9 de julio de 2014

Capítulo 15: El precio de la palabra dada

Tras tomar la bifurcación se desviaron hacia el templo, dejando a un lado la pequeña población y trepando, por aquella senda retorcida por la escapada colina sobre la que se erigía. Los caballos tiraban con fuerza del carro con algún que otro resbalón debido a los viejos adoquines que tapizaban la ruta desde tiempo inmemoriales.

- No sé si antes deberíamos descansar en el pueblo. - comentó Eliel hacia Meikoss – A fin de cuentas por un día más que tarde en llegar no va a haber diferencia alguna. Adriem ya está bien.

- Será mejor que no tengas a los shamans preocupados más tiempo. Recuerda que luego te acompañaremos hasta Hannadiel. - no quiso mirarla mientras respondía. Seguía concentrado en el camino, recordando la conversación que tuvo hace tres días en la noche de Torre Odón.

***

Acariciaba inconscientemente con la mano el pomo del sable, dispuesto a atacar si hiciera falta a aquella extraña criatura y a la hechicera antes de que pudieran reaccionar. Caminó lentamente, a sabiendas del peligro de su situación, siendo dos enemigos en potencia para él solo, pero tenía que averiguar cuáles eran sus intenciones y el por qué del engaño.

- Sophía, ¿no es así? - torció los labios en una mueca socarrona que enmascaraba sus nervios - ¿Y quién es tu amiga?

- ¿A qué esperas? Deshazte de él – apremió la arlequín sin tener aún fuerzas para levantarse del suelo.

- ¡Calla! - le ordenó la hechicera. Su gesto se relajó y con una sonrisa afable se dirigió a Meikoss – Lo siento, no sabe tener la boca cerrada. En efecto, mi verdadero nombre es Sophía y ella – le lanzó una mirada de desprecio a su compañera – es Idmíliris.

- ¿A qué viene todo este teatro? ¿Qué queréis en realidad? ¿Tal vez el viejo negocio de secuestrar al noble? Lo siento, pero pese a su posición mi padre no ostenta una gran fortuna.

Sophía comenzó a reírse, cosa que le molestó de sobremanera, pues no sabía dónde estaba el chiste.

- No, Meikoss, tú no tienes nada que ver en todo esto, sólo eres un espectador ocasional – esta afirmación lo contrarió aún más – pero podríamos hablar de tu papel en esta función ¿no crees? ¿Qué hace el hijo del consejero de Detchler viajando en un triste carromato camino del norte? ¿Qué esperas encontrar en Hannadiel?

- No me respondas con otra pregunta – resopló airado – Limítate a hablar si no quieres... 

- Vamos, acaba la amenaza – le retó la hechicera – Te considero un tipo listo, así que no me atacarás sin saber que tienes la victoria en el bolsillo. Es como cuando retaste a ese imperial en la plaza de Dulack, lástima que no pudiste advertir de antemano que tenía ese poder... Así que, sin saber de qué soy capaz no osarás retarme si no te ves obligado – se veía confiada en sí misma – Te responderé claramente, vamos tras Eliel.

- ¡Sophía! - la mirada de la arlequín desaprobaba claramente la respuesta. 

Pero la hechicera no se dio por aludida y siguió hablando. - Es una disputa muy antigua entre la nobleza kresaica. No tengo intención de que lleguemos hasta Hannadiel, sólo quiero que Adriem se separe de ella para tener la oportunidad de llevarla ante mi señor. No va a sufrir ningún daño, pero el imperial se ha interpuesto cada vez que nos hemos acercado de una forma u otra y eso, querido Meikoss, debería de preocuparte a ti también.

- ¿A mí? ¿por qué debería?

- Vamos, Meikoss, te repito la pregunta ¿Qué esperas encontrar en Hannadiel? - ella le sonrió con una pizca de malicia y supo a qué se estaba refiriendo, por lo que bajó un poco la vista para evitar que le mirara tan directamente a los ojos.

- Te gusta – dijo con absoluta certeza Sophía – pero no la puedes tener. Adriem siempre va a estar en medio.

- No, no tiene por qué ser así. ¿Qué va a hacer un simple guardia de Tiria frente a mí? Yo soy... mejor que él. Ella...

