26 de marzo de 2014

Capítulo 1: Los días en los que el destino se durmió


//Año 499 E.C. (Era Común)

El oráculo de Nara. Una enorme y ancestral maquinaria sobre la que se construyó hace siglos el templo del mismo nombre, enclavado entre altas cumbres. Recubierta por una bóveda la gran estancia circular parecía pequeña, pese a los diez metros de altura de sus gruesas paredes de piedra, en comparación con el complejo mecanismo de poleas, ruedas y aros metálicos unidos por raíles que giraban lenta y pesadamente provocando chirridos y crujidos que resonaban en la cámara. Una llama se enroscaba en el aire en el centro de los engranajes, ardiendo en tonos azulados en espiral formando una esfera casi perfecta, era el corazón de aquel artilugio cuyo origen se perdía a través del tiempo. Los enormes aros metálicos de color dorado tenían escritas complejas runas que brillaban al paso de los distintos indicadores.

El resto del lugar, en contraste, era de lo más austero. La piedra gris, que conformaba las paredes y el techo, mostraba vestigios de haber tenido en el pasado algún relieve o fresco, que habían terminado devorados por la humedad y el paso del tiempo. Tan sólo rompían la rutina de la piedra doce pequeños tragaluces que iluminaban según la hora del día uno de los signos zodiacales representados en el suelo y que aún se podían distinguir con claridad.

Debido a la monotonía de controlar día tras día aquel monumental artilugio, la shaman vigilaba ante sí las secuencias rúnicas de uno de los tres atriles que, a modo de puesto de control, monotorizando su óptimo funcionamiento. Su piel blanquecina cual porcelana, cabellos lacios y oscuros, así como rasgos delicados evidenciaba su pertenencia a la etnia “doalfar”. Llevaba remangada su amplia túnica blanca con bordados florales en plata, dejando al descubierto parte de sus brazos, donde llevaban inscritas diversas runas que reaccionaban con la maquinaria.

Ni siquiera miraba a sus otras dos compañeras que hacían la misma función en sus correspondientes puestos, el oráculo interpretaba cada una de las alteraciones del mundo, ininteligibles para cualquiera que no hubiera estudiado durante años su funcionamiento. Un conocimiento fuera del alcance de cualquier mortal.

Sentía cada pequeña variación, oscilaciones en aquella armonía que provenía de las runas, que parecían seguir una partitura escrita por la mismísima diosa creadora, Alma. Sin una sola pausa desde hacía cinco siglos inundaba aquella melodía el espíritu de quien se acercaba al oráculo...

Silencio

Abrió los ojos asustada ante el súbito vacío que sintió en su alma para comprobar cómo las runas de su atril se habían quedado congeladas, sólo movidas por alguna distorsión como si algo les estuviera interfiriendo. El miedo atenazó su corazón al ver como la enorme estructura se había detenido y la llama de su interior se desvanecía. Una a una cada runa se fue desvaneciendo dejando tras de sí un silencio siniestro. Ella fue consciente de la gravedad del asunto y, al igual que sus compañeras, miró con temor e incredulidad aquella maquinaria que se había detenido engranaje tras engranaje como un moribundo exhalando sus últimos alientos. La luz del mundo que daba calor y confianza a quienes lo habitaban se había apagado.

No acertó a decir nada. De sus labios no surgía palabra alguna, sólo un temblor en su cuerpo que apenas le permitió coordinar sus piernas para no tropezar mientras subía las escaleras para anunciar tan terrible acontecimiento.

Alma había callado su voz.




*****

"Un tren a Tiria" (1a Edición - 2007)
En su monótono traqueteo, la locomotora silbó anunciando su paso a unas cabezas de ganado que pastaban cerca de la vía. El agudo pitido la sacó de sus ensoñaciones tras incontables horas tratando de leer uno de los libros que portaba para amenizar el viaje. Hacía tiempo que Eliel no se sentía capaz de concentrarse en la lectura y se limitaba a ir mirando las páginas que, a buen seguro, tendría que volver a leer con tranquilidad, lejos de aquella incesante oscilación y desagradable ruido que producía el vagón al deslizar sus ruedas sobre los carriles de metal.

