17 de septiembre de 2014

Capítulo 18: Un mañana por tu ayer

Meikoss apoyó el oído en la puerta. Había revuelo por el pasillo y escuchaba varias pisadas que corrían en alguna dirección. Inútilmente trató de forzar la cerradura, pero estaba bien cerrada y era de buena madera, así que, tras forcejear un rato al fin se recostó en la pared exhausto. Fuera lo que pasara no iba a averiguarlo por ahora.

Si bien, algo le llamó la atención. Desde su posición podía ver como el cielo se oscurecía y las nubes comenzaban a arremolinarse, conformando una tormenta que cubría el valle. No sabía discernir por qué, pero se sintió inquieto al observarla. No parecía natural.



Había avanzado corriendo por los túneles siguiendo aquella intuición. Sabía dónde tenía que ir y, cuanto más se acercaba, más fuerte era el sonido de los engranajes de aquel reloj invisible. Todo parecía irreal, como si lo viera a través de un sueño y, sin saber cómo, se encontró en la cámara en la que le esperaban en silencio la dos enormes puertas.

Poco importaba por qué sabía que ella estaba allí, se dijo Adriem, no la volvería a perder como a Esmail. No volvería a huir.

Restos de sangre reciente salpicaban una de las columnas, agrietadas por algún tipo de impacto que casi la había derribado. Había un olor extraño en el ambiente que se acrecentaba a medida que se acercaba a aquellas puertas que parecían desafiarlo. Algo tras ellas lo estaba llamando.

- Sácame de aquí - escuchó la voz suplicante de Eliel.

- ¡Eliel! - corrió hasta la puerta y comprobó que no había picaporte alguno.

Sintió que la frustración y la ira comenzaban a brotar de su corazón. Apoyó ambas manos en los portones y, sin reparar en el peso que debían de tener, comenzó a empujarlas.

- ¡Aguanta! ¡Te llevaré a casa! - algo de polvo y pequeñas piedras cayeron acompañadas de un crujido pero no parecían inmutarse. Necesitaba más fuerza, más… mucha más. 

Unas descargas recorrieron su cuerpo y sintió como las puertas se aligeraban y de forma casi imperceptible, comenzaban a moverse. Apretó los dientes para contener el fuerte dolor que le oprimía el pecho, como empezaba a ser habitual.

Un disparo impactó cerca de su cabeza contra una de las hojas de la puerta que no sufrió daño alguno. Cuando se giró, más de veinte shamans le rodeaban, algunos de ellos armados y apuntándole. No se había percatado de su presencia. 


- Apártate de esa puerta, común - dijo una voz anciana pero cargada de autoridad.

Se giró lentamente y vio al anciano doalfar que se abría paso entre los shaman hasta quedarse al frente. 

¿Quién eres tú para darme órdenes? - estaba demasiado cerca de ella.

- Soy el maestre de este templo y esas puertas están bajo mi protección, así que te ordeno que te apartes. - dijo con aparente tranquilidad.

Todos aquellos doalfar le miraban con una mezcla de asco y miedo. Ya había visto esa mirada de desprecio hace años entre sus propios vecinos… en Esmail…

Comenzó a sonreír. Estaba cansado, muy cansado de aquel mundo al que había intentado agradar pero era en vano. 

- Si son tu puertas ¡Ábrelasl - ordenó Adriem.

- Eso es imposible - dijo entornando la mirada. Varios fusiles fueron amartillados.

- ¿No me has oído? No era una petición, doalfar. 

- Las Puertas de Nara no se pueden abrir. Fueron selladas y nadie tiene la llave. Amenaza cuanto quieras, pero no conseguirás nada.

No. No lo entiendes… ella está ahí encerrada. 

La voz de ella volvió a susurrarle al oído - Libérame de esta prisión - pero nadie más parecía escucharla.

Durante años había dado la espalda a ese extraño poder que latía en su interior y sólo le había traído desgracias pero esta vez lo necesitaba, aún a riesgo de perder sus recuerdos de nuevo. Entrecerró los ojos y tensó la mandíbula. Más... si lo poseyera, lo dominara… ser capaz para controlarlo todo, para no perder nunca a nadie más... La imagen de Esmail colgada de un árbol golpeó su mente como una maza.

El anciano levanto la mano y a su orden los arcabuceros dispararon pero ninguno le acertaron, siendo desviados contra las paredes por una barrera invisible.

