1 de septiembre de 2014

Capítulo 17: El silencio de los recuerdos

Las puertas estaban abiertas ante él. Sobre ellas rezaba la frase "tanto puede cegarte la luz, como ciego puedes estar en la oscuridad". Adriem percibía los latidos de su corazón como único sonido reinante en aquella oscura y ancestral sala que nunca antes había visto. Apenas era capaz de ver qué custodiaban aquellas dos grandes hojas mientras, con paso hipnótico, avanzó hacia ellas. Estaba preso del miedo, mas su cuerpo se movía solo.

Una voz atronó en sus oídos...

- ¿Cuántas veces vendrás a mí? ¿Tal vez tu respuesta sea distinta hoy? - La voz provenía de todas partes, y a la vez de ninguna.

Medio cegado, vio que unas cadenas negras como la noche se arrastraban por el suelo y que, como si de serpientes se tratasen, se deslizaban buscando retorcerse por su cuerpo. Asustado, Adriem dio media vuelta para salir de allí.

No había dado medio paso cuando se tropezó con alguien. Eliel.

- ¡Tenemos que salir de aquí! - Hizo ademán de agarrarla para empezar a correr, pero ella se apartó y se se quedó mirándolo detenidamente.

Cuando se fijó en sus ojos, fríos, distantes, carentes de ningún sentimiento; se dio cuenta de que detrás no estaba la mujer que conocía pese a que era idéntica en todos los aspectos.

- ¡¿Quién eres tú?! - dijo, retrocediendo poco a poco. La presencia de aquella mujer le encogía el corazón y engullía incluso el miedo que había sentido a aquello que hubiera tras las puertas.

- No tengas miedo, no quiere hacerte ningún daño - dijo ella con voz suave. - por ahora. - empezó a caminar hacia él sin prisa.

Adriem fue retrocediendo hasta tocar la pared con la espalda. Acorralado, no era capaz de apartar la mirada de aquella extraña doalfar que se parecía tanto a Eliel. Su instinto le gritaba que huyera, pero la presencia de aquella extraña parecía que ocupaba toda la sala.

Ella se acercó hasta apoyar su cuerpo contra el suyo y le abrazó con fuerza. Un fortísimo escalofrío le recorrió todo el cuerpo al notar el frío contacto de su piel.

- Quédate aquí, olvídate de esa muñeca que quiere parecerse a mí - le dijo en un susurro sensual al oído -. Ella acabará encerrada en estas puertas y nunca más la recordarás. No tienes por qué sufrir.

Al saber que se refería a Eliel, se impuso a su propio miedo y la empujó con fuerza, tirándola al suelo. Ignorándola, miró las enormes hojas que poco a poco se iban cerrando.

- ¡No, espera! - corrió hacia las puertas pero unas cadenas le asieron de una pierna, tropezando y dándose de bruces contra el suelo. - ¡No! - las cadenas empezaron a recorrer su cuerpo, apretándole en un abrazo de frío metal.

La doalfar se puso ante él, pero ahora su aspecto era mucho más joven. Él trataba de avanzar, estirando el brazo en un vano intento de alcanzar las puertas, hasta que el pie de la niña, con una fuerza inusitada para alguien tan pequeño, le pisó y aplastó los dedos contra el suelo. Un grito de dolor escapó desde lo más profundo de sus entrañas al notar como se rompían los huesos de la mano.

- Eres incapaz de entenderlo. Eres cómo Arshius - levanto el pie y volvió a pisotearle la mano. Apretó los dientes y ahogó el grito de dolor - ¡Te pareces tanto que me das asco! ¡Muérete de una vez! ¡Desaparece! - Le empezó a golpear sin compasión.

Los ojos de Adriem, aún abrumados por el dolor de los golpes, vieron algo detrás de ella, en el centro de las puertas, justo antes de cerrarse… La bota de la niña le golpeó en la cara y algo crujió antes de volver todo oscuro, silencioso y sin dolor.