- Ella no te va a elegir a ti, lo siento – su expresión mostraba cierta compasión que le irritaba aún más.

- ¿Y tú que sabrás? - no entendía como osaba compararle.

- Es fácil, porque he visto como le mira y ella le ama, eso es más fuerte que todos los títulos y destreza que puedas mostrar. - caminó hacia él lentamente mostrándole las palmas en un gesto de no agresión – Volverás de Hannadiel sin haber rozado sus labios y sin nada que ofrecerle a tu padre - miró de reojo a Idmíliris –. Alguien me ha dicho que busca tierras con las que estrechar lazos de cara a la guerra, de una forma u otra. ¿Tendrás que darle la razón en sus planes?

Cómo demonios podía saber de lo que hablaron él y su padre era algo que no conseguía comprender pero, absorto en esa duda, la hechicera llegó hasta él y posó su mano sobre la suya que acariciaba el pomo del sable.

- Mi señor es un poderoso noble kresáico, puede ofrecerle a tu padre lo que ansía si nos ayudas, lo único que has de hacer es quedarte a un lado. No te interpongas y nos encargaremos de llevárnosla con nosotras en cuanto sea el momento oportuno. No tienes que hacer nada y sólo ganas, ¿no crees?

- Ya me has engañado una vez, no voy a confiar en ti ni en tus promesas – replicó él.

- No puedes, pero debes. Cuando lleguemos a Nara la decisión estará en tu mano – le apretó la mano – Si decides olvidarte de ella llévala al templo, nada más. Es allí a donde tiene que ir y todo se resolverá plácidamente. Lo último que quiero es entrar disputa con Adriem y menos con Eliel, aunque no has sido consciente, que esa niña haga magia es muy peligroso, sobretodo si se desespera. - le clavó la mirada - Pero también podrás delatarme, huir con ella o lo que te plazca, pero recuerda que Adriem irá con vosotros y esta cuestión será menos amistosa. Ya has visto como ha quedado tu compañero de viaje y Danae sólo enfrentándose a Idmíliris… ¿Crees que tendrás alguna oportunidad frente a las dos? Me caes bien aunque no te lo creas, Meikoss, y en un combate tú eres el que caerá primero - le señaló la espada - Sólo con eso tienes muy pocas opciones. Así que, no me decepciones y se un chico listo.

Dio un paso atrás y se apartó de ella tratando de ocultar su temor ante la amenaza – Si tu señor es alguien importante, por ahora, aceptaré tu palabra y no te delataré hasta Nara. Tómalo como un gesto de buena voluntad por mi padre, pero no voy a quitarte el ojo de encima. Ni a ti ni a tu amiga.

- Por ella no te preocupes – se giró hacia Idmíliris que con dificultad ya estaba en pie. - Estaremos en calma hasta Nara.

- Hasta Nara – puntualizó de nuevo Meikoss mientras invitaba a la hechicera a caminar delante de él de vuelta al pueblo, dejando atrás a la arlequín con cara de preocupación.


***

El carro se detuvo ante las dos enormes columnas que eran los únicos restos de lo que tuvo que ser una gran puerta de entrada al complejo. La piedra se había alisado por la lluvia, quedando apenas algún relieve de los los ornamentos labrados que las jalonaban, únicos testigos de un tiempo ya olvidado. Cerca reposaban algunas piezas de lo que en su día debió ser un friso, pero que ahora languidecían pasto del matorral que crecía alrededor del camino.

Custodiando aquel lugar se hallaban dos doalfar, ataviadas con una ligera coraza de un metal que reflejaban la tenue luz con preciosos brillos en su pulida superficie, sobre una camisa acuchillada en tonos blanco y azul, a juego con unos pantalones bombachos. Llamaban la atención los fusiles que, al igual que la coraza, estaban adornados con grabados florales en tonos dorados y ocres de una artesanía excepcional. Eran un poco antiguos pero parecían en perfecto estado y funcionales.

Eliel, con un gesto de la mano, recomendó a Meikoss que frenara los caballos.

- Nos os dejarán pasar, a partir de aquí tendré que ir yo sola.

- Un momento, ¿estás segura? -dijo Adriem. No se sentía muy convencido de dejar ir a la doalfar tras todo lo ocurrido.

