30 de junio de 2014

Capítulo 14: Buscando el cielo

Meikoss cargaba el equipaje en el carro mientras Adriem hacía lo que podía para ayudarle colocando bien los enseres evitando hacer muchos esfuerzos y disponiéndolo todo para la partida. Mientras, Eliel, Rulia y Danae. La mañana se iba abriendo paso y la helada de la noche comenzaba a levantar con los primeros rayos de sol.
- Es una verdadera pena que tengáis que partir con tanta prisa. Podríais haberos quedado unos días más - dijo Danae.

- Lo siento de verdad, pero tengo que llegar cuanto antes - Eliel dijo esto haciendo una ligera reverencia a modo de disculpa, una costumbre muy kresaica.

- Tenemos que aprovechar que el paso a Nara aún está abierto. - comentó Rulia-. Gracias por todo.

- Espero que tengáis buen viaje, ha sido... interesante – apuntó la boticaria.

- ¡Nos vamos ya! ¡Esto ya está! – dijo Adriem asegurando la lona del carro con el brazo que no temía herido.

- Os deseo lo mejor a los cuatro – dijo Danae. Esbozó una sonrisa y se despidió con la mano mientras subían al carro.



El carro ya se había perdido de vista tras las casas en dirección norte. Danae caminaba de vuelta a sus quehaceres diarios. Iban por la calle principal, que ya empezaba a tener actividad, cuando se detuvo.

- No es sólo Eco... Es un sephirae… - dijo con la mirada perdida. - Algo que no esperaba volver a encontrarme. Pero lo de esa doalfar es todavía más extraño… – Se mordió el dedo índice nerviosa, hablando para si misma. Una costumbre muy habitual en ella - Lo extraño es que parece no saberlo, es algo instintivo. No había otro remedio, tendría que contárselo al pelirrojo con una de las palomas que aun guardara, aún a riesgo de que volviera a encontrarla.

Comenzó a andar con una sonrisa forzada saludando a algunos de sus vecinos. La mayoría desconocedores que la pasada noche podrían haber muerto.





Zir se entretenía en uno de los claustros del bastión entrenándose en el manejo del sable. Movimientos continuos se encadenaban uno detrás de otro en un bello baile que podía traer la muerte a quien se pusiera por delante. Cuando era pequeño le habían enseñado los pasos de la escuela de esgrima del sable kresaico. Ese estilo era famoso por asemejarse a una especie de danza, donde el movimiento de pies era la clave para conseguir la mayor potencia posible en los golpes.

La hoja silbaba mientras cruzaba el aire cuando una voz interrumpió su entrenamiento.

- Lord Gebrah lo llama a su presencia, señor Zir-ldaraan - anunció una sirvienta doalfar vestida con el traje blanco y granate que llevaban los que se encargaban de mantener en orden aquel palacio.

El doalfar envainó ceremoniosamente el sable y la miró. - Decidme dónde he de ir.

- Le espera en el salón este.

- ¿Se puede saber a qué viene esa llamada?

- La señorita Idmíliris ha vuelto de su misión - dijo la sirvienta con un tono carente de emoción alguna.
- ¿Tan pronto? Entonces, eso quiere decir malas noticias.



En el centro de aquella lúgubre sala, Gebrah esperaba sentado en un gran sillón, frente a una mesa de madera tallada con relieves de criaturas que los ojos de Zir nunca habían visto. El doalfar estaba de pie, firme, a un lado de la mesa. Al otro, una indiferente Sayako miraba con desdén hacia la puerta que se acababa de abrir.

Idmíliris avanzó lentamente con paso inseguro hasta estar a unos cinco metros de la mesa.

- Mi señor Gebrah, no sé como excusarme. - El aspecto de la arlequín era lamentable, sus tez estaba más pálida de lo normal, desaliñada y con síntomas de estar agotada por sus movimientos lentos y torpes. Parte de su rostro estaba agrietado y quemado, pero lo que más le impresionó fue verla por primera vez asustada.

- Mi paciencia se va agotando. Sólo tenías que vigilar a Sophía y asistirla si lo necesitaba. Una misión demasiado fácil para ti. ¿Tanto cuesta seguir mis órdenes?

- Mi señor, intenté deshacerme del humano tirense, pero...

