6 de mayo de 2014

Capítulo 7: Ináh

A medida que corrían, la respiración de Adriem se iba haciendo más pesada, y su ritmo aminoraba. Detalle que a ella no le pasó inadvertido y se detuvo con cara de preocupación.

Se encontraban junto a una pequeña estación de ferrocarril aún cerrada a esas horas de la madrugada, iluminada débilmente por un par de maltrechas farolas de gas que alguien debió de olvidar apagar. Más allá un muro se precipitaba hacia el sector inferior mientras las vías discurrían por un puente metálico salvando la gran brecha bajo la que bajaban por uno de tantos canales flanqueados por casas. El andén estaba desierto, no había ningún signo de vida, excepto algún gato callejero. El viento comenzaba a soplar, arrastrando en los cielos pequeñas nubes que, a intervalos, ocultaban la luna menguante de aquella noche.

Adriem se giró, sobresaltado por aquel brusco frenazo.

- ¿Qué ocurre? ¿Estás bien, Eliel? - dijo jadeando mientras se agarraba para hacer disminuir el dolor.

- Eso debería preguntártelo a ti. - la doalfar se le acercó y posó su mano sobre el codo de su brazo herido. Los músculos de él se tensaron, y Adriem profirió un quejido ahogado entre dientes.

- ¿Ha sido en el tejado? - dijo remangando el brazo herido para descubrir los tres arañazos en el antebrazo del humano. La hemorragia ya había cesado prácticamente, pero la herida era bastante fea.

- Fue una de las sombras. No es nada, saldré de esta – miró a su alrededor pero aquél camino ya no tenía salida - Lo importante es encontrar dónde refugiarnos.

- Aun estás sangrando un poco – tomó un pañuelo del bolsillo y lo posó sobre la herida para limpiarla ante la queja muda de Adriem – Tenemos que curarte esa herida pronto o se infectará.

Él vio los arañazos que habían provocado las ramas sobre los brazos de ella y diversos rasgones en el vestido. Subió la mirada hasta reparar en una pequeña herida en su barbilla. - Lo siento – dijo afligido mientras la miraba a los ojos – Tú también estás herida. Debí hacerte caso.

- No seas así. - se acabó de anudar el pañuelo al antebrazo – Esta es la tercera vez que me proteges.

- Y no debería haberlo hecho. Mirad cómo estáis... princesa.

La nube que había tapado la luna siguió su camino y su luz volvió a bañar el andén. Se oyeron unos pasos y una persona apareció doblando la esquina, a escasos metros de ellos. Un tipo de pelo castaño, vestido con gabardina que se detuvo ante ellos, intercediendo en la conversación de la pareja:

Adriem se fue hacia él cubriendo a la doalfar tras su espalda – Quédate detrás mío – le dijo en voz baja.

- ¿Quién eres? - Se fijó en sus orejas puntiagudas, un doalfar.

- La pregunta correcta es, ¿por qué no te estás apartando a un lado? - al guardia no le costó darse cuenta de que jugueteaba con el pomo del sable con los dedos. No tardaría en desenvainar. 

- ¡¿Qué queréis de mí?! - dijo Eliel cubriendo los libros a su espalda para evitar que reparase en ellos.

Su voz se tornó más amenazante – El problema es que no puedes recordarlo. Ven y lo sabrás, no tengo ningún interés en matar al común.





A esa altura, el frío viento azotaba a placer. Algunas de las gigantescas torres que antaño pertenecían a las murallas de Tilia, a día de hoy habían sido reformadas y servían también como puerto para las aeronaves. Se habían construido hacía más de cien años para defenderse de un eventual ataque de Kresaar como última línea de defensa. Ahora diversas plataformas de metal, sujetas por cables, vigas y tensores servían de muelles de atraque. En uno de ellos, un pequeño dirigible carguero, con el nombre de Raudo, ultimaba la carga de la mercancía que debía transportar. El capitán, un hombre de unos cuarenta años, moreno y de piel curtida, como si de un lobo de mar se tratase, hablaba a la luz de uno de los focos del muelles con una mujer.

