20 de junio de 2014

Capítulo 13: Disrupción astral

El ruido era ensordecedor y tras una oleada que sacudió cada milímetro de su cuerpo, Eliel fue abriendo lentamente los ojos desorientada. Tras estruendo había sobrevenido un silencio sepulcral, tan absoluto que le pitaban los oídos. Sabía que no se había quedado sorda porque podía escuchar su respiración acelerada, acompasando a cada latido frenético de su corazón que luchaba por salir de su pecho por la ansiedad. A su alrededor la habitación se sumía en una luz mortecina. Todos habían desaparecido.

- ¿Adriem? - dijo con voz nerviosa tratando de controlar el temblor que estremecía su cuerpo. Pero nadie respondió.

- Meikoss, Rulia... - seguía sin escucharse nada salvo su propia voz mientras un sudor frío comenzaba a pelar su frente.

Todo cuanto le rodeaba, bajo aquella luz, tenía un aspecto irreal. Se asomó por la ventana y vio como todo el pueblo estaba sumido en aquel absoluto silencio bajo un cielo plomizo. Nada... Ni un alma, excepto... Algo llamó su atención, a lo lejos un resplandor en el horizonte como si de un débil crepúsculo se tratara.

Observando aquel firmamento, por el rabillo del ojo, notó como algo se movía por la calle. Apenas una sombra que se escabullía corriendo, como la de un niño envuelto en un abrigo con capucha que le cubría por completo, doblaba la esquina entre dos casas. ¿Alguien más estaba allí atrapado? Tal vez supiera como salir de aquel extraño lugar. 

Abrió la ventana rápidamente pero la figura ya no estaba. Se maldijo y giro sobre sí misma para bajar a la calle cuando se encontró la puerta de la habitación abierta y a alguien al otro lado. Era imposible que hubiera recorrido aquella distancia, pero no había lugar a dudas que era la misma persona. Allá donde realmente estuviera parecía no atender a la razón. Ahora podía ver que, lo que creía un abrigo, era una vieja capa raída que parecía confeccionada por pequeñas escamas, que envolvía hasta cubrirle parte de la cara ensombrecida. Apenas podía distinguir sus rasgos, sólo unos labios que la sonreían  que le produjeron deja vù tan potente que la devolvió el estómago. Sentía que ya la conocía, desde hacía mucho...

– Sígueme, tienes que salir de aquí. - era aquella misma voz que llamó a Adriem cuando trataba de despertarlo. La suya propia. -  Tienes que darte prisa – prosiguió – si no nunca recordarás.



Adriem sintió el fuerte golpe que, con su cuerpo aún entumecido, lo derribó sobre la cama. No supo discernir cuanto tiempo había pasado cuando la voz de Eliel, que le llamaba, le hizo recobrar el conocimiento. Se fue reincorporando lentamente, completamente dolorido, para comprobar que la doalfar ya no estaba junto a él. El resto, sin embargo, yacían en el suelo dormidos.

La atmósfera estaba enrarecida, impregnada por un fuerte olor similar al de la tierra mojada, y tan den que costaba respirar. Un desagradable hormigueo le recorría cada centímetro de su piel. Sentía  náuseas y, al ponerse en pie un, vértigo le hizo tambalearse, por lo que se apoyó en la pared más cercana. A sus pies estaba la mujer con la bata blanca en el suelo con una respiración tan lenta que llegó a dudar por momentos que siguiera con vida.

Todos estaban en el mismo profundo sueño, y al agacharse notó cómo una débil luz brotaba de sus pechos, que poco a poco formaba hilos entrelazados como si tratara de imitar a una planta que se enraizaba en sus corazones.

Asustado, trató de sacar a la boticaria de su sueño.

- Eh, ¡Despierta! Vamos – no parecía reaccionar - ¡¿Qué está pasando?! ¡¡Vamos!! - no entendía nada y, lo que más le asustaba, es que no veía a Eliel por ninguna parte. Tenía que encontrarla como sea, pero antes necesitaba saber tan siquiera dónde estaba.

La ansiedad comenzó a clavársele como un puñal en la espalda y a oprimirle el pecho. Sólo veía aquella extraña luz que venía por la ventana, azulada... esa misma luz que había visto otras veces. La presión se hizo insufrible y estuvo a punto de soltar a la mujer y cesar en su empeño cuando notó cómo una luz fluía por sus brazos, ligeras descargas eléctricas pulsaban a través de ellos hasta sus manos, para después, extenderse por el cuerpo de ella.

Para su sorpresa, la mujer se despertó ligeramente y empezó a murmurar. Antes de que pudiera sentir el menor alivio por despertarla, un fortísimo dolor en el pecho, como si se le clavará un puñal, le hizo  soltarla de golpe para agarrarse el pecho con ambas manos, retorciéndose hasta tocar con la frente el suelo entre sudores fríos.

Tratando de calmar su respiración y dominar aquel dolor, vio como Danae terminaba de despertarse. Miraba a un lado y al otro desorientada, observando aquella extraña luz sin comprender, seguramente al igual que él, qué había pasado. Fijó su mirada en él que trataba inútilmente en articular palabra alguna, ante lo que rápidamente se acercó y agarró su maletín.

- Por Alma ¿Qué ha pasado? Eh, chico, respira, dime dónde te duele – le agarró de la cara y se la encaró a la fuerza para observarle. Aún quedaban algunas reminiscencias de aquellas trazas de luz recorriendo su cuerpo y, sin dudarlo, le abrió un párpado para observarle con cara de profunda preocupación.

Le soltó y se giró hacia su maletín. Le estaba hablando, diciendo lago sobre síntomas o color en su iris, pero el dolor le nublaba la mente y sólo acertó a entender la última frase – Vuelves a presentar síntomas de Eco – sacó el frasco en el que le quedaba un poco de enetista – Sólo me queda una dosis, pero tal vez...