- ¿¡Pero qué!? - exclamó Gebrah, asestando un fuerte golpe con el puño en el escritorio -. Tendrías que haber despertado a Sophía en vez de actuar por tu cuenta. Está claro que hemos infravalorado a ese común ahora que se que es un sephirae.

- La princesa... iba a despertar… El humano no estaba aún y…

- ¿Y tú ibas a conseguir evitarlo? Tú deberías saber mejor que nadie que con ese cuerpo no puede recuperar su alma. - dijo mientras se remangaba uno de los brazos, dejando al descubierto una serie de runas que tenían inscritas sobre él - Te arreglaré, pero recuerda que no me vas a volver a decepcionar.

- Mi señor, no creo que sea recomendable para ella… - advirtió Sayako con voz dubitativa.

Su señor hizo caso omiso y con la mano izquierda trazó unas runas que hicieron vibrar las que tenía en el brazo. Los ojos de ldmíliris se abrieron como platos. Acto seguido, hincó las rodillas en el suelo y empezó a gemir de dolor. Sentía que la vida se le escapaba. Sus músculos se tensaron y notó cómo le crujían los tendones, mientras violentos calambres le recorrían la espalda.

- No voy a cambiarte de cuerpo. Te va a doler, pero así recordarás que pasa cuando fallas.

La arlequín empezó a implorar clemencia, pero su amo no se detuvo. - ¡Perdonadme!... ¡Detened este dolor! - El cuerpo de la bufona se retorcía y su cara se desencajaba mientras las lágrimas le surcaban las mejillas. Las partes quebradas de su piel se iba uniendo de nuevo cauterizadas por un fuego invisible que la quemaba por dentro.

Gebrah se dispuso a inscribir otra runa en su brazo, pero Idmíliris apretó los dientes, alzó la mano y aparecieron varias runas. De ellas se materializó una de sus sombras que corrió dispuesta a atacar al quien atormentaba a su invocadora.

Sayako y Zir trataron de interceptarla, pero fue más rápida que ellos y saltó sobre Gebrah. El movimiento fue tan rápido que apenas pudieron apreciarlo, en cuestión de un segundo la sombra era agarrada y golpeada contra el suelo por el señor del bastión, con tal fuerza, que se desintegró, quedando tan sólo cenizas. Avanzó manteniendo el conjuro, claramente contrariado, y se acercó hasta la arlequín, que lo miraba iracunda e impotente.

- No toleraré que me amenaces con tu miserable magia. No eres nada, y la nada no puede dañarme. - La cogió por por la cara y la levantó del suelo-. Ahora, discúlpate.

Pero Idmíliris no lo hizo. Siguió forcejeando para soltarse. La terrible fuerza de aquel ser le estaba destrozando y notaba cómo empezaba a resquebrajarse. Su amo la miró fijamente a los ojos. Carente de rabia o furia, la observaba, maquinando algo que se escapaba a la impotente bufona.

- Siempre me ha gustado tu perseverancia. - La soltó y, como si fuera un saco lleno de tierra, cayó medio inconsciente. Sus ojos se nublaban debido al dolor. Incapaz de tragar saliva, ésta le caía por la barbilla y las lágrimas le corrían el maquillaje de los ojos.

- No me odies a mí. Es ese maldito común el que está interfiriendo en nuestro planes. Pero no te preocupes, yo te ayudaré a derrotarlo. Acaba con él y ábreme las puertas hacia esa traidora.

Idmíliris no pudo decir nada. Ya no era capaz de sentir. Su cuerpo no respondía y la niebla de la inconsciencia planeaba sobre su cerebro. Sólo una idea se aferraba a su mente: «Todo era culpa de Adriem».



Desde aquel alto se veían todos los valles que rodeaban, como estrías, el paisaje montañoso. Los prados verdes desaparecían poco a poco para dar paso a los bosques de abetos, y más arriba, la roca desnuda y las nieves eternas. El viento gélido que provenía del Oeste venía cargado con la humedad de la meseta, donde, a miles de kilómetros, se encontraba Tiria. Hacía ya horas que no se veían las llanuras de Detchler.

Habían dejado atrás la frontera, gracias a los salvoconductos que les había conseguido Meikoss, y estaban en territorio de Salania, el único país de Eidem que carecía de mar.