- Esto no era lo que acordé con aquel tipo, era sólo un pasajero  – dijo sopesando un pequeño saco bastante abultado.

- Lo sé, pero precisamente por eso me interesa. Te estoy pagando el equivalente a seis y sólo te pido que te lleves a una persona más.

- ¿Lo persiguen las autoridades? Porque si es así, no estoy dispuesto a jugármela en la aduana teniendo en cuenta la carga que llevo.

- No, te prometo que no tienen tratos sucios con nadie ni deudas pendientes, ni hace falta que mientas cuando vengan a preguntarte donde los dejaste. Sólo omite que te he pagado yo, por favor. - se cruzó de brazos ofendida - ¿Desde hace cuanto que me conoces? Además, el chico pertenece a la guardia, ¿No es suficiente garantía? - alegó la mujer como aval - Descuida, lo que menos les importa es tu carga.

- ¡Maldita sea! No has cambiado nada en estos años... ni un ápice y eso es lo que más me hace desconfiar de ti. - dijo señalándola entornando la mirada. - Pero confío en tus escudos - el capitán colgó la bolsa de su cinturón, incómodo, pero satisfecho por lo lucrativo del trato.

- Ambos son encantadores y unos buenos amigos. Trátalos bien, ¿vale? - dijo Dythjui con aquella amplia sonrisa tan característica de ella, obviando el último comentario - Ahora será mejor que vaya a esperarlos. Si mis cálculos son correctos, ten la nave lista para zarpar en setenta y cinco minutos.



Adriem dio un traspiés tras recibir un duro golpe al desviar la hoja del sable enemigo con el suyo propio. Acto seguido, Zir le ganó el flanco y le dio un tremendo golpe de revés en el costado con la guarda del sable que le obligó a dar un par de pasos hacia atrás, reafirmando su guardia. Mantenía el brazo izquierdo a la espalda para evitar que el rival se aprovechara, pero el dolor de la herida era punzante y notaba como se había reabierto.

No conseguía ver de dónde venían sus golpes, era una danza de precisos movimientos, que apenas le dejaba margen de reacción.

Zir miró de reojo a Eliel sin perder de vista a su contrincante.

- ¡Déjalo en paz! - le gritó ella.

- Entonces... - Alzó el sable dispuesto a lanzar una estocada que el humano, difícilmente podría esquivar tras abrirle la guarida, pero el doalfar se quedó por un momento quieto observando los nerviosos movimientos de la novicia shaman. Creía que trataba de esconder los libros, pero no, estaba haciendo algo más y el polvo de argentano que caía con débiles briznas de luz la delataban. 


Arte de Wakana Sakamoto - 
http://wakana-sakamoto.deviantart.com

- ¡Te he dicho que lo dejes en paz! - lágrimas de furia emanaban de los ojos.

- Maldíta seas – Zir maldijo por haber presupuesto que le daría tiempo a derrotar al común antes de que la chica le diera tiempo a invocar, pero el guardia había aguantado la acometida. Aprovechando su posición de ventaja, golpeó pero había dudado. Su enemigo encajó el golpe cubriéndose del filo, aunque cayó al suelo aturdido por el impacto de la guarda contra la cara. 

Se acercó corriendo hacia ella con la intención de detenerla, mas la mano de Eliel se alzó y mostró sus brazos recorridos por runas trazadas sobre su piel que, apretando los dientes para ahogar un grito por el esfuerzo, se iluminaron con un fulgor azul que lo cegó momentáneamente.

Zir retrocedió unos pasos cubriéndose los ojos. Poco a poco fue retirando las manos y abriéndolos con dolor. Sobre las manos de Eliel, que jadeaba visiblemente agotada, se habían quedado dibujados los signos rúnicos en un tono más claro y, entre ellos dos, una criatura surgida de la nada lo observaba con ojos rabiosos.

- Te he dicho que lo dejes – le miró con determinación dispuesta a acabar de una vez por todas con esa interminable huída – porque tu oponente soy yo.