Adriem desconocía si estaba remitiendo el dolor o si había llegado un punto en el que no era capaz de percibir más. Consiguió reincorporarse un poco, lentamente, mientras un sudor frío le recorría todo el cuerpo, para mirar a la mujer que, por alguna razón se había callado de repente.
Ella estaba contemplando, con el rostro completamente pálido, un pequeño frasco con un líquido que estaba emitiendo un brillo rojizo intenso. – Estamos... Esta reaccionado a... la disrupción... ¿cómo? - cogió un pequeño espejo redondo de auscultación y se miró los ojos. Le miró con el gesto desencajado y sólo acertó a decir con la voz temblorosa – Eco... Yo también estoy contaminada.



Tras salir por la puerta de la posada comprobó que era todavía más estremecedor aquel silencio desde la calle. La niña encapuchada caminaba delante de ella mientras del cielo empezó a caer ceniza que empezó a depositarse lentamente sobre el suelo, tiñendo aún más de gris aquella monocromática estampa. De entré la ceniza brotaban hilos e luz que se entrelazaban hasta dar formas a unas extrañas flores cuyos pétalos se asemejaban a plumas.

No debía seguir a aquella niña, tenía que volver a la posada y buscar a Adriem y a los demás, pero cuando fue a dar un paso hacia detrás notó como su pierna no respondía. Como sí la encapuchada se hubiera dado cuenta, se giró y la sonrió oscilando la cabeza en gesto de desaprobación.

- Lo siento pequeña, pero en este mundo soy yo la que maneja los hilos de tu cuerpo. - se retiró la capucha lentamente y comprobó lo que ya sospechaba, era idéntica a ella, pero como si apenas contara con doce años - En este reino Alma no tiene poder, soy libre de sus ataduras.

Estaba cada vez más asustada. Sólo quería salir de aquel lugar como fuera pro su mente no era capaz de controlar su cuerpo y, como si fuera una sonámbula, un sueño vivido, se acercaba a la única luz que brillaba en el horizonte siguiendo a aquella niña. ¿Quién era en realidad? ¿Todo aquello era real?... Sus pensamientos poco a poco se desvanecían en aquel mundo de cenizas y flores.



Danae se frotaba el brazo tratando de quitarse de encima aquel extraño picor mientras sacaba una pieza de cuero que desenrolló. En ella se hallaban varios utensilios quirúrgicos, de los cuales eligió una jeringuilla. Empezaba a comprender qué podría haber pasado y la situación era de todo menos halagüeña.

- No se sabe qué sucede durante una disrupción astral – dijo la boticaria controlando sus nervios para introducir la aguja en el frasco y extraer la única dosis de enetista –, según he podido leer, son tan raras y sus causas tan desconocidas que no soy capaz de explicar ni siquiera por qué la gente está dormida. Pero lo que más me preocupa es que tú y yo estemos despiertos.

- ¿Qué es eso? - señaló Adriem la jeringuilla. El dolor iba menguando aunque seguía teniendo dificultad para controlar la respiración.

- Enetista. Lo utilicé en combinación con la magia de la doalfar para tratar de recuperarte. - le dio unos ligeros golpes al cristal y empujó el émbolo para extraerle el aire – Es capaz de menguar los efectos del Eco. No estoy muy segura, pero puede ser la razón de que no te durmieras como hicimos los demás. Lo más me preocupa es saber qué ha sido de ella.

- No lo sé, estaba junto a mi y luego... Sencillamente desapareció. Luego sólo te llamé y vino el dolor – seguía mirando de un lado a otro – Haz lo que tengas que hacer y vamos a buscarla.

Vio en los ojos del muchacho que estaba más pendiente del paradero de la doalfar que de su propio estado, así que vio conveniente recalcarle cual era la situación – Adriem, te llamabas así ¿verdad? Antes tenemos que resolver nuestro problema – le mostró la jeringuilla - Brilla porque el ambiente está terriblemente cargado de Ether. Deberíamos estar dormidos y probablemente acabara pasando y si no hacemos nada y seguimos expuestos a estos niveles mucho más tiempo no tengo ni idea de qué pasará, pero te puedo asegurar que nada bueno. Puede que con esto podamos aguantar un poco más tiempo despiertos.

- ¿Ahí hay suficiente para los dos? - preguntó poniéndose en pie al fin. Aún se sentía mareado y notó como sus manos estaban pálidas, pero se estaba recuperando del ataque.

- No, pero nos dará algo más de tiempo. - Se quedó mirando la aguja.

Los ojos se Adriem se clavaron sobre ella, adivinando sus dudas. La enfermedad de él estaba avanzada y si se daba prisa podía huir y no tener mayores secuelas, pero condenaría a la enfermedad al resto del pueblo. Sin embargo, quedarse y averiguar que pasaba podía se fútil y morir todos... Incluida Eliel, si aún seguía allí.



Desconocía cuánto tiempo había estado caminando. Sus piernas no mostraban agotamiento, ni le faltaba la respiración, era tan irreal como la ceniza que se levantaba bajo sus pisadas cuando se detuvo ante una vieja verja de metal oxidado, con varias señales carcomidas por la herrumbre que parecían señalar algún tipo de peligro, a las afueras del pueblo.

La cadena que cerraba las puertas yacía junto al candado destrozado, por lo que sólo con empujar la puerta, ésta se abrió chirriante dando vía libre por el camino cubierto de aquel manto gris. Cada vez más flores brotaban brillaban mecidas por un viento imaginario.

Se giró antes de avanzar y comprobó cómo la noche había engullido casi por completo los alrededores, quedando ante ella un viejo edificio de hormigón resquebrajado y sin ventanas del que emanaba aquella intensa luz que se divisaba des el pueblo. Un singular zumbido, idéntico al que notó mientras hacía el conjuro, resonaba en lo mas profundo de su ser, proveniente de la gruesa puerta de metal entreabierta, donde a contraluz, la silueta recortada de la niña le esperaba.

Lentamente, sintiendo que iba recuperando la noción del tiempo y el control de su cuerpo, fue avanzando mirando de un lado y a otro. Sabía que no podía huir, un poderosos deseo desde su corazón, necesitaba saber que había allí dentro. Aunque pareciera una locura, en aquel mundo sin sensaciones, notó el color que recordaba en los bosques que rodeaban su hogar.

Eliel fue internándose a través del camino hasta alcanzarla. Su sonrisa, en apariencia inocente, le provocó un escalofrío que le recorrió el cuerpo.