- Meikoss tiene razón. Llevo desaparecida muchos días, será mejor que informe de que estoy bien, además este templo pertenece a mi orden, no hay lugar más seguro para mí. - La doalfar saltó al suelo para dirigirse hacia una de las guardianas – Hablaré con el consejo de Nara, para que avisen en Coril de lo que ha pasado, y podremos seguir con el viaje. Con un poco de suerte, ellos me llevarán hasta casa y no tendréis que pasar por Kresaar – dijo con una sonrisa que no engañó a Adriem.

- No hace falta ni que nos despidamos. Estaremos alojados en la posada del pueblo, así que no te preocupes por ella, Adriem - comentó el aspirante a caballero con tono seco.

La doalfar asintió y avanzó hacia las guardianas. Veía como se alejaba, sin mirar hacia atrás, y notó una punzada en el pecho. Aquella imagen le dolía  - ¡Eliel! Espera.

La joven novicia detuvo sus pasos y se giró hacia él - ¿Sí? - su sonrisa era distinta y fue como un bálsamo para su dolor.

Se quedó en silencio, había sido un acto reflejo llamarla y, ahora que pensaba sobre ello, no sabía qué añadir - Pues... - dudó, para después decir un sencillo -: Hasta luego. - Sintió que la angustia volvía a oprimirle el pecho.

- Gracias. - Ella vaciló un poco y se acercó. Se quedó mirándole a los ojos ensimismada en un momento que le pareció eterno y fugaz al mismo tiempo – Nos veremos enseguida, Adriem. - se acercó y sus labios rozaron los suyos, en un beso breve y suave como el caer de una pluma que le transportó a aquella noche, mas cuando quiso volver en sí ella ya estaba ante las guardianas.

Le dedicó una última sonrisa y sacó un colgante plateado con una flor de cuatro pétalos grabada en plata.

- Soy la novicia Eliel Van Desta, de la escuela de Coril, por favor, deseo hablar con el superior del templo.

La guardiana contempló el colgante y, tras examinarlo unos segundos, se echó el arcabuz al hombro y la acompañó, dejando a su compañera al cargo, que no dejaba de mirar con atención aquella caravana de comunes que había dado la vuelta de regreso al pueblo.

Se quedó mirando como Eliel se iba alejando por el camino hasta que desapareció de su vista al llegar al primer edificio en pie.

- Deberíamos irnos – dijo la comerciante que había estado contemplando la escena con silente satisfacción – Aunque no sea época de peregrinos tenemos que asegurarnos habitación en la posada.

La miró en silencio y subió al carro. No pasaba nada, se repetía una y otra vez mientras descendían por el camino y dejaban tras de sí aquel imponente templo encaramado entre las montañas.



Habían pasado tres días sin saber nada de la novicia shaman y Adriem dedicaba las mañanas a pasear por los alrededores del pueblo, con la chaqueta abotonada por completo y las manos en los bolsillos, protegiéndose del frío que, pese al sol, bajaba de las montañas. Era molesto, pero le permitía mantenerse entretenido en vez de pasar las horas en la posada como hacían Meikoss y Rulia, los cuales apenas le daban conversación. Echaba de menos a Eliel.

Llegó hasta la orilla del río que con aguas turbulentas, bajaba entre las rocas atravesando el valle. Se detuvo y observó las edificaciones exteriores del templo que se veían desde allí. Los muros y los edificios que asomaban por la cima de la colina eran muy antiguos, varios siglos habían torneado aquellas paredes de piedra que se fundían con la montaña. Se quedó mirándolo, como si de un momento a otro fuera a ver a la doalfar, pero desde allí era imposible. Negó con la cabeza y se maldijo por tener tan vana esperanza, pero en la tranquilidad de aquel pueblo, que en esa época del año casi parecía fantasma, nada podía atenuar el lento discurrir del tiempo. 

Habían tardado mucho más de lo que había calculado Dythjui en llegar hasta allí y no le iba a dar tiempo a volver antes de que se agotara su permiso de vacaciones. Tendría que haber descansado aquellos días, sin embargo estaba a varios cientos de kilómetros, en mitad de la montaña, y completamente agotado.