Un zorro de pelaje blanquecino y del tamaño de un lobo exhalaba aire helado por la boca. Bajo sus patas, una compleja estructura rúnica palpitaba con un fulgor acorde al de las manos de su invocadora. El zorro miró de soslayo a su dueña, a la espera de la orden.

- ¡Vamos Ulimi! - alzó el brazo y señaló al doalfar que se había puesto en guardia maldiciéndose por su haberse confiado.

Adriem, tendido en el suelo, trataba de levantarse ligeramente aturdido por los golpes. Notaba como el pañuelo se teñía de rojo carmesí mientras, enturbiado por el dolor, observaba a aquella criatura propia de una fábula.

El zorro lanzó una bocanada de aire helado que Zir esquivó con un rápido movimiento dejando tras de sí un montón de adoquines congelados. Se dispuso a encarar a la invocadora pero en su trayectoria se interpuso inmediatamente su criatura abalanzándose sobre él. Pese a cubrirse con el brazo, recibió un mordisco en el hombro que penetró su chaqueta hasta herirle. Al instante la zona quedó adormecida y cubierta de una fina capa de hielo. Golpeó al enorme Ulimi en el vientre separándose de él antes de que le venciera el peso y lo dejara a su merced. 

- ¡Maldita bestia! - dijo enfurecido mientras agitaba el brazo adormecido para recuperar la movilidad. La chaqueta le había protegido de un mal mayor, pero ahora tenía dificultades para manejar el sable.

Ante la amenaza, el zorro agachó la cabeza y gruñó.

La criatura empezó a caminar hacia uno de los lados y se lanzó contra el doalfar buscándole el flanco. Adriem aún tambaleante vio como el doalfar esquivaba al zorro en una sucesión de movimientos y, pese a que le ponía en algún apuro, al final acertó a la invocación de Eliel con un preciso tajo del sable en uno de los costados del animal, haciendo que emitiese un quejido. A su vez, su invocadora se agarró con fuerza las ropas a la altura del corazón presa de dolor.

Zir sonrió sabiendo que volvía a tener la ventaja, mientras Eliel trataba. Recomponer la compostura y con mirada claramente furiosa.

El zorro volvió a atacar aunque esta vez Zir ya había visto como embestía el animal, por lo que fue capaz de actuar a tiempo y de un certero golpe le acertó en el vientre produciéndole una herida mortal.

La invocadora shaman se encogió repentinamente agarrándose la cabeza presa de un terrible dolor mientras su invocación se deshacía en briznas de luz junto a las runas de sus brazos. Este momento de confusión fue aprovechado por Zir-Idaraan que se dirigió hacia ella para apresarla.

Un traqueteo inundó el andén acompañado de un silbido. El primer tren de la madrugada, desprovisto aún de pasajeros, hacía entrada en el andén opuesto, volviendo la escena más confusa.

El doalfar levanto el sable encarándose el pomo para golpearla aprovechando que estaba  cuando Adriem, ignorando el dolor de sus heridas, se lanzó en una carrera desesperada blandiendo su sable. Grito más por aliviar el dolor que por llamar la atención de su enemigo, que se giró a tiempo de girar e interponer su arma para defenderse de aquella desesperada carga.

- Otro animal que se interpone – mirándole directamente a los ojos - ¡Que molesto!

- ¡Soy algo más que una molestia! - dijo apretando los dientes con rabia no dejando que aquellos ojos azules que se le clavaban le intimidaran.

Sabía que no tenía ni la más mínima oportunidad frente al doalfar, ¿qué le empujaba a defenderla? Su instinto le decía que corriera, que se alejara de allí tan rápido como pudiera, pero algo dentro de el se lo impedía. Era algo más que un sentimiento.