Su vestido caía sobre su cuerpo esbelto y de suaves curvas que le otorgaban una belleza delicada cual elaborada figura de porcelana. Sus manos, finas y suaves, propias de alguien dedicado al estudio ignoraban el trabajo manual. En contraste con su pelo castaño de reflejos dorados, unos intensos ojos azules parecían imitar el cielo que observaban a través de la ventanilla.

Cerró el libro y lo dejó junto a su escueto equipaje que reposaba sobre el asiento de enfrente en la cabina de primera clase. Aquel lugar era extraño, demasiado extraño. Acostumbrada a la vida en la tranquilidad de las montañas o en su lejana infancia en los valles de la marca de Hannadiel donde el tiempo se contaba por los colores de las hojas de los árboles, estar embutida en aquella pequeña cabina de madera y metal, decorada con un austero y dudoso gusto le hacía sentirse incómoda. El único detalle que sobresalía era el escudo imperial en marquetería en cada una de las paredes, un grifo rampante en armas y corona, además de la leyenda "Compañía de Carriles y Correos del Este".
Tras desistir de la lectura lo único que podía hacer era asomarse a la ventana y observar como aquel tren atravesaba las llanuras, salpicadas de campos de trigo y cebada recién segados en su mayoría ante el inminente otoño, que se extendían hasta el horizonte donde unas esponjosas nubes anunciaban una noche lluviosa. Tan sólo alguna pequeña casa rompía momentáneamente aquel monótono paisaje antes de perderse de nuevo ante la limitada perspectiva que ofrecía la ventana.

Aquel era uno de los ingenios de los comunes, unos enormes carros de lata tirados por una monstruosa máquina que escupía vapor y humo de sus entrañas cual wyverna furiosa que arrastraba su panza sobre unos carriles de metal que atravesaban la tierra. Era imposible serenarse en el vientre de aquel monstruo pese a que llevaba casi un día entero allí encerrada.

Tanto tiempo ahí sentada había arrugado el vestido que inútilmente había tratado de alisar con la mano. No recordaba ya cuándo se había quitado los zapatos para tratar de estar más cómoda. La ventana había comenzado a empañarse con la caída de la tarde pero el radiador de aceite del compartimiento mantenía una temperatura agradable.

Con sumo cuidado, pasó la manga por la ventanilla para retirar el vaho, percatándose por la brusca oscilación del tren, que había comenzado a girar tras cruzar un imponente puente de tirantes de metal que salvaba el caudaloso río Tir para después seguir bordeando aquel imponente mar de agua dulce que atravesaba el continente. Su anchura era impresionante, hasta el punto de no ver la otra orilla en diversas ocasiones. Mientras el sol iba describiendo poco a poco sus últimas horas de recorrido, el caudal se fue ensanchando y ramificando en varios canales. Algunas casas se divisaban en las islas que formaban, agrupadas en pequeños pueblos alrededor de las fértiles tierras que regalaba el río o que, en le eran arrebatadas a la fuerza mediante diques de tierra y piedra. Eran los primeros signos de la proximidad a la capital de aquel orgulloso imperio de los que acostumbraban llamar "comunes" en su tierra. Los humanos.

Enfrente suyo, el guardaespaldas que le había asignado la escuela de Coril se mantenía en silencio, con los brazos cruzados sobre una gabardina parda. El doalfar, de nombre Ohras, de aspecto curtido que no destacaba por su impecable presencia, pero era un tipo serio y de confianza de que había ayudado a muchos sacerdotes shaman en viajes a zonas peligrosas. Tal vez la capital imperial no fuera territorio tan hostil como otros en los que habría estado, pero ella agradecía mucho que le hubieran puesto a su servicio pese a ser una simple novicia.

