1 de abril de 2014

Capítulo 2: La danza de las sombras

Adriem era incapaz de sentarse, estaba demasiado intranquilo como para quedarse quieto. Se limitaba a dar vueltas enfrente de la mesa. La chaqueta del uniforme se secaba al calor de la lumbre y había optado por dejarse los tirantes caídos y quedarse en camiseta. No sabía si sudaba por el calor de la cocina o por los nervios de haberse saltado el código de la guardia.

Centró de nuevo su atención en la muchacha que le hablaba sentada en la mesa, indudablemente más serena que él.

- Me hubiera parecido muy bien que te trajeras un ligue, tal vez un amigo, o alguna vieja conocida... Pero ¿subir a tu habitación a una desconocida? Deberías haberla llevado al cuartel, y que allí se encargaran de ella.

- No... lo siento, estaba muy asustada. No quería llevarla directamente para que la acribillasen a preguntas. Es una doalfar, probablemente de la Confederación de Kresaar, y ya sabes cómo los tratan; en su estado sería muy traumático. Es mejor dejar que se recupere y luego ya haré lo que tenga que hacer. - se sentó al fin en la silla, afligido - Lo siento, Dythjui, no es mi intención traerte problemas.

Sabía que la dueña de la posada no gustaba de imprevistos en su negocio, como era habitual, pero no sabía a quién más recurrir. 

Ella se recostó sobre la silla y suspiró - Tienes que ser más egoísta, Adriem. Este tipo de cosas te van a traer algún día muchos problemas - dijo a modo de sentencia.

Dythjui nunca le había confesado su edad, pero la chica era más joven que Adriem. Tenía el pelo negro con algunas mechas verdosas, recogido en una sencilla coleta alta. Vestía una camiseta de cuello alto bastante gruesa de color beige, combinada con unos pantalones granates y zapatos de cuero marrón. Rara vez la había visto arreglada, siempre llevaba ropa cómoda y funcional. Sus ojos grises y una complexión delgada, tal vez demasiado, remataban la curiosa estampa de la dueña de El Puente de Álsomon. Pese a que sus palabras solían estar cargadas de una madurez impropia de su juventud, según algunos era demasiada responsabilidad para ella el regentar aquella pequeña posada de apenas tres pisos, contando la buhardilla, situada a la sombra del gran puente de piedra y metal, del que tomaba el nombre, que unía los distritos tres y nueve.

Le había pedido que se reunieran con discreción, por lo que se habían sentado en una de las mesas, justo al lado de la despensa. La cocina  era grande y el salón donde se servirían en poco tiempo las comidas quedaba al otro lado, lejos de oídos indiscretos. Algunos clientes ya habían llegado y el guardia escuchaba de fondo como se entretenían con anécdotas del día regadas por buenas cervezas, a la espera de la cena. Es por ello que no tardaría en llegar Agnes, la cocinera, para empezar a preparar la comida a los parroquianos y huéspedes como él. 

La cocina poco tenía que destacar. Los fogones y la carbonera oscurecida por el uso ayudaban a que hiciera siempre calor en esa estancia y los fregaderos, así como las dos amplias mesas parar preparar los platos permanecían aun limpios. Al lado de la puerta de servicio y bajo una ventana en la que arreciaba la fina lluvia, perlado el cristal, se amontonaban cajas con verduras, patatas y todo lo necesario para el menú de aquella noche. Él bien sabía que Agnes era una maniática de la limpieza, y los azulejos blancos, inmaculados, así lo atestiguaban bajo la vigas de madera oscura que sostenían el techo.

- Bien, aquí tienes, cincuenta escudos, eso cubrirá su estancia y las molestias que te pueda ocasionar hoy - dijo Adriem deslizando unas cuantas monedas sobre la mesa -. Creo que será más que suficiente por esta noche.

- Adoro tu generosidad, pero no hace falta. Eres cliente desde hace mucho, me conformo con que sigas siendo puntual en el pago de la habitación. - le empujó las monedas de vuelta hacia Adriem.

- De acuerdo, de acuerdo. - Sonrió agradecido, y se levantó de la silla. Su sueldo de guardia no le permitía hacer muchos desembolsos ni  lujos, así que pese a no ser cortés, no insistió -. Tengo que irme, Makien me está cubriendo el puesto, y ya le debo un favor. Más vale que vuelva a patrullar.

- Vale, pero ¿qué haré si despierta?

- Mmmm ¿sabes hablar doalí?

- ¿Acaso sabes?