Veía su derrota más que segura, así que, decidido, intentó apartar la hoja de la suya para la menos tomar la iniciativa. Sin embargo, éste desvió su acero alzando la espada por su lado izquierdo. Estaba ahora a una distancia corta, abrió por competo su guardia en una movimiento desesperado, y aprovechó para golpear a su adversario con puñetazo tan fuerte que notó como las heridas que se abrieron. El doalfar hincó la rodilla en el suelo, medio sorprendido, medio aturdido, por aquel ataque fuera de lógica pero su reacción no se hizo de esperar y se impulsó para saltar usando uno de sus brazos para apoyarse. Se encontró  el sable enemigo dispuesto a rematarlo y el choque de ambas espadas sonó con un agudo timbre. La hoja del doalfar oscilaba a escasos milímetros del pecho de Adriem que había bloqueado in extremis.

Un agudo silbido proveniente de la locomotora anunció la inminente salida del tren. El maquinista, haciendo caso al jefe de estación que permanecía ajeno a lo que estaba aconteciendo al fondo del andén opuesto, se disponía a arrancar aquella mole de metal.

Aún enzarzado en el combate con el doalfar, Adriem vio como Eliel se levantaba y comenzó a correr camino del tren pasando al lado de los contendientes, aprovechando la confusión. saltó a las vías tras los vagones que comenzaban a moverse. Zir trató de apartarle para dar caza a la novicia, pero Adriem le agarró con el brazo herido. El doalfar no dudó en retorcerle el brazo apoyando el pomo de su espada bloqueada sobre la herida. Pese al dolor no soltó el agarre. 

- ¡¿Qué te empuja a protegerla?! - le gritó el doalfar mientras, con el brazo libre le golpeaba en el pecho dejándole de rodillas y sin aliento, pero no dejó de sujetarle. La punta de la hoja del sable de Zir recorrió la distancia hasta su pecho.

“¿Por qué sentía que debía protegerla? ¿Era... algo más...?” El tiempo prácticamente se detuvo en aquella estación y pudo escuchar, entre los gritos de Eliel que veían su fin, el tic-tac de un reloj que se iba deteniendo.

- ¡¡Adriem!! - ella se giró cuando estaba a punto de subirse a uno de los vagones que lentamente iniciaban su marcha. Extendió los brazos desesperada aunque sus manos no podrían alcanzar el sable que lo iba a matar.

La hoja del sable osciló y ondeó como si una fuerza la comprimiera, saltando hacia atrás con tal violencia que lo arrancó de las manos del doalfar cayendo a varios metros hacia atrás. Trató de ponerse en pie inmediatamente pero su hombro herido ahora estaba dislocado. Rodó e hincó las rodillas para, con la ayuda de un solo brazo, ponerse en pie mientras el otro colgaba completamente fuera de sitio, en el momento que un segundo impacto invisible lo lanzo varios metros hacia atrás hasta golpear con la espalda en uno de los pilares que sujetaba la marquesina del andén, dejándolo totalmente noqueado. Sin saber exactamente que había pasado, Adriem se levantó y corrió como pudo, arrastrando los pies y tambaleándote hasta el tren donde la novicia shaman le ayudó a subir juegos en el momento que las ruedas de la locomotora patinaron iniciando la marcha a través del puente camino del siguiente sector.



Zir recobró el conocimiento cuando el tren ya sólo era una columna de humo que se iba ocultando entre los edificios en a lejanía. Se levantó quejumbroso y aun atudirdo, y recogió su sable con la hoja completamente doblada. A medida que su mente se iba aclarando de nuevo, se tocó la cabeza y vio como su mano volvía manchada de sangre. Entre furioso y dolorido, gritó al cielo.

- Vaya, al señor Gebrah no le va a gustar que se te hayan escapado, Zir - dijo maliciosamente Idmíliris sin su habitual sonrisa y la ropa bastante maltrecha. Aparecida de quién sabe dónde y, corno siempre, rodeada de sus sombras, observaba al rabioso doalfar, que se volvió con una mirada de odio.

- ¡Has llegado tarde! 

- Lo siento, pero tuve un contratiempo con una sacerdotisa… aun no se muy bien que ha pasado - dijo torciendo los labios que mostraron sus dientes serrados – No pude oler el conjuro que me lanzó. Pero a ti te ha vencido un guardia y una invocadora novata. Es más patético si cabe.