La niña le tomó de la mano – Tranquila, voy a cuidar de ti. Ya casi estamos en casa.

Sacudió el brazo y se soltó - ¿Quién eres? ¿Qué lugar es éste? - dijo haciendo acopio de templanza.

- ¿Qué te ha hecho? ¿No te acuerdas de mí? – Su cara reflejaba una sincera preocupación – Ven, no pasa nada, yo te ayudaré a recordar. - dijo tomándola de nuevo de la mano.



Apretó los puños con fuerza y, sin pensarlo, Adriem se levantó para tomar su chaqueta y su espada que se hallaban junto al equipaje.

- Ya estoy enfermo, ¿no es así? - dijo ajustándose bien los pantalones y ciñendo el cinturón – Tú aun tienes la posibilidad de salir sana de todo esto, vete de aquí. – él la había despertado, no sabía exactamente cómo, pero tenía posibilidades de salir de allí.

La boticaria se le quedó mirándolo atónita, sin saber qué decir.

- No creo que sea capaz de hacer lo mismo por ellos dos - dijo en referencia a Meikoss y Rulia - y sí cargas con ellos seguro que no te dará tiempo, así que tratare de averiguar que sucede y encontrar a Eliel. Puede que ella haya despertado también y esté en peligro. - comprobó que el sable estaba bien y lo volvió a envainar. - Sólo te pido un favor a cambio... si la encuentras  y yo no puedo salir, encárgate tú de ella.

Estaba mirando la puerta esperando a que la boticaria estuviera lista. No quería que viera su expresión de autentico terror, tenía que parecer fuerte en su decisión para que ella no se opusiera y, debido a ello, le pilló desprevenido cuando le agarró y le clavó la aguja en el antebrazo con una precisión certera.

- Llevo años tratando salvar a la gente de Eco, ¿crees que voy a huir ahora? – empujó el émbolo hasta la mitad y le soltó el brazo – Mitad y mitad – dijo clavándole la aguja – Yo sabe poco sobre las disyunciones, pero aún eso, tienes más posibilidades sí voy contigo. No te hagas el héroe.

Adriem se apretó el brazo por donde estaba saliendo un poco de sangre y la miró desconcertado – No trataba de hacer ninguna heroicidad, solamente...

- ¡Calla! - le interrumpió mientras metía las cosas en el maletín visiblemente molesta – Está hecho, así que no quiero escuchar tus excusas. - se puso en pie y se le encaró – Esos dos estarán bien si nos apresuramos, así que vamos a arreglar esto cuanto antes.

- ¿Alguna idea? - claudicó Adriem sin ganas de ponerse a discutir con la ofendida boticaria.

- Esa luz – dijo señalando la ventana – En esa dirección están las instalaciones del gobierno.

- ¿Qué instalaciones? - no entendía a que se refería exactamente.

Danae suspiró mientras abría la puerta. - Creo que como tus amigos te trajeron durmiendo no te explicaron las bondades turísticas de este lugar - dijo con evidente ironía.

No son mis amigos. Ni siquiera estoy seguro de donde estoy en realidad. Esos dos van a tenere que explicarme algunas cosas si conseguimos que es despierten – echó una última mirada a Meikoss y a la mujer que dormían en el suelo. Esperaba poder saber que hacían ese tipo y esa mujer ahí. Aunque preguntarle a la malhumorada boticaria no parecía prudente.

- Pues sí no son amigos tuyos, ya puedes buscar a la doalfar para darle las gracias  - dijo escaleras abajo apremiándolo a que bajara.

- ¿Entonces crees esto está relacionado? - salieron a la calle y el completo silencio sobrecogió a ambos.

- No lo sé – dijo un poco abrumada por la escena.

Avanzaron hasta doblar la esquina y enfilaron hacia la columna de luz que se divisaba en el horizonte. Adriem apretó el paso, apremiando esta vez él a la boticaria.

- Más nos vale que lo averigüemos.



- ¿Por qué? - dijo Eliel mientras la niña tiraba de ella a través de la pasarela.

- ¿Qué no entiendes? – se tuvo que detener cuando se volvió a soltar.

Ambas se habían quedado paradas en mitad de una pasarela de metal que salvaba un gran foso inundado de agua que rodeaba a su vez una gran estructura central que parecía ser el núcleo de aquel complejo.

- ¿Qué es esto? – el zumbido rítmico la obligaba a levantar la voz para hacerse oír.

- Los humanos trataron de domar el ether y utilizarlo como arma. Iba a ser la mayor hazaña bélica de del último milenio – sonrió – Qué tontos y arrogantes. Alma les hizo pagar por su pecado.

- No, lo que quería decir era ¿por qué estoy aquí? ¿Qué significa todo esto? – poco le importaban ahora las lecciones de historia de aquella niña.

- ¡Precisamente por eso! Los planos de la realidad son muy finos aquí y, pese al remiendo que hizo Alma, se pueden atravesar – Extendió los brazos tratando de abarcar toda aquella enorme sala bajo cuya cúpula se hallaba el generador - ¡Es una puerta a casa!

- ¿A casa?... ¿Qué casa?.

Negó con la cabeza y chasqueó la lengua algo desilusionada – Es verdad, me has olvidado. Pero si vienes por aquí podremos ir juntas a nuestra verdadera casa. Créeme.

Eliel dio unos pasos hacia atrás – No – ese no era el camino que quería coger. Era todo demasiado irreal – Esto no está pasando… es un sueño.

- ¡Claro que es un sueño! – se encogió de hombros – Es obvio, pero, ¿Qué importa eso? En los sueños es donde Alma no nos puede alcanzar, somos libres ¡Ven conmigo! – trató de cogerla de la mano, pero Eliel dio un nuevo paso atrás y se apartó.

- Te he dicho que no. No quiero ir contigo, he de buscar a Adriem – fue retrocediendo y echó mano al bolsillo. Pero su tiza de argentano estaba completamente consumida tras el último hechizo.

- De todas formas, aquí no te iba a servir – dijo sabiendo lo que pretendía – La magia aquí funciona de forma muy diferente – las runas se empezaron a dibujar en torno a la niña – No te dejaré que vuelvas con ese humano. – su voz se fue quebrando por una súbita rabia que le empañó los ojos. -  ¡Él no te merece!



