1 de abril de 2016

Eraide 3x04: Sueños

Una campana tañía, invadiendo con su timbre cada recoveco de aquel lugar mientras el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados. A través de enormes ventanales, la luz, que se filtraba entre los árboles, dotaba a aquel pasillo de cierto aire de irrealidad, sombrío y gélido en contraste con el bello parque que se intuía en el exterior.
Avanzaba con paso torpe, tratando de seguir el ritmo del adulto que la llevaba de la mano. La campana dejó de sonar cuando traspasaron la puerta que había al final de aquel pasillo, y su chirrido, que hizo eco en el silencio que imperaba en aquel lugar, provocó que un escalofrío recorriera cada rincón de su ser. Estaba muy asustada y tiró de la mano hacia atrás, pero solo consiguió que la que la sujetaba lo hiciera con más fuerza, obligándola a entrar.
Ante ella, un aula en la que había dos personas más esperándolos, cuyas sombras se proyectaban contra las paredes, con formas que le recordaban a monstruos. Un hombre elegantemente vestido, con traje y sombrero de ala, que miraba a través de una de las ventanas dándole la espalda. Apoyado en la mesa del profesor se encontraba otro, con unas gafas redondas que cubrían su mirada y una sonrisa siniestra que se dibujó deformando su cara, y que le hizo inconscientemente apretar la mano de quien la trajo.
El hombre del sombrero se giró y saludó, pero era incapaz de ver su rostro, oculto por las sombras que arrojaba el contraluz de la ventana.
Hola —dijo con una voz muy suave—. No tengas miedo, pequeña.
Su custodio tiró un poco de ella hacia delante, hasta conseguir que la niña diera unos pasos más. Ni aquella voz afable la calmaba y notaba cómo le temblaban las piernas, hasta tal punto que pensaba que se iba a desplomar contra el suelo.
No te preocupes —prosiguió el hombre del sombrero—. Tu tutor nos ha contado tu historia y venimos a darte un nuevo hogar.
Ella no dejaba de mirar al hombre que desde la mesa del profesor la observaba. Su sonrisa enmarcaba unos dientes inmaculados.
Sé que no soy exactamente como un padre, nunca he tenido hijos, pero quiero que me consideres como tal. A partir de ahora, tanto la gente que me acompaña como yo te cuidaremos. —Se acercó a uno de los pupitres, donde hasta hacía un momento hubiera jurado que no había nadie. Era incapaz de verla bien, pese a que estaba a pocos metros, tan sólo distinguió que era más o menos de su estatura y que su pelo lacio era blanco y largo.
El hombre siguió hablando:
Ella también va a venir con nosotros. Nunca has tenido una hermana, ¿verdad?
Negó con la cabeza mirando a aquella figura. El sol casi había desaparecido y el aula iba quedando lentamente engullida por las sombras.
Pues a partir de ahora será tu hermana, ¿qué te parece? —El hombre se acercó hasta ella, se puso en cuclillas y le extendió la mano—. Me llamo Harald, ¿y tú?
Le miró, pero no se atrevió a hablar.
Ha sido una desgracia lo de tus padres, ningún niño debería perderlos, pero el mundo es cruel. El centro no puede mantenerte, espero que lo entiendas. Sin embargo, te prometo que me encargaré personalmente de que no te falte de nada. El estado te cobijará de aquí en adelante y a cambio le servirás.
El hombre se puso en pie y, desde su perspectiva, le pareció un gigante. Una desagradable sensación de vértigo le revolvió el estómago y un solo pensamiento ocupaba su mente. «Huye». Pero era incapaz de dar un paso, atrapada en aquel lugar donde las sombras invadían cada rincón.
Vas a ser muy valiosa, ya lo verás. Y mientras yo esté aquí todo irá bien, pequeña.
Sus labios, sin pensarlo, articularon una frase:
¿Y cuando no estés? ¿Qué pasará?