Cansado de escuchar sus comentarios que sólo llevaban que habían fracasado la agarró por la gargantilla de la que pendía un candado a modo de colgante, atrayéndola hacia sí – ¡No sé tú, pero yo no esperaba que ella pudiera conjurar a esa velocidad! Así que movamos el culo a por ellos - dijo perdiendo la compostura.

La arlequín entornó la mirada y le propinó una patada que lo lanzó varios metros hacia atrás contra el suelo - ¡No vuelvas a tocarme! - dijo enfurecida sacudiéndose como si la hubiera manchado de algo.

Zir se apoyó en el sable maltrecho para levantarse mientras Idmíliris olfateaba el aire – Es como en la posada, huele a runas, pero también hay algo más ¿Seguro que fue un conjuro? - preguntó con desdén al doalfar.

- No lo se - dijo tosiendo con serias dificultades para respirar tras el golpe - Recuerda que Gebrah te puso a mi cargo, esto se lo haré saber, pelele.

La mirada de que le lanzó fue fulminante, pero Zir sabía que no le mataría. Si lo hacía las consecuencias serían terribles - He podido colar una de mis sombras pequeñas en el tren. - miró el sable retorcido – Será mejor que busques un buen armero, si es que eso tiene arreglo.

- Antes necesito un médico y borrar nuestro rastro. La posada ha de apestar a tus criaturas. – no iba a poder aguantar mucho en ese estado - así que, por tu bien, no los pierdas y hazte con ella. - la miró con gesto sombrío - Resolveremos nuestras diferencias después.

- Estarnos salvando al mundo, y los buenos siempre ganan. ¿No es así? - dijo volviendo a sonreír.

- Estas perdiendo el tiempo - le reprochó.

- Vale, déjalo en mis manos. Iré a su encuentro – comenzó a correr y la perdió de vista, mientras el jefe de la estación se le acercaba con algo de temor. Era cuestión de tiempo de que la Guardia Urbana se presentara, así que decidió, al igual que Idmíliris, salir de aquel lugar.



Escondido en la balda del portaequipajes, dos pequeños ojos en las sombras observaban como el vaivén del vagón se estaba convirtiendo en una tortura para Adriern. El más leve movimiento le producía un dolor muy agudo por todo el cuerpo, pero en especial en el brazo. Eliel, usando la tela que llevaba a modo de cinturón, improvisó un vendaje más prieto que el pañuelo para que detuviera de nuevo la hemorragia.  Gotas de sudor aun perlaban la frente de la doalfar y se le notaba que le costaba mantener la concentración tras el esfuerzo de invocar a su criatura.

- No tenías por qué haberte arriesgado tanto. Desde que estoy contigo lo único que consigo es que te hieran. 

- No te preocupes. - Soltó un quejido cuando Eliel anudó el vendaje – Esta vez tengo que ser yo quien te ha de dar las gracias. Me salvaste en el último momento... 

- ¿Yo? Adriem, yo no hice nada, estaba muy lejos. ¿Cómo lo hiciste para defenderte así? Fue increíble - No había visto como fue capaz de golpear con tanta fuerza.

- Bueno, yo... no... - un extraño temblor le recorrió el cuerpo. De repente su mente recordó el peligro que acababa de superar y lo cerca que había estado de morir a manos de ese doalfar. Un sudor frío le recorrió la cara pero el por qué se había salvado le aterraba más que el filo de la muerte - Como buen guardia debo proteger a la gente - dijo con la voz ligeramente temblorosa tratando de alejar aquellos pensamientos.

Eliel se abrazó a él.

- Lo siento mucho - dijo entre sollozos.

La altiva doalfar vio en Adriem la expresión de terror ante lo que había sucedido. Empezaba a estar muy asustada, tal vez más que ese humano que se había empeñado en ser su protector.
- Disculpen, sus billetes - les dijo una voz que venía de atrás.
- Lo siento mucho señor interventor, pero no hemos podido... -dijo Adriem, mientras Eliel se separaba de él, colorada por haber perdido la compostura- . ¡¿Dythjui?! - Adriem exclamó al ver a la joven casera delante de él - ¿Cómo? Pero ¿qué? ¿Cuándo...?