Tras una incesante sucesión de puentes sobre canales y casas de ladrillo, cada vez más apretadas entre sí dejando ya poco espacio a los campos, Eliel tuvo que agarrarse al marco de la ventanilla para no perder el equilibrio cuando el trazado por el que circulaba el tren se encontró con diversos cambios de agujas donde se agregaban otras líneas provenientes de distintos lugares del imperio. Aún asustada por la brusca oscilación del vagón, otra de aquellas wyvernas de metal pasó en dirección contraria a escasos centímetros. Su corazón latía apresurado por aquel concierto desafinado de metal chirriante y humo cuando, tras una nueva curva, enfiló por una vía que discurría en paralelo al canal principal del Tir donde su anchura aumentaba hasta convertir los barcos mercantes que por allí navegaban, en pequeñas cáscaras de nuez en un océano de agua dulce.

Eliel recuperó la compostura y arrimó la cara al cristal para ver mejor, dejando que su aliento se empañara más. Varias torres grises y sucias por el humo, se erigían sobre aquel mar dulce, entre las cuales emergían gigantescos muros de metal que delimitaban aquel enorme canal. Detrás no se veía nada más, como si aquellas puertas delimitaran el mismo fin de la tierra. Apenas tuvo tiempo de contemplar aquella visión que le turbaba. Nunca había visto nada similar pero el exterior se tornó oscuro al meterse el tren por un túnel, dejando que los dos quinqués del habitáculo iluminaran el compartimento. Transcurrió un largo minuto mientras trataba de asimilar aquel extraño paisaje que había contemplado, tratando de retenerlo en su memoria cual extraño sueño al despertarse, pero cuando volvió la luz se había esfumado, eclipsado por la visión de aquella ciudad que era el destino final de su viaje: Tiria.

Volvió a arrimarse más a la ventanilla, hasta el punto de tocar la punta de su nariz con el frío cristal, tratando de discernir si aquel espectáculo era real. Los muros de metal habían quedado rápidamente atrás, convertidos en una sucesión de varias compuertas escalonadas que además de controlar el caudal del río, permitían a los pequeños mercantes remontarlo desde un gran lago abrazado por muelles y grúas donde los barcos fondeaban para gestionar su carga.

Las llanuras se habían roto en un fuerte desnivel sobre las laderas de las colinas que habían sido convertidas en gigantescas terrazas conectadas por puentes, túneles y canales creando una malla de calles, avenidas y vías de ferrocarril en torno a dos núcleos claramente diferenciados; el citado puerto al sur de la ciudad y el distrito gubernamental, que aún conservaba vestigios de las antiguas murallas y que se erigía sobre la ciudad con sus imponentes edificios de piedra que sobresalían sobre el tapiz de pequeñas casa y angostos edificios de ladrillo y teja que conformaban un mosaico rojo, ocre y gris extendiéndose más allá del humo gris y espeso de las chimeneas.

- ¿Cuánta gente puede vivir allí? - le preguntó a Ohras, incapaz de hacerse la más mínima idea. No distinguía más que calles adoquinadas atestadas de gente que pasaban fugaces al paso del tren. Vivir allí le parecía sencillamente una locura.

- Se dice que más de cuatro millones...  - afirmó mirando también por la ventanilla – Da igual cuántas veces haya venido a esta ciudad, siempre sobrecoge. La primera vez que la ves siempre es claustrofobia, es normal. - le dijo con condescendencia.

- Que locura – sentenció saturada ante aquella visión - ¿Cuántas veces has tenido que venir a Tiria?

- Sirviendo a tu orden, esta es la quinta vez – sonrió mostrando algo de sentido del humor – Espero que esta sea la última.

Los edificios cada vez eran más altos, con seis, siete, ocho pisos… era difícil contarlos. Aquella ciudad parecía más una bestia convulsa que poco a poco la iba engullendo.