Con un alarido de terror Adriem se incorporó del catre. Aquel sueño lo había dejado empapado en sudor. Levantó la mano y vio que temblaba. Nunca había tenido una pesadilla semejante, tan terrible, tan real... Los recuerdos comenzaban a diluirse poco a poco, a la vez que iba siendo más consciente de dónde estaba.

Parecía una celda. Aquel profundo hueco no tenía ninguna ventana por donde entrara la luz por lo que ni siquiera sabía si era de día o de noche. Sólo se atisbaba una puerta metálica con una pequeña mirilla por la que entraba un débil destello del exterior.

Se palpó y notó varias vendas se habían aflojado. A juzgar por el dolor que surgía de alguna de las heridas había vuelto a abrirse. Por suerte ni siquiera les hizo falta dispararle, debido a su lamentable estado, para reducirle. Gruño al tratar de ajustarse una de las vendas y cesó en el empeño. En aquel viaje ya era la segunda vez que pisaba una celda y empezaba tornarse en una mala costumbre. Se incorporó lentamente y fue descubriendo nuevas zonas de dolor por todo el cuerpo.

Tenía mal sabor de boca, mezcla del mal sueño y de estar probablemente más de un día sin comer. Pasaron minutos o tal vez fueron horas. No importaba, él estaba allí, en ese mundo sin luz y sin tiempo, sin saber si Eliel estaba bien. ¿Qué precio tenía la pobre doalfar? Había algo en ella, no le cabía duda, pero qué podía ser para llegar a ese extremo se le escapaba. Su mente era un hervidero de ideas pero ninguna le parecía válida. No le extrañaba que le asaltasen las pesadillas.

Unos débiles pasos se fueron haciendo más fuertes a medida que se acercaban. Varias voces hablaban en doalí, pero pese a que Adriem conocía bastante bien el idioma, no conseguía descifrar sus comentarios, distorsionados por el eco de aquella galería.

La luz comenzó a filtrarse por debajo de la puerta, y el sonido seco de la cerradura al abrirse dio paso al chirriar de las bisagras. Casi cegado por la luz del quinqué que portaba en la mano el recién llegado, Adriem se mantuvo de pie, apoyado en la pared a duras penas.

Con cara cansada y ojerosa miró a su visita. Un doalfar, de pelo corto y cara de no querer estar allí junto a un común. Lo miro de arriba a abajo con un cuaderno bajo el brazo.

- Siéntese. - le dijo sin la más mínima cortesía.

Se sentó en el catre, cabizbajo.

- Muy bien... - Miró sus notas - Adriem Karid. Me gustaría que me contara qué le ha traído desde las lejanas tierras occidentales hasta aquí y, por supuesto, tratar de entrar sin autorización y por la fuerza, en un templo shaman.

- Lamento el altercado con sus guardias. Pero antes que nada, por favor, dígame si la novicia Eliel está bien - dijo rascándose la barba - , sólo le pido eso.

- No voy a revelar a un prisionero ningún dato sobre nuestros shamans. Limítese a responder a mis preguntas y haremos todo esto mucho más rápido.

- No hay mucho que le pueda contar. Venía escoltando a su novicia e insistí en querer verla. A partir de ahí, sabe la historia. - le miró desde detrás de los mechones de su flequillo. La trémula luz del quinqué daba a la celda un aire sombrío y peligroso- . ¿Está bien Eliel Van Desta?

- No estoy autorizado a darle esa información.

- ¿Por qué no? La intentaron secuestrar en Tiria ¿le ha pasado algo? - comentó impaciente.

Su interrogador se quedó observándole en silencio esperando una respuesta. No parecía tener la menor intención de atender la petición de Adriem y este hecho le hizo intuir lo que más temía.

- No saben dónde está. - La voz de Adriem era casi inaudible. Un gran pesar cayó sobre sus hombros.

- Saque las conclusiones que quiera pero esto trata de su incidente en la entrada del templo. Si no tiene nada más que alegar en su defensa me temo que se quedará unos días y luego será expulsado del país. Por suerte la frontera está cerca - ironizó.