Adriem se giró y le dedicó una sonrisa para luego salir de la estancia. Se medio tropezó con Agnes, que entraba en ese momento. Le dirigió una breve disculpa y siguió su camino. 

- Si todo tiene que estar atado a un plan ¿qué significa esto? - dijo Dythjui sin percatarse de la entrada de la cocinera.

- ¿El qué, Dythjui? -preguntó la recién llegada mientras sacudía el paraguas. Agnes era una mujer de unos cincuenta años, aunque ella nunca había dicho su edad. Tenía el pelo cobrizo, ondulado y no muy largo. Unos pequeños ojos oscuros, enmarcados por las arrugas propias de una persona acostumbrada a sonreír, miraban tras unas pequeñas gafas redondas de montura dorada.

- Nada, Agnes - dijo mientras se levantaba de la silla - Como siempre, Adriem y su manía de dejarlas frases a mitad.

- Ese muchacho siempre va con prisas. Aún me acuerdo de cuando tuvo que volver corriendo del trabajo porque le sentó mal el guiso que preparé. ¡Y no fue porque estuviera malo! - dijo con orgullo - Sino porque se lo comió en apenas cinco minutos.

Dythjui no pudo evitar reírse al recordar el aspecto tan pálido que tenía Adriem aquella vez. No pudo comer nada en dos días. Lo tuvo a base de sopas.

- Tienes razón. Tuve que cuidarle porque no quería ir a ver al doctor. Es como un niño.

- Lo que pasa es que trabaja demasiado. Debería dedicarse un poco de tiempo. -Agnes se enfundó el delantal que tenía guardado detrás de la barra-. Esta noche creo que voy a preparar unas buenas tortillas.

- Eso suena muy bien.

"La Torre del Reloj" (Tiria) - 2012



Sobre una de las colinas que había entre los canales del río Tir su paso por la ciudad se encontraba la Torre del Reloj, uno de los edificios más altos de la capital. Construida hacía doscientos años, se había edificado en conmemoración de la conquista de las provincias occidentales de Nilia y Kriss y, mucho antes, el lugar donde se firmó la paz tras la Gran Guerra que aconteció quinientos años atrás. Era un edificio de base octogonal de más de setenta y cinco metros de altura, dividido en quince plantas y culminado en un tejado puntiagudo. Bajo éste, cuatro enormes relojes, uno mirando a cada punto cardinal, señalaban con extraordinaria precisión la hora, flanqueados por elaboradas gárgolas retorcidas sobre la grisácea piedra. El antiguo sector dos, donde se hallaba esta construcción, pertenecía a una de las terrazas superiores, de estrechas callejuelas y casas muy antiguas.

Desde el campanario, situado sobre los relojes, se podía observar de forma privilegiada la capacidad de los hombres para dominar el terreno. La ciudad, majestuosa e intrincada, se ocultaba entre el humo y la lluvia. Sentado sobre el balaustre de uno de los ventanales, un doalfar de pelo castaño, largo hasta los hombros, refugiado en aquel lugar que nadie visitaba, contemplaba la ciudad dejando pasar las horas. Vestía una gabardina oscura, algo raída, sobre una camisa abotonada hasta el cuello y pantalones de cuero sobre los que enfundaba unas botas altas. El vaho de su respiración salía de su boca condensado por el frío de la noche. Pero su mirada estaba yendo más allá de la ciudad, hacía algo que sólo él sabía.
Se giró poco a poco ante la silenciosa visita. Había acabado acostumbrándose, pero nunca dejaba de molestarle que alguien penetrara en su soledad sin llamar a la puerta.

- Supongo que no traes buenas noticias. - se giró para ver a su visitante mientras encendía un pequeño farolillo para que lo alumbrara.

El muchacho con el uniforme del ferrocarril avanzaba entre la inmensa maquinaria de los relojes, hasta acercarse al ventanal, emergiendo de las sombras hacia la débil luz del farolillo. Su gesto era el de siempre, como si se estuviera riendo de un chiste muy personal. Avanzó en completo silencio y sin emitir vaho al respirar. Daba la sensación de que no estuviera allí.

- Digamos que la suerte ha jugado en nuestra contra, Zir-Idaraan - comentó, sacando una baraja de cartas de Mahoc de la manga - No hemos tenido buena mano - Las giró mostrando una jugada pésima, dos más cuatro, uno más uno y ninguna base.

El doalfar chasqueó la lengua. Odiaba la teatralidad con la que se comportaba siempre - Deja de hacer trucos de tahúr. Tenemos que encontrarla, no tendremos otra oportunidad así.