Seguramente tendría que trabajar muy duro para recuperar el tiempo perdido, además de tener que soportar una interminable bronca a lo largo de varios días. El incidente de Makien y su ausencia sin justificación le iban a pasar factura y el comité disciplinario sería inflexible. Debería olvidarse de cualquier ascenso en bastante tiempo, pero en aquel lugar, sus aspiraciones a ocupar un cargo más importante en la guardia urbana, parecían lejanas. Distaba mucho de ser aquel muchacho que abandonó Puerto Victoria, pero tampoco tenía la sensación de haber llegado a ningún sitio. 

Suspiró y un halo de vaho salió de entre el cuello de su chaqueta y lo arrastró el viento.

- Esto no es lo que soñaba, Esmail.

La única respuesta fue el mismo viento de las montañas que bajaba desde el norte. Tenía que pensar qué iba a hacer cuando llegaran a Hannadiel... 

Se sentó en una roca que sobresalía entre la maleza al borde del río. Pasó la mano por su cara para tratar de despejarse y centrar de nuevo sus pensamientos, pues no era capaz de llegar a ninguna conclusión. Llegar hasta Tiria había sido muy duro y, de repente, notar que no había dejado nada atrás en aquella ciudad pese a todos sus sacrificios le hacía sentirse desorientado.

Tal vez fuera el momento parar en esa carrera y volver a casa para empezar de nuevo. Aunque tenía miedo de saber qué se iba a encontrar tras tanto tiempo desde que la dejó… ¿Había merecido la pena? Hacerse tan sólo esa pregunta, aún sin respuesta, ya era bastante doloroso.

Cerró los ojos y escuchó de nuevo el viento de las montañas y el agua que discurría por entre las rocas, para darse cuenta de que arrastraba una melodía familiar que poco a poco se fue haciendo más clara en sus recuerdos con la voz de su antiguo amor.



La dama busca.

El caballero se desata.

Él busca en los brazos de la princesa el consuelo.
El destino los traiciona.

La época de decidir se acerca.

La dama busca.

El caballero se desata.

El elegido para rebelarse contra el destino duda.
Él puede destruir lo que conocemos.

Pero puede salvar nuestro sueño.



Dejó de percibir cuanto había a su alrededor y aquel susurro se convirtió en una canción que con voz cristalina le acariciaba el oído.



El caballero por su amor redimió lo que nos quitó.
Sólo su amada lo sostiene.

Sólo su amor lo aguanta.

La justicia será su ley.
Su vida ya no es suya.

Su determinación, la roca.

Su amor, la arena.

La verdad es mentira.

La mentira, verdad.

La oscuridad lo avisa.
El amor lo pierde.

Por su amada, por su amada.

Pobre de él, pues lo ha perdido todo.
Su vida, destruir el destino.

Su recompensa... nada.

La princesa, en su inocencia, nuestros sueños nos robó.
Su llegada dará la vida,
y para algunos será olvido.

Vida y muerte en tierra y cielo.
Y será semilla
que florecerá en su alma de niña, triste y sola,

con la flor de oscuros pétalos.


La princesa acompaña la muerte, la resurrección el olvido.
Desafía las tinieblas.

El regalo del caballero la debilita.

El regalo del caballero la fortalece.

Se apoya en su amor;

Pero su corazón la traiciona.
¿Encontrará el caballero a la princesa traicionada?
¿Quién cuidará de nosotros en tan aciago destino?
¿Quién dará cobijo a las almas desamparadas?
¿Quién nos protegerá del olvido?
¿Quién será ella?

¿Amará o rasgará corazones?

La muerte aguarda la resurrección.



Acabada la canción, prosiguió un silencio. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido, pero Adriem sintió por alguna razón que era lo contrario, había vuelto a avanzar después de muchos años. Esbozó una sonrisa melancólica…

- ¿Por qué la había olvidado? - Dijo para sí. Se levantó lentamente y se quedó mirando el templo mientras recuerdos de su niñez se le amontonaban en la cabeza. Sus ojos se empañaban por un dolor intenso que surgía desde lo más profundo de su ser. 

Se mordió los labios al recordar el beso de la doalfar. Si quería seguir adelante debía volver a empezar, tenía que enfrentar los fantasmas de su pasado para poder tener un futuro, tal vez, junto a ella...