Se deslizó dentro de la habitación de la posada a través de la ventana. En el suelo estaban tendidos los dos humanos, el aspirante a caballero y la comerciante de pelo ondulado. Dirigió sus pasos acompañado del tintineo de los cascabeles, que pendían de sus orejas oscilando hipnóticamente, hasta la mujer y se agachó para comprobar su estado.

Torció los labios. Esto no lo esperaba, una disrupción y para colmo había perdido a su presa. Tenía órdenes de vigilar, pero a diferencia de los humanos a ella no le afectaba aquel ambiente, así que no le quedaba otra alternativa que desobedecer. Sonrió enseñando sus caninos y miró por la ventana en la dirección por la que habían salido corriendo la boticaria y Adriem. 

Se relamió y echó una última mirada con desdén hacia los dos humanos inconscientes. Estaba claro que no podías encargar a un humano el trabajo de una marioneta.



Danae trataba por todos los medios seguir el ritmo de Adriem que, a la carrera, avanzaba por el camino que salía del pueblo. Entre los prados se podía ver tras una loma las instalaciones. Un par de naves cercadas en torno a un gran edificio de base circular construido en hormigón de cuyo interior surgía la luz que habían visto desde el pueblo.

- El complejo de… de… - advirtió Danae. Le costaba recordar el nombre – ¡De Torre Odón! - ¿ya empezaba a tener lapsus? - La inauguraron hace quince años y siempre ha estado controlada por el ejército del ducado. Nunca me había acercado tanto, pero sin duda es nuestro destino.
- Sí, puedo hasta sentirlo. Es como un desagradable zumbido. – desenvainó la espada – No deberíamos confiarnos.

- Hubiera preferido que llevaras algo más moderno, como una pistola.

Sonrió - ¿Sabes lo caras que son? Bastante fue que me permití este sable. – llegaron a la verja mientras hablaban y ambos vieron a dos soldados, vestidos con uniforme azul y gris, tendidos en el suelo. Probablemente estaban haciendo su patrulla cuando les sorprendió la disrupción. Adriem se encogió de hombros – Con un poco de suerte será innecesario.
Danae se agachó donde uno de ellos y le tomó la pistola del cinto – Di lo que quieras, pero yo prefiero cubrirme la espalda. – abrió la recámara y comprobó que estaba cargada.

- ¿Sabes disparar? – preguntó viendo como la boticaria revisaba el arma con destreza – Nunca lo diría de una boticaria.

- No sabes de nada de mí. La vida a veces es peligrosa, – Sonrió un poco desanimada – Cuando esto haya acabado, si aun me acuerdo, tal vez te lo cuente.

Adriem correspondió a su sonrisa apenada y enfiló el camino hacia el portón de entrada del edificio central. 



Caminaban sobre la pasarela que sorteaba el enorme sumidero por el que caía el agua hasta entrar en la bóveda del edificio central. Varias palancas y válvulas jalonaban los panales que sorteaban las tuberías que serpenteaban por los pasillos. Varias señales advertían del peligro de contaminación si se entraba en el reactor, del cual estaba surgiendo a columna de luz, cuya intensidad no dejaba ver el interior.

- ¿Qué se supone que fabrican aquí? - dijo Adriem extrañado mirando de un lado a otro - No se parece a nada que haya visto hasta ahora.

- No fabrican nada, experimentan con ether - la boticaria torció el gesto - y si lo hace el ejército creo que el objetivo está claro.

- ¿Algún tipo de arma? ¡Maldita sea, no estamos volviendo locos! - dijo mientras se internaban en la gran sala circular que era el corazón del complejo. En el centro, una estructura de cables, tuberías y runas que era incapaz de darle tan siquiera sentido, se entrelazaba con runas. En el interior, un contendor esférico de más de cuatro metros de altura del que surgía aquella misteriosa luz.
- Es la desesperación. - dijo Danae clavando la mirada en aquella esfera de metal remachado - Si el Imperio y Kresaar entran en guerra los pequeños reinos, como Detchler, no tienen ejército para hacer frente a una invasión, así que han estado trabajando en tener algo que los intimide.

- ¿Cómo sabes en que estaban trabajando…? - Adriem se quedó inmóvil. Una familiar sensación  de peligro le recorrió el cuerpo, poniéndole los pelos de punta. No la veía, pero podía sentirla en aquel lugar, un olor a hollín que le evocaba oscuridad, hasta el punto de que casi podía paladearlo. - No puede ser... –dijo con la voz ahogada.

- ¿Adriem? - le preguntó la boticaria volviéndose hacia él.

- Creo que a los dos se nos ha perdido algo ahí dentro. - dijo una voz desde otro acceso a la sala.
Danae se giró asustada ante aquella inesperada voz mientras él le ponía nombre - Idmíliris... 

Si algo estaba originando esa disrupción sin duda se encontraba allí, pero en esos momentos ante él, andando tranquilamente, se interponía el ser que menos esperaba en aquel lugar. Avanzó lentamente hasta encararse con aquella joven vestida de bufón, dejando a Danae a cubierto tras su espalda. 

- ¿Quién es? ¿Cómo puede estar aquí esa niña? - preguntó Danae en voz baja para que no les oyera.

- No te dejes engañar por su aspecto. - se giro hacia la arlequín - ¡¿Has hecho tú esto?! 

Comenzó a reírse casi hasta la histeria, como si la acusación hubiera sido el mejor chiste que había escuchado. Se enjugó las lagrimas y aun con una sonrisa le respondió - ¡Claro que no, estúpido! Una disrupción astral es demasiado incluso para mí. - Miró hacia Danae y le dedicó una reverencia – Mi nombre es Idmíliris. Adriem y yo somos viejos conocidos, ¿verdad? - Alzó los brazos y las sombras emergieron de los rincones, pero esta vez eran más grandes, la grupa casi tenía la altura de un humano y de sus brazos colgaban grilletes rotos.

- No... no son iguales que la última vez – se apretó el brazo al recordar la herida recientemente cicatrizada de su último encontronazo.