Hizo desaparecer la baraja, a la vez que su aspecto se fue retorciendo hasta convertirse en una joven de intensos ojos azules vestida de bufón, pero, en vez de vivos colores, su ropa era arlequinada en unos rombos blancos y negros. Tenía el cabello extremadamente claro, casi albino y era de baja estatura. Dos llamativos pendientes que imitaban la forma de un cascabel colgaban de sus orejas, en los que estaba grabada una siniestra cara con una sonrisa.

- Eres un aburrido – dijo con una exagerada expresión de desagrado.

- Por lo menos sabrás dónde está. - La situación era demasiado delicada para andarse atendiendo tonterías de arlequín.

- No, la verdad es que no. ¿Ningún mensaje de nuestro contacto? -dijo con una enorme sonrisa que mostró unos característicos caninos muy afilados.

- Lo último que sabía era el tren en el que venía, no ha llegado ninguna paloma más. Así que, si la has perdido, no sé qué haces aquí en vez de estar buscándola, estúpida. Al menos nadie te habrá visto, ¿verdad?

- No, Zir-Idaraan, no tienes por qué preocuparte por eso, nadie puede decir que me ha visto. - En ese momento, como si formaran parte de las mismísimas sombras, varios pares de ojos azules brillaron - No tendrás que esperar mucho más. Ninguna ciudad tiene secretos para mí.


Eliel abrió los ojos lentamente. Pensó que empezaba a ser una molestia no saber dónde iba a despertar. La habitación se hallaba en sombras. Las siluetas de una cómoda y un pequeño escritorio se perfilaban contra la pared, iluminados débilmente por la tenue luz de la luna llena, que se abría paso fugazmente entre las nubes. Estaba vestida con un camisón que no era suyo, pues le venía un poco estrecho a la altura del pecho y de las caderas, y su pie herido estaba vendado.

¿Qué había pasado? Aquel hombre la había ayudado. Era de la guardia de aquella extraña ciudad.

Se levantó cojeando poco a poco y miró por la ventana. Enfrente de la ventana se podía distinguir una acacia y una enorme cisterna de agua. Más allá brillaban las luces de las casas. Los adoquines reflejaban, debido a la reciente lluvia, la luz de las farolas. Un transeúnte, encogido como para protegerse del frío, caminaba a paso rápido.

Boceto desechado de la primera edición "El sueño" - 2006


En ese momento, a su espalda, se abrió la puerta.

- Vaya... espero no haberte despertado.

Dythjui se hallaba en el marco de la puerta, iluminada por la luz que venía del pasillo. Vestía una camisola que le llegaba hasta las rodillas y unos pantalones grises.

- Yo ... n ... no, acabo de despertarme -respondió Eliel, esforzándose en hablar un buen tírico pese a la modorra.

-Vaya, sabes hablar mi idioma. Menos mal, si no, no sabría cómo decirte las cosas. Me quitas un gran peso de encima. - Dicho esto, entró en la habitación con unas toallas limpias - Disculpa, con las prisas de antes no te dejé ropa de baño. - Se fijó en su pie bien vendado - ¿Qué tal te encuentras? ¿Cómo tienes el pie? Si quieres comer algo, dímelo, que hoy invita la casa.

Eliel se encontraba desconcertada por la arrolladora presencia de aquella común. ¿Qué clase de confianzas se estaba tomando? No sabía por qué, pero pese a todo, veía algo extrañamente familiar en ella, aunque no sabía exactamente el qué.

- ¿Dó ... dónde estoy? - dijo intentando dejar a un lado sus prejuicios. A fin de cuentas esa muchacha sólo pretendía ser amable.

- ¿Que dónde estás? Cariño, estás en la famosísima posada de El Puente de Álsomon. La más conocida y respetada del sector cinco. - dijo hinchando el pecho con orgullo.

-¿En ... en serio? - por supuesto nunca había oído hablar de tal posada.

- No, pero como publicidad no está mal, ¿eh? - dijo guiñándole un ojo.

Apenas sabía cómo tomarse a esa chiquilla común. ¿Le estaba tomando el pelo o sólo pretendía ser simpática? No estaba acostumbrada a ese comportamiento tan extrovertido y distendido, lejos de cualquier formalidad.

- Tienes suerte de que te encontrara Adriem. - prosiguió la común - Si no, a estas alturas estarías rellenando papeles en la comisaría y respondiendo a muchas preguntas. Aquí si no eres ciudadana, te ponen las cosas muy difíciles, y el trato… no es de lo mejor.