Se habían parado para almorzar. Un poco de cecina y algo de queso que habían comprado en un pueblo calmarían sus hambrientos estómagos, mientras los caballos pastaban al borde del camino. Adriem se había distanciado un poco del grupo para observar las montañas desde un privilegiado mirador. Meikoss se levantó de las rocas donde estaba comiendo y se acercó masticando el último trozo de cecina.

- Es un paisaje precioso, ¿no crees? -dijo poniéndose a su lado.

- Sí, me trae muchos recuerdos. - Adriem se peleaba con los rebeldes mechones de su pelo para que no le taparan la vista, pero el viento se lo ponía difícil. Empezaba a necesitar un corte de pelo, pensó.

- ¿No eres de Tiria? Que yo sepa allí no hay muchas montañas.

- Te equivocas, nací al norte, en Krimeís. Se parece mucho a esto.

Meikoss se dejó cautivar por aquel paraje e inspiró la fragancia que traía el viento y que le helaba la nariz. Al igual que Adriem, se había cerrado la cazadora hasta el cuello.

- ¿Dónde estabas anoche? Quería preguntarte algo y no te encontré - dijo Adriem interrumpiendo aquel placentero silencio.

- Salí a dar una vuelta, necesitaba tomar el aire ¿Qué querías preguntarme? - respondió con rapidez.

- A todos nos hacía falta... Eliel me ha contado que nos ayudaste a salir de Dulack, ¿puedo saber por qué? Me vas a disculpar, pero la gente de tu estatus no suele preocuparse por unos extranjeros perdidos. Lo he visto muchas veces como guardia en Tiria y en Dulack dudo que sea diferente.

Meikoss se rascó la nunca y esbozó una sonrisa nerviosa tratando de dar con las palabras más adecuadas - Estaba intrigado por saber cómo lograste darme aquel golpe que me derrotó. Sé que suena algo infantil, pero tenía curiosidad. Además, mi padre se empeñó en que os acompañara.

- ¿Sólo por eso? - Le miró con cierta extrañeza - Me siento honrado, por un momento pensé que venías con nosotros sólo por ella – dijo mirando a Eliel que estaba rechazando el queso que le ofrecía Rulia, por su fuerte olor.

El aspirante a caballero se quedó mirándola también unos instantes y notó como la última frase de Adriem era como un dardo envenenado - Bueno, supongo que estaba aburrido de vivir en Dulack. - se giró hacia él con un aire de falsa modestia - Que todo el mundo te conozca, te respete y te adule por ser hijo de quien eres, pese a que pueda parecer bonito en principio, llega a ser monótono. ¿Y tú? ¿Por qué acompañas? Es más bien la pregunta que debería hacerte.

Adriem clavó la vista en el cielo. Las nubes se agarraban a las montañas y se desgajaban arrastradas por las frías corrientes. El sol intentaba calentar aquellas tierras sin éxito.

- Supongo que necesitaba salir de Tiria… había cosas que olvidé allí. - su semblante se tornó serio y por un momento quiso decir algo más, pero optó por quedarse en silencio.

- Comprendo – dijo a la postre Meikoss -. ¿Pasa algo?

- Va a caer la niebla dentro de unas horas.

- ¿Estás seguro?

- Me he criado en una tierra montañosa y, si algo sé, es que esas nubes no van a levantar. Así que deberíamos buscar un lugar donde pasar la noche.

- De acuerdo. - se encaminó hacia el carro para anunciar a las dos mujeres que el descanso había acabado.



En una de las terrazas del bastión estaban Gebrah y Zir. El señor de aquel palacio degustaba un té sentado en una silla de mimbre, mientras su subordinado se mantenía de pie, firme, a su lado. Aquel día era realmente bueno para ser casi invierno. A través del cielo azul, pequeñas nubes flotaban como un rebaño hacia el horizonte. Abajo, un precioso lago reflejaba con exactitud aquel paisaje en sus aguas cristalinas y calmas. Más allá, una inmensa llanura rodeada de montañas cubierta por una perenne niebla. Era bello y siniestro.

- ¿En qué piensas, Zir-Idaraan?

- Creo que su castigo ha sido desmedido -dijo el doalfar armándose de valor.