La noche se cernió por completo. Tan oscura que sólo dos cosas se podían apreciar: la mirada del hombre cuyos ojos le resultaron inquietantes y familiares, además de la sonrisa de aquel que llevaba gafas, el cual se acercaba hacia ella enseñando unos dientes afilados.
Que él te devorará.
No podía moverse, solo ver cómo aquellas fauces se cernían sobre ella y la mordían en el brazo, triturando su carne y sus huesos. Ya no podía ver, solo sentir el dolor de su cuerpo consumido por aquella bestia.
Dolor...



Shara se despertó con sobresalto. Tenía los ojos abiertos como platos y la respiración entrecortada, así como el cuerpo completamente empapado en sudor. Le dolía el brazo, como si de verdad la hubieran mordido, y el recuerdo le revolvió el estómago hasta tal punto que tuvo que ponerse en pie y salir corriendo, tambaleante aún, hasta el baño para vomitar.
Estaba completamente agotada, así que se deslizó de vuelta a su camarote por los pasillos angostos de la nave. Reparó en la puerta entreabierta de la cocina, donde aún permanecía Anna durmiendo plácidamente sobre la mesa pese a lo incómodo de la postura. Entró en su habitación y arrastró los pies de vuelta a la cama, pero se vio incapaz de volver a tumbarse. Cada vez que se dormía regresaban esos sueños; tenía miedo de cerrar los ojos. Se deslizó hasta el suelo apoyando la espalda en la pared y metió la cabeza entre las rodillas. Sabía que había tenido más pesadillas, pero la mayoría no las recordaba. No tenía conocimiento de haberse sentido enferma nunca, pero ese agotamiento y las náuseas indicaban que muy probablemente iba a romperse su buena racha de salud inquebrantable.
Se frotó los ojos, irritados, enjugándose algunas lágrimas que amenazaban con desbordarse. Josef no había errado: últimamente no se encontraba bien, pero no había nada que los demás pudieran hacer. Su cabeza… ¿Eran acaso recuerdos lo que se entremezclaba en sus sueños? ¿Qué clase de pasado tenía? Empezaba a temer descubrirlo.


¡Shara! ¡Shara! —la voz de Anna acompañó a unos golpes en la puerta—. ¿Estás bien? Me ha parecido oírte.
No sabía en qué momento se había quedado dormida acurrucada en el suelo. Tenía los ojos empapados en lágrimas y se maldijo por haber alertado a la mawler. ¿Qué había pasado? Al intentar recordarlo sintió un desagradable escalofrío que le recorrió el cuerpo. Sin saber por qué, notó que sus manos temblaban ligeramente.
Tran-Tranquila. —Su voz sonaba aún ronca—. Estoy bien, estoy bien. Vete a dormir. —Se limpió la cara con la sábana que colgaba de la cama y tomó aire para despejarse.
Me has asustado, de repente has empezado a gritar. ¿Has tenido una pesadilla? —Anna abrió la puerta del camarote y se asomó—. Si quieres te puedo traer algo de la cocina. —Se quedó callada cuando la miró.
Shara se levantó de golpe. ¿Cómo se atrevía a entrar y verla en ese estado?
¡¿Acaso te he dado permiso para entrar?! —gritó indignada, poniéndose rápidamente de pie—. ¡Déjame en paz, ya te he dicho que estoy bien!
Solo estaba preocupada, lo siento. —En vez marcharse, como pretendía Shara, entró del todo en el camarote—. Pero es evidente que me estás mintiendo —dijo cerrando la puerta tras de sí.
No te incumbe, ¿vale? —la miró amenazante, pero con las manos tras de sí para que Anna no detectara su temblor—. Se me pasará, sólo ha sido un mal sueño. Así que lo que necesito es que me dejes tranquila y descansar, vamos a tener un día duro. —Trató de suavizar el tono, pese a que la manía de Anna de entrometerse en la vida de los demás la enervaba.
Ha debido de ser una pesadilla terrible para que hayas llorado. Nunca te había visto así... —musitó Anna.