La arlequín se mordió el labio complacida – Las reglas aquí son diferentes.

- No sé qué haces aquí, pero hemos de detener la disrupción. Ella no está- dijo Adriem desenvainando el sable mientras, de entre la sombras surgía una más grande que recordaba su silueta a la de un ogro de enormes fauces.

- ¿Seguro? - Idmíliris miró hacia la gran esfera de metal por un instante y volvió a encarar desafiante al humano. - Que ingenuo eres.

- Son invocaciones. - Danae las miró fijamente – No sé cómo piensas hacerlo, pero si huimos y no detenemos esto nos consumirá el Eco. Tenemos que llegar al centro.

- ¿Sobrepasar todas esas sombras? Ya me he enfrentado dos veces a ellas en Tiria y… - no completó la frase. Había algo común todas las veces que las había visto y, tras mirar al techo de la bóveda, siguió con la mirada los tubos que salían de la zona central y que convergían muchos de ellos bajo una garita a un lado. Danae le marina esperando que terminara la frase.

- ¿Y? ¿Qué pasa? - le preguntó nerviosa al ver como las criaturas les clavaban la mirada amenazantes.

- Necesitamos luz… ¿Qué hay allí, lo sabes? - dijo señalando la garita.

- Supongo que la zona de control de todo esto. Esas tuberías deben de transportar la energía que se genera en la zona central, pero sólo es una suposición.

- ¡No tenemos opción! - afianzó la guardia y la miró de reojo sin perder de vista las sombras que se dirigían hacia ellos.

Danae quitó el seguro de la pistola y comenzó a correr hacia la escalerilla que daba acceso a la garita mientras Adriem cortaba el paso a las invocaciones para que no la siguieran. Tenía que ganar tiempo.



Las runas se transformaron en cadenas que, dotadas de vida propia, aprisionaron a Eliel, derribándola. Apenas podría respirar tendida en el suelo, pues la fuerza con la que se enrollaban la estrangulaba sin que se pudiera mover lo más mínimo para evitarlo. La niña se había acercado y la miraba de pie junto a ella.

- ¿Es que no lo entiendes? Tu corazón me pertenece y me niego a que se lo entregues a él – apretó los labios con rabia – No cometerás mi mismo error. ¡Él es como Arhius!

- ¡Yo no te pertenezco! ¿Quién es ese Arhius? ¡¿Quién eres en realidad?!  - le espetó con dificultad tratando de no perder el aliento - ¿Por qué te pareces a mi? - la última frase quedó ahogada y notó como su cuerpo se ponía rígido. Trataba de moverse pero se estaba sofocando e iba a perder el conocimiento.

La niña la miró con desdén - ¿Tienes miedo? Es normal, la verdad asusta – agarró una de las cadenas que quedaban sueltas y, sorprendentemente sin esfuerzo, comenzó a arrastrarla hacia la esfera de metal - Volverás conmigo, quieras o no.



Las sombras le atacaban sin cuartel haciéndole retroceder hasta arrinconarlo. Esa marea de oscuridad estaba jugando con él, pero cuando el ogro empezó abrirse camino hacia él, apartando sin piedad a sus compañeras, notó como la estancia se volvía más pequeña.

¿Cuántas eran? ¿Diez? ¿quince? ¿Y el ogro? No importaba. Tenía que aguantar hasta que Danae llegase a la garita atrayendo cuantas pudieras hacia él. Pero cada pequeño fallo era un golpe que recibía y desconocía ya si alguno era grave, sólo tenían en mente resistir.

Aún rodeado por aquella oscuridad que estaba dispuesta a no darle tregua, vio como la arlequín ya no estaba tras las sombras. La había perdido de vista.

Danae corría, perseguida por tres sombras, buscando resguardo de la sala de mandos. Descargó varios tiros del tambor de la pistola. Ya no podía ver a Adriem, no podía mirar atrás, y cuando alcanzó la garita justo ante ella, se encontró con la arlequín que la miraba sonriente. La apuntó casi a bocajarro, un primer disparo la impactó en la frente pero apenas se inmutó, y el  chasquido del martillo anunció que se había quedado sin munición. Trató de cargarla de nuevo pero las balas se resbalaron entre sus dedos temblorosos. Trató de agacharse pero Idmíliris la agarró del cuello y, pese a ser de menos estatura que la boticaria, la levantó del suelo.

- No me gusta dejar cabos sueltos - dijo con su habitual sonrisa amenazante que mostraba sus dientes serrados.

Danae trataba de librarse de aquella mano que la estaba estrangulando. De reojo pudo ver cómo su compañero en la batalla no corría mejor suerte, golpeado por el ogro y lanzado contra tres sombras que se le echaron encima mientras trataba de cubrirse. No pudo ver qué fue de su suerte, pues la arlequín la lanzó contra las sombras que la habían perseguido y, sin dilación, recibió el primer mordisco en una pierna. Gritó de dolor y miedo.



La niña arribó hasta el centro donde estaba el núcleo mientras arrastraba a Eliel. Sin la menor delicadeza agarró la puerta que daba acceso y la arrancó de sus bisagras sin el menor esfuerzo, como si fueran de papel en vez de metal. Las cadenas cada vez apretaban más, se iban clavando en su piel provocándole un dolor insufrible. Con la garganta casi estrangulada, a punto de caer inconsciente, en un hilo de voz casi inaudible le llamó – Adriem...



- ¡Eliel! - trataba de cubrirse en el suelo de las criaturas que le golpeaban y fauces se hincaban en su hombro y su costado, cuando escuchó con claridad la voz de la doalfar extraviada. Apretó los dientes y notó cómo se tensaban todos los músculos de su cuerpo. Aquel tic-tac del reloj volvió a escucharlo, pero esta vez parecía que componía una melodía bajo su ritmo, cuando un fortísimo dolor en el pecho hizo palidecer al resto de sus heridas. Sólo podía pensar en ella... esta vez... esta vez tenía que rescatarla. No podía volver a perderla.

La voz de Dythjui sonó en su cabeza con una pregunta que le hirió en lo más profundo de su corazón sin saber por qué - ¿De quién hablas?

- ¡Maldita sea, apartaos de mi camino! - gritó Adriem con la voz quebrada por la desesperación. 