- ¿Te refieres a Idmíliris? ¿Acaso temes sufrir lo mismo?

- Por supuesto que no - dijo, apartándose con la mano los mechones que le caían sobre los ojos por culpa de aquella brisa.

- Interesante... -dijo el señor del bastión. Dejó la taza sobre el platito e hizo un gesto con la mano para que la sirvienta fuera a recogerlo inmediatamente -. ¿Y qué te hace pensar eso?

- Yo no fallaré.

- Mucho aplomo tienes. Recuerda que ya has fallado una vez. - La sirvienta, una muchacha realmente bella que llamó la atención de Zir durante un segundo, se alejó tras hacer una reverencia, llevándose la taza consigo - Idmíliris es sólo una criatura sin alma, una marioneta, no merece la menor compasión ni empatía. Si permitiera que no cumpliera mis órdenes, correría el peligro de que se rebelara y eso sería muy complejo - dijo observando las runas de su brazo- Tal vez demasiado.

- Pero usted la trajo aquí. Ya conocía ese riesgo. ¿Por qué la creó?

Gebrah no respondió. Sencillamente se quedó mirando el horizonte.

- Luego acabaremos esta conversación - dijo al poco -. Tengo una visita que atender.

Zir miró a ambos lados, pero no había ningún sirviente que le hubiera anunciado a Gebrah la llegada de alguien. Era inútil preguntar. Se dirigía con paso calmado hacia la salida de la terraza cuando alguien abrió la puerta. Era un joven de corta melena rubia, recortada por detrás y tenía una mirada afable. Era bastante atractivo y vestía una elegante casaca, pantalones blancos y botas altas. Pero si algo llamó la atención de Zir fueron las extrañas marcas, casi imperceptibles, que surcaban su piel, idénticas a las de su señor Gebrah. Se cruzaron sin mediar ningún saludo y aquel invitado esperó a que el señor del lugar hiciera el gesto de que se acercase.

- Te veo bien, viejo amigo -dijo dirigiéndose a Gebrah.

- Sigues teniendo la mala costumbre de venir a visitarme sin avisar antes, Kai.

- Sencillamente pasaba por aquí – dijo quitándole importancia mientras se acercaba un silla para sentarse enfrente del anfitrión.

-¿Sabes por qué compré estas tierras? -dijo mirándolo con una ligera mueca que podría tomarse como irónica.

-¿Por el paisaje? - dijo observando la increíble extensión de aquel valle vacío.

- No, porque no viene nadie de paso.

Kai comenzó a reírse. - Muy propio de ti. No has cambiado.

- Igual que tú. Nunca visitas a nadie porque te apetece. - Y endureciendo la expresión preguntó-: ¿Qué quieres?

El invitado se quedó observándolo. Su jovialidad había desaparecido, sustituida por un expresión grave.

- ¿La has encontrado?

Gebrah se quedó mirándolo a los ojos durante unos segundos que parecieron eternos. Al final apartó la cabeza y observando el horizonte dijo.

- ¿Tú, que la trajiste, vienes a preguntármelo? La vida es una ironía.

- No sé nada de ella desde hace una semana y he de suponer que tiene algo que ver contigo, ¿me equivoco?

- Puede. - Se volvió de nuevo para enfrentarse a la mirada de Kai, que no había dejado de estudiarlo en ningún momento -. Aunque sepa su paradero no te lo voy a revelar. Hace años preparaste todo esto en secreto y me engañaste, no te mereces mi ayuda -dijo.

- Nunca te ayudaría a matarla. - se puso en pie dispuesto a abandonar la terraza.

- ¡Es un problema que hay que subsanar! -dijo Gebrah enfurecido.

Kai se detuvo - Ambos sabemos que ese problema existe. - giró la cabeza para dedicarle un último vistazo - Pero nuestra forma de afrontarlo es diferente. Tú eres capaz de quemar la tierra con tal de salvar tu alma, yo prefiero salvar la tierra a costa de la mía propia.

- ¿Con lo que te hizo y aún sigues queriéndola? ¿Has olvidado lo de Arshius?

Kai avanzó hacia la salida. - Eso me pregunto todos los días, pero te mentiría si te dijese que no la odio por aquello.

- Pareces un vulgar común.