Tal vez porque nunca quiero que me vean así. —Se levantó y recogió sus botas para dirigirse a la salida del camarote. Necesitaba tomar el aire y serenarse—. Sólo ha sido eso, un mal sueño, ¿vale? No hagas un mundo de ello. Voy a beber un poco de agua y a dar una vuelta, ya que no parece que te vayas a ir de mi habitación.
Por un momento le pareció que la mawler iba a decir algo, pero no quiso darle la oportunidad y cerró tras de sí con un sonoro portazo. Estaba demasiado cansada como para soportar un minuto más sus impertinentes preguntas.
Aquella nave la oprimía, sentía que le faltaba el aire. Se calzó las botas sobre el pantalón de lino y abrió la escotilla exterior. Una bocanada de aire caliente le abrasó la piel allí donde la camiseta de tirantes no la cubría. El sol regía el cielo, calentando cada una de las piedras de aquel desierto, hasta el punto de que notaba en sus pies cómo traspasaba las suelas de las botas. Entendía perfectamente por qué en la ciudad se hacía casi toda la vida por la noche.
Inmersa en la dureza de aquel paraje, se sentía mejor que dentro del aesir. Necesitaba estar sola y pocos lugares se veían más deshabitados que aquella extensión de desierto que se perdía en el horizonte mirando al norte.
Las pesadillas le habían hecho olvidar, durante un rato, la situación en la que se encontraba. Llevaba casi cinco años siguiendo a Uriel allí donde él decía, obedeciendo sus órdenes, anhelando recordar quién era. Había entregado su nueva vida al pelirrojo y no tenía muy claro qué había recibido a cambio. Parecía que sus recuerdos estaban volviendo por sí mismos, pero empezaba a desear que siguieran en el olvido. Pasado y presente, pero nunca había pensado en el futuro.
¿Qué sucedería el día en que Uriel no estuviera? Aunque consiguieran llevar la misión adelante y rescatarle, ¿qué cambiaría? Sabía que sólo era una pieza más en ese plan, una ayuda conveniente, pero antes o después se encontraría sola.
Tenía razón Josef cuando le decía que descargaba su frustración en Anna, pero no lo podía evitar. Tenía miedo de volver a estar sin nadie alrededor a pesar de lo mucho que le costaba confiar en los demás. Pero era consciente de que antes o después, como su memoria, se irían para siempre.
Ni siquiera sabía qué objetivo perseguía realmente Uriel. Siempre había supuesto que era una venganza contra el Imperio, ¿pero qué clase de objetivo era realmente ese? Notaba en él cierto resentimiento, pero un ajuste de cuentas no encajaba en el pragmatismo del pelirrojo. Sin embargo, ella sólo hacía lo que le pedían, sin cuestionar. Y pese a todo, se encontraba excepcionalmente cómoda haciéndolo, como si fuese natural en ella. Pues si algo había sacado en claro de aquellos confusos sueños que la asaltaban, era que no era la primera vez que lo hacía, y aquello sólo le trajo dolor.
Comenzó a rascarse el brazo al recordar la mordedura de su pesadilla. ¿Acaso había algo más en su pasado?


Pese a lo placentero del aire libre, no podía aguantar mucho más en aquel páramo sin sufrir una insolación, aunque estuviera a la sombra de la nave. Entró de nuevo hasta llegar a su habitación para vestirse en condiciones. Fearghus no llegaría hasta dentro de unas horas, pero descansar no iba a ser una opción. Tal vez algo de café la ayudaría a centrarse en el problema que tenían ahora y aparcar los suyos hasta que la situación estuviera resuelta.
No pudo evitar dar un largo suspiro cuando vio que Anna la esperaba en la cocina. Nunca conseguiría entender la necesidad de la mawler de inmiscuirse en todo, particularidad que la irritaba sobremanera.
Creía haberte dicho que quería estar a solas —la miró malhumorada, ante lo que Anna desvió la mirada.