Sentía que se ahogaba, le faltaba el aire y respiraba con esfuerzo. Aquella fuerzas que emanaba de su interior le asfixiaba pero lo podía controlar por primera vez. Miró a quienes le rodeaban y con un rápido gesto de su brazo que barrió la estancia las empujó contra las paredes con una violencia increíble. El choque de sus cuerpos provocó una sinfonía de ensordecedores golpes.

Algunas descargas eléctricas de color rojizo aún correteaban por el brazo cuando las runas que estaban grabadas se iluminaron por todos los rincones de la cripta.

El maestre era el único que había permanecido en pie y a través de su bastón estaba infundiendo energía a toda la estructura.

- Eres más peligroso de lo que podía imaginar, sephirae.

- ¿“Sephirae”? - Esa palabra ya la había escuchado hace mucho tiempo, pero no recordaba quién la había dicho ni tan siquiera qué significaba. Otro recuerdo vago.

- Esta estancia será tu tumba. Estas runas fueron dispuestas por los dragones para destruir a cualquiera que tratara de abrir las puertas. - sonrió entre su poblada barba seguro de su victoria mientras gotas de sudor le resbalaban - El conjuro necesita de todo el edificio, así que ni siquiera tu poder apócrifo es rival. 

Un zumbido empezó a sonar, y todos notaron cómo vibraba el suelo bajo sus pies. El sello se hacía más luminoso alrededor de Adriem y supo en ese instante que el anciano doalfar no le estaba engañando.

El maestre acabó de activar todas las runas - Te liberaré de la pesada carga que es para el mundo ese poder.

-¿Liberarme? ¡¡No eres capaz de entenderlo!! Ella me está pidiendo auxilio. - le gritó exasperado - ¡He de llevarla a casa!

- ¿A quién? Ahí no hay nadie - 

A… a… - una punzada le atravesó la cabeza y le obligó a hincar la rodilla ya sin aliento - He de llevar a… E.. Er… - Estaba en blanco. No lograba decir su nombre, sólo había un zumbido que le dolía cada vez que trataba de recordar. - Es… es… - las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. ¡¿Cómo se llamaba?!

Las runas se fundieron en una fuerte luz blanca que lo cegó. Varios recuerdos confusos de la joven shaman que había acompañado hasta allí se desdibujaron. Una explosión que hizo temblar todo el edificio, resonando por todo el valle, y derribando las dos columnas más cercanas a la puerta. 

*****

Un infinito cielo se confundía en el horizonte con el mar que lo reflejaba. Desde aquella colina se divisaban las montañas, donde la brisa iba derritiendo los últimos neveros. Era tal como recordaba Adriem su tierra natal. Sentado, apoyado en el tronco del árbol de su primer beso, miraba con nostalgia aquel bello paraje imbuido por una paz que rozaba lo sobrenatural.

Oyó que unos pasos se acercaban y Esmail se sentó junto a él. Sin mediar palabra, ella apoyó la cabeza sobre su hombro y dejó que la escena se volviera eterna. Ni una palabra, ni un movimiento... Sólo el paso del tiempo. Pero él, sin poder evitarlo, dejó que una lágrima se escapara por su mejilla y volvió la cabeza para disimularla, pero una tierna caricia le obligó a mirarla. Esmail le sonrió y lo abrazó con ternura.
- Por fin has roto tu promesa, amor mío.

Lo..., lo siento - dijo correspondiendo a su abrazo. 

- No, Adriem, soy yo quien lo siente. Te amaba tanto, y sin embargo no era capaz de comprenderte. Tus caricias, tus abrazos, tu sonrisa, tus miedos... Te quería tal como eras, pero nunca conseguí que rompieras aquella promesa que nunca te pedí. Perdóname, no fui capaz de aceptarte. Me embargó la desesperación y no tuve fe en ti, y ahora sé que fui una estúpida. Debería haberme ido contigo, pero me equivoqué.

Él intentó añadir algo más, pero ella no le dejó.

- Pero ya soy feliz. Sé que no me la merezco, pero has derramado una lágrima por mí.

- Esmail, yo nunca quise esto.

- La vida es así. El mundo nos va trazando la vida, y cada paso que damos, cada suspiro, cada sentimiento, palabra o lágrima son determinantes en ella. Por eso, cariño mío, no hace falta que derrames una sola lágrima más por mí, porque ahora soy feliz. Guárdalas para ella, que seguro que la harán tan feliz como a mí.