Eliel volvió a sentarse y guardó el libro en su bolsa de viaje. Parecía que por fin había llegado a su destino y en vez de sentirse aliviada por el fin de tantos días de travesía, estaba ansiosa y abrumada. Bajó la cortina de la ventanilla para no seguir viendo aquella ciudad cuando unos suaves golpes en la puerta del compartimiento llamaron su atención. Se levantó irritada para deslizar la cortinilla que cubría el cristal de la puerta. No era el mejor momento para que vinieran a molestarla.

Un común que vestía el uniforme de la compañía del ferrocarril, pantalones y chaqueta negros con bordes en azul y una gorra de plato que portaba bajo el brazo.

- Señores, apenas quedan diez minutos para llegar a Tiria Términi. Vaya preparándose para apearse, por favor. - El joven de pelo oscuro y escalonado la sonreía con aire de falsa cortesía. Esto la irritó aún más, pues a Eliel esa sonrisa le parecía propia de alguien que está recordando algún chiste obsceno.

- Muchas gracias… - dijo en tono cortés, evitando usar el apelativo de "común", sin saber qué más decir.

- Permítanme ayudarles con su equipaje. - el empleado entró en el compartimiento sin esperar a que ella le cediera el paso, por lo que tuvo que retroceder para evitar que se le acercara sin disimular su cara de sorpresa. Esos modales eran del todo grotescos.

- No hace falta, como usted ha dicho, aún quedan diez minutos. - Eliel retrocedió un poco más. Quería evitar el menor contacto físico con los comunes, aunque iba a ser una tarea imposible en una ciudad repleta de ellos.

Ohras, al ver que el empleado no tenía la menor intención de abandonar la estancia, se levantó y le agarró por el hombro.

- Lo señorita no permite entrar, común - dijo en un tírico pésimo, muy alejado del hablado por Eliel que, salvo algún pequeño error fonético, dominaba casi a la perfección.

- Tranquilo, sólo quiero ayudar a la señorita a bajar del tren. - la mirada del chico se fijo en la mano que le apretaba el hombro, pero parecía no importarle.

- Fuera - ordenó el doalfar tensando el agarre sobre el muchacho - Diez minutos - acertó a decir.

- Si, eso es para Tiria Términi. - su mirada se tornó maliciosa y dibujó una amplia sonrisa hasta mostrar los dientes que Eliel percibió aserrados claramente inhumanos - Pero ella se baja ya.

Sin mediar palabra, giró sobre sí mismo y le agarró del dedo meñique retorciéndoselo de forma antinatural hasta romperlo acompañado de un desagradable crujido. Antes siquiera de que le diera tiempo al doalfar de sentir el dolor, un puñetazo en la garganta hundió su nuez haciéndole tambalearse hasta desplomarse contra uno de los asientos. Sin aliento pero sin dejarse amilanar, sacó un machete de debajo de su gabardina que llevaba envainado adherido al pantalón. Empuñándolo, embistió al muchacho aprovechando su mayor corpulencia a través del compartimento hasta empotrarlo contra la ventanilla con un fuerte golpe que hizo temblar el compartimento y tiró varias bolsas de las baldas portaequipajes. Eliel, hecha un ovillo contra el otro asiento apenas tuvo tiempo de ver que había sucedido, pero la certera puñalada del guardaespaldas se había vuelto contra él. Su enemigo sonreía sosteniendo el arma contra el vientre del doalfar que gemía agonizante, mientras la sangre de su torso resbalaba entre sus dedos.

Pese a todo, Ohras abrazó al común para retenerlo con su propio cuerpo herido de muerte y espetó a la novicia – ¡Vete! ¡Rápido!

Cuál iba a ser el desenlace final de su guardaespaldas, era algo que el terror que recorría el cuerpo de Eliel no estaba dispuesto a permitírselo ver, por lo que, aprovechando que el común se estaba inmovilizado, emprendió una huida desesperada siguiendo la orden que le habían dado.

Mientras corría por el pasillo y se arremangaba la voz del muchacho resonó por el pasillo.

- Oh vamos, muñeca. - dijo acompañado de una risa desquiciada - Hoy no puedo jugar contigo. - Pero cuando torció por el pasillo se encontró con un destello de luz que le cegó momentáneamente.