- Tal vez ellos estén más cerca del cielo que nosotros – Dicho esto salió de la terraza apresuradamente dejando solo a Gebrah que observaba el paso de las nubes.

- Arrasaré también el cielo si hace falta.



El carro se balanceaba de un lado a otro por culpa del mal estado de los adoquines de la calzada que, entre frondosos bosques de abetos y hayas, atravesaba los oscuros y profundos valles de la cordillera. Furtivamente, algún claro entre las altas y tupidas copas de los árboles, dejaba ver el cielo encapotado. Los dos caballos empezaban a mostrar signos de cansancio debido al largo trayecto que habían recorrido sin encontrar ningún lugar, aldea o casa, donde hacer una pausa para descansar.

Meikoss llevaba las riendas mientras, a su lado y en silencio, Eliel contemplaba el paisaje. Ambos se protegían del frío gracias a unas gruesas mantas. La doalfar se arrebujaba en la suya para que el aire helado no penetrara en su fino cuerpo. El vaho de sus respiraciones junto al de los caballos acrecentaba la sensación de frío. Y cubriéndolo todo, un fina capa de hielo en las zonas más oscuras del bosque emitía pequeños brillos, dotando al paisaje de una especie de aura sobrenatural.

Dentro del carro, Adriem dormitaba pese al incesante movimiento, mientras Rulia lo observaba. Tras un rato, abrió un ojo.

- ¿Qué pasa? - preguntó claramente incómodo.

- Me gustaría saber cómo eres capaz de dormir con este frío y sin que esto pare de moverse. Yo estoy cansada de intentarlo - le respondió algo mosqueada.

Adriem se incorporó hasta quedarse sentado. - He dormido en sitios peores, nada más.

Ella se movió, se le estaban durmiendo las piernas de tenerlas todo el rato en la misma posición. Al hacerlo, Adriem no pudo dejar de fijarse en que la caída de la blusa de la mujer mostraba parte del escote  de la bella muchacha. Iba a desviar los ojos para que Rulia no se diera cuenta cuando se percató de que tenía algo tatuado, un pequeño símbolo justo en la intersección de las clavículas que parecía representar una gota, pero no lo veía bien.

Rulia, un poco más recostada, se quedó mirándolo mientras se arreglaba la blusa, dándose cuenta de la vista tan generosa que le había ofrecido. Medio enfadada, creyendo que aquel hombre estaría pensando alguna obscenidad, se dispuso a expresar su indignación. Pero su discurso sobre la intimidad y la moralidad quedó truncado por un comentario de Adriem.

- Nunca creía que una mujer de tu clase fuera a tener un tatuaje.

- ¿Qué? Eso... no es nada. Cosas de cuando era una chiquilla. - cogió una de las mantas y con las excusa de abrigarse mejor se tapó para asegurarse de que no lo mostraba de nuevo por accidente.

- Todos hemos hecho alguna locura en nuestra juventud. Sólo me había llamado la atención, disculpa. - Adriem tomó aire y aprovechó para analizar la cara de nerviosismo de la comerciante - No es mi intención ser indiscreto pero, ¿pensabas hacer esta ruta al norte igual? Yendo tú sola, sin turnos para llevar el carro, mucho beneficio esperas sacar en Zirna para que te compense… ¿Con qué comerciabas?

Se notaba que el tirense trabajaba como guardia, era muy perspicaz. En otra ocasión sería digno de elogio pero en su situación era peligroso – No tenía intención de ir por aquí, pero tu amigo el apesto caballero tenía cara de pagar bien. Cubre de sobra el camino, así que lo que saque comprando pieles - hizo hincapié en la última palabra - será beneficio neto – se recostó como pudo dando un largo suspiro fingiendo no darle importancia – Agradece que te estás recuperado y disfruta del viaje hasta Nara. Deja de preocuparte por todo.

Suspiró y asintió – Tal vez tengas razón. Aunque no se que esperar de ese templo... de ahí Eliel casi estará en casa.

- Aprovecha para ver el templo, es de los pocos territorios de Kresaar abierto a los peregrinos. Tiene mucha historia.

- No tengo ningún interés en Nara. Sólo quiero que ella llegue a su hogar.

