1 de junio de 2016

Eraide 3x05: Ni tan siquiera un recuerdo

La noche se cerraba sobre la ciudad cuando Milenne entró en la habitación. A esa hora ya tendría que estar de vuelta en el trabajo, pero otros asuntos apremiaban más.Cerró la puerta de la destartalada estancia y echó el cerrojo para que no la molestasen. Con paso acelerado se dirigió a su escritorio y tiró de él hacia delante. Tanteó hasta toparse con una pequeña palometa que, al aflojarla, hizo saltar un resorte dentro del mueble. Abrió el cajón y levantó la tapa del doble fondo para así extraer una caja, y sacó de ella varios documentos con diversas anotaciones. Había visto antes al hombre al que despidió el delven, solo tenía que recordar dónde e informar lo antes posible al SSI. Uriel se había dejado atrapar, no le cabía duda al respecto. Eso significaba que algo tramaba y tenía que ser muy importante si estaba dispuesto a correr el riesgo de que lo ejecutasen.

Se detuvo cuando la puerta se abrió súbitamente. Estaba segura de que había echado el cerrojo, pero al hombre que vestía una túnica austera, similar a la de un monje, parecía no importarle.


Has visto al delven, ¿verdad? —le cuestionó sin más preámbulo.
Sí... Estaba en el puerto, tal y como dijiste. —Cerró la caja de los documentos y se apoyó en la mesa, cubriéndolos de miradas indiscretas.
Antes de informar al servicio secreto, creo que deberías contarme lo que has visto. Mi... socia está muy interesada en los movimientos de Uriel. —Cerró la puerta tras de sí y una desagradable sensación de amenaza se cernió sobre ella—. ¿Qué has averiguado?
Solo quiero que sepas una cosa, Dythjui: si le pasa algo, nunca te lo perdonaré… Nunca.
—Es normal, esperaba que supiera algo más que el resto —prosiguió, ajena a la insinuación para desespero de Shara—. Lo está pasando mal. Parece que en Hazmín no lo tuvo fácil, y ahora sacarlo de ahí sin apenas descansar puede ser contraproducente. Entiendo que sea su amigo, ¡pero lo está llevando al límite! Y eso a Uriel parece importarle poco.
—Supongo que sí le importamos, pero a su manera. En su mente sólo existe su misión y empleará los medios necesarios para llevarla a cabo, es incapaz de mirar a su alrededor. Ya deberías saberlo tras estos años. Pero eso no es lo que tendríamos que pensar ahora, sino estar listas para actuar en el momento en que le localicemos. —Dio un resoplido—. Creo que me voy a ir a mi camarote, tenemos algo de margen hasta que lleguemos a la zona por la que puede estar el tren, así que me gustaría aprovechar el tiempo con algo más que con quejas. Eso no nos soluciona nada ahora. —Su amabilidad llegaba hasta ahí, pensó.
¡Maldita sea! ¡¿Cómo he podido fallar?! —dijo el hombre de tez oscura y más de dos metros de alto que se alzaba sobre una elevación del terreno. Era completamente calvo y vestía un pesado abrigo abotonado, forrado con armiño, que le cubría hasta los pies mientras sostenía un rifle de grandes dimensiones—. No tendrás tanta suerte, así que dánosla.



Milenne sintió un escalofrío ante la mirada penetrante de aquel hombre. Ya la primera vez que vino a ella le invadió aquel terrible desasosiego, pero sus informaciones siempre eran buenas y había hecho mucho dinero con el SSI gracias a ellas. Sin embargo, en este caso el tema parecía tener una importancia más personal.

—Llevabas razón: el delven está trabajando con Uriel. Me costó mucho seguirle, estuvo a punto de descubrirme varias veces. Parecía como si pudiera olerme, ha sido extraño.

—Era previsible, no es un tipo normal.

—Uriel está preparando algo, pero no sé los detalles, sólo que lo llevan prisionero a Tiria mientras que el delven se ha estado moviendo por la mafia de la ciudad. Trataré de averiguar lo que hizo en los barrios bajos, pero eso me llevara unos días. Es peligroso, así que espero que la paga acompañe.

—Descuida, es difícil atrapar a un zorro, serás recompensada justamente. —Sacó una pequeña bolsa de cuero de su túnica y la dejó sobre la destartalada cómoda. Un tintineo metálico, de monedas y probablemente algunas piedras preciosas, despertó el interés de Milenne. Siempre pagaba de forma poco ortodoxa, pero servía—. Puede que el asunto del delven nos dé una pista. ¿No has visto que le acompañara nadie más? ¿Una joven mawler, tal vez?