- Siento no haber sido de mucha ayuda. Os seguí, pero no me atreví a hacer nada, no sabía cómo ayudar – se lamentó viendo el estado de los dos.

- No, no pasa nada, me alegra mucho verte - dijo Eliel desde su asiento. Aunque sus heridas no tenían ninguna comparación con las de Adriem, alguna pequeña astilla debía tener clavada en la pantorrilla a juzgar por el punzante dolor.

- Por lo menos puedo ayudaros a salir de la ciudad, aunque sea acompañaos en el tren. – se rascó la nuca nerviosa – Adriem, creo que deberías ir con ella.

- ¿Yo? Pero ¿y mi trabajo?, yo…

Dythjui lo interrumpió.

- Sería mejor que la acompañases hasta su tierra, seguro que en la Santa Orden saben mover los hilos para darte un permiso o… yo misma diré que estás enfermo… ¿Qué más da? Reconoce que no te quedarías tranquilo dejándola viajar sola, con esas sabandijas pisándole los talones. - Adriem otorgó en silencio - Ellos ya saben quién eres y tu compraste su billete, ni siquiera yo se a dónde va y podrían sonsacártelo. Así nadie sabrá dónde está ella.

- Pero no tienes por qué hacerlo, todo esto es por mí… - le dijo Eliel al guardia que permanecía callado.

- Y bien, ¿Adriem? - interrumpió la casera a la doalfar a la espera de una respuesta que ya sabía.

- Siempre te sales con la tuya – Le recriminó como afirmación a su pregunta. No encontraba ninguna razón para rebatir sus argumentos y, en el fondo, tampoco quería hacerlo.

- Perfecto - celebró la casera - Aquí tenéis, quinientos escudos. No es mucho pero para una semana es más que suficiente.

- No sé si podré devolvértelos… - el guardia miró las monedas dubitativo. Era la tercera parte de su paga.

Eliel le cortó alzando la mano - Pero yo sí te lo devolveré en cuanto llegue a mi hogar. Confía en mí.

Dythjui sonrió. En el fondo sabía, sin maldad, que no lo haría. Pero una brusca frenada al llegar a otra estación la obligó a agarrarse. Algunas personas madrugadoras, seguramente por su trabajo, empezaron a sentarse en el vagón. Una cosa llamó la atención de Eliel.

Pese a que Adriem estaba allí, herido, y ambos con las ropas sucias, nadie se inmutó. Seguramente en la otra gran ciudad del continente, Estash, capital de Kresaar, se los hubieran quedado mirando, incluso los hubieran echado del tren o les habrían prestado ayuda. Nunca entendería a los comunes.

Una lluvia fina empezó a salpicar los cristales del vagón. Tras cambiar de tren para ir en dirección al puerto aéreo, ninguno se atrevía a hablar. En sus caras se reflejaba la preocupación. Incluso en la de Dythjui, algo que desconcertaba a Adriem, acostumbrado a la sonrisa de la casera. Casi todo el mundo había abandonado el tren. Se notaba que se aproximaban al final del trayecto. 

Un último cambio para coger un pequeño funicular de cremallera que subía perezosamente la última rampa hasta lo alto de la torre donde estaban las bahías de atraque. Las casas, las fábricas, la catedral, e incluso el Palacio Imperial se podían divisar bajo la bruma creada por aquella fina lluvia. Las siluetas de la ciudad en tonos grises le daban al ambiente una sensación de tristeza, pensó Eliel. Ella nunca podría vivir en un lugar como ése.

Un silbido, seguido por un largo frenazo, detuvo el funicular. Dythjui se levantó y le ofreció su poncho a Eliel.

- Hemos llegado. Será mejor que te pongas esto, con esas ropas cogerás un resfriado.

- Gracias - dijo, colocándoselo sobre los hombros, y luego ayudó a Adriem a levantarse.