Eliel portaba en la mano una singular tiza plateada con la que había dibujado runas mágicas, tal y como le habían enseñado en la escuela de los shaman, sobre su antebrazo. Eran pocas y hechas con prisas, pero suficientes para que apareciera una pequeña criatura de pelaje blanco y regordeta, de ojos rasgados y orejas como las de un zorro, que flotaba en el aire y se abalanzó por sorpresa hacia la cara del común. Nada más tocó su piel un intenso frío le congeló parte de la cara, profiriendo un grito de dolor.

Ella sabía que su modesta criatura no le entretendría mucho tiempo, pero sería suficiente para alejarse lo más posible camino del siguiente vagón. Avanzó dejando tras de sí el resto de cabinas de primera clase, pero todas habían sido cerradas por dentro. Ninguno de aquellos comunes que viajaban en ellas estaban conscientes. De entre la sombras le pareció ver pequeñas criaturas de oscuridad que con ojos de un azul intenso la observaban. Profirió un grito al ver como todos aquellos ojos se clavaban en ella. Nadie podía ayudarla y estaba rodeada.

Avanzó asustada, sin respiración, hasta la puerta que daba paso al siguiente vagón, movió la manecilla repetidas veces, nerviosa, pero estaba también atrancada. Al girarse, atrapada, vió como el común se arrancaba la criatura y con sus propias manos la apretaba hasta hacerla estallar dejando tras de sí tan sólo briznas de luz. El enlace con su espíritu que había creado para materializar aquella pequeña criatura se quebró y sintió una dolorosa punzada en el pecho que la hizo apoyar la espalda contra puerta para no caer al suelo. 
El común tenía la cara abrasada por el intenso frío, pero comenzaba a regenerarse a una velocidad del todo innatural – ¡Eso ha dolido, zorra!

Su corazón latía violentamente y le costaba respirar debido al miedo. Dio repetidos empujones a la puerta para forzarla de nuevo para forzarla, gritando tratando de pedir ayuda a quien quiera que pudiera escucharla. Fue inútil, y tuvo que desistir cuando en uno de los empujones el golpe que dio con en el hombro, casi se lo desencaja. Se volvió dispuesta a regresar sobre sus pasos, pero no era una opción, ya que su perseguidor avanzaba lentamente mientras las sombras emergían de su alrededor, engullendo la luz del pasillo. 

De todo lugar donde hubiese proyectada una sombra comenzaron a surgir unas runas azules que fueron dándoles forma hasta convertirlas en una criaturas encorvadas de aspecto reptiliano y amenazante que emergían del suelo hasta alcanzar el metro y medio. Su cuerpo surcado por sinuosas líneas azules eran la única referencia de su forma, además de unas garras y dientes serrados, terriblemente afilados, en unas fauces que siseaban. 

- Lo siento, muñeca. Soy el único que tiene la llave para salir de aquí, así que sé buena y ven conmigo. Tú decides en cuantos trozos quieres venir - la siniestra sonrisa volvió a aflorar sus dientes serrados de entre sus labios.

Estaba acorralada. A tan corta distancia las ensangrentadas manos del muchacho podían llegar a agarrarla, pero no tenía opción, agarrando la tiza con la otra mano trazó tan rápido como pudo las runas dando varios pasos hacia atrás cuando se dispuso a agarrarla. Su espalda chocó con la otra puerta que daba acceso al exterior, con una placa metálica con una alarmante tipografía roja que avisaba de que no se abriera a no ser que el tren estuviera detenido. A través de la ventana se podía ver cómo discurría veloz el paisaje.

Se echó hacia un lado viendo que no era capaz de terminar las runas para invocar a otra criatura, pero trastabilló y se apoyó en la palanca que cedió, soltando los seguros de la puerta.

Los latidos de su corazón eran tan fuertes que tan siquiera percibió el silbar del aire cuando se color por la rendija de la puerta, ahora, mal asegurada.