—No, iba completamente solo. Pero hay algo que me preocupa de ese otro delven... Fearghus Nox... —Se giró y sacó un papel con un acta de servicio—. Indagué sobre él y me resultó muy llamativo lo que encontré: según el ejército, murió en acto de servicio en Kinara.
El hombre no pareció sorprenderse ante tal revelación, aunque era algo que ella ya preveía.

—Cuenta a los imperiales lo que quieras, pero no des detalles sobre ese delven. Mi socia quiere que siga así. Es algo privado.

—Supongo que mi silencio irá dentro de la paga...

—Por supuesto. Sé que tienes un precio —sonrió de forma siniestra—, siempre es más cómodo así. Evita que tenga que mancharme las manos. —Dio un golpecito sobre la bolsa, recordándole su presencia, y abandonó la estancia sin tan siquiera despedirse.
Tras un rato en silencio, Milenne no pudo aguantar la tensión. Suspiró y se dejó caer sobre la silla del escritorio. Era el tipo más raro que había conocido nunca, y eso tenía su mérito, teniendo en cuenta la vida que llevaba.

Examinó la bolsa y dejó caer las monedas y las joyas. No podía dejar de sonreír, era mucho dinero. Ser un doble agente tenía sus beneficios. Con un poco más de trabajo podría retirarse y desaparecer del mapa. Bien sabía cómo hacerlo.

Sólo por no tener que volver a mancillar su cuerpo el esfuerzo merecía la pena.

Cruz abrió lentamente los ojos, volviendo de nuevo a la realidad. La telepatía siempre le producía mareos por mucho que llevara practicándola. Aquella estancia llena de libros, manuscritos y tubos de ensayo le daba la sensación de que estaba vacía. Todas esas noticias sobre la ciudad de Hazmín no tenían sentido. ¿Por qué se había entregado? ¿Qué pretendía hacer?

Apartó varios objetos de la mesa de mala manera, tirándolos al suelo sin el menor remordimiento, y salió de su estudio. Bajó las escaleras y se cruzó con Alister, cuyo aspecto, aun libre de su pesada armadura, era igualmente intimidatorio debido a su gran tamaño. Pelo extremadamente corto, varias cicatrices que cubrían su cara de facciones angulosas en la que destacaban unos ojos pequeños y oscuros. Le hizo una pequeña reverencia y él no osó preguntarle, por suerte, porque no estaba de ánimo para dar respuestas en aquel momento.

Bajó hasta una puerta sellada con runas y pasó la mano por ellas, las cuales se fueron desencajando como si hicieran de cerradura, hasta que se abrió.

La habitación que había tras ella era amplia y bien decorada, aunque sin demasiados lujos. Cada una de las ventanas estaba adornada con más estructuras rúnicas que conferían a aquella prisión un toque distinguido.

Tumbada en la cama leyendo un libro, resignada al paso de los meses, se encontraba Dythjui. La miró con desdén.

—Pasa, Cruz, estás en tu casa —dijo con un toque de amarga ironía.

—Él la tiene, lo sé. Aún carezco de pruebas. —Cerró la puerta tras de sí y se acercó hasta sentarse en la cama y encararse a su prisionera—. La única que podría ponerme en jaque y la tiene ese bastardo.

—Perdona, querida Cruz. Hay muchos bastardos en este mundo, así que me vendría bien que concretaras un poco.

—¡Uriel! Ese maldito la tiene, así que no te hagas la inocente, sé que has tenido algo que ver en todo esto.

—Conozco a mucha gente, pero a nadie llamado así —dijo desviando la mirada. Pero la mano de Cruz la aferró de las mejillas y la obligó a encararse.

—¡No juegues conmigo! Sabes que puedo meterte en una prisión peor que esta, hasta ahora he sido compasiva contigo porque te prefiero en este estado.

—¿Qué quieres decir? —la expresión de Dythjui cambió y Cruz se dio cuenta de que la zodiakel ya sabía de quién estaba hablando.