Las sombras que atacaban a Danae se detuvieron y miraron en dirección a donde estaba el humano. La boticaria, libre de la presa, se echó hacia atrás arrastras tratando de llegar a la cabina y vio el motivo de que dejaran de atacarla.

- Eso es... - varias descargas eléctricas recorrían la sala y confluían en la zona donde parecía estar Adriem.

Las sombras se quedaron paralizadas, presas de una misteriosa fuerza que las retenía con hilos invisibles. Pasó un segundo eterno en el que las descargas se atenuaron para después volver con una  onda expansiva que golpeó a las sombras hasta lanzarlas en todas direcciones, destruyendo a la mayoría en su impacto contra las paredes y vigas. 

Adriem se había quedado quieto, con la respiración acelerada, mientras varias líneas de luz surcaban su cuerpo. Se fue levantando poco a poco, ajeno al dolor de las heridas que teñían su  ropa de rojo, ante el ogro el único que había resistido el impacto. La gran masa de oscuridad se revolvía conmocionada por el golpe mientras su ama, Idmíliris, se había girado, ignorando a la boticaria, sorprendida por el fuerte estruendo.

Notó como la arlequín tenía una mirada de estupor muy impropia de ella. El único dolor que padecía era la presión en el pecho pero aquella vez era mucho más fuerte que otras veces y le hizo hincar la rodilla en el suelo, mientras el ogro se iba acercando dubitativo hasta llegar a su altura. Sólo podía ver como las fauces se abrían, su tamaño era capaz de envolverle medio cuerpo.

Lo miró con los ojos entornados por el dolor cuando el zumbido arrancó por las tuberías que, acto seguido, comenzaron a brillar conduciendo la energía e iluminando la sala con una luz que dejó a la enorme sombra atemorizada. Adriem no lo dudó ni un momento y hendió el sable a través de la boca del ser que emitió un alarido y comenzó a desaparecer convertido en cenizas.
- ¡Adriem! - gritó Danae desde la cabina. No la podía ver pero había conseguido cargar la sala de energía y la luz atemorizaba a las sombras que buscaban donde esconderse. El trataba de mantenerse en pie, pero su cuerpo cedía al dolor mientras la Idmíliris se acercaba a él.

- No te levantes, por favor. - la luz era muy intensa y su sombra se proyectaba sobre él, agarrándose la frente, donde había recibido el disparo, que se había resquebrajado como si fuera porcelana. - Ahora tendrán que arreglarme esto, ¿sabes? - al quitarse la mano, algunos pequeños trozos se desconcharon y cayeron al suelo. La luz parecía quemarla por debajo y su eterna sonrisa ahora estaba invertida en un mueca de rabia. - Y has asustado a mis niñas. Esto me ha hecho enfadar de verdad.




La niña, cansada de arrancar las piezas del reactor con las manos, creó nuevas runas en el aire que se transformaron en una corriente de aire frío que congeló todo lo que había ante ella, para luego estallar en esquirlas de hielo. Abrió los ojos satisfecha al comprobar cómo quedaba, flotando en el aire rodeado de amasijos de hierros retorcidos, un cristal brillaba con fuerza. Parecía ser la fuente de aquel caos. Se giró hacia la encadenada, que se seguía retorciendo en el suelo.

- Ahí está nuestra puerta a casa, un cristal de esencia. Los humanos lo usan como mero combustible pero es algo más... nos puede llevar a donde queramos - aflojó ligeramente las cadenas al ver que estaba comenzando a quedarse inmóvil – Lo siento, tal vez te he atado demasiado fuerte.

Notó que Eliel movía ligeramente los labios con la mirada perdida. Se agachó para escuchar lo que decía.

- Adriem...

Al escuchar de nuevo ese nombre la agarró por las solapas y la alzó hasta sentarla. - ¡Deja de llamarle! ¡Él no va a venir a ayudarte, estúpida! ¿Acaso tu... tu... le...? - no acabó la frase y comenzó a reírse - ¿Sabes? Poco importa, pronto va a morir y dejará de ser un estorbo para nosotras.

Esa risa se clavó en los oídos de Eliel. Fue abriendo los ojos lentamente y apretando los puños mientras la niña se divertía ante la situación. No iba a permitirlo.

La niña no fue capaz de advertir la bofetada que le giró la cara hasta hacerla perder el equilibrio. Confusa vio como las cadenas se soltaban y caían inertes en el suelo a la vez que la novicia shaman se levantaba mirándola con odio.

- No – dijo con voz ronca – Él no vendrá a buscarme – como si fuera una expresión de su voluntad, las cadenas cobraron de nuevo vida y la ataron a la niña.

- ¡No! ¡No! ¡No es justo! - la niña se revolvía llorando de rabia mientras la doalfar avanzaba hacia el cristal - ¿Crees que podrás huir de mí? ¿A dónde crees que vas?

Eliel la miró antes de agarrar el cristal – A buscarle.



Toda la sala comenzó a vibrar y la columna de luz se hizo mucho más intensa. Un sonido similar al tañir de una campana reverberó por todo la sala con una fuerza ensordecedora.

Poco a poco fue aminorando y la luz fue consumiéndose lentamente mientras algunas piezas de la estructura se iban desprendiendo debido a la fuerte presión que habían sufrido.

A diferencia de los humanos, a medida que desaparecía la vibración, el cuerpo de Idmíliris iba desapareciendo. Consciente de ello, trató de agarrar al humano pero se esfumó antes de que los alcanzara, como si de un fantasma se tratase, mientras le miraba con odio.

- ¿Dónde está? - dijo Adriem sin comprender que había pasado.

- Hemos salido de la disrupción, creo – respondió Danae aún sin acabar de creérselo mientras bajaba apoyándose en la barandilla con dificultad – ¿Por qué?

Varias piezas de la estructura central comenzaron a colapsar y caer unas sobre otras, incluida la puerta de acceso de la que emergió una figura tambaleándose que ambos reconocieron enseguida.

- ¡Eliel! - Adriem trató de correr hacia ella, pero a los dos pasos se desplomó en el suelo. Su cuerpo ya no podía seguir soportando aquel dolor y al disiparse la tensión se desmoronó.