Eliel se cepillaba el pelo con la calma habitual de los doalfar en la pequeña habitación que le habían facilitado. Delante de aquel espejo comprendió hasta qué punto había echado de menos aquella tranquilidad. El ritmo de las últimas semanas la había dejado exhausta.

Nada más llegar le ofrecieron ropas más acordes con su condición de novicia para que deshiciera de aquellos “harapos propios de comunes” tal y como la sugirieron. Seguramente antes los habrían tirado sin pensar, pero era la ropa que le había comprado Adriem, por lo que allí estaba, fregándola en el baño mientras la elegante túnica de novicia seguía doblada sobre la cama.

Tras descansar durante toda la noche y parte del siguiente día, se sentía nueva. Era como si entre los suyos se hubiera vuelto a encontrar a sí misma. Aquel día la iban a recibir dos shamans para que les contara qué le había pasado y, a decir verdad, estaba un poco nerviosa. Unos golpes secos en la puerta la sacaron de su trance.

- Sí, ¿quién es? - respondió saliendo de sus ensimismamiento ante el espejo.

- Novicia Van Desta, la están esperando. - dijo una voz masculina tras la puerta.

- De acuerdo, gracias.


Se echó la capa por encima, que había terminado de secarse sobre la estufa, para resguardarse del frío y salió. 



- ... hasta que llegué aquí. Quería pedir permiso para ir a mi hogar y ver a mi familia antes de volver a Coril. Necesito descansar unos días y seguro que mis padres podrán pagarme el viaje hasta la escuela, pero antes de llegar a casa, debía informar de lo ocurrido. Por lo que pido humildemente que entregue este paquete a mi superiora, ya que sus mensajeros lo llevarán más rápido a su destino - concluyó la novicia sin haber levantado la mirada ni una sola vez ante su superior, el gran maestre del templo.

Sobre el escritorio estaba el paquete con los libros que había recogido en Tiria. La sala se encontraba en el corazón del gran edificio donde estaban las habitaciones, el comedor, los despachos y un gran claustro. En la sala había una mesa lo suficientemente grande como para acomodar a más de diez comensales, pero ahora sólo dos estaban sentados a ella, lo que le daba un aspecto desangelado y frío a aquel encuentro.

- Sin duda has obrado bien, novicia - dijo el anciano doalfar, que como mandaba la tradición, llevaba una fina y larga barba, símbolo de su alto cargo. - Celebramos todos que estés sana y salva. La noticia alegrará a nuestros hermanos de Coril. - hizo una pequeña pausa y se atusó la barba pensativo - ¿No tienes la menor intuición de qué buscaban tus perseguidores?

- No, en absoluto. - mintió Eliel. Si decía que iban tras ella la guarecerían allí hasta averiguar por qué y no podría continuar el viaje a Hannadiel. No quería fiarse de nadie más que de Adriem para llevarla a casa.

- ¿Así que estos son los libros que te encargó tu superiora? Tal vez sea eso lo que buscaban. - El maestre se aceró el paquete y lo examinó -. Si es así, puede que tenga relación con el problema del Oráculo. Nos movemos a ciegas, no sabemos quién puede ser nuestro enemigo, tenemos que averiguar sus intenciones para ir un paso por delante.

- ¿Qué le ocurre al Oráculo? Si me permite el atrevimiento - dijo Eliel con voz temblorosa, debido a que su curiosidad podría costarle una reprimenda.

Se quedó en silencio desviando su mirada del paquete hacia la novicia que temía haber hecho una pregunta inapropiada. Sin abandonar su gesto de seriedad le respondió - Tras todo lo sucedido será una necedad fingir que nada. Si tu directora te encargó esta misión y confió en ti, haré yo lo mismo, novicia.  Huelga decir que nada de esto podrá salir de estas paredes.

Eliel asintió nerviosa - Por supuesto, gran maestre. Su confianza me honra a mí y a mi apellido.
- Desde hace sesenta y cuatro días, el Oráculo de Nara se ha detenido.

Eliel abrió los ojos con una expresión de absoluto asombro.

-¿Co... cómo es eso posible? - no podía creérselo.

- La herramienta que nos permitía ver los hilos del destino no funciona y, si antes caminábamos a tientas, ahora estamos ciegos ante el futuro. Acontecimientos aciagos nos esperan – sentenció el anciano.