Vio como el revisor la agarraba de la manga e instintivamente se apartó hacia atrás de golpe y liberando del todo la puerta que se abrió de golpe. El aire comenzó a golpearle la cara cuando se quedó totalmente desequilibrada hacia fuera, sujeta solamente por el común. Ya no tenía escapatoria.

Un fuerte golpe producido por un raíl mal nivelado en la junta entre el balasto y el suelo de vigas trenzadas al entrar en un puente los desequilibró al común se le escurrió su manga de entre los dedos. Cayó hacia atrás pese a que aquel siniestro común intentó sujetarla de nuevo. Sólo pudo contemplar cómo se alejaba del tren sabiendo que iba a morir en aquella caída. Por suerte ninguna de las vigas del puente la golpeó. Todo seguía fluyendo a cámara lenta y le pareció ver la mueca de decepción del común.

*****
Dos semanas antes

En el sencillo pasillo de madera, Eliel esperaba junto a la puerta del despacho de la directora. Nerviosa, se frotaba la amplia manga de color blanco salpicada de sopa con la esperanza de disimular las manchas tras el susto que se había llevado cuando un profesor la llamó en el comedor.

Contrariada, no tenía más remedio que esperar hasta que la puerta se abrió. Teudenis, el profesor de alto grado que daba clases sobre planos astrales y que la había conducido hasta allí, le pidió con suma amabilidad que entrara.

Aunque le hubiera encantado objetar y salir corriendo, entró en aquel despacho que sólo había visitado una vez, cuando ingresó en la escuela, aunque no hacía tanto le parecía un recuerdo muy borroso. El despacho le pareció extraño y desconocido. ¿Acaso fue en otro en el que la recibieron para su matrícula? Alrededor de la estancia, a excepción de los enormes ventanales tras la gran mesa del despacho, se alzaban librerías de tal altura que permitía una balconada con un segundo piso al que se accedía por una escalerilla. El único lugar que permanecía despejado mostraba un tapiz enmarcado que reproducía las "alas de Söra", un antiguo bajorrelieve que representaba mediante símbolos y esquemas el plano astral, con la diosa Alma en el centro, rodeada de los elementos, los zodíacos y un complejo trazado de nombres y líneas en un idioma desconocido. Varias plantas adornaban las esquinas de la estancia, lucían magníficas flores en tonos rosas, violetas, azules y blancas. Orquídeas, alegrías, begoñas, crisantemos… algunas plantas no se daban en esa latitud pero estaban exuberantes y hermosas.

La mujer, ataviada con una rica túnica azul, con elaborados bordados en blanco de hojas y flores, digna de su posición, hizo un ademán con la mano para que la novicia se acercara. Tímidamente fue adentrándose en esa estancia que olía a flores y pergamino añejo hasta la gran mesa del despacho.

-Adelante. - insistió la mujer que la esperaba ante el escritorio.

Eliel al llegar a su altura hizo una profunda reverencia y besó el anillo de la mano izquierda que su superiora le tendió, como mandaba la tradición ante una shaman que tenía el rango de erudita. Tras ello, sonrió conforme y bordeó la mesa para tomar asiento en su sillón, invitando a su vez a la novicia a hacer lo mismo.

- Por favor, querida. Sentaos - dijo en tono cordial pero autoritario.

El asiento era una sencilla silla de madera que contrastaba con el elaborado sillón de cuero de su superiora. En aquel ambiente era imposible no sentirse humilde y abrumada.

- ¿Qué deseáis, mi señora? - preguntó con la voz apagada, atenazada por cierta vergüenza al cruzar su mirada con la de ella. La mujer al otro lado de la mesa poseía una mirada clara y cristalina. Cuando uno se sentía observado por aquellos ojos grises, daba la sensación de que pudiera ver a través del alma.
- No me andaré por las ramas, ya que esta situación es un poco incómoda para vos, lo cual es comprensible. - Aguardó unos momentos hasta que asintió - Has de hacer un viaje para recoger unos libros que necesito.