Los ojos se Adriem se fijaron en el doalfar. Una rabia incontenible comenzó a fluir por sus venas y el dolor que atenazaba su cuerpo fue desapareciendo. El doalfar retrocedió unos pasos, pero no le dio tiempo a esquivar el movimiento del común que, levantándose rápidamente, cogió al shamán por el cuello y lo empotró contra la pared. Los ojos de Adriem se clavaron a escasos centímetros en los de su visitante.

- ¡Mientras tú y yo estamos teniendo esta cordial conversación, Eliel puede estar en peligro, maldito doalfar! - Perdigones de saliva salpicaron la cara del doalfar.

La puerta se abrió de golpe y el vigilante entró encañonándole con un fusil con cara de dispararle sin miramientos al más mínimo movimiento.

Adriem se calmó tras unos segundos de tensa espera mientras el interrogador se apartaba poco a poco hacia la puerta agarrándose la garganta dolorida.

- Si por mi fuera haría que te dispararan aquí mismo, asqueroso común. - hizo una señal al guardia para que lo dejara y le acompañara fuera de la celda - Deberías preocuparte más por tu vida.

La puerta se cerró y la oscuridad volvió a reinar. Los pasos de aquel hombre se alejaban, acompañados por los del vigilante mientras, recostado en la cama, atenazado de nuevo por el dolor, Adriem yacía gimiendo de impotencia.



Meikoss, sentado sobre la cama de la habitación que le habían proporcionado tras su amistosa “charla” en el patio, tenía la vista fija en la reja que cerraba la ventana, la cual daba a uno de los acantilados donde descansaba el edificio. Ningún elemento más componía el mobiliario de aquella habitación, estucada en cal hacía ya demasiado tiempo a juzgar por los desconchones que había provocado la humedad. Según le había parecido entender era una de las celdas en las que los shamans se encerraban para orar y meditar, pero a diferencia de ellos, no estaba por su propia voluntad.

Aburrido, se entretenía mirando las privilegiadas vistas de las montañas que le ofrecía la pequeña ventana.

Tanto tiempo allí lo llevó a plantearse si se habrían olvidado de él. Sólo confiaba en que se siguieran acordando por el momento de darle de comer, como hacían puntualmente dos guardias, bromeó para sí mismo.

El ruido de la puerta al abrirse lo sacó de sus pensamientos. Intentó borrar su sonrisa; los doalfar solían ser muy serios.

El mismo shaman que lo había llevado allí estaba en el umbral. Sin más ceremonia se acercó hasta él tras cerrar la puerta.

- Mi nombre es Arlen Van Teral, mano derecha del sumo maestre de Nara.

- Soy Meikoss Sherald, hijo del consejero personal del canciller de Detchler. – Dudaba si el hecho de ser invitado por tan alto cargo era un honor o un problema, y más siendo un doalfar.

El doalfar se cruzó de brazos y entornó la mirada - ¿y qué hace un noble detchliano acompañando a una de los nuestros? Los comunes soléis profesarnos la misma simpatía que nosotros os damos, por lo que me extraña verte tan al norte de tus tierras. ¿Tiene algo de especial nuestra novicia?

- ¿Especial? No... no, por supuesto que no. Tan sólo la acompañaba como muestra de buena voluntad, nada más.

- Entiendo - Se mesó la barbilla y se quedó pensando.

Se sintió incómodo ante aquel largo silencio. Si era un interrogatorio era el más extraño al que había asistido.

- Que tuviera un salvoconducto de Lord Gebrah no le da derecho a interferir en los asuntos del templo. Su actitud ha sido… poco amable, pero tenga en cuenta como nuestra gratitud, que no está en un calabozo - dijo al fin pero sin demasiado entusiasmo. - Será nuestro invitado y procuraré que su estancia sea lo más cómoda posible - le dijo abriendo la puerta e ignorando la petición del humano.

Meikoss sabía que querían retenerlo aislado más tiempo para darles ventaja. ¿Habría escapado Eliel? Confiaba en que sí, pero por ahora él ya no podía hacer nada más. Podía dar gracias de haber salido bien parado de aquella locura. Con todo, era el mejor trato que podía esperar.

Aceptaré su hospitalidad encantado - dijo haciendo una ligera reverencia.

- Volveré más tarde, señor Sherald, otros asuntos reclaman mi atención. Entonces le pediré que me cuente su encuentro con la invocación que atacó el pueblo. - dijo cerrando la puerta tras de sí.



El débil sonido de una gotera acompañaba el sueño de Adriem. Estaba agotado y pese a que el dolor de sus heridas había menguado considerablemente no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Casi no había comido y la desesperación le roía la mente y el cuerpo entre ensoñaciones. Pero la última fue diferente.

*****
//Año 494 E.C.

Algunos cascotes cayeron tras la gran explosión mientras el joven caía al suelo, de rodillas, con el gesto desencajado y sangrando por los oídos, boca y los lacrimales.

Adriem, con apenas quince años observaba atónito cómo aquel compañero de escuela que había estado acosándolo durante tanto tiempo estaba tumbado en el suelo ante él. No recordaba qué había pasado momentos antes, todo se limitaba a un amasijo entremezclado de recuerdos confusos. Unos golpes, insultos, la carrera hasta allí, perseguido, más golpes, la rabia que crecía en su interior y después... sólo un estruendo, una luz y un violento dolor de cabeza...

Era incapaz de discernir la realidad... Él no había hecho nada..., él no... Y cayó, inconsciente. El último sonido fue el de su cuerpo al impactar contra el suelo.



Ese dolor de cabeza seguía presente cuando se despertó. Estaba totalmente desorientado, no conseguir recordar que había pasado. Poco a poco fue abriendo los ojos. El cielo estaba encapotado, y una luz grisácea inundaba la estancia, mientras la lluvia arreciaba contra los cristales, dándole un aspecto fantasmal. Junto a la cama donde se hayaba, una esbelta figura lo miraba con ternura y preocupación. Esmail.

- Lo he visto - dijo con una voz casi inaudible, como si temiera que él la oyese. Adriem se mantuvo en silencio -. No te preocupes - prosiguió, nerviosa-, nadie tiene por qué saberlo. Será nuestro secreto.

Ella se volvió despacio y lo miró. Los ojos de Adriem apuntaban a sus manos, pero realmente lo que observaba estaba mucho más allá. Trataba de recordar aquella luz que había visto, pero era un recuerdo turbio que no conseguía concretar. La mawler siguió mirándolo, esperando que él reaccionara. Pero nada pasó, tan sólo el tiempo.

Se abalanzó sobre él y lo abrazó, apretando su cuerpo contra el suyo, como si quisiera que su espíritu penetrara dentro de él, aunque él no sentía nada. Había un frío vacío en su interior.

- Adriem, puedes llorar si quieres... - 

Él siguió en silencio, impasible. No hubo respuesta.

- Por favor, dime algo... ¿Qué ha pasado? Tengo miedo, lo que hiciste a Claude fue... - sus manos temblaban

- No lo sé - Quería sentirse mal por lo ocurrido pero no lo conseguía. - No te preocupes, Esmail, estoy bien.

- No, Claude es el que no está bien. El médico no sabe si se recuperará y tengo miedo, podría haber muerto. ¡No me digas que no me preocupe! Llora, al menos, hazlo por mí. - Las lágrimas de ella empezaron a desbordarse-. Yo necesito hacerlo. Lo más seguro es que no vuelva a andar, tú..., tú lo has...

- ¿Para qué? Mis lágrimas no le harán andar de nuevo. No pienso romper la promesa que te hice - dijo con una voz cansada y carente de emoción - No volveré a llorar.



- ... ¿y desde entonces no has llorado? Eso es mucho tiempo. - La escena se había congelado y daba la sensación de que se desarrollaba en blanco y negro, excepto Adriem y Dythjui, que estaban de pie junto a la cama observándoles.

- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás en mis recuerdos?

- Con gusto me iría, pero no puedo. - dijo apenada - Hace mucho frío, este lugar está helado, ¿no crees? - dijo mientras se frotaba los brazos. - ¿Cuánto hace que no vienes aquí? No hace tanto tiempo de esto, apenas seis años, pero parece una eternidad.

- No es un lugar al que quiera volver, pero desde que recordé la canción... Ahora me doy cuenta que ni tan siquiera la volví a escribir - dijo cabizbajo.

- ¿Y para qué ibas a escribirla? Ella no iba a leer tu carta - dijo encogiéndose de hombros.

- ¡Eso no lo sabes!

- Claro que no, recuerda, lo sabes tú. - suspiró abatida - es todo por esa estúpida promesa que le hiciste. Ni siquiera el Eco tiene tanto poder como para borrar un recuerdo así.

-¿Promesa? -dijo Adriem molesto.

- Recuerda, todas las lágrimas que no vertemos se nos pudren en el alma.

- ¡Cualquiera puede llorar! Hay que ser fuerte para no hacerlo - dijo exasperado.

- Creo que te equivocas, el verdadero valor está en ser lo suficientemente fuerte para poder llorar. - suspiró con vehemencia. - ¿Tú crees en lo que acabas de decir? Deja de mentirte, Adriem Karid.

Adriem se quedó pensativo, en silencio, dejando que aquellos recuerdos le helaran la piel. Hacía mucho de aquello, pero le parecía que la escena había sucedido el día anterior. Cada cuadro, cada rincón de aquella habitación se había grabado a fuego en su corazón. La muchacha que tanto había querido se había quedado sentada al lado de él, quieta, como una bellísima estatua policromada. Con ojos cálidos le observaba. Probablemente era lo único cálido en aquella estancia. Incluso él emitía helor, pero ella quería derretir aquel hielo con su ternura... y él nunca le dejó.

Se volvió hacia Dythjui, pero se había desvanecido, dejándole a solas de nuevo en aquel recuerdo.

Pasaron unos segundos que tal vez fueran horas. Contemplaba a aquella mawler, y un sentimiento de nostalgia, como una lágrima ahogada que surge desde lo más profundo del corazón, le hizo temblar. Se había negado a sí mismo muchas veces pensar sobre su partida a Tiria. Nunca trató de volver ni de enviarle una carta y no sabía el por qué, después de la marca que aquella mujer dejó en su corazón. El dolor que causó lo había herido de muerte. Sus labios articularon unas palabras que surgían desde el recodo más profundo de su ser mientras la abrazaba.

- Lo siento mucho, perdóname.

Ella se movió ligeramente y le correspondió su abrazo.

*****

Los pasos de un pequeño grupo de personas resonaron por las viejas catacumbas. Arlen odiaba bajar hasta aquellas grutas húmedas en las que se hallaban los cimientos de parte del complejo y que conformaba túneles que vertebraban todo bajo tierra. Algunas de las galerías fueron usadas durante la gran guerra, ya que ni los templos sagrados se libraron de la militarización, y aquel enclave fue una prisión idónea pese a la oposición de los shamans. Siglos después aquel lugar había vuelto a albergar a un preso.

A su lado, el doalfar que había estado interrogando al prisionero recomendaba una y otra vez que su magnánima eminencia no se mezclara con comunes.

- Mi señor, reconsidérelo. Yo mismo averiguaré lo que deseéis, no tenéis por que bajar y que os manchéis las manos.

- Precisamente es el motivo de mi visita. Desconozco por qué el maestre no deja que lo echemos del templo y pienso averiguarlo. - le lanzó una mirada inquisitiva - Así que dejad de insistir, mi decisión es firme y tú serás muy, muy discreto.

Se detuvieron al lado de la puerta de la celda y dio un par de pasos hacia atrás dejándole camino a su superior - Como ordenéis.

Tras dos giros de la llave por parte de uno de los dos guardias la puerta crujió y se abrió, dejando que la débil luz de los candiles penetrara en el interior.

- Adriem Karid - dijo dirigiéndose hacia la sombra que, acurrucada sobre el camastro, parecía dormida - , despierta común, tenemos asuntos pendientes que tratar.

Ni siquiera tenía los ojos cerrados, sino que estaba con la mirada perdida, medio oculta por sus desaliñados cabellos agarrándose la cabeza en posición fetal. Entre dientes susurraba con la voz ronca - Esmail, Esmail...

*****

El abrazo de ella era muy intenso. Adriem se sintió sobresaltado, ya que aquellos recuerdos parecían cobrar vida. Ella le respondió:

- Claro que te perdono, amor mío, tú no tienes la culpa. Te sentías desorientado, sé que nunca quisiste hacerme daño.

- No, te equivocas, Esm...

Ella no le dejó seguir hablando y lo besó con ternura en los labios. Se separó poco a poco de él y le acarició la cara. Adriem pudo percibir durante unos instantes un ligero tono rojizo en los ojos de ella...

- Me hubiera gustado tanto que hubieses vuelto junto a mí... Que hubiésemos envejecido en la ciudad de nuestra niñez, y que nuestros hijos hubiesen jugado en los prados en los que tú y yo compartimos tan bellos momentos. - Calló un momento y dio un apenado suspiro -. Pero me temo que no va a poder ser.

- Claro que puede ser. Regresaré a casa y por lo menos podré pedirte perdón...

- Pero si eso ya lo hiciste - dijo apenada, como quien va a destrozar la ilusión de un niño-. ¿También lo has olvidado?

- No digas tonterías, nunca volví de Tiria - un nudo se hizo en su garganta - Te abandoné y me equivoqué, y nunca tuve el valor de volver - dijo Adriem con los ojos empañados.

Le acarició la mejilla con ternura. - Tus recuerdos están tan rotos... Pero has de recordarlo, aunque te duela.

La miró directamente a los ojos y se vio reflejado, pero sus ropas eran otras. Era su yo de hacía un par de años...

*****
//Año 497 E.C.

Nervioso, avanzaba por las calles del pueblo que había abandonado sin mirar atrás. Era el primer permiso que había tenido desde que se alistó en la guardia urbana y, pese a que hubiera preferido quedarse descansado en Tiria, tenía que volver a verla. Se sentía culpable por las últimas palabras que le dijo cuando se despidieron. Fue muy duro con ella y debía, al menos, disculparse.

Bajó la calle que daba a la panadería, directamente desde la estación. Ya habría tiempo de ir a su casa, pero antes que nada tenía que superar ese mal trago. Iba a ser muy duro, pero había reunido todo su valor con la esperanza de al menos poder volver a empezar como amigos.

Giró la esquina y, tratando de aguantar el desayuno en su estómago revuelto por los nervios, entró en la pequeña panadería. Era tarde, aunque le sorprendió ver la zona del mostrador sin nadie para atender a los clientes.

Tosió en un intento de llamar la atención de alguien, hasta que una voz de hombre desde la trastienda, la zona del horno, respondió - Ya voy, un momento, por favor.

Se extrañó, la voz le era familiar pero no era la del padre de Esmail. En el fondo le aliviaba, prefería no ver a su familia.

- Hola, ¿qué desea...? - el hombre, más o menos de su edad, que caminaba ayudándose de un bastón, se quedó sin habla al verle. Su tez palidecía por momentos.

- Claude. ¿Qué haces aquí? - probablemente su cara también había perdido su color.

- Trabajo aquí ayudando al señor Catsins, pero lo mismo podría decirte... - su expresión enrojeció - ¡Vete de aquí! ¡Desaparece, no eres bienvenido! nadie te quiere en este pueblo, sobretodo después de saber lo que hacías. Esa... Magia - dijo golpeando el bastón contra el suelo.

- No, espera - dijo comprendiendo su enfado - Me iré de aquí, pero dime ¿dónde está Esmail?

- ¿No lo sabes, monstruo? - aquel apelativo sin duda le dolió pero no iba a empezar ahora una discusión.

- Tan solo dímelo, sólo quiero hablar con ella y me iré.

Se quedó mirándole, meditando la respuesta y al final habló, pero con una sonrisa que le estremeció - Muy bien, te lo diré. La encontrarás en la colina de los acantilados, al este, creo que sabes cuál es.

- Sí, por el camino viejo. Gracias de verdad y...

- Ahórrate lo que tengas que decir. Tienes tu respuesta, cumple pues tu palabra y vete de aquí.

Era inútil seguir aquella conversación. Así pues, asintió y abandonó la panadería sin decir nada más, para tomar el antiguo camino de la costa hasta aquel lugar donde tantas veces se había reunido con Esmail. Sin duda era extraño que estuviera allí concretamente, pero su mente estaba más ocupada en qué iba a decirle cuando al fin se encontraran cara a cara.

Aquellos recuerdos se tornaron borrosos, como un cuadro cuya pintura se deshacía presa de un fuerte calor. Adriem se veía en la colina, con la cara desencajada mientras la voz de Esmail le hablaba con voz acongojada.

- Me sentí tan mal por no poder acompañarte... Tenías razón, me aterraba ese poder, como a todos los del pueblo, pero a la vez te quería y no pude sobreponer ese amor a mis propios temores y te perdí. Supe, cuando cerraste aquella puerta, que no ibas a volver. Y pese a todo, me volví a equivocar.

- Esmail... - decía mientras aquel recuerdo que Adriem veía en tercera persona, como un espectro que se limitaba a ver un pasado que había olvidado. Nada podía hacer, salvo volver a sentir aquel dolor que había encerrado en lo más profundo de su ser.

- Adriem... Me suicidé tres meses más tarde de que partieras.

Todo se tornó en una espiral sin sentido. Junto al árbol bajo el que se besaron por primera vez estaba una lápida ante la que Adriem había caído de rodillas con todas sus esperanzas e ilusiones destrozadas. El viento arreció y se llevó la imagen de él mismo como sí fuera arena mientas el cielo se oscurecía, completamente encapotado por densas y negras nubes, arrojaba una lluvia intensa sobre la frondosa hierba y, bajo una de las gruesas ramas, el cuerpo de Esmail se balanceaba colgado de una soga, totalmente empapado. Las gotas resbalaban por sus mejillas.

Allí estaba de nuevo él, ante el cuerpo sin vida de aquella mujer que una vez amó.

Una gran presión ahogaba su pecho. Quería llorar, pero no podía; había olvidado como derramar lágrimas; quería destruir esa escena, que dejara de existir, pero ella lo miraba desde la soga. Nada importaba ya... Nada

- ¡No! ¡No, por favor! - gritó apretando los puños contra el suelo que parecía querer tragarle. El dolor era insoportable. Apretaba los dientes debido al  remordimiento, hasta el punto de que le costaba respirar. - Yo quería pedirte perdón y ver tu cara de nuevo, pero no así. Fue mi culpa. Te... Olvidé.

- Escúchame. No te atormentes por ello porque ni Alma nos devolverán el tiempo que estuvimos juntos por mucho que te maldigas. Pero aún puedes volverla a verla. Quién ocupa tu corazón ahora. - dijo la voz de la mawler susurrada por el viento. - Has de ser feliz, Adriem, por los dos.

- La he perdido como a ti. Me la han arrebatado y no... Esta vez no lo permitiré... Se dónde encontrarla - dijo casi en un gemido mirando los ojos sin vida del cuerpo ahorcado. Sintió que una herida se abría en lo más profundo de su corazón y destrozaba sus entrañas irremediablemente. Algo se rompió dentro de él y después ya no hubo dolor, rabia, odio... Nunca escribió cartas porque ya sabía que no las iba a responder, nunca volvió porque ya estuvo allí, nunca la pudo olvidar porque sabía que ella ya no existía para recordarle.

La desesperación lo devoró todo hasta dejar su consciencia engullida por una oscuridad fría y absoluta. Apenas podía escuchar de nuevo los engranajes de aquel reloj en un eco que se desvanecía junto a la voz de Esmail, que le suplicaba que le escuchase.