—Solo necesito tu esencia. Así que no me enfades, Judith o Dythjui, como quieras que te llame. Porque si no, te encerraré en un cristal y sacaré cada resto de ether de tu alma eterna de zodiakel. Desapareció hace tres años y sólo conozco a alguien capaz de hacerlo, así que dime, ¿tiene a Anna?
Dythjui bajó la mirada, pero Cruz la obligó de nuevo a enfrentarse. Estaba hablando muy en serio.

—De acuerdo… Yo le dije dónde estaba. —Se apartó de Cruz con un gesto violento—. Prefería que estuviera con él antes de que pudieras acercarte de nuevo. La rechazaste, ¿recuerdas? ¡Era lo mejor para ella!

—¡Imbécil! ¿Acaso sabes lo que has hecho? —Cruz apretaba los dientes sintiendo un dolor que hacía ya demasiado tiempo que no experimentaba—. ¿En qué crees que se diferencia ese humano de mí? ¿Crees que será más piadoso, que no la utilizará?

—Pues sí, eso pienso. Y lo volvería a hacer.
Cruz se encogió de hombros y posó la mano sobre la máscara, presa del desánimo.

—Un ser que ha vivido tanto como tú, ¿cómo puede estar tan ciego?

—Puede que a mí aún me quede mucha más humanidad que a ti.

Harta de aquella conversación, recuperó la compostura y se ajustó la máscara, para después volver a mirar a su prisionera, que al otro lado de la cama la observaba desafiante.

Tras decir esto, se dirigió hacia la puerta y salió cerrando de nuevo las runas. Justo a la salida, atraído por los gritos, estaba Alister.

—¿Qué ha sucedido?

—Nada —respondió rápidamente Cruz—. Solo es un pequeño contratiempo.

—¿Afectará al curso de los acontecimientos?

—En absoluto, no cambia nada. ¿Sigues teniendo al humano de Nerferdgita localizado?

—Tal y como ordenasteis. Tengo a dos mercenarios que le siguen la pista —dijo Alister—. Está camino del norte, me informaron de que pasó la marca de Kinara hace tres semanas.

—Muy bien, úsalos. Lo que sea necesario con tal de que me traigan intacto el último fragmento que queda de la princesa. Nuestros planes van a tener que acelerarse si queremos que Alma siga haciendo su trabajo sin interferencias.

—Así se hará, conseguiré ese fragmento para vos. Estos mercenarios son excepcionales, yo mismo me encargué de seleccionarlos y cuentan con un equipo a la altura de la situación. Son valedores de mi plena confianza.

—Eso espero, pero te recuerdo que acabó con el viejo Gebrah y sobrevivió a la disrupción. No sabemos de qué es capaz —dijo Cruz mientras comenzaba a andar—. Por el bien de la Encrucijada, no le subestimes.

Shara trataba de relajarse en la bodega de carga antes de ir a la cabina, pero el zumbido que provocaban los motores y la incesante cháchara de Anna no le dejaban aprovechar ese mínimo de dos horas de descanso. Fearghus había vuelto hacía un rato, y una vez conocida la situación de Uriel, habían puesto rumbo hacia el norte siguiendo la línea del ferrocarril, con la esperanza de localizar el convoy que lo transportaba.

No sería la primera vez que tuvieran que improvisar un asalto, pero el delven tampoco sabía qué le había pasado al pelirrojo para cambiar el plan de esa forma. Estaba más callado y taciturno que de costumbre, probablemente preocupado por el destino de su amigo, y eso a la mawler no se le había pasado por alto. Así que, sin querer hablar de ello, pero nerviosa, Anna no dejaba de hablar de banalidades, y Shara sólo podía asentir y maldecir el momento en que, en un intento por ser amable, no le dijo que quería estar sola.

—Nunca he visto una penitenciaría imperial, pero por lo que se oye, no debemos esperar nada bueno. Espero que con suerte podamos interceptar el tren y que cambie de parecer, ya que nos estamos arriesgando demasiado.

—No creo que vaya a felicitarnos precisamente, estamos contraviniendo la orden que nos dio y no sabemos qué va a pasar. Ni siquiera Fearghus está de acuerdo con ir a Tiria, así que, una vez decidido, mejor dejar de darle vueltas y esperar a que divisen el convoy.



Anna se acercó a ella, pero Shara siguió caminando dándole la espalda, tratando de ignorar a la mawler. Sin embargo, era algo que su compañera de travesía no parecía dispuesta a permitir; para su sufrimiento.
—¿Acaso tú no estás preocupada por Uriel? Siempre has creído en él, ¿a qué se debe ese cambio de opinión?