Ambos se quedaron en silencio con sus pensamientos. Adriem acabó por cerrar los ojos de nuevo pese a que no se volvió a dormir, mientras Rulia, con algo más de disimulo le observaba. No le pasó inadvertidas las miradas que de vez en cuando le lanzaba Meikoss desde la parte de delante de la carreta. El tirense era peligroso pero pronto dejaría de ser un estorbo, sólo tenía que aguardar un poco más y el aspirante a caballero estaría de su lado. Tenía que sacar al sephirae de la ecuación sin que la princesa se diera cuenta y eso llegaría de forma natural pronto.



Al caer la noche, una posada en una aldea que había en un pequeño cruce de caminos se convirtió en el lugar ideal para descansar de toda la jornada. Eran cuatro casas pero ninguno estaba dispuesto a seguir ni un día de viaje más.

Era pequeña y se hallaba frecuentada por cazadores y algún que otro viajero que se había aventurado por los pasos de montaña. Era un lugar destartalado, pero con una buena lumbre que alejaba a los fantasmas del frío. Este detalle ya hacía suficientemente cómodo el establecimiento.

Ante las advertencias de los lugareños fueron dos noches las que tuvieron que pasar allí, ya que les habían comentado que el tiempo no era bueno de momento en los valles del Norte. Un par de días aburridos, ya que, salvo jugar a los dados y beber en la taberna de la posada, poco o nada se podía hacer en aquel lugar.

El dueño de la posada se acercó a la Eliel, Rulia y Meikoss que pasaban el rato a la luz de un candil sobre la mesa mientras fuera caía la noche y sonaba la fuerte lluvia contra las ventanas.

- Tienen suerte, Thom el guardabosques, me ha dicho que mañana levantará – dijo tratando de animar las caras de aburrimiento de los tres.

Rulia se le miró incrédula – Me lo creería si no fuera por la tormenta que se escucha fuera.

- Hagan caso. Si alguien sabe de esto es Thom, pero ya me creerán por la mañana – se limpió las manos en el delantal – Si les interesa la cena ya está lista – apuntó el veterano hombre de frondoso bigote y entrado en carnes.

- Gracias, nos falta Adriem – apuntó Eliel – Iré a llamarle, está en su habitación.

- Si quieres voy yo, no te molestes – dijo Meikoss, pero la doalfar ya se había levantado sin percatarse del ofrecimiento. Frustrado miró a la supuesta comerciante que le observaba con una sonrisa dibujada en sus labios que entendió a la perfección.



Subió la escalera dejando tras de sí el salón hasta el piso de arriba donde se hallaban las habitaciones.  Los listones de madera que conformaban el suelo crujían a su paso hasta que se detuvo ante la puerta de Adriem. Llamó varias veces, pero no hubo respuesta, por lo que giró el picaporte y entró asomando primero la cabeza para ver si se encontraba allí. Estaba en penumbra pero vio claramente la silueta del muchacho, que había quedado dormido en la cama. Se acercó para despertarlo con cierta timidez. Él estaba tendido y ni se había molestado en quitarse algo de ropa. No era como cuando estaba enfermo. Pese a las heridas, descansaba plácidamente y sintió pena por tener que sacarlo de su sueño.

- Adriem, despierta. - Le susurró. Tanta delicadeza no hizo la menor mella en el placentero sueño.

Optó por aproximarse un poco más para volver a llamarlo y sintió su aliento. Notó que se ruborizaba por el calor en sus mejillas y su pecho. Se había quedado inmóvil, sin querer moverse, hipnotizada por sus labios.

«¡Es una locura! - pensó - Cuando esto acabe, terminaré mis estudios y volveré a casa. Nunca más le volveré a ver. No, no y no.» Esa excitación que sentía su cuerpo atendía a razones, por lo que respiró hondo y se tranquilizó...Vació su mente de aquellos pensamientos, impropios de una dama.

Y sus labios tocaron los de él.

No estaba bien.

No era lo correcto pero cuando más lo pensaba, más le costaba separar sus labios, hasta que el beso fue correspondido.

Notó que los brazos de él la rodeaban y la atraían con fuerza. Su voluntad se quebró por completo y su cuerpo se dejó llevar por los impulsos de su corazón. Paladeó sus labios, suavemente al principio, con ansia después, con pasión al final. Todo se entremezclaba y la confundía. Las manos de él la tocaban y acariciaban.