Eliel se quedó un poco perpleja. Ella sólo era una novicia y hacer algo en en nombre de la directora de la escuela era una enorme responsabilidad. Se le hizo un nudo en el estómago y por un momento sintió angustia; la sopa que acababa de ingerir luchaba por volver a ver la luz.
- Por... por supuesto que sí, sería un grandísimo honor para mí. Pero no entiendo, si me permite la pregunta, por qué he de ser yo. No soy quien para ir en nombre de vos, mi señora - dijo mientras un sudor frío perlaba su frente.

- Es debido a tu padre.

- ¿Mi padre? No os entiendo.

- Según tenemos en tu hoja de ingreso, tu padre es un intermediario en la ruta de la seda en su paso por Hannadiel, por lo que está acostumbrado al trato con comunes. Así pues, por lo que aquí figura, conoces su idioma. Te será más fácil desenvolverte en un país tan extraño como el Imperio Eidénico.

- Yo… si me permitís. Realmente nunca he tratado con ningún común, salvo alguno de mis sirvientes y en muy contadas ocasiones. - No sabía adónde quería llegar. Apenas tenía recuerdos de él, ya que sus constantes viajes le llevaban a vivir durante mucho tiempo en los puertos fronterizos, por lo que obviamente, cuando podía pasar unos días con su familia no le apetecía hablar del trabajo. Así que sobre los comunes Eliel no sabía nada, salvo su idioma y porque la habían obligado.

- Lo siento, querida, mi decisión es inamovible. - Eliel vio como sus objeciones no eran recogidas con agradado por la directora, así que optó por guardar silencio pese a que no comprendía por qué no enviaba en su lugar a un verdadero shaman - Irás a Tiria, la capital imperial, para recoger unos libros de un prior de la Santa Orden. Es de vital importancia.

- La Santa Orden… - los religiosos del Imperio no solían colaborar con los shaman, por lo que sabía. Aquel asunto cada vez la desconcertaba más.

- En efecto, Van Desta, no tienes de qué preocuparte, pues sabrá de tu llegada y tendrá a bien colaborar. Enviaré a dos guardias para que te escolten y velen por tu seguridad. Deberás de pasar lo más desapercibida posible, así que no vestirás con la túnica de shaman. Partirás de inmediato sin despedirte de nadie. Ya aclararé el tema con el profesorado y excusaré tu ausencia. No quiero levantar rumores infundados. – La directora le dirigió una mirada amable – Por favor, sé que es pedirte mucho pero también sé que lo harás bien.
Eliel asintió - Como deseéis mi señora.

- Muy bien, puedes retirarte.

Tras una pronunciada reverencia abandonó el despacho. Teudenis se disponía a acompañarla de vuelta, pero de reojo vio como la directora le hacía señas para que se quedara, por lo que se cerró la puerta tras ella.
Se quedó a solas en el pasillo, en silencio, y dio un largo suspiro. No se había dado cuenta, pero había estado casi todo el tiempo aguantando la respiración hasta el punto de casi faltarle el aire mientras algunas lágrimas empañaban sus ojos.

*****

Fue abriendo lentamente los ojos completamente desorientada. Una fina lluvia empapaba su cara y la obligó a posar la mano sobre los ojos para poder ver. Se giró torpemente tratando de levantarse de sin resbalar con los adoquines. Las modestas casas de aquel barrio de la parte baja de la ciudad, cuyo ladrillo y yeso clamaban por una limpieza y reparación, se agolpaban casi una encima de otra con una altura de entre cuatro y siete plantas. Más arriba, muros de piedra, apoyados en vigas y contrafuertes, alzaban otras terrazas donde más edificios de mejor aspecto pero igual de amontonadas privaban casi por completo al viandante de la visión del cielo que vertía sus lágrimas sobre la polucionada ciudad. Las farolas de aceite de las calles creaban en aquella fría noche un mapa de falsas estrellas sobre la tierra, mientras las chimeneas de los tejados ocultaban las del cielo.