Lo sé, no quería molestarte, pero Josef me ha contado lo que ha pasado y… Bueno…, quería saber qué… —Se rascó la cabeza nerviosa—. ¡Maldita sea, no lo sé! ¿Qué deberíamos hacer?
Se quedó en silencio, pero ella tampoco sabía qué responder. ¿Darle ánimos? ¿Palabras de esperanza sin fundamento? No, era incapaz de mentir así. Se limitó a acercarse a la cafetera y desenroscar el filtro para ponerle café.
Al menos podrías decir algo —protestó Anna—. Ni siquiera parece que te preocupe lo más mínimo.
Como quieras. —Puso la cafetera en el fogón y tomó aire para no contestarle de malas maneras. No iba a discutir con ella, ni darle explicaciones—. ¿Quieres una taza?
¡Maldita sea, Shara! Yo no puedo ser como tú y mantener esa frialdad casi todo el tiempo. Hablar no es nada malo, ¿sabes? ¡Incluso de las pesadillas!
No lo necesito —replicó tajantemente—. Tampoco me has dicho si quieres café.
Gracias, pero no. Sólo quiero sentirme útil ahora. —La mawler se recostó contra el asiento y se quedó mirando el ventilador del techo—. No hago más que darle vueltas a qué más podría hacer yo y… sólo pienso en que Uriel siempre me deja al margen. Me tengo que limitar a veros partir y tan siquiera sé si volveréis. Estoy cansada de todo esto.
¿Acaso importa ahora? —sintió algo de alivio al constatar que no era la única incapaz de encontrar una solución—. Me parece muy egoísta por tu parte. ¿Sólo te importa si tú eres útil? Por el amor de Alma, deja de parlotear y de pensar en ti misma, puede que así se te ocurra algo útil y le demuestres que no tienen por qué dejarte a un lado.
No es tan fácil —se la quedó mirando, ofendida—. No puedes entenderlo.
Sí que lo hago, y mejor de lo que crees. La diferencia es que sigue sin importarme lo más mínimo lo que pienses tú o los demás. Me concentro en hacer mi trabajo. —Empezó a oler a café recién hecho y se giró para apagar el fuego y, de paso, dejar de mirar a Anna—. Así que da igual cómo te sientas, eso no importa, porque tenemos mucho trabajo por delante si hay que sacar a Uriel de una prisión estatal. Es de lo único que estoy dispuesta a hablar.
Centrarse en la misión la distraería, y tal vez Anna le diera un enfoque nuevo. No podía aparcar sus diferencias con la mawler, pero ya que esta no pensaba irse, si dejaba de quejarse y trataban de buscarle solución al problema, su compañía sería asumible. Tenía que enfocarse en el presente y después ya pensaría sobre su futuro. Puede que, por primera vez, empezara a pensar que estaba lejos de ese grupo, aunque le apenase.


A un tren de mercancías que partía hacia la capital a través de la antigua vía del norte se le habían enganchado tres vagones de pasajeros por orden del gobernador. En uno de ellos se iba a transportar a una persona junto a un grupo de escoltas.
Seguramente no era algo que al maquinista le fuera a agradar en absoluto, pero no había posibilidad de objeción si la orden venía de arriba y la compañía que regulaba la línea no había puesto traba alguna.
Así pues, con un traqueteo continuo, el convoy avanzaba bordeando la árida planicie del desierto hacia el refugio de las montañas del oeste, por donde continuaría camino de la meseta del Tir.
Uriel no se sentía muy cómodo con aquellos grilletes, pero a nadie allí le iba a importar su bienestar. Mucho menos agradable era con la compañía de dos militares y el gobernador que, desde el pasillo y de vez en cuando, se asomaba para comprobar que todo estuviera en orden. Con su escolta, por supuesto. Pero no había opción e iba a ser un viaje largo…, o no.