—Llevo bastante tiempo pensándolo y creo que algunas cosas, sencillamente, no están bien. Hay ciertos aspectos que deberían cambiar para que podamos lograr nuestro objetivo. —Se giró hacia ella, anticipándose a la pregunta—. No te equivoques, sigo confiando en Uriel, pero ahora no quiero hablar sobre ello. Hay que resolver los problemas uno a uno. Céntrate en la misión, eso siempre me decían.

—¿Quién? —preguntó extrañada—. ¿Josef?

Se dio cuenta de que esas palabras no eran de Josef, ni de ninguno que conociera. No quería confesar aún que estaba empezando a recordar cosas de las que ella misma tenía miedo. Si respondía afirmativamente, Anna podría descubrir que estaba mintiendo si preguntaba a Josef. Era mejor optar por cualquier otra persona.
—Eh… No, no, fue hace bastante tiempo —atinó a responder—. Adriem me lo dijo.
La mawler se la quedó mirando, extrañada.
—¿Qué sucede?
—¿Quién es ese? No conozco a ningún Adriem.
—¿Cómo no te vas a acordar de él? Si cuando Adriem se marchó del castillo…, ya sabes… Fearghus trató de evitar que se fuera y pelearon en el patio.
—Shara, creo que te estás confundiendo. ¿Estás segura? —Anna la miraba con extrañeza. Como si realmente no supiera de quién estaba hablando—. Puede que no sea ese el nombre. Aunque no recuerdo a nadie que luchara con Fearghus en el castillo.
—No bromees, Anna, no es el momento. —Empezó a sentir vértigo, una cierta sensación de irrealidad, acompañado de un sudor frío—. ¿No le recuerdas? Ese chico humano que vino con vosotros tras recuperar una de las lágrimas de la princesa.
Anna se quedó mirando a Shara; no parecía que estuviera tomándole el pelo. La mawler se rascó la cabeza con una sonrisa nerviosa.
—D-De verdad, Shara, que no sé de quién me hablas. Me estás asustando un poco… Has debido de soñarlo.
—No… Estoy segura… —Se puso de pie y se apoyó en la pared, consternada. La expresión de Anna le decía claramente que estaba siendo sincera. No recordaba a Adriem. ¿Por qué? Ella lo tenía clarísimo en la memoria…, ¿o no? No había vuelto a hablar de él durante aquellos años y de repente le había recordado.

Como si de una interferencia de radio se tratara, un ruido blanco atravesó su mente al intentar recordar más cosas de cuando le conoció. Se agarró la cabeza y, aturdida, se dirigió hacia la puerta.

—Shara... ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

—¡Déjame en paz! ¡Necesito estar sola! —le espetó mientras la mawler la miraba sorprendida por su reacción. Salió de allí con paso acelerado, sin que la persiguiera esta vez.
Caminó por los pasillos hasta el baño, donde se echó algo de agua a la cara y miró su imagen en el espejo. En el silencio trataba de reconocerse, pero sentía que este le devolvía la mirada de una extraña. Trató de recordar de nuevo, pero no era capaz. ¿Acaso había sido un sueño? Empezó a sentirse asustada ante la idea que planeaba por su cabeza.

—¿Es Eco? ¿Acaso estoy enferma?

No, no era posible. Por un momento su reflejo pareció reírse de ella misma y dio un puñetazo que cuarteó el cristal y le cortó la mano. La sangre comenzaba a deslizarse por la cristalina superficie, pero ni tan siquiera sentía dolor.

—¿Quién eres? Dímelo, maldita sea, ¿quién fuiste, qué hiciste con mis recuerdos?
Hubiera llorado, pero sólo sentía rabia. Miraba con odio a ese reflejo carente de respuestas.
Se quedó allí, recogiendo los cristales en silencio e improvisando un vendaje. Tenía que centrarse en la misión o acabaría perdiendo la cabeza. ¿Acaso Adriem sólo había sido un sueño? ¿O su memoria volvía a fallarle? No sabía qué temía más: recordar quién había sido u olvidar lo que era ahora.
Mientras la nieve caía lentamente sobre los restos del campo de batalla y los soldados imperiales recogían prisioneros y a sus heridos de entre los cadáveres, un hombre caminaba ajeno a todo aquel espectáculo, acompañado de una niña que sólo él era capaz de ver.