A un lado, sobre las oscuras y lentas aguas de un canal la lluvia iba distorsionando aquel perfecto espejo de la ciudad. Su cuerpo yacía exhausto, helado y empapado en la rampa de piedra que daba acceso a un muelle de madera donde las pequeñas embarcaciones que surcaban los canales de la ciudad amarraban por la noche.

- Cof, cof .. eh, Froenlind E, ¿Gesunch va sunts? Cof cof, ¿Mhortya sunts?

Eliel, que se estaba levantando lentamente, se giró alarmada ante la voz que había escuchado a su espalda. Un común desaliñado estaba acercándose hacia ella, tratando de tocarla con una mano sucia y enfundada en un mitón deshilachados a juego con su raído abrigo. Tenía la cara arrugada y unos ojos pequeños, que brillaban con un destello azulado producido por la bebida. Una rizada y blanca barba, que se tornaba amarillenta alrededor de su boca, le ocultaba casi toda la cara. Aquel viejo común era asqueroso y notó como se le revolvía el estómago. Para colmo, tosía de forma espasmódica sobre ella. Por un momento creyó que iba a vomitar.

Aún tambaleándose, caminó para alejarse de aquel sujeto que la repugnaba tan rápido como pudo. Estaba viva, seguramente porque cayó al canal, pero su júbilo por su supervivencia quedó ahogado en aquel lugar extraño.

-¿Qué demonios está pasando? ¿Qué lugar es éste? - a su alrededor las casas que colindaban al canal estaban plagadas de pequeñas tiendas que ofrecían entre un mundanal ruido un fuerte aroma a cerveza y pescado frito que hacía más denso el aire - Que Alma me proteja.

Pese a la noche la calle estaba muy concurrida. Cientos de personas, de toda clase y raza, avanzaban con paso lento, apartándose lo justo para no pisar a la accidentada y dedicarle una mirada de extrañeza en algunos casos al fijarse en sus ropajes que nada tenían que ver con la ropa propia de telares industrializados de tonos apagados. Probablemente ni reparaban en que era una doalfar.

En ese momento un agudo dolor le recorrió el pie. No se había dado cuenta, pero iba descalza y sin querer había pisado un cristal roto de alguna botella que le había hecho un corte bastante profundo. Cayó al suelo de nuevo sobre un charco que la salpicó de barro. El dolor se volvió más intenso y se apretó el pie con la mano para calmarlo y detener la hemorragia. Rompió un jirón del gran pañuelo que envolvía su cintura e improvisó un vendaje mientras el frío de la noche le calaba en los huesos.

Estaba completamente atemorizada. Sus piernas ya no le respondían y notaba como poco a poco le abandonaban las fuerzas. Su cuerpo entumecía y empezó a tiritar, no sabía si de miedo, de frío o de cansancio. Poco importaba. Puede que la caída no la hubiera matado, pero puede que lo hiciera allí abandonada, bajo un cielo que ni siquiera podía ver, rodeada de extraños, en una sucia callejuela. No tenía fuerzas ni para llorar.

Su cuerpo se estremeció, pero no tenía fuerzas ni para chillar, cuando alguien que se le había acercado sin que se percatara la sujetó de la muñeca. Era un hombre vestido con un uniforme de color azul grisáceo, parecía de algún tipo de cuerpo de guardia o militar.

- De baest Günt?

Apenas podía distinguirlo, sólo una sonrisa afable y una mirada cálida que la tranquilizó lo justo para concentrarse en entender el idioma de los tirenses.

- ¿Puedo ayudarla?… Señorita, ¿qué le ha pasado? - ella no era capaz de articular ya palabra - Soy de la guardia urbana, no se preocupe.

Eliel movió la cabeza en gesto afirmativo justo antes de que sus párpados cayeran sobre sus agotados ojos. No supo qué más dijo aquél común, puesto que su mente al fin alcanzó su anhelada inconsciencia.

"Destinos entrelazados"