Meikoss sorbía los restos del caldo de pollo que le había servido la camarera con un inusitado silencio. Mientras, Rulia miraba cómo el frío empañaba los cristales del comedor de la posada y Adriem removía lentamente la infusión de hierbas relajantes que le habían recomendado.

- ¿Un oráculo? - dijo mientras sacaba el canastillo de la infusión, retomando la conversación.

- Sí. No me digas que nunca has oído hablar de ellos - dijo Meikoss, sorprendido, mientras apartaba a un lado el tazón.

- No, creo que no. - se recostó sobre el respaldo de la silla y le dio el primer sorbo. Estaba algo amarga, así que frunció los labios y optó por acercarse el azucarero para ponerle remedio.

- Increíble, los imperiales deberíais saber más de estas cosas. - El aspirante a caballero se acomodó en la silla-. Existen tres Oráculos conocidos en el continente, uno muy al norte, en Noraik Ard, otro en las islas del oeste… Gawi, creo que se llamaba, y el más famoso, el de Nara. Hasta aquí viene la gente en peregrinación para saber cosas sobre su vida o a pedir consejo sobre su futuro.

- ¿Acaso una máquina va a decirte los hijos que vas a tener? Suena muy poco convincente.

- No exactamente, lo que obtienes suelen ser una serie de palabras que bien interpretadas pueden   predecir la vida que vas a tener. Por lo que me han contado, se compone de una enorme máquina construida por los antiguos hace miles de años que sirve para comunicarse con Alma, y es ella en persona quien se habla al sacerdote shaman que se encarga de manejarla.

Hizo una mueca de escepticismo mientras sorbía la infusión. - ¿Algo capaz de hablar con Alma? ¿Y cómo saben que es con ella con quién hablan? – ironizó.

- No deberías ser tan incrédulo. ¿Qué sabrá un guardia tirense sobre oráculos? - dijo Rulia, que había permanecido en silencio hasta entonces.

- Si tú lo crees, lo respeto. Pero no cambiarán mi opinión los conocimientos de tecnología arcana de una comerciante – le replicó.

- ¿Qué más da que sea verdadero o no? La gente cree en ello y les da esperanza. Así pues, fraude o realidad, el Oráculo hace bien su función – sentenció el aspirante a caballero.

- No te quito razón -dijo con indiferencia Adriem y le dio un largo trago a la infusión-. Vaya, con azúcar está mucho mejor. 

- Es costumbre en Kresaar llevar a los recién nacidos al Oráculo para saber si su vida será próspera. En esa ceremonia se les da la piedra zodiacal, que deberán llevar siempre en un collar, para que el signo bajo el que han nacido los proteja. Con respecto a eso los kresaicos son muy... - La comerciante se quedó callada de repente. Meikoss y Adriem se quedaron observándola para ver cómo acababa la frase, pero ella se levantó de improviso-. Lo siento, excusadme. -Y se dirigió hacia la salida que daba al patio trasero.

- ¿Adónde va? - preguntó Adriem.

- Seguramente al baño, está en el patio.

- Vaya, pues es de muy mala educación dejarnos a media frase - dijo riéndose, pero la expresión seria de Meikoss le cortó la broma. 

- Si me disculpas, tengo que ir un momento a la habitación – dejó la cuchara sobre el cuenco de sopa sin terminar.

A solas de nuevo, dejó la infusión sobre la mesa y se quedó mirando cómo se enfriaba la sopa de su compañero de viaje. Había algo extraño desde hacía unos días, pero no sabía discernir el qué y eso le preocupaba.



La mawler vestía un abrigo largo de color granate con puños y cuello de armiño. Sentada sobre una piedra que coronaba una de las pequeñas elevaciones del terreno del extenso valle donde se asentaba Nara, observaba la población que, a no mucha distancia, elevaba el humo de sus chimeneas al cielo grisáceo. Algunas gotas de aguanieve escarchaban su oscuro pelo, que llevaba recogido en un moño alto, aunque se le escapaban algunos mechones.
Sayako se levantó dando un pequeño brinco y se desperezó. Tras echar una ojeada al templo que dominaba el valle, metió la mano en el bolsillo y sacó un reloj de cadena. Lo abrió. - Las tres y media... Creo que es la hora. - Se sacudió un poco el abrigo para quitarse el barro y algo de nieve que se había quedado adherido y comenzó a bajar lentamente por el empinado prado hacia el templo. Ahora sólo era cuestión de que cada uno hiciera bien su trabajo.



