a su bella acompañante.

Con una ligera cojera se acercó hasta el doctor.

- Señor Sherald, creo que su padre lo estaba buscando - comentó el médico.

- Podrá esperar un poco. ¿Cómo está el hombre que ha conseguido romper mi imbatibilidad de cinco años?

- Ahora duerme, el doctor le ha suministrado un calmante - dijo Eliel - Gracias por preocuparse.

- No me las dé, señorita. Tengo ganas de que se recupere y pueda explicarme cómo fue capaz de lanzarme aquel golpe invisible con semejante fuerza. ¿Era magia? No vi que hiciera runas ni nada por el estilo.

- No lo sé con exactitud -dijo Eliel -, pero no creo que pueda responderle si no lo llevamos a que lo vea un especialista. No parece que mejore.

- Creo que eso es bastante difícil. Él está bajo arresto por desorden público, tendrá que estar entre rejas un par de semanas. Pero ya sabe que usted no ha de pasar más noches en estas frías habitaciones. - dijo señalando la fría celda de la comisaría - Ya me han dicho que es una noble de Kresaar y debería disfrutar de las comodidades dignas de su posición - dijo con una ligera inclinación.

- No, agradezco la hospitalidad de la ciudad de Dulack, pero prefiero quedarme junto a mi... - Una duda asaltó a Eliel. ¿Quién era Adriem? ¿Guardaespaldas, protector, guardián...?

- ¿Amigo? - acabó la frase Meikoss. 

- Sí, mi amigo - dijo, rápida de reflejos, ante lo que él sonrió satisfecho.

- Señores, con su permiso tengo a otros pacientes que visitar – dijo haciendo un breve saludo y saliendo por la puerta de la celda – pero, si es posible, llévelo a un experto cuando pueda salir de aquí.

Meikoss miró al médico y la cara de preocupación de la doalfar. Se quedó unos instantes pensativo y al final dijo.

- Muy bien, señorita Van Desta, acompáñeme. Sólo la separaré de su amigo un par de horas.

- ¿Adónde vamos?


- A hablar con mi padre.