El calor de su cuerpo aumentaba y, poco a poco, Eliel comenzó, sin apenas darse cuenta, a gemir.

Hasta que el crujir del suelo la sacó de esa nube, al ver la silueta de Meikoss recortada bajo el alfeizar de la puerta que había dejado abierta. No podía ver su cara escondida por las sombras.

La escena se detuvo. El calor desapareció en pos del frío que entraba por la puerta cuando el aspirante a caballero se dio la vuelta y se alejó con paso acelerado.

Percibió que Adriem quería decirle algo, pero nunca supo qué, porque salió de la habitación sin ni siquiera mirarlo, totalmente avergonzada.



No sabía cuánto tiempo había pasado tumbado en la cama. Aún intentaba discernir si aquel arrebato de pasión había sido un sueño o no. Adriem se refrescó con el agua de la palangana que había cogido para afeitarse. Se había quedado dormido y no se había rasurado. El agua estaba realmente helada, tendría que volver a calentarla, pero le vendría bien para bajar sus ánimos.

Se sentó en la cama y constató que no había sido un sueño. El dulce olor de Eliel aún estaba en 
las sábanas. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Una sonrisa estúpida, pensó, pero era incapaz de borrarla.

Aspiró aquel aroma y se dejó embriagar por él. De repente, sin saber por qué, la imagen del pequeño diario que iba con los libros de la Santa Orden vino a su memoria. Algo en él le había llamado la atención, y, por alguna extraña causa, le evocaba.

Eraide... ¿Dónde había visto ese nombre?

Para desgracia de Adriem, para cuando quiso bajar a cenar apenas quedaba nada de provecho y todos sus compañeros de viaje estaban en sus habitaciones. Así pues, cenó en silencio, acompañado sencillamente de su estúpida sonrisa.



El dueño del local acertó en su predicción y el carro avanzaba de nuevo por los caminos. Eliel trataba de no tiritar, sentada al lado de Meikoss que portaba las riendas con cara seria. Echaba de menos un buen hogar o por lo menos algo caliente. Se acordó de la posada, pero bloqueó rápidamente los recuerdos que le sugerían. Hacía rato que tenía los pies entumecidos y temía coger un resfriado. Ya aburrida de tanto bosque sólo se centraba en dejar pasar el tiempo. Pero algo cambió esa rutina, ya que una mota blanca se deslizó en la oscuridad. Al momento, otras tantas cayeron. Eliel miró al cielo para ver cómo, desde aquel fondo gris, los copos iban bajando como si fueran minúsculas plumas.

- ¡Meikoss, Meikoss! Está nevando.

-Ya lo veo pero, por favor, no te muevas tanto -dijo el muchacho, sobresaltado y algo malhumorado por el ímpetu de la doalfar.

- Hacía años que no veía nevar, ¿sabes? En mi tierra siempre nieva en invierno.

- ¿En serio? - trató de ponerle la mejor cara aunque tenía pocas ganas de hablar - En Dulack es extremadamente raro.

Eliel, olvidándose del frío por completo, se quedó ensimismada, contemplando cómo los copos iban cayendo y cubriendo lo que tocaban con una finísima capa blanca.

- Creo que estamos llegando -dijo Meikoss. Y ante ellos, el camino se fue abriendo poco a poco a un valle bastante amplio en comparación con los angostos pasos que habían cruzado. La calzada descendía entre los árboles y se perdía hasta que, a unos tres kilómetros, volvía a aparecer, cuando los abetos daban paso a una extensa pradera salpicada de neveros.

Más allá, sobre un macizo de piedra caliza, se elevaba el templo, compuesto por varios edificios. Por detrás de él varias montañas daban paso a una estrecha garganta, Kresaar. Un gran edificio de cuatro pisos, de piedra y teja roja, salpicado de pequeñas ventanas parecía la residencia, y a su izquierda y un poco más elevado, otro de planta rectangular, rodeado de enormes columnas, debía de ser el templo.

Al pie del macizo, en el lado del valle que pertenecía aún a Salania, había un pueblo de pequeñas casas. Sus chimeneas escupían humo, formando curiosos trazos en el aire.

- Es el fin de nuestro viaje – anunció el aspirante a caballero.