- Es el muelle de carga ocho. Será mejor que nos demos prisa, el dirigible os está esperando - dijo consultando un reloj de bolsillo.

Avanzaron intentando resguardarse de la lluvia. Varios mozos se afanaban en bajar la carga de los vagones posteriores del tren en el que habían venido. Tras cruzar varias pasarelas y coger un montacargas, ya calados hasta los huesos, llegaron al muelle ocho. Allí, el Raudo, un pequeño dirigible de carga de aspecto un poco destartalado, se preparaba para zarpar. Los hombres se afanaban en aflojar los cabos y dar unas últimas revisiones al casco. No tendría más de diez tripulantes, calculó Adriem, y muy probablemente se dedicaban al contrabando, además del transporte de mercancías legales. Mientras cavilaba sobre el tema, una duda le surgió de repente, cortando sus pensamientos de raíz.

- ¡Un momento, Dythjui, no llevamos los pasaportes encima! No podemos subir.

- Creo que en estos momentos es el menor de tus problemas, ¿no crees? - sonrió confiada - Seguro que se te ocurre algo cuando lleguéis al destino que sea. No parece que vayáis a pasar muchas aduanas.

- No, más bien no - dijo Adriem. Alzó la mano y llamó la atención del capitán. Éste, desde la zona de carga, les hizo un gesto para que se acercaran.

- Bien, seguidme.

Pisaban charco tras charco en su carrera. Las gotas de lluvia salpicaban sus caras. Adriem iba cojeando ligeramente. Pese a que era el más veloz su cuerpo no estaba para mucho trote. Un sonido seco, como si se rasgara el aire, le hizo cambiar el paso y agacharse para esquivar un zarpazo con cierto esfuerzo.



Una sombra había aparecido a su derecha y, si no hubiera sido por sus reflejos, lo habría cortado en dos. Se giró desenvainando el sable a la par profiriendo un grito para así acallar el dolor, para hendirlo en el cuello de la criatura con un corte limpio. A través de la herida abierta se fue deshaciendo en cenizas mientras vio que el capitán de la nave ordenaba el despegue inmediato, no quería meterse en problemas. De entre las cajas del almacén comenzaron a surgir algunos ojos.

- ¡La nave se va sin nosotros! - gritó Eliel llegando ya a la rampa de carga.

- ¡Vamos! - Dythjui tomó a la doalfar por la muñeca para ayudarla en la carrera hasta el dirigible.

La nave cuando ésta empezaba a arrancar motores. Las hélices zumbaban ahogando el sonido de la lluvia, mientras unos focos intermitentes anunciaban, desde el borde del muelle, que la aeronave despegaba. Dythjui se detuvo y soltó la mano de Eliel justo en el momento que Adriem las alcanzaba.

- ¡¿No subes?! - exclamó la doalfar.

- No hay billete para mí en este viaje - le recordó con una sonrisa – Mi sitio está aquí.

- Pe... pero, hay sombras, la bufona puede estar cerca. 

- Recuerda que te buscan a ti. Perderán el interés en mí una vez hayáis partido.

La nave se separó del muelle un poco, bruscamente. Adriem agarró a Eliel, que estaba a punto de caer, mientras con el otro brazo agarraba la manilla de la puerta.

- ¡Vete! ¡No dejes que te pillen! ¡Cuídate, Dythjui! - dijo Adriem.

- ¡Nos vemos en unos días, Adriem! ¡Buena suerte, Eliel! ¡Adiós!

Eliel sonrió a aquella chica que en tan sólo unos días se había convertido en su amiga.

- Los kresaicos decimos Ináh - se despidió la doalfar. - ¡Ináh, Eliel! - gritó la casera

- ¡Ináh! - respondió mientras el dirigible descendió suavemente en el aire para maniobrar. 

- Pobre Dythjui, no hemos debido dejarla allí. - dijo entrando poco a poco en la bodega del carguero. Un par de marineros se acercaron hacia ellos para acompañarles dentro.

- Estará a salvo, confío en ella. - Pero Adriem no podía dejar de preocuparse por su amiga aunque tratara de aparentar lo contrario. En siete días estaría de vuelta y, como siempre, su casera estaría esperándolo con su sincera sonrisa, en la posada.