- Ella... - Sin saber cómo, un rostro se perfiló en su mente claramente - A ella también la he perdido - dijo cabizbajo - No pude protegerla y he vuelto a quedarme solo. Siempre pierdo aquello que más quiero. Tal vez sea mejor así.

- ¿Y volverás a huir, como siempre? -le preguntó Esmail tras unos segundos.

- ¿Huir?
Ella hablaba sin mirarlo, sólo observaba el mar. - Cuando tu madre murió me hiciste una promesa que sabías que nunca cumplirías. Era una excusa para escapar de la realidad y correr hacia adelante sin mirar atrás. Luego tu padre también desapareció, y volviste a hacerlo, pero esta vez más lejos, a Tiria. Y, sin querer, cada vez que te acercabas a tu sueño, volvías a salir corriendo. Me abandonaste porque no te veías capaz de protegerme, siempre te has sentido un inútil, pero no es cierto que lo seas. - Calló unos instantes para aclarar sus ideas y prosiguió-: Ahora que habías encontrado a alguien, la dejas escapar. En vez de sentirte culpable por no haberla retenido en la entrada del templo, por no haberla acompañado, sal a buscarla.

- Pero no sé adónde se la han llevado - dijo Adriem con voz apagada.

- Cariño... Eres un experto en perseguir sueños. ¿En qué es diferente éste? ¿Volverás a Tiria siendo consciente de que la has abandonado? ¿O vivirás sabiendo que estás haciendo lo que tienes que hacer? Siempre quisiste ser un caballero, como en la canción que tanto te gustaba, seguro que la encontrarás. Persigue tu sueño, puesto que Alma no nos da segundas oportunidades. Aunque contigo ha hecho una excepción.

-¿Excepción? - Él no entendía a qué se refería -. Dudo que le importe a Alma. Hace tiempo que le di la espalda. No creo en ella.

- No lo recuerdas, pero tú ya la has visto. Y no podemos evitar creer en lo que hemos visto.

- No te entiendo.

- No hace falta que entiendas nada, sólo vete de aquí y ve a buscarla. Recorre los caminos y ten siempre fe en cada paso, sentimiento o palabra, ellos serán el camino. Porque ella te estará esperando. No tengas prisa.

- Ellos... No querían matarla... si no, ya lo habrían hecho, pues yo no era rival para ninguno de ellos. Solo querían capturarla - dijo Adriem mirando el horizonte-. ¿Te refieres a eso?
- Claro. ¿Ves? Siempre encuentras el camino. - Ella no pudo evitar que la expresión de su cara se entristeciera-. Nuestro tiempo ya se acabó, cariño, el ciclo debe seguir y Alma me reclama. Ojala pudiera ser junto a ti. ¿Sabes? Ése fue mi deseo antes de morir, sólo espero que se cumpla. Ahora, antes de partir, prométeme una cosa.

- Lo que quieras.

- Que vendrás a visitarme. 

- Siempre que pueda, al finalizar la primavera.

- Como nuestro primer beso...

- Sí - dijo sonriendo. Y era una sonrisa sincera, carente de su melancolía. La asió por los hombros y la besó por última vez en los labios. Dejando que su perfume penetrara en él, que sus cabellos le rozasen la cara. Se separaron lentamente, y él le pidió un último favor - Cántame de nuevo aquella canción mientras aún nos quede tiempo.

Ella miró el mar mientras él contemplaba su esbelto cuerpo respirar pausadamente para entonar con su deliciosa voz las sílabas de aquella melodía...

... ¿Quién cuidará de nosotros en tan aciago destino?
¿Quién dará cobijo a las almas desamparadas?
¿Quién nos protegerá del olvido?



- Eliel

Junto a la última estrofa su nombre había vuelto de nuevo a su mente. 

Poco a poco fue abriendo los ojos desorientado. Estaba tirado en el suelo, rodeado de hierba quemada, al borde de un camino que atravesaba una llanura de verdes pastos. El cielo estaba encapotado, pero no amenazaba lluvia. Le dolía todo el cuerpo y le costaba trabajo moverse pero bajo las vendas medio deshechas las heridas habían comenzado a cicatrizar de nuevo.