-¿Se llama Adriem el hombre que me ayudó? - Así que ese era el nombre de aquel guardia.

- Sí. Adriem Karid, sargento de la Guardia Urbana de la ciudad de Tiria. Originario de Puerto Victoria, veintitrés años y soltero. Un gran partido según muchas mujeres, pero es una lástima que sea tan tímido. Y un inquilino de esta posada desde hace tres años. ¿Deseas saber algo más?

Había recitado toda la información de seguido y casi sin respirar. No sabía ni por dónde empezar, ni donde estaba Puerto Victoria, ni… ¡No tenía ni idea! Con saber que se llamaba Adriem le bastaba.

- N ... no, no. - Eliel se ruborizó apabullada ante el desenfado con el que la trataba aquella desconocida.

Dythjui se acercó a la cama y encendió el quinqué de la mesita que proyectó una luz tenue que poco a poco, iba aclarando más la habitación.

- Pero he sido muy descortés, no me he presentado. Mi nombre es Dythjui Lezard. - dijo tendiendo la mano.

- Yo soy Eliel Van Desta de la Marca de Hannadiel - dudó unos instantes, no sabía qué hacer. Pero al final accedió a darle la mano tímidamente. Pese a que fuera una común, era su anfitriona.
- Jeje... que nombre más largo - mostró una sonrisa amplia y satisfecha ante el apretón de manos - ¿te importa si te llamo Eliel?

- No... no me importa. - «Total, una concesión más…»

- ¿Y Eli?

- Sí, sí me importa. - Una cosa era que la tuteara, pero tampoco era para darle tanta familiaridad como para usar un diminutivo.

En ese momento el estómago de Eliel decidió hablar por ella, demandando atención. Dythjui soltó una risa poco disimulada para mayor vergüenza de la invitada.

- Anda, vístete y baja. Te daré algo de cenar, creo que aún sobra algo.

Eliel  agachó la cabeza en muda afirmación. No podía negar que estaba hambrienta por muy educada que pretendiera ser. A fin de cuentas la casera se lo había tomado como mucha naturalidad. Ellos eran así de... simples.


-¡Mi zeñora Melizze, zeñora Melizze! - Una chiquilla mawler avanzaba de forma atolondrada por los pasillos encerados de la Catedral de las Luces. Las columnas se perdían en las lejanas bóvedas y las elaboradas vidrieras hacían honor al nombre de la catedral. Estatuas de antiguos y famosos sacerdotes y sacerdotisas observaban a los visitantes desde una posición privilegiada.

La mawler apenas tenía trece años. Vestía las ropas holgadas en blanco y azul propias de los novicios, adornadas con un estampado de la cruz aspada, signo de la Santa Orden. Tenía una sedosa cola y orejas puntiagudas, así como los ojos rasgados, rasgos felinos muy propios de su especie. Su pelo ondulado y oscuro brincaba al compás de su frenético trote. 

- Lani, te he dicho mil veces que no levantes la voz dentro de este sagrado lugar -respondió Melisse con tono de severa reprimenda al ver acercarse a su pupila con semejante falta de respeto.

- No seas así con la chiquilla, tú también fuiste novicia una vez. - El hombre tenía el pelo largo y moreno, recogido en una coleta larga. Aparentaba más de cuarenta años. Al igual que Melisse, vestía una túnica blanca y marrón, pero también llevaba una diadema de la cual colgaba un largo paño, con la cruz aspada bordada que, por detrás de su cabeza, le colgaba hasta casi la cintura, signo de su posición. 

Melisse era más joven pese a tener el mismo rango. Tenía el pelo rubio, recogido en un elaborado moño, y unos bellos ojos oscuros que reflejaban una mirada despierta e inteligente. Ambos se quedaron mirando a su bullicioso visitante.
- Perdonad, mi zeñora. Mi piod Dognar. - dijo haciendo una rápida reverencia.
- Prior Rognard - la corrigió amablemente, ante lo que Melisse suspiró, sabiendo de la infinita paciencia que tenía él siempre con la mawler. Los mawler, no estaban hechos para la vida en la ciudad, y su carácter difícilmente se amoldaba a los estrictos principios de la Santa Orden. Pero su padre era rico… y no sólo de Alma se vivía. Los burgueses siempre tenían el mundanal y necesario capital para colocar a sus infantes. Incluidos los mawler.

- Dizculpadme.

- ¿Qué quieres, Lani?