Aquel lugar estaba inundado por el dolor y Adriem trataba de comprender qué beneficio sacaba Alma de aquel campo de muerte. Si había algún escenario que se pudiera acercar a Neferdgita, lo estaba pisando. Pero las flores que él veía emanaban de los muertos, hasta que eran devoradas por las espiritas.

Un ciclo de vida y muerte. Aquellos seres se alimentaban de las almas produciendo el ether que los propios seres vivos usaban para la magia. Era una analogía hasta cierto punto irónica, pero llena de sentido. Tal vez si vieran de dónde salía la energía de las runas, los motores de esencia y la tecnología basada en el ether, las personas serían más reservadas a la hora de utilizarla, pues todo el conocimiento que albergaban aquellas almas se transformaba en energía que, lejos de alimentar a las nuevas conciencias, se quemaba. ¿Puede que ese fuera el objetivo de Alma con aquella guerra? Si el mundo necesitaba nueva vida y los humanos la arrebataban, la podría estar supliendo con las muertes de aquella contienda.

Pero poco debería ya de importarle, pues estaba fuera de aquel ciclo. Hacía tiempo que el mundo le había olvidado. A fin de cuentas, ya nada le ataba a aquella existencia...
Aunque no tanto como él deseara, pues pudo escuchar el ruido del mecanismo de un reloj. Un sonido al que ya se había acostumbrado y que le indicaba que aún pertenecía a ese lugar. Una detonación se escuchó a una decena de metros, y el tictac del reloj se ralentizó. El viento se detuvo y los colores de aquel paisaje se tornaron pardos. Miró hacia su derecha y vio una bala que se dirigía hacia él lentamente.

Dio un paso atrás, apartándose por escasos centímetros de la trayectoria del proyectil, cuando el sonido de aquel reloj invisible recuperó su ritmo. Volvió a sentir el viento helado en su cara y el disparo impactó en un joven árbol cuyo tronco se partió por la mitad.


—¿La ves? —preguntó girándose hacia él, desconcertado. ¿Cómo era posible?

—Nuestro amo necesita la última esquirla de la esencia de la Princesa Oscura. Si colaboras, verás un nuevo día. Si no, acabaremos contigo —dijo una mujer doalfar de tez clara y oscura media melena, que vestía un abrigo más corto pero de factura muy similar a la de su compañero, dejando a la vista sus piernas, enfundadas en unas botas altas de cuero negro—. Procura no darle en el cuello, lo lleva ahí.

Adriem se giró lentamente mientras la niña se ponía a su espalda agarrando la levita de él y mirando con desconfianza a quienes pretendían llevársela.
La mujer dio un paso hacia atrás mientras el hombre de tez morena amartillaba el arma, preparándose para disparar de nuevo.

—¿Acabar conmigo? —sonrió con desgana—. Ese rifle es excepcional, no hay duda, pero es mala idea que lo uséis contra mí. Si esa es vuestra única baza, no seréis capaces de matarme. Ojalá me equivoque, me haríais un gran favor —dijo hastiado por tener que mantener esa conversación. Viendo que dudaban, añadió—: Os lo pondré más fácil. No os la vais a llevar, así que haced lo que tengáis que hacer.

El hombre, sin mediar más palabra, le apuntó con el rifle y varias runas se iluminaron alrededor del cañón, acompañado de un pitido que precedió a una fortísima explosión que levantó la nieve a su alrededor. El sonido hizo eco y varios de los soldados en la lejanía miraron en aquella dirección.
El rifle estaba reventado. Restos del cañón caían sobre la nieve mientras el tirador, arrodillado en el suelo y compungido por el dolor, se agarraba el antebrazo izquierdo, destrozado por la detonación. La doalfar le miraba desconcertada mientras sacaba de su bolsillo un pequeño pergamino enrollado.

—Os dije que era mala idea.

—¿Has hecho tú eso? —se sorprendió—. ¿Cómo es posible?

—Lleváis muchas jornadas siguiéndome. ¿Acaso os envía Kai? No parecéis gente de su estilo... —le miró desafiante—. Decidle a vuestro amo, sea quien sea, que si pretende acabar conmigo, tendrá que tomárselo más en serio. Porque mientras me quede un aliento de vida —dijo poniendo la mano sobre el pequeño trozo de cristal que pendía de su cuello—, ella caminará junto a mí.