En una parada para recoger agua tras unas cuantas horas de viaje, el tren se detuvo más de la cuenta. Uriel pudo observar por la ventanilla la cola de un aesir pequeño que habría aterrizado (no hacía mucho tiempo, a juzgar por el vapor que escupían los motores que aún se estaban refrigerando) en aquel yermo donde tan solo había una cabaña vieja, un molino de pozo y un depósito de agua. Nada más en kilómetros a la redonda.
Unos pasos se escucharon por el pasillo, y la voz del gobernador en un tono obsequioso se disculpó repetidas veces. Le oyó marchar hacia la parte trasera del vagón con varios hombres, mientras los nuevos pasos avanzaron hasta detenerse en la puerta del pasillo.
Uriel ni siquiera se dignó a mirar cuando los soldados se pusieron en pie. Sólo podía ser una persona quien acudiera con tanta impaciencia a recibirle. Alguien a quien llevaba años evitando, al que mataría si pudiera, pero que era un actor necesario en la obra que pretendía representar.
Miguel, cuánto tiempo sin vernos...
El pelirrojo podía notar la mirada penetrante del senador, que ordenó inmediatamente a los soldados que abandonaran el compartimento. Caminó hacia dentro y, ajustándose las gafas, se sentó ante Uriel.
¿Qué te traes entre manos, maldito desgraciado?
¿No es evidente? —dijo enseñando los grilletes—. El formidable gobernador de Hazmín me ha arrestado. Supongo que he perdido práctica tras tanto tiempo fuera de servicio.
Miguel se recostó en el respaldo. El tren seguía parado.
Ese gobernador no atraparía ni un simple resfriado, así que dudo mucho que te haya podido detener si no es porque tú has querido. Pero sea producto de tu retorcida mente o no, no puedes tan siquiera hacerte una idea de lo que he deseado que llegara este momento. —El pelirrojo notó cómo apretaba los dientes—. ¡El gran Uriel Von Hamil, el agente infalible del Servicio Secreto Imperial! Refréscame la memoria: ¿cuántas misiones fallaste de las casi cien que hiciste en tus años de gloria?
La última.
¡Tan... sólo… una! —dijo regodeándose en cada palabra—. Por eso eras el favorito de Harald. Claro, sin contar este pequeño desliz que nos ha permitido encontrarnos —entornó la mirada—, pero no lo contaremos en tu historial. A fin de cuentas, nos ha permitido este feliz reencuentro después de tu… baja unilateral.
Llámalo por su nombre, que estamos entre amigos: «traición».
Cierto, para qué andarnos con rodeos... ¿Cuánto hace de eso? ¿Cinco años?
Cinco años, tres meses y veinticuatro días.
La cara de Miguel se contrajo y ensombreció, siendo imposible distinguir sus ojos tras las gafas. Apretó los puños y a Uriel, por un momento, le pareció escuchar cómo crujían cada una de sus articulaciones, tensándose la fibra del cuerpo. Se levantó violentamente en una explosión de ira, y le tomó por los grilletes para que no se moviera. Nunca pensó que pudiera tener tanta fuerza su excompañero. Indefenso, le propinó cinco puñetazos cargados de rabia, mientras los contaba con los dientes apretados.
Notó que la sangre le discurría desde la nariz hasta la boca y le ardía la cara, en cada uno de los golpes. Recuperó la compostura tratando de echarse el pelo de nuevo hacia atrás, con cierta dificultad al tener las manos atadas.
Miguel se volvió a sentar y dio un largo suspiro mientras sacaba un pañuelo para limpiarse los nudillos. Miraba con cierta satisfacción cómo Uriel escupía algo de sangre a un lado.
Me alegra que tengas tan en mente ese día, ya que no lo he podido olvidar ni por un segundo. Casi destruiste por completo el proyecto y yo tuve que refugiarme espiando en el Senado.
Pero Harald ya no está —dijo con gesto grave—. ¿Cómo fue?
Sonrió.
Rápido —respondió con voz pausada—. La guerra necesitaba de un Servicio Secreto más agresivo y tú ya estabas fuera de escena. ¿Sabes? Me dijeron que te nombró antes de morir.