- Me ha enviado Zadiane para que te informe que ha habido una azcidente tedible en el tden en el que viajaba la vizita que ezperabas.

- ¿Te refieres a la novicia de los shaman? - se sobresaltó el prior.

- Zí, lamento decirle que hazta ahoda no han encontrado zupedvivientes - dijo cabizbaja la pequeña mawler.

- ¡Por Alma, eso es terrible! - añadió afligida Melisse.

- Eso es grave - Rognard se dio la vuelta mesándose la barbilla, tal y como acostumbraba a hacer siempre que algo le preocupaba - Lani, gracias, retírate, por favor.

Obedeciendo la orden hizo otra breve reverencia y se alejó, más sosegada, por el pasillo. Melisse, mientras, observaba al prior sabiendo que esperaba a que se quedaran a solas para hablar. Poco sabía del asunto de la shaman a excepción de que venía sólo por dos días, pero sabía por aquel silencio que la cosa era más grave que dos simples asesinatos y una desaparición.

- ¿Qué sucede Rognard? - en aquel momento el protocolo poco importaba y se limitó a hablar con franqueza.

- No lo sé. - tenía la mirada perdida, pensativa - No tengo ni idea. Nos habían enviado a esa doalfar para recoger sencillamente unos libros para el monasterio Coril. No se me avisó de nada más y de repente un accidente... puede ser una mera casualidad pero no me huele bien.

- ¿Ahora usan a sus novicias como mensajeras? No sabía que estaba en sus funciones - dio unos pasos hasta plantarse ante él y sacarlo de su ensimismamiento - ¿Qué libros?

Agito la mano restándole importancia - No es el motivo de nuestra preocupación, centrémonos en averiguar si ha sido un accidente. Tenemos que dar una explicación convincente a los shaman - se encogió de hombros – no se hasta donde puede alcanzar la gravedad del asunto.

- ¿Es hija de algún noble importante, tal vez? Si es así sería más un problema diplomático que nuestro.

No… Van Desta. Su apellido no pertenece a ninguna casa importante kresáica. Es más, nunca antes lo había escuchado.

¿Un sobrenombre, quizás?

- Es probable - reforzó la tesis del prior. A fin de cuentas pocas cosas mueven más el mundo que el dinero y si la chica era importante era fácil que utilizara un sobrenombre. Lo extraño seguía siendo que la enviaran a ella a Tiria, pues en el monasterio de Coril a bien seguro sabrían su verdadera identidad.

- Sólo yo, Salianne y tú sabéis de esto el tema de la novicia. Asegúrate de que la joven Lani mantenga el silencio y tratemos el tema con la máxima discreción - posó la mano sobre el hombro de ella en señal de confianza.

- También por parte de los shaman, ellos tienen más información si cabe.

- Si, pero ahí no puedo hacer nada. Enviaré a Salianne a que esté en contacto con la Guardia Urbana y la Milicia a la espera de cualquier novedad. Tú encárgate de rastrear la zona donde pudo desaparecer.

Recuperó el protocolo para hacerle una reverencia - Así lo haré, prior. - y abandonó la sala con paso rápido.

Mientras, Rognard se quedó en silencio, mirando cómo se iba la que hasta hacía poco había sido su aprendiza. Había llegado muy lejos, ya tenía su mismo estatus, pero pese a todo aun le quedaba mucho por aprender de ese mundo. Siempre había estado muy orgulloso de su determinación y si en alguien debía confiar era en ella. 

Ya completamente a solas su gesto se convirtió en una mueca de preocupación. Esperaba que no estuviera relacionado con los libros que había venido a buscar aquella novicia.



Las primeras luces violácea del alba comenzaba a entrar tímidamente por la ventana de la cocina. Dythjui ahogó un bostezo mientras acababa de recoger los platos que ya habían escurrido y se acercó a la mesa de la cocina donde comía a solas una meditabunda Eliel cuando sonó la cerradura de la entrada y las pisadas de unas botas que la casera ya conocía de sobra.

Adriem entró en la cocina aflojando el cinturón para dejar sus pertrechos sobre una de las sillas. El cinturón, una porra y un sable corto.

- Vaya, te has despertado - dijo a la doalfar con una sonrisa pese a su gesto de cansancio tras una noche entera de guardia - Soy Adriem, aunque supongo que mi casera ya te lo habrá dicho - dijo lanzando una mirada de complicidad a la susodicha - ¿Qué tal te encuentras, Eliel? 

La novicia levantó la cabeza y, por primera