A través de la escotilla fue entrando poco a poco la luz anaranjada del amanecer. La nave había superado aquellas nubes bajas, y el sol, radiante, aparecía majestuoso ante el morro de la nave.



Las sombras comenzaron a aparecer por todos los recodos del muelle. Desde allí arriba se podía ver cómo el dirigible enfilaba rumbo al Este. Las sombras se quedaron desconcertadas, no sabían qué hacer. Dythjui aprovechó su confusión para irse disimuladamente. Hasta que una voz la interpeló.

- ¡Tú eres la casera, ¿verdad?! Quiero que me digas adónde se dirigen. - Idmíliris se hallaba sobre un montón de grandes cajas. Estaba encorvada y claramente débil, ni siquiera había la mitad de sombras que le había visto invocar.

- Vaya, ya decía yo que se me había olvidado algo. No les he preguntado adónde iban - respondió con una amplísima sonrisa burlona. Por lo visto se había equivocado. Sí que la conocían.

- ¡¿Crees que me lo voy a tragar?! ¡Me lo dirás por las buenas o por las malas! - dijo la otra, apretando los dientes y enseñando sus brillantes caninos. - ¡Tu cadáver me dará las respuestas, caserucha!

- Bueno, eso quiere decir que me toca correr. - le dedicó una última sonrisa pícara y echó a correr.

- ¡A por ella! - ordenó Idmíliris a sus sombras con la voz quebrada.



Los bomberos se afanaban en apagar el incendio como podían. Sus mangueras eran insuficientes, y ya casi no les quedaba agua en los depósitos de los vehículos. Las llamas se tragaban la posada de tres plantas que había a la sombra del Puente de Álsomon. La gente se había acercado a ver el suceso, que probablemente saldría en el periódico al día siguiente. Dythjui miraba apesadumbrada cómo su negocio se hacía cenizas. Tanto esfuerzo de años destruido en apenas una hora. Cuando había llegado, agotada, los bomberos ya le habían dicho que nada se podía hacer.

- La señorita Lezard, ¿verdad? - dijo una voz potente a su espalda.

- Soy yo - se dio la vuelta, al hombre que acababa de hablar, otro sacerdote.

- Mi nombre es Rognard. Lamento mucho lo sucedido a su negocio - se compadeció.

- ¿Y la priora Melisse?

- Está siendo atendida por los nuestros. Tiene algunas quemaduras pero nada grave, es un milagro de Alma que haya salido casi ilesa. Por desgracia no puedo decir lo mismo de Renald, uno de nuestros aprendices - dijo con voz inmutable.

- Supongo que era usted quién estaba al cargo. Mi posada se puede sustituir, las personas no. Siento muchísimo lo de ese chico - Dythjui sabía que nada dura para siempre. Que antes o después su casa no estaría allí. Pero no podía evitar que alguna lágrima asomara en sus ojos. Nunca se había acostumbrado, después de tanto tiempo, a resignarse a perder todo lo que quería. Antes o después pasaba. 

- Me temo que quienes fueran no querrían dejar pruebas. Se que no es el momento adecuado pero, permítame preguntarle, ¿qué ha sido de nuestra invitada? ¿Le ha pasado algo? Espero que esté a salvo.

- No se preocupe, se que se la llevó uno de mis queridos inquilinos a lugar seguro. - suspiró viendo como los bomberos iba extinguiendo lo que quedaba del fuego.

- ¿Y dónde ha ido? - preguntó inquieto ante esta revelación.

- Mmmm... No lo sé. Creo que su dirigible partía antes pero no tengo ni idea de adónde se dirigía. No me extraña que tuvieran prisa por salir de la ciudad.

¡¿Zarpó en dirigible sin nuestro permiso?! - exclamó el prior - ¡Deberían habérnoslo comunicado. La Santa Orden lo estaba organizando para sacarla de la ciudad 

A mí no me pregunte, sólo soy su ex casera.