- Bienvenida al Oráculo de Nara, novicia Van Desta - dijo el anciano shaman, que había presidido la entrevista hacía unos minutos, mientras bajaba la escalera con ayuda de un bastón. 

Ante ellas dos, la mole de anillos metálicos se mostraban imponentes. Dos sacerdotisas se encargaban de velar aquel gran aparato iluminado por decenas de velas, cuya luz proyectaba sombras oscilantes sobre las paredes perfectamente pulidas hasta la altísima cúpula adornada con doce tragaluces

Las sombras danzantes le producían desagradables escalofríos a la novicia, ya que no podía evitar el recuerdo de las criaturas que la atacaron en la posada de Tiria.

- Es impresionante - dijo Eliel empequeñecida por el tamaño de aquel artilugio.

- Hemos tenido que decir que estamos arreglando la sala para impedir la visita de peregrinos. Por suerte no es la época de más afluencia, pero el problema vendrá en primavera, ya que es tradicional que vengan visitantes y creyentes de todas partes. Desde nobles doalfar, hasta simples comunes.

El calificativo de «simple» que dio el anciano a los comunes le molestó. Antes le hubiera parecido muy adecuado como adjetivo, pero ahora le sonaba ofensivo. Pero estos pensamientos se vieron interrumpidos por un mensajero que bajó la escalera apresuradamente hasta llegar a su altura.

Rindió una corta reverencia. - Con mis respetos, maestre Lorastal, ha llegado la visita que esperaba. He venido a avisarle inmediatamente como me pidió

- Comprendo - dijo sin apenas inmutarse por la ansiedad del mensajero.

- Le espera en la sala de reuniones este.

- Entonces el asunto del otro lado del valle está controlado. – se mesó la barba – Ordene a la guardia que cierren la frontera, no quiero visitas inoportunas. - echó una mirada a la novicia - Gracias. - le apremió con la mano al joven – retírate.

- Sí, eminencia.

El anciano se volvió hacia Eliel.

- Tengo que atender esa visita, son asuntos de arriba - dijo con una afable sonrisa - Continuaremos en otro momento, joven Van Desta. Ahora ve a tu habitación, te asignaré a un guardia para que vele por tu seguridad.

- Pero maestre, he de proseguir viaje a Hannadiel…

- No admitiré queja alguna. Aguardarás un par de días hasta que tenga más datos. Se paciente, joven, pronto estarás en casa - sin dar tiempo a responder  de nuevo a la joven doalfar, dio instrucciones al guardia que estaba ya aguardando en la entrada de la sala, para que la escoltara y se aseguraran de velar por ella.



Desde su habitación, Meikoss había visto como Sophía desenganchaba uno de los caballos del carro para salir al galope. Tras ello, sólo la oscilación del péndulo del reloj que había sobre la cómoda le había acompañado por más de media hora. En silencio, pensativo y asustado, no sabía bien qué hacer.

Siempre había tenido una buena imagen de si mismo, transmitiendo confianza a los demás, pensando que, cuando llegase el momento, siempre haría lo correcto con valor y sin duda. Por ello no podía estar más decepcionado, pues cuando había tenido la oportunidad de demostrar esa bravura de la que hacía gala, sencillamente no hizo nada. ¿Qué podía hacer él contra una maga? Aun con una pistola, entre ella y aquella especie de criatura que casi despedaza a Adriem, no podría haber hecho nada. A fin de cuentas querían a Eliel sin hacer un derramamiento de sangre… había hecho lo correcto. Lo más inteligente y seguro para todos.

Siguió el silencio acompañado por el reloj marcando los minutos.

Además, ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Había aceptado el trato y llevaría a su padre lo que quería, un contacto político con el norte. Sobre su mesita había un sobre con un salvoconducto de Kresaar que así lo atestiguaba. Cuando quisiera podría hacer uso de él.

Sin duda había hecho bien, el valor había que demostrarlo en los casos que tuvieras oportunidad de ganar algo, pese a que había roto su palabra.

Era lo correcto.