No caería en la provocación, pero también sabía que aquellas palabras estaban hurgando en la herida pese a que permanecía quieto, en silencio, inexpresivo. Soportando la estúpida sonrisa de Miguel.
Aunque voy a disfrutar en tu ejecución, he de darte las gracias, pues el proyecto Cristal renació gracias a ti con más fuerza que nunca. —Se giró hacia el pasillo—. Pasa, querida, quiero presentarte a alguien.
Con permiso...
La mujer que entró le resultó muy familiar. Facciones suaves y pelo largo, de un rubio tan claro que parecía albino, y mirada gris y apagada; entró en la habitación sin hacer ruido, como si fuera un fantasma.
No te acordarás de él, era muy pequeña, así que te lo voy a presentar de nuevo: él es Uriel von Hamil, el traidor que asesinó a tus hermanas. —Le miró—. Te acuerdas de ella, ¿verdad, Uriel? La pude esconder a tiempo y no supo nada. ¿Por qué no le dices cómo fue matarlas? ¿Qué sentiste? Supongo que no debiste de percatarte, cuando llevabas once mujeres asesinadas, de que te faltaba una. Pero claro, cualquiera perdería la cuenta.
Uriel ni siquiera la miró.
Ya no eran mujeres…, eran herramientas, cosas que utilizábamos a nuestro antojo. Si buscas un ápice de arrepentimiento, te equivocas. Lo volvería a hacer de nuevo, porque nosotros ya las habíamos matado hace tiempo.
Yo… te conozco… —dijo la mujer con voz suave y pausada—. Estabas con padre…, pero te recordaba diferente. ¿Por qué las mataste? ¿Qué te hicimos?
Uriel sonrió.
Lo triste fue lo que os hicimos a vosotras, ¿verdad? —dijo mirando a Miguel—. Sólo quería arreglar ese error antes de irme.
Estoy tentado de pedirle que te rompa el cuello. Sería desagradable, pero hay una sola cosa que evita que dé esa orden. Así que, ¿qué tal si me dices qué demonios haces aquí? Cuanto más interesante sea la historia, más prolongarás tu miserable vida.
No tengo nada que ocultar, Miguel —se encogió de hombros—. ¿Quieres saber la verdad? Muy bien. —Se echó hacia delante para susurrárselo—: Para destruir esta farsa a la que llamáis Alma —dijo en tono siniestro entre dientes—. Este encuentro ha sido una pequeña improvisación, pero al fin puedo contarte toda la verdad de lo que planeo. Cuando acabe no sólo me dejarás vivir, sino que me liberarás de estos grilletes —afirmó agitando las manos para que se oyera el tintineo del metal—. Préstame atención y sabrás cómo va a ocurrir.


El puerto aéreo de Hazmín no era más que una enorme extensión de tierra con algunas grúas de anclaje para los dirigibles grandes, varios almacenes, depósitos y una modesta terminal de pasajeros que se alzaba solamente dos alturas. Las cajas de mercancía se acumulaban, y la actividad ahora que estaba atardeciendo era frenética, pues a pleno día era muy complicado trabajar debido a las altas temperaturas.
Una pequeña nave de pasajeros empezaba a arrancar los motores, cuyas hélices comenzaban a girar cada vez más rápido produciendo un zumbido ensordecedor. Era un modelo de aesir bastante antiguo, pero aún era capaz de cubrir la ruta semanal entre Hazmín y la capital.
Oculta tras un montón de cajas que esperaban ser cargadas, Milenne observaba cómo al pie de la rampa de subida un delven se despedía de un humano de tez morena, bien vestido con una camisa con faja, y pelo y barba cortos y arreglados. Con el ruido de los motores era difícil, pero siempre se le dio bien leer los labios.
¿Está bien que vaya solo? —dijo, parco en palabras, al humano, pero con cierta cortesía.