Las colinas que veía al fondo le resultaban familiares. Estaba en la provincia de Krimeís, a pocos kilómetros de su ciudad natal que se perfilaba en la costa a varios kilómetros. Apenas recordaba nada después de la luz, sólo la promesa que le hizo a Esmail en aquel extraño sueño. Era una sensación muy desagradable, como si hubieran arrancado de su memoria lo que había pasado, y hubieran dejado un vacío como la dolorosa presión que aun sentía en el pecho y que le hacía respirar con dificultad.

¿Acaso era el Eco? Danae le advirtió de su enfermedad, pero no había parado a pensar sobre ello hasta entonces. Había olvidado a Esmail, el nombre de Eliel y, aunque había conseguido recordarlo, sentía que otros recuerdos había desaparecido.

Se incorporó y contempló el paisaje. Al menos aquellos caminos no los había olvidado, aunque en sus condiciones, le iba a llevar varias horas llegar hasta la ciudad.



Zir caminaba por los largos pasillos del Bastión de los Justos hasta que se detuvo ante una de las puertas y llamó con los nudillos.

- Entra, está abierto - se oyó desde el interior.

Abrió la puerta y entró en la habitación de Sophia, la  cual estaba asomada a la ventana mirando cómo el sol se escondía tras los confines del inmenso mar de nubes que quedaban atrapadas entre las montañas.

- Nunca se ve el valle, es una pena. - dijo cuando se giró para acercarse al doalfar.

- Es mejor así. Ahí abajo no hay más que tristeza. 
- ¿Ya es la hora?

- Si, debemos ir al mausoleo. Como ese valle, pronto esta pesadilla quedará oculta - sonrió satisfecho - Hemos ganado al fin.

- ¿Ganado? - suspiró - Mi amado Zir, ojalá sea tan sencillo. No hemos hecho más que tapar una brecha del problema. En quinientos años ni siquiera los dragones han podido averiguar cómo deshacerse de ella y, si para colmo, uno de ellos está en nuestra contra es cuestión de tiempo que algo vuelva a fallar.

- Kai. Ese malnacido ha sido quien nos ha obligado a actuar - apretó los puños - Deberían de hacerle frente.

- Sabes que no pueden. Quedan demasiado pocos como para irse matando entre ellos.

- De todas formas hemos atrapado a su muñeca y, mientras la retengamos la Princesa no despertará. Es una pena que no podamos deshacernos de ella - Zir se quedó mirando a la hechicera que por un momento parecía ajena a la conversación - ¿Sophía?

- Perdona - dijo volviendo en sí - Es increíble lo que ha conseguido Kai, no deja de fascinarme. En el tiempo que la pude observar no daba crédito a lo que veía… era tan… real. 

Zir hizo una mueca de desagrado ante aquella muestra de admiración ante su enemigo - Eso nos debe recordar lo peligroso que puede llegar a ser.

-¡Tú no puedes entenderlo! ¡Siempre observas y manejas datos! - La voz se le entrecortó molesta por la incomprensión del doalfar - Zir, ¿alguna vez te has preguntado que les llevó a hacer esta locura? Ese dragón dejó caer su propio reino… Tal vez deberíamos comprenderle mejor para combatirle. A fin de cuentas esto aún no ha terminado.

El doalfar la asió por los hombros. - Sophia. Hemos dado nuestra vida a nuestro señor Gebrah. Él le conoce mejor que ninguno de nosotros, así que deja que sea él quien decida los pasos a seguir. - la miró a los ojos con intensidad - Nunca permitirá que la Princesa Oscura regrese, aunque le cueste la vida.

- Y la nuestra.

- Precisamente - dijo con voz suave. 

Se quedaron callados durante unos instantes. Al final Sophia se apartó de Zir y, cabizbaja, se dirigió al mausoleo. 

- A Alma le pido que no se equivoque nuestro señor, pues nosotros seremos los primeros en caer. Y hemos sacrificado muchas vidas sólo para llegar aquí.



Unos golpes secos sonaron en la puerta. Dythjui, que comentaba con Agnes los menús de la semana y qué hacía falta comprar, se asomó desde la cocina apartando algunos trastos de los albañiles, que aún estaban arreglando la posada. Por suerte, la primera planta ya había sido restaurada por completo, y los primeros clientes empezaban a llenarla.