Danae se acercó a él y le dio la vuelta mientras la doalfar, al ver la escena, corrió a su encuentro.

- ¡Ayúdame! - le apremió la boticaria mientras trataba de reincorporarlo – Tenemos que llevarlo de vuelta.

- ¡Estás sangrando mucho tu también! - dijo asustada

- No te preocupes por mí. Él está mucho peor, hay que llevarle a mi botica cuanto antes. Tú… ¿cómo?… Has salido de allí - dijo incapaz de articular sus frases con coherencia. No entendía como había sobrevivido allí - ¿Hiciste tú esto?

- No se que ha pasado… Sólo recuerdo que estábamos en la habitación y… y… No consigo recordar nada. Estoy en blanco. - dijo asustada.

- No importa. Si los militares nos encuentras aquí vamos a tener muchos problemas. Agárralo y salgamos – lanzó un quejido cuando se apoyó en su pierna herida mientras Eliel tomaba a Adriem por el otro hombro para ayudarla a cargar con él.

Mientras salían del lugar Danae vio como Eliel iba en silencio, con la tez pálida y la mirada perdida. Parecía que decía la verdad, que no recordaba nada, y estaba tan o más asustada que ella.



Meikoss se rascaba la cabeza sin llegar a comprender del todo lo sucedido. Sin embargo Rulia no había perdido detalle mientras ayudaba a Danae a ajustarse bien la venda de la pierna en la trastienda de la botica.

- Sueños, luces, sombras que os atacaban... Nadie recuerda nada y diría que te lo has inventado pero habría que ser muy creativo – dijo el aspirante a caballero – Aunque lo importante es que estéis bien.

- ¿Y Adriem, cómo está? - dijo la comerciante.

La boticaria se puso en pie con la ayuda de un bastón para no cargar mucho peso en la pierna herida. 

- Durmiendo. Tiene diversas heridas, la más fea en el hombro, pero ningún hueso roto por suerte. Está sorprendentemente bien para los ataques que recibió… – hizo un silencio para medir sus palabras. No había incluido en su relato cómo se habían desecho de gran parte de las sombras que les atacaban – Sigue teniendo un principio de Eco pero si Alma se lo permite no avanzará más la enfermedad. Lamento no haberle podido ayudar más.

- Hiciste lo que pudiste – dijo Rulia – todos te estamos agradecidos.

Meikoss se acercó a la boticaria y sacó unas cuantas monedas – Por cierto, tal y como dije, te pagaría la consulta y soy hombre de palabra. ¿Qué te debo?

Danae le apartó la mano – No he podido curarle, guárdate tu dinero.

- Insisto – dijo algo ofendido ante la negativa.

- Estás en mi pueblo, así que esconde tu dinero antes de que te arrepientas – dijo amenazándole con el bastón.
Se echó hacia atrás ante la amenaza mientras su compañera de viaje se reía.

- Para ser alguien que cura a la gente eres muy violenta – se mofó Rulia.



Hacía un buen rato que se había despertado. A su lado, sentada estaba Danae que, como le había parecido oír mientras dormía había estado turnándose con Eliel. Podía escuchar del piso de abajo a los parroquianos de la posada que se afanaban en relatar y discutir el súbito derrumbe de un trozo de aquellas naves a las afueras del pueblo. Le miró con una expresión de afabilidad muy impropia de ella.

- ¿Qué tal te encuentras?

Tenía una extraña sensación en el cuerpo pero y cada movimiento era una punzada de dolor en donde había un vendaje – Sediento y dolorido. ¿Y tú? - dijo observando el bastón y las vendas que cubrían uno de sus brazos.

- Nada que no se cure en unas semanas, tranquilo – le dijo acercándole un vaso de agua mientras él se reincorporaba.

- No sé muy bien qué pasó - tomó un sorbo de agua.

- Sea lo que fuere, aquello que hiciste con las sombras es lo que te está enfermando – dijo con gesto serio – Si no quieres que tengan que recordarte quién es Eliel, será mejor que lo evites.

- Yo... no sé cómo lo hice. - se quedó mirando la superficie del agua tratando de recordar.

Danae se levantó y dio un largo suspiro – Pues averigua como lo hiciste para no usarlo nunca. - hizo un especial hincapié en la última palabra. Estaba molesta pero Adriem no entendía exactamente por qué.

Una vez dicho esto, la boticaria se levantó y añadió antes de abandonar la estancia – No le he contado nada de esto a los demás, ni siquiera a la doalfar. Por cierto está en la habitación nueve. Supongo que querrá verte.

Transcurrieron unos minutos desde que oyó los pasos de Danae alejarse por el pasillo. Hizo acopio de fuerzas y se levantó de la cama. Avanzó por el pasillo hasta la habitación que le indicó la boticaria. 

Tras dar unos golpecitos en la puerta para anunciar su entrada y no oír respuesta, entró con cautela. Al otro lado de la estancia, en el balcón que daba a la parte trasera de la posada, Eliel, vestida con un chaquetón que cubría el camisón con el que se iba a dormir, observaba las estrellas. La helada caía lentamente.

Avanzó hasta el arco de la puerta de la balconada con paso lento y algo inseguro. 

- Si sigues ahí fuera cogerás frío - dijo aclarándose la voz. 

La doalfar se cerró un poco el chaquetón y se giró hacia él sorprendida. - ¡Adriem! ¿Qué tal te encuentras?

- Perfectamente – mintió ante la evidencia, con una amplia sonrisa.- ¿Y tú cómo estás?

- No muy bien - no tenía buena cara - Apenas recuerdo nada, fue como un sueño… del que apenas recuerdo escenas incoherentes. Había una niña, una luz y… creo que una casa. - agachó un poco la cabeza y su cara se ensombreció, haciendo más evidentes las ojeras – Creo que algo no salió bien en el conjuro que hice y provoqué todo esto... Lo siento mucho. ¡Pe… pero no consigo saber el qué! Fue culpa mía y podía… podría… la gente - exclamó desesperada con voz temblorosa. - Estoy asustada, Adriem.