No se preocupe, es mejor viajar ligero de equipaje. Cumpliremos nuestra parte, tan sólo encárguese de que él cumpla la suya. Ha sido trasladado esta mañana en tren a Tiria, tal vez lo podáis interceptar. —Le entregó un papel—. Aquí tienes todos los detalles.
Gracias.
Con gesto serio, el humano tendió la mano.
Tres meses.
Tres meses. —Estrechó el antebrazo del humano, en el saludo habitual de los delven, que fue correspondido—. Buen viaje.
El hombre se echó al hombro una bolsa y agarró la maleta que tenía a sus pies, tras lo que subió por la rampa. El dirigible no tardó en partir y el zumbido fue amainando, dejando paso al movimiento de los operarios de pista que se afanaban en preparar la zona para la próxima nave.
El delven miró durante un rato cómo se alejaba en el cielo y después de unos instantes comenzó a caminar hacia la salida del recinto, justo por el lado donde ella se ocultaba.
Se paró cuando rebasó uno de los montones de cajas que el atardecer estaba cubriendo de sombras. Una desagradable sensación se apoderó de ella cuando el delven detuvo sus pasos y se quedó en silencio. Se giró sobre sí mismo con la mano puesta sobre el sable que colgaba de su cinto. Ella se quedó inmóvil pero, aunque no estuviera mirando exactamente en esa dirección, sentía que le miraba. Sus pulsaciones se aceleraron y contuvo el impulso de salir corriendo. Era imposible que pudiera verla..., o eso creía.
El delven se rascó el pecho, molesto, pero tras unos instantes la amenazadora expresión desapareció, suspiró y relajó la mano que acariciaba el pomo del arma. Se encogió de hombros y abandonó el puerto aéreo sin dejar de mirar hacia su espalda con suspicacia.
Si aquel hombre estaba ayudando a Uriel, una cosa resultaba obvia: era peligroso. No había margen de duda, era justo la descripción que le habían dado de él. Tenía que informar lo antes posible, pero no al SSI.


De vuelta varios kilómetros al norte, el tren en el que viajaba Uriel seguía detenido, algo que no molestaría a la mercancía, pero sí a quienes la estuvieran esperando en Tiria. El gobernador esperaba fuera, sofocado por el calor junto a varios soldados, esperando a que el senador acabara de hablar con el preso.
¿Qué demonios había hecho venir a un senador de Arqueís hasta allí? No tenía ni idea, pero lo que le hacía estar tranquilo era que si se había tomado tantas molestias, el reo debía de ser más importante de lo que creía. Mejor para su llegada triunfal a la capital.
Cuando ya comenzaba a impacientarse, el senador bajó del vagón junto a su acompañante y se acercó hasta él.
Gracias por su colaboración, gobernador…
Alfred, senador.
Sí, cierto, gobernador Alfred. Gracias por su colaboración. A partir de aquí queda bajo mi custodia personal. Mi aesir puede servirle de transporte de vuelta a la ciudad mientras tomo el control de este tren —ordenó Miguel.
Pero, señor… Ese hombre fue arrestado en Hazmín. Es mi responsabilidad —suplicó el gobernador, viendo cómo sus sueños de fama se desvanecían.
No se lo estoy pidiendo, gobernador...
No pudo acabar la frase. Un murmullo dulce y delicado, una agradable nana, comenzó a acariciar su oído. Nadie más parecía escucharlo, pero sin saber por qué, Alfred se encaró a Miguel. Aquello era insultante. No podía llegar ese hombre y quitarle su trofeo sin más.
¡No voy a aceptar sus órdenes! —dijo con una voz enérgica e impropia de él. Los soldados de alrededor quedaron desconcertados ante el cambio brusco de la escena—. ¡Es mi prisionero! ¡No consentiré que me arrebate mi ascenso!
Ya lo tenía todo claro, su mente se despejó: aquel hombre no quería a un sureño más en la capital. Siempre era lo mismo, las provincias alejadas eran menospreciadas por aquellos que vivían bajo el paraguas de Tiria.