En la puerta principal se hallaba Melisse. Vestida sin su atuendo habitual de sacerdotisa no parecía más que una joven bastante hermosa, aunque algo en su forma de moverse señalaba su alto estatus.

- Con permiso, señorita Lezard. 

- Vaya, vaya, qué agradable sorpresa. Pasa. Y ahórrate lo de señorita Lezard, con Dythjui me basta.

Melisse se acercó a la dueña de la posada sorteando un par de calderos con algunos escombros que habían dejado los albañiles.

- ¿Qué te trae por aquí? Pensaba que después de nuestra última charla tardarías más en venir a verme - dijo limpiándose y tendiéndole una mano que la sacerdotisa estrechó cordialmente.

- Sólo quería ver qué tal iban las obras. He estado muy ocupada estos días, ha habido mucho movimiento. Además, debería disculparme, debido a los nervios no fui demasiado cortés contigo. Pero no es excusa.

- No tienes de qué preocuparte, lo entiendo. No hace falta que te disculpes por nada. La ayuda económica ha sido muy generosa. Más bien soy yo quien os da las gracias. 

Melisse se percató de que Dythjui llevaba una mano vendada. 

-¿Qué te ha pasado en la mano? 

- Nada. Un accidente de cocina, nada más. Se curará, soy una chica fuerte - dijo, quitándole importancia al asunto. 

- ¿Sabes algo de ellos? -dijo Melisse, cambiando de conversación. 

- No podías evitar preguntar, ¿verdad? - suponía que esa cuestión iba a llegar - Me temo que nada. Adriem hace días que tendría que estar de nuevo aquí… Pero estoy segura de que estará bien - la tomó por el hombro y la invitó a pasar hacia el comedor - Venga, ya que has venido, ¿por qué no te quedas a almorzar? 

- No, no, gracias. - se excusó deshaciéndose cortésmente de la invitación - Tengo aún algunos asuntos que resolver todavía.

- Tú te lo pierdes. Las crêpes de Agnes son divinas. - replicó con cierta desilusión.

- Tal vez otro día.

- Está bien, otro día. Cuídate, Melisse.

Y con un ademán de cabeza se fue por la puerta con paso acelerado. Dythjui se quedó unos instantes en silencio y echó mano a su bolsillo sacando una carta. La abrió. Estaba arrugada y parecía que había sido leída mil veces desde que le llegó, hacía apenas dos días.

- Por fin has abierto tu corazón, Adriem. - sonrió con cierta nostalgia - Por fin empiezas a ser tú mismo y, a partir de ahora deberás encontrar tu propio camino hasta ella.

- ¿Decías algo, Dythjui? - comentó Agnes desde el otro lado de la cocina.

- ¡Ah! - guardó la carta de nuevo en el bolsillo - Hablaba para mí, perdona. ¿Por dónde íbamos del menú?



Melisse subió al carruaje que estaba parado enfrente de la posada. Dentro, Rognard aguardaba meditabundo y cruzado de brazos. 

- ¿Ha habido suerte? -dijo cuando entró ella.

- No. No parece saber nada. Pero no pienso perderla de vista.

- Ten cuidado. No creo que se la pueda engañar fácilmente. - dio la orden al cochero de que arrancase y prosiguió hablando - Por alguna razón, todo se ha calmado. El Oráculo de Nara vuelve a funcionar y me han comunicado que la explosión en el templo no ha causado ningún daño irreparable. Interesante, eso sí, lo de esas puertas. Desconocía por completo su existencia. - se mesó la barbilla como de costumbre - No debemos relajarnos ahora, hay que seguir trabajando para atajar el problema. Los dragones parecen tener una disputa y ese tal Karid ha demostrado algunas habilidades que se nos escaparon por completo.

- No creo que eso importe, está muerto. - Melisse miró por la ventana las calles de la ciudad-. Es una verdadera lástima, pero es mejor así. No quiero ni imaginar qué hubiera pasado si los del Servicio Secreto se hubieran hecho con él.

- ¿Estás Segura? No encontraron restos en el foco de la explosión. Pudo haberse volatilizado pero tampoco descartaría que siguiese vivo - Rognard suspiró - Vivo o muerto creo que ha sido una pieza clave en este juego. Aun hay cosas que debo averiguar.

- ¿Te reunirás con ellos? 


- Sí. Hace más de diez años desde la última vez. Por desgracia no creí que fuese necesario convocar de nuevo a la Encrucijada.