Era la primera vez que ella le manifestaba sus sentimientos con tanta claridad y se quedó perplejo por unos instantes. Sonrió y le apoyó la mano en el hombro, con delicadeza pero firmeza a la vez - ¿Qué estás diciendo? Lo único que hiciste fue ayudarme. Algo salió mal, de acuerdo, pero no te martirices así. Tú nunca harías daño a nadie - la reprendió restándole importancia al asunto como acostumbraba a hacer.

Se enjugó las lágrima que empañaban sus ojos y sonrió nerviosa, pero parecía que algo reconfortada. - Gracias, creo que necesitaba escucharlo.

Se percató de que el fino camisón rosado que llevaba bajo el chaquetón realzaba su figura. Delgada y de cintura estrecha, la doalfar se había trenzado el pelo, dejando sueltos los mechones de su flequillo, que se entrelazaban entre ellos, rebeldes. Adriem se quedó prendado de aquella belleza sobria y delicada que, como una pluma, acariciaba la vista y el corazón. 

Ruborizado ante aquella visión, al final consiguió pronunciar palabra. 

- Yo... en realidad soy yo el que debería disculparse. Dije que te llevaría a casa y he de reconocer que no he sido muy buen escolta hasta ahora. 

- No. No pasa nada. Me alegra mucho que estés mejor y que viajemos juntos de nuevo. Alégrate, dentro de unos días llegaremos a Nara, y de ahí a Hannadiel apenas son un par de días. Podrás volver a tu casa - dijo Eliel con una sonrisa que desprendía algo de tristeza.

- Sí... Ya queda poco. - Adriem se sintió abatido por un dolor mayor que el de sus heridas.

La rutina lo esperaba de nuevo: Tiria, la guardia, las rondas... y Dythjui. Era lo único que echaba de menos, la amistad con su casera. La única persona que habitaba en su corazón, un lugar con mucho sitio libre. Tal vez tanto espacio podría llenarse con alguien más. Se quedó mirando fijamente a la doalfar la cual le correspondió con sus ojos azules como el cielo. Cuando quiso darse cuenta, los estaba mirando sin pestañear, en un silencioso diálogo que endulzaba el aire. Aquellos ojos... 

- Ya es tarde, deberías dormir - dijo Adriem dándose la vuelta rompiendo la magia de aquel momento. 

- Sí, tienes razón. - entró de nuevo en la habitación – Tú también deberías descansar

- ¿Yo? Llevo demasiado tiempo durmiendo. Creo que iré a hablar con ese detchliano, Meikoss, seguro que en la taberna tiene a bien explicarme por qué viaja con nosotros.

- Te lo puedo contar yo si quieres.

- No, tú descansa. Antes o después tendré que hacer las paces con él, le debo una disculpa por lo de Dulack. - no supo por qué, pero Eliel mostró cierta decepción ante aquella respuesta. Pero necesitaba aclararse las ideas y, en presencia de la doalfar, le era más complicado.

Ya estaba cerrando la puerta de la habitación cuando se giró hacia ella y dijo.

- Gracias por cuidarme estos días.

La puerta se cerró dejándola a solas. Eliel se quitó el chaquetón y se dejó caer en la cama con un largo suspiro. Los recuerdos turbios de aquella niña del reactor no dejaban de darle vueltas en la cabeza. 

Sacó la mano y apagó el quinqué de la mesita. Allí se quedó, sin ganas de cerrar los ojos, pero agotada por el día. Acurrucada en el mundo personal que se acababa de construir bajo sábanas y mantas. Sus pensamientos se alejaron de aquel cristal y volvieron a los ojos de Adriem. Sonrío levemente. 

- Su mirada vuelve a ser cálida - le dijo a su sueño.


Las estrellas brillaban en el firmamento. Bajo aquel cielo, los restos de lo que en su día fue una casa de campo, permanecían en silencio bañados por la tenue luz de la noche a excepción del sonido de una tiza que rascaba sobre las piedras que conformaron su antiguo suelo.

Una estructura rúnica ordenada por círculos que interaccionaban con trozos de pergamino en los que figuraban más runas, descansaba a los pies de Rulia. La noche era muy fría y su aliento se dejaba ver nada más salir por su boca, sofocada por el enorme esfuerzo de construir aquel complicado ritual.

Tomó aire para controlar su respiración y se agachó para tocar con el índice derecho una de las runas que comenzó a brillar para después provocar una reacción en cadena que iluminó el lugar. La realidad intentó distorsionarse, ante la mirada fría y calculadora de la hechicera que contemplaba como en el centro de toda la estructura empezaba a dibujarse una figura que fue tomando consistencia poco a poco hasta volverse real, momento en el que las runas se rompieron y el silencio y la oscuridad se cernieron de nuevo sobre el lugar, quedando de las runas una pequeña bruma brillante que poco a poco se iba disipando.

Acurrucada en el suelo, jadeando, estaba Idmíliris. Trató de incorporarse, pero su brazo se agrietó en el momento que se apoyó sobre él. 

- No deberías esforzarte mucho, ha sido un viaje duro y podrías romperte – le dijo la hechicera mientras se acercaba.

- ¡Podrías ayudarme al menos! - seguía tratando de levantarse, pero le era imposible, su cuerpo aún no le respondía y se retorcía en el suelo, impotente.

- Ya te he ayudado bastante – la miró con desprecio – ¿Te ha enviado para asegurarse? ¿No confía en que os pueda llevar a la princesa? - La arlequín sólo la miró y obtuvo su respuesta – Muy bien, gracias.

- ¿Cómo me has traído? 

- Es simple, aunque me ha costado mucho dar contigo, te he invocado. - La respuesta era un duro ataque al orgullo de la arlequín y se sintió satisfecha de devolverle el golpe moral. - Deberías estarme agradecida de no seguir flotando en ese mar de sueños.

Idmíliris apretó los dientes y le dedicó una sonrisa envenenada – Has sido muy gentil, Sophia. 

Unos pasos se oyeron tras ellas y la hechicera se maldijo. Estaba segura de que nadie le había seguido, pero ver a Meikoss plantado ante ellas con la mano sobre el sable con semblante serio le probaba su error.

- Creo que deberíamos de volver a presentarnos... Sophia.