Deslizó la mano hasta la pequeña pistola que llevaba siempre oculta bajo sus ropajes y le apuntó. Cualquiera que viviese en Hazmín siempre tenía que llevar algún arma para su seguridad. Pese a su bajo calibre y corto alcance, bastaría para quitarlo de en medio.
Le ruego que se marche, senador Miguel. No va a impedir mi ascenso al gobierno.
Qué ingenuo. ¿Cree que es por usted? No se sienta tan valioso, gobernador… Ehh... Al...
¡Alfred! ¡Maldita sea! —le espetó, hastiado de su menosprecio. Amartilló el arma, dispuesto a disparar si no le obedecía—. ¡Ahora, lárguese!
No. Por su propio bien, baje el arma. Si no, ella se verá obligada a actuar —dijo Miguel mientras del vagón aparecía la mujer de cabello casi albino que le acompañaba.
Le estaba tomando el pelo. Esa joven tenía aspecto de ser una bailarina. Insultaba a su inteligencia si creía que con un farol tan evidente le iba a intimidar. Sin mediar más palabras, consciente de que con una acción decisiva podría acabar con el molesto senador, se lanzó hacia él buscando acercarse lo suficiente como para que el disparo fuera mortal. Luego ya se encargaría de taparlo con primas a los soldados.
Pero aquella carrera fue rápidamente detenida por dos de sus hombres, que lo desarmaron.
¡Soltadme, malditos! ¿Cómo osáis? ¡Es a mí a quien debéis lealtad! —no paraba de repetir mientras Miguel se acercaba sin apenas haberse inmutado. Le había distraído y no había percibido la jugada.
Atacar a un representante del senado es un delito muy grave. Lo sabe, ¿verdad? Creo que usted también vendrá a Tiria a compartir calabozo con el reo.
No… No…, espere, no es justo. —Alfred comenzó a ser consciente de lo que había hecho. Relajó el cuerpo y dejó de forcejear.
Soltadle —ordenó Miguel. Los soldados, dubitativos, acataron la orden—. Esto es un gran desprestigio para usted, su carrera política acaba de terminar.
No… —Esa canción seguía sonando en sus oídos—. No… —negaba con la cabeza—. ¡¡No, yo seré senador!! —Y con un movimiento rápido le arrebató el arma a uno de los soldados, apuntándose en la sien y presionando el gatillo.
Al fin la música cesó.


Los soldados inútilmente trataron de salvar la vida del gobernador mientras Miguel subía de nuevo al tren.
Avanzó hasta entrar de nuevo en el compartimento de Uriel, que, haciendo caso omiso a lo que se podía contemplar desde la ventanilla, esperaba con las muñecas libres de los grilletes.
Ya está hecho —dijo Miguel, contrariado por su repentina alianza con el pelirrojo.
Ese hombre se tomaba muy en serio su carrera. Qué lástima. Al final sí que cometía errores, pero tú has hecho lo más sensato —respondió clavándole la mirada; sin embargo, Miguel no respondió—. Veo que has hecho progresos con ella. Sigue siendo una herramienta muy útil.
Espero que tengas en cuenta las repercusiones, porque cuando todo esto acabe será mejor que te escondas en el agujero más profundo de Belamb o te suicides. El día en que te encuentre me encargaré de que la muerte te parezca un pago razonable —dijo ajustándose las gafas—. ¿Cuál es el precio real de nuestra alianza, Uriel?
Este desvió la mirada, pensativo.
Es un sueño, Miguel. Los sueños no tienen precio. Por lo único que pagamos en nuestra vida es precisamente por no cumplirlos.

Miguel conocía al pelirrojo tras años juntos en el SSI y durante mucho tiempo pudo considerarlo su amigo. Ya no había vuelta atrás, la moneda había sido lanzada al aire, y estaba ansioso por saber de qué lado iba a caer. Mientras, su venganza tendría que esperar.