*****

Cuando volvió a oír su nombre reaccionó. Fue girando poco a poco la cabeza hasta que su mirada se encontró con la del shaman. Los ojos de él brillaban con un fulgor rojo en su iris que intimidó al doalfar que, involuntariamente, retrocedió unos pasos.

- ¿Qué..., qué significa esto? - Una oleada invisible atravesó la estancia. El aire se volvió turbio, y todo alrededor se deformó como si la roca de las paredes fuera arena.

- No puedo perderla... Otra vez no... - Las palabras del común parecían carecer de sentido. Ni siquiera le estaba mirando a la cara - ¡No la perderé otra vez! - gritó con un alarido desesperado a la vez que la piedra de alrededor se agrietó por una presión invisible - ¡No lo permitiré! - centró su mirada al dar cuenta al fin de la presencia del doalfar y le atravesó con la mirada.

- ¡¿Qué… qué poder es este?! - apenas tuvo tiempo a decir más cuando los dos guardias irrumpieron en la celda con los fusiles prestos.

Ante los ojos de Arlen la escena apenas duró un parpadeo. Con una rapidez inusitada agarró el arcabuz del primer guardia y lo volteó para golpearle con su propia culata en la cara derribándolo al suelo con la nariz rota y noqueado.

Cuando el segundo se disponía a disparar desde la puerta el común ya estaba ante él apartando con el arcabuz, que se había apropiado, el cañón con un golpe seco y, antes de que tan siquiera pudiera apretar el gatillo, un fuerte codazo en la cara y un rodillazo en la boca del estómago lo dejó fuera de combate.

Aquel común había noqueado en un momento a los dos guardias, pero no iría mucho más lejos. El consejero del maestre echó mano de su cinto y sacó un pergamino con un conjuro de fuego que, por precaución, acostumbraba a llevar siempre encima.

Las runas se iluminaron y su objetivo a tan corta distancia, no tardaría en ser un montón de huesos carbonizados. Aún tenía al otro común para averiguar lo que necesitaba saber.

La mano de Adriem se extendió hacia el pergamino en un acto reflejo y cerró el puño. Al instante, y ante el estupor del doalfar, las runas se quebraron y apagaron sin provocar ningún efecto. Ante él se habían quedado un montón de garabatos inconexos.

- Esto… no es magia… es… - pese a todo su poder ahora no era más que un pelele a merced de aquel común que hace un momento era su prisionero. - Por eso venciste a la invocación…

Adriem parecía no escucharle. Se limitó a arrancarle el pergamino de las manos y asirle de la muñeca alzándolo contra la pared mientras le luxaba el brazo. Trató de revolverse para librarse de la presa, pero el común le empujó contra la pared, demostrando mucha más fuerza y pericia en el combate cuerpo a cuerpo que el poderoso doalfar que, sin poder usar más conjuros, apenas podía musitar algo con la cara apoyada contra la fría roca.

¡Dime dónde está! - le gritó Adriem al oído.

- ¿Quién? - respondió con dificultad mientras oía como el shaman que les había acompañado y que se había mantenido fuera corría a avisar al resto de la guardia.

¡¡Eliel!! ¡¿Dónde está?! - su voz se quebraba por la desesperación.

- No… no lo sé… desapareció… hace tres días - respondió con dificultad.

- No. Ella está aquí, puedo sentirla - aflojó ligeramente la presa - Ya sé dónde está. Esas puertas están aquí.

- ¿Qué dices? - cómo había sabido de la existencia de las puertas lo desconocía, - ¡Te equivocas! - le advirtió - ¡Esa no es Eliel!

No pudo decir nada más, pues Adriem le golpeó con fuerza contra la pared, nublando su conocimiento. Su cuerpo caía al suelo mientras las pisadas se alejaban corriendo por los pasadizos. Cualquiera se perdería entre aquel laberinto de catacumbas, pero si ese común encontraba las puertas… No podría abrirlas.

Aún era demasiado pronto.