30 de julio de 2014

Capítulo 16: Las puertas del olvido

El sol, que tímidamente se asomaba entre las nubes, iluminaba el patio principal del enorme templo, en cuyo centro geométrico se hallaba el oráculo El anciano salió, tan rápido como le permitía el bastón. A su encuentro se acercó su consejero alarmado.

- Eminencia, no debería correr – le sugirió - ¿y la joven novicia?

- La he enviado a sus aposentos, no quiero que nadie se acerque a su habitación ni la moleste. Un guardia se encargarán de su seguridad.

- Tal vez se innecesario usar a un hombre de la guardia para protegerla, este templo es seguro. Si lo desea, yo mismo me puedo quedar con ella - se ofreció.

- ¡Es totalmente innecesario! Tienes asuntos que tratar y para eso están, para salvaguardar a las gentes de este templo. - dijo molesto su superior - Ahora deja de importunarme, tengo un asunto urgente que tratar.

El consejero dudó por unos instantes, tratando de encontrar una excusa para replicarle, pero al final hizo una reverencia aceptando la orden – Como desee eminencia. Si por al visita de esa mawler, le espera en…
- Se donde me espera, gracias - dijo ablandando su tono - Aunque no lo parezca, es una visita muy importante, no pretendía alzarte la voz.

- No se preocupe, maestre. Faltaría más que yo le tuviera que perdonar nada.

El anciano le dio unos golpecitos en el hombro con gesto de aprobación y prosiguió su camino, volviendo a mostrar un gesto serio que no el pasó del todo inadvertido al consejero.





Eliel caminaba detrás del guardia que la conducían de vuelta a su habitación. Estaba muy preocupada por sus compañeros de viaje que la aguardaban en el pueblo. No parecía que en el templo la fueran a dejar salir tan pronto como ella quería y, tan siquiera, podía contactar con ellos por el momento.

Por un momento, entre sus pensamientos, le pareció escuchar una voz que le era familiar pero no pudo reparar en ella, pues en esos momentos el guardia se detuvo. A su encuentro, un shaman caminaba  acompañado de un humano y otro guardia.

Se quedo perpleja al ver allí a Meikoss y la sonreía algo nervioso.



Adriem, cansado de esperar a que alguno de los dos comensales volviera, optó por subir en busca del aspirante a caballero. Fue a tocar en la puerta, pero comprobó que estaba tan sólo entornada. Dentro no había nadie.

Echó una ojeada a su alrededor. Estaba la bolsa de su ropa, algo revuelta, un sobre abierto sobre la cama y, lo más extraño, estaba su sable en su sitio.

¿Dónde se había metido? Por la ventana se veía el templo pero allí, sin autorización, era inútil tratar de entrar. Tomo lo que quedaba de la carta y la puso a trasluz. El papel era áspero y grueso, parecía bastante artesanal, y tenía los retos de un sello lacrado roto con un símbolo que ya había visto antes. Se sentó en la cama pensativo y se lo guardó doblándolo con cuidado en el bolsillo. No tardó mucho en recordar el escote de Sophía y aquel pequeño tatuaje. ¿Qué había entre esos dos? Algo seguía sin encajar bien y no le gustaba esa sensación de paranoia.

Giró de nuevo la vista hacia la ventana, no sin que su hombro le recordara la profunda herida que aun tardaría en cicatrizar. Allí estaba el templo, observándole, imponente e infranqueable sobre los riscos de la montaña… 



El guarda que escoltaba a Eliel saludó marcialmente a los recién llegado.

- El común Sherald quiere ver a la novicia Van Desta. - dijo el shaman.

- Mi señor, he de llevar a la novicia directamente a su estancia. Órdenes directas del maestre - alegó el guarda.

- Entiendo, pero viene con un salvoconducto de Lord Gebrah.

- Lord…. Gebrah… - dijo sorprendido el guardia - Entiendo, mi señor - y se echó dos pasos a un lado.

Eliel miró interrogativa a Meikoss que se acercó a ella sin perder de vista a los guardias.

- Mi querida Van Desta, que alegría poder verte - la tendió la mano y la doafar se la estrechó con cortesía - Ha sido una suerte saber de ti. Tu familia gozará de alegría cuando sepa que estás sana y salva.

Aprovechó para acercarse un poco más y apartarla a un lado. Lo suficiente para hablar con discreción, bajo la antena mirada de los dos guardias y el shaman.

- ¿Có… cómo has conseguido un salvoconducto de… un dragón? - dijo perpleja.

- Eso ahora no importa - no dejaba de sonreír aunque su tono fuera grave - Estás en una trampa y tienes que salir del templo.

- ¿Qué? - bajó inmediatamente la voz cuando los otros doalfar la miraron - ¿Estás loco? Esto es un templo shaman, aquí estoy segura.

- No lo estás.

- ¿Cómo lo sabes? - ella entornó la mirada. No tenía sentido.

Meikoss tragó saliva - Porque yo he sido cómplice de esa trampa… lo siento. Nunca te tendría que haber traído al templo.

Ella le miró estupefacta. ¿Él también? No podía creérselo, no era posible. Pero la expresión del aspirante a caballero, con la mirada baja, confirmaba lo dicho.

- El tiempo se ha acabado, común - dijo el shaman, y los dos guardias se acercaron a él.

- Perdóname, Eliel. - la sonrió - Él estará en el pueblo, no sabe que he venido. Así que ahora… ¡corre!

Cuando uno de los guardias le puso la mano en el hombro para apartarle recibió un fuerte codazo en la cara que lo hizo retroceder, momento en el que Meikoss se giró para embestirle. Poco duraría esa injusta pelea, en la que los dos guardias, por sencilla mayoría, consiguieron reducirle, no sin darle unos cuantos golpes.

Aprovechando la confusión, asustada, Eliel se escabulló por entre las columnas de la porticada que había a escasos metros de ellos. Comenzó a correr, sin saber aún en qué dirección cuando el shaman se percató y le ordenó detenerse. No estaba dispuesta a quedarse para saber si era una trampa o no. Quería salir de aquel lugar y estar junto a la única persona que la hacía sentirse segura.

Se internó por el edificio para tratar de darles esquinazo. Cambió varias veces de dirección, empujó a otros novicios, atravesó una de las cocinas y salió por una de las puertas de abastecimiento, hasta resbalar por las escaleras de piedras húmedas por la nieve y aterrizar sobre el suelo helado. Con el vestido manchado de barro y el culo dolorido, se parapetó detrás de unas cajas vacías, apiladas en aquel patio trasero que daba a una de las caras escarpadas de las montañas.

No había nadie y pudo distinguir perfectamente los pasos de uno de sus dos guardaespaldas que se asomaba al patio y echaba un vistazo. Contuvo la respiración, acelerada por la carrera y el miedo, cubriéndose la boca con las manos y acurrucándose para evitar que el vaho de su aliento la delatara. Pasaron unos segundos interminables en los que su perseguidor acabó por darse la vuelta y volver corriendo dentro del edificio.

Se levantó poco a poco asegurándose y, casi a gatas, se acercó a la pared escarpada. Ante ella había un muro de piedras de unos cuatro metros. Sin mejor garantía que su accidentada caída cuando trató de huir de la habitación en la que le había encerrado Adriem, no pudo evitar sonreír al poner las manos sobre la roca fría y resbaladiza y darse cuenta de los paralelismos entre ambas situaciones. 

Aunque esta vez fue con mayor fortuna cuando, para su tranquilidad, consiguió agarrarse a unos matojos que crecían en el borde superior y arrastrarse hasta arriba. Miró hacia abajo con sus ropas completamente sucias y una mezcla de alivio, vértigo y orgullo le sacudió el cuerpo. No podía creer que hubiese sido capaz de escalar aquella pared.

Tras echar un vistazo a su alrededor se percató de que era una terraza abandonada a su suerte en la parte más profunda del complejo. Desde allí no se veía nada, pues estaba tapiado desde hacía bastante tiempo a juzgar por la vegetación que cubría los pocos adoquines. Se hallaba en el lado contrario al que quería ir, no podía bajar de vuelta y si escalaba por el otro muro para bajar, podrían verla con facilidad, por lo que la única salida era por otro lado del patio, sin contar con el acantilado que daba al exterior, un viejo edificio excavado en la roca del cual sólo emergían las columnas de su fachada principal. Era sencillo, carente de cualquier adorno o decoración, cuya piedra, a causa del frío y la humedad que bajaban por la pared de la montaña, había perdido el lustre y el acabado que debió de tener hacía siglos. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando una bocanada de aire frío surgió de su entrada, como si fuera exhalación de un gigante dormido.

Se acercó con paso cauteloso. Tal vez aquel edificio tuviese salida a otro lado del templo y por allí buscar una nueva salida. Probablemente no era la mejor idea que había tenido, pero no se le ocurría ninguna mejor. 

Llegó a los diez escalones que bajaban a lo que quedaba de la puerta, algunos trozos de madera podrida que estuvieron decorados con tallas florales. Asomó la cabeza y se internó en la oscuridad palpando con la mano la pared para guiarse.

Cuando sus ojos se acostumbraron, la débil luz grisácea que entraba por la puerta le permitió, ver las sombras de dos hileras de finas columnas a lo largo de la nave central, que desembocaba en una bóveda bajo la que había un altar de piedra. Complejas estructuras rúnicas a modo de adornos recorrían las baldosas.

-¿Runas de protección? - dijo para sí en voz baja. Pero estaban muy maltrechas y hacía mucho que nadie les había imbuido energía, por lo que eran inofensivas. 

Echó mano de lo que le quedaba de la tiza de argentano. Estaba mojada y muy gastada, debía de usarla con mucho cuidado. Trazó una sencilla runa en la palma de su mano, se concentró, y creó una pequeña esfera de luz que alumbró a duras penas aquel lugar. 

Sus pasos resonaban en la nave, cuyo techo estaba vertebrado por nervios de piedra, que a diferencia del exterior sí estaban decorados con relieves. En las paredes, frescos que representaban a antiguos nobles y caballeros.

Tras llegar al altar, observó como que había otra escalera que descendía aún más. Al acercarse, notó que una suave brisa fresca surgía de abajo, tal vez una salida, por lo que se armó de valor y bajó por la enrevesada escalera hasta lo que parecía la cripta de aquel templo abandonado.

Al llegar al último escalón, ante ella se abrió una sala en cuyas paredes se veían los huecos de varios nichos, en los que reposaban ataúdes de piedra. Al fondo, una enorme puerta, de unos tres metros de altura y de doble hoja, recubierta con un extraño mineral blanquecino sobre el que habían tallado el relieve de una hermosa dama de largos cabellos. Ésta sostenía entre sus manos, a la altura del vientre, una llama enroscada en forma de esfera, que, según la tradición, representaba a Alma. A su alrededor, los signos zodiacales trazaban un círculo perfecto. También había una inscripción en rúnico, antiguo idioma que usaban los dragones y que los shamans aprendían, la cual rezaba: 

“Tanto puede cegarte la luz, como ciego puedes estar en la oscuridad” 

Remataban tal obra de arte, a modo de guardianas, dos esculturas de dos metros de alto ataviadas con las túnicas de los shamans y los ojos vendados, una con gesto suplicante, elevando sus manos al cielo, y la otra con gesto iracundo, cerrando el puño con ademán amenazante. 

Casi había llegado a la puerta cuando unas pisadas que bajaban por la escalera la sobresaltaron. Su eco era lento pero constante y la luz tenue de una lámpara emergía hasta la sala, recortando la silueta de un doalfar que le era, por desgracia, conocido.

- Las Puertas de Nara, princesa. Deberían serle familiares - dijo Zir mientras apoyaba el quinqué para manejar mejor su sable.

Retrocedió al ver como desenvainaba el sable y hasta dar con la espalda contra las puertas.

- ¿Por qué? Yo no he estado aquí antes – sostenía en la mano con la tiza y notó como, pese al frío, comenzaban a sudar.

- No, es aquí donde está en realidad – le señaló las puertas con el sable. - ¡Esa es su tumba, Eraide! – apretó los dientes y la ira impregnó sus palabras - Princesa Oscura. 

-¿Qué dices? - un nudo se hizo en su garganta - ¡Yo no soy... ella! - Aquella risa impertinente volvió a susurrarle al oído. - ¿Cómo has entrado en el templo?

- Este templo está bajo la protección de mi señor, tu misma has venido hasta nosotros. No hay escapatoria, así que se buena y ven conmigo, no sufrirás daño alguno. - pese a sus amables palabras su expresión era severa - Hubiera sido más fácil si hubieras entrado en la habitación, pero aún estás a tiempo de hacer las cosas bien. Apártate de esa puerta.

Apretó la espalda contra la pared y se preparó para realizar una invocación lo más rápido posible, pero sus manos temblaban y la tiza estaba mojada, por lo que cayó rompiéndose contra el suelo. - No... - miró como se quebraba en pequeños trozos inservibles mientras Zir se acercaba a ella sonriente ante aquel golpe de suerte.

- Nadie ayudarte – aquella sonrisa le detuvo el corazón. - Ríndete.

- No... no – apretó los dientes. Las lágrimas de rabia empañaban sus ojos – ¡Dejadme en paz de una vez!

- Sin argentano y sin ese común… ¿qué vas a hacer?

Sin dejarle acabar se lanzó contra él tratando de golpearle, algo que Zir solucionó con un rápido movimiento que la derribó sin piedad contra el suelo.

- Inútil, no eres más que una burda copia – envainó el sable consciente de que no lo iba a necesitar.

Tosiendo se fue levantando. Las lágrimas resbalaban por su mejilla hasta caer en el suelo, mezcla de odio e impotencia. Gritó por el dolor que le oprimía el pecho, quebrado por el llanto. - ¡Cobardes!

Ignorando su acusación trató de agarrarla pero unas runas aparecieron de la nada, entre los dos y a una velocidad pasmosa se conformó una estructura completa que supo reconocer cuando el zorro azul, su propia invocación, se manifestó. 

- ¿Otra vez ese molesto bicho?¿Cómo demonios lo has hecho? - dijo Zir desenvainando.

El zorro comenzó a gruñir y a mirar a Zir con odio. Pero, de repente, una especie de tañido, como el de una campana, atronó desde detrás de las puertas, haciendo vibrar toda la sala y el alma de Eliel, obligándola a apoyarse con las manos en el suelo. Las runas dibujadas se quebraron, cambiando por completo su estructura. El zorro comenzó a gemir, revolviéndose por el suelo, con los ojos en blanco. 

Zir, ligeramente desconcertado, dio unos pasos atrás. La modesta invocación de la novicia se estaba transformando. Su cuerpo se hinchaba y deformaba para, al final, enroscarse al rededor de la sala, abarcando a los dos doalfar, con la forma de una especie de dragón blanco. Su apariencia era majestuosa, con unos fulgurantes ojos azules que clavaban su mirada en el doalfar mientras abría boca, mostrando sus afiladas fauces. Un sobrenatural gruñido heló la sangre de ambos, no sólo por el miedo, sino porque parte de la sala se había cubierto de escarcha.

Asustada, no podía dejar de mirar criatura en que se había convertido su invocación.

- Ulimi… - dijo con voz temblorosa.



En la oscuridad de la sala donde estaba alojado, el Oráculo de Nara comenzó a chirriar y alguno de sus engranajes se movió torpemente, mientras una débil luz volvió a brillar en su interior.



Zir retrocedía poco a poco ante aquel imponente ser que tenía ante sí mientras Eliel buscaba refugio tras la criatura, aún dolorida por el golpe. 

El doalfar se avanzó tratando de buscar un flanco por donde no le pudiera atacar con facilidad, pero aquella especie de dragón, semejante a los que se ilustraban en los cuentos orientales, se retorció rápidamente y lanzó una dentellada que, si bien no llegó a morderle por escasos centímetros, le golpeó lanzándolo contra una de las paredes.

La criatura se giró y abrazó al doalfar en una dolorosa presa con la cola, que lo envolvía casi por completo. Zir notó como empezaban a crujir sus articulaciones y el sabor de la sangre le inundó la garganta.

Gritó de dolor con voz ahogada por la presión. No pudo sostener el sable entre las manos y cayó al suelo, provocando un tintineo que resonó en las puertas metálicas.

-¡¡Nunca os perdonaré!! - exclamó exasperada Eliel. Las lágrimas recorrían su rostro mientras apretaba los puños en una confusa mezcla de miedo, odio y desesperación que devoraba todos sus sentidos. Ella no había invocado esa criatura... no sabía hacer que las runas aparecieran sin más... pero no tenía importancia. Estaba cansada.

La invocación respondió a sus pensamientos y recrudeció la presa sobre su enemigo que gritaba por el intenso dolor.

- Vuelve a casa - dijo el viento al oído de la asustada novicia -. Tienes miedo y necesitas de mí para sobrevivir. - La voz le heló la sangre a Eliel. Aquella niña que vio en Torre Odón la hablaba desde detrás de las puertas – En casa estarás a salvo. Ven conmigo y nadie podrá herirte. - se rió con la falsa inocencia que le otorgaba su cálida voz infantil - Ni siquiera él. 



Caminaba tan rápido como le permitía su dolorido cuerpo, cruzando el puente sobre el río donde se bifurcaba el camino. Se detuvo un momento para recuperar el aliento y se ajustó el cinto del que colgaba el sable.

No le había costado mucho averiguar en el pueblo por donde se había ido, primero Rulia y luego Meikoss. Si le habían dejado atrás sin avisarle nada bueno podía estar pasando.

Apretó los dientes y tomo el camino que ascendía al templo con paso veloz. Estaba débil y herido, no sabía que iba a encontrarse ni tan siquiera como entraría. Notaba como se le hacía un nudo en el estómago. Fuera lo que fuera, a Alma rogaba llegar a tiempo.



La cola del dragón aferró todavía más la presa sobre Zir mientras este seguía gritando de dolor ante una Eliel atónita por la voz que le susurraba al oído desde las puertas. Sabía que el doalfar no tardaría en sucumbir y que su vida estaba en sus manos.

- ¿Por qué dudas? Nos ha estado persiguiendo y debe morir – le decía la niña - ¿Acaso ya has olvidado el dolor?

La imagen de Adriem vino a sus pensamientos. Su voz, su sonrisa distraída, su gentileza e incluso sus impertinencias hacia ella. Cada momento que había estado con él era un frágil pero preciado tesoro que se escurría de entre sus manos y se rompía contra el suelo, provocándole un dolor que le desgarraba el corazón. Quería volverlo a ver, pero mientras la estuvieran persiguiendo, acabarían matándole. Ya poco importaba quién era ella en realidad o el qué... él no podía estar junto a ella.

Extendió las manos y sintió el enlace con la criatura. Fue cerrando los dedos lentamente y notó el cuerpo, frágil y a su merced, de aquel hombre que no había cejado en su empeño en perseguirla. Como si de un fantasma fuera, la imagen de la niña apareció ante ella y con suavidad posó sus manos sobre las suyas invitándola a cerrarlas aún más.

- ¿Puedes sentirlo? Esto es lo que tanto temen de ti, puedes saltarte las reglas de este mundo sin consecuencias y por eso te odian y te envidian. - comenzó a apretar sus manos con más intensidad, hasta el punto de clavar sus dedos – No son nada más que títeres de Alma.

- Yo... - notaba la presencia de cada ser que había a su alrededor y cómo poco a poco la vida de su enemigo se iba extinguiendo. Tan sólo con mover ligeramente los dedos se rompería y esa sensación la hizo sonreír con un placer que no había conocido hasta entonces. Aquel poder... emergía desde lo más profundo de su ser y la extasiaba hasta el punto de devorar el dolor de su corazón.



- Tú nunca harías daño a nadie



- ¡No! - Eliel abrió las manos sorprendida al recordar esas palabras de Adriem en el balcón de Torre Odón.

Al unísono, la criatura draconiana desapareció, dejando a su presa que caer de bruces contra el suelo, mientras la niña se desvanecía ante ella, mirándola con rencor.

La tensión del momento se transformó rápidamente en agotamiento, y las piernas de Eliel fallaron y se dejó caer de rodillas. Gotas de sudor resbalaban por su cuerpo, y su corazón, que palpitaba como loco, le obligaba a respirar aceleradamente y con dificultad. 

Zir trataba de incorporarse, pero su cuerpo no se lo permitía. Por lo que Eliel cruzó la sala dejando tras de sí aquellas puertas. Justo antes de tomar la salida, con algo de aliento recuperado, le miró de nuevo para cercionarse que no la iba a seguir.

- Si no te detenemos... volverá a pasar otra vez - dijo Zir arrastrándose hacia ella tosiendo sangre.

Con paso inseguro, Eliel acabó de subir la escalera que daba a la nave principal del templo. Todavía estaba nerviosa debido a lo que acababa de vivir, y la vista se le nublaba. Al fondo, vio que las puertas estaban abiertas y un par de figuras familiar avanzaban por la nave central hacia ella. 

Las figuras, pese a estar recortadas por el contraluz, eran inconfundibles. Rulia, acompañada del maestre Lorastal, venía hacia ella. Se alegró sobremanera de encontrarles, tal vez habían venido a ayudarla.

Corrió hacia ella ignorando el protocolo hacia su superior.

- Rulia, cómo me alegro de verte. – Calló unos instantes para coger aire, mientras sus ojos se empañaban – Dime, ¿cómo está Adriem? ¿y Meikoss? ¿estás...? - dijo de forma incoherente, pero enmudeció al ver la cara casi inexpresiva de Rulia. La miraba a los ojos una forma diferente, fría, y parecía no escuchar lo que ella le contaba-. ¿Qué sucede? 

El maestre la rodeó y se puso a su espalda. El golpe de su bastón contra el suelo hizo eco en la gran nave  - He cumplido mi parte.

- No como habíamos acordado, pero mi señor Gebrah sabrá recompensar tus inestimables servicios.

- Sophía debemos irnos - dijo Sayako con impaciencia mientras entraba en la cámara.

- ¿Sophia? -dijo Eliel mientras se apartaba de ella. - Rulia… tú estás con ellos… - la sensación de alivio desapareció consciente de la trampa.

- Se acabó, no lo hagas más difícil de lo que es - se acercó y la asió por la muñeca.

La doalfar recordó cómo la había agarrado la niña. Todos querían atraparla y llevarla contra su voluntad. Sacudió el brazo y la empujó para correr hacia la salida. Dispuesta a pasar por encima de aquella mawler que acababa de entrar si hacía falta. Pero cuando la sobrepasó, sin saber cómo, notó que algo la cogió del cuello y la derribó. 

Eliel, conmocionada, se quedó sin aliento por el violento golpe contra el suelo, gracias a un rápido movimiento de la mawler. Se levantó, mirando desafiante a su oponente. Ya no le había argentano, con lo que no tenía muchas opciones, salvo una. Dispuesta a jugarse el todo por el todo, apoyó las manos en una de las runas del suelo para proporcionarle energía. Desconocía por completo cuál sería el resultado mas no le quedaban más alternativas. Pero fue inútil, pues antes de que pudiera canalizar una brizna de energía, una fuerte patada impactó en la boca de su estómago. 

Hecha un ovillo en el suelo, intentaba coger aire como si fuera un pez fuera del agua, ya que el golpe la había cortado la respiración. La agarró por la cara para fijarle la mirada en ella.

- Ya has hecho suficiente, princesa – le dijo con su fuerte acento oriental.

Trató de removerse, con lo que recibió un fuerte cachete que le giró la cara con tanta fuerza que se quedó noqueada.

En el frío suelo veía las figuras borrosas que la rodeaban y poco a poco sus oídos se taponaban. Acertaba a escuchar cómo preguntaban por Zir, cómo el maestre los iba a sacar a los caminos kresáicos sin que les vieran... y el silencio que la sumergió en el sueño propio de la inconsciencia.



Adriem se detuvo ante las dos guardianas que le cerraron el paso. Trataba con amabilidad de convencerlas de que le dejaran pasar, pero como si de repente hubiera olvidado de hablar doalí, le ignoraron completamente. Sólo silencio y los fusiles prestos. No iban a dejar pasar a un común como él por las buenas sin un buen motivo. Acarició el pomo del sable y suspiró. Si usaba cualquier tipo de poder se arriesgaba a perder sus recuerdos. Por desgracia su otro un argumento era el sable y no iba a ser muy convincente contra dos armas de fuego.


Pero no podía quedarse de brazos cruzados sin saber qué había pasado. Tragó saliva, tomó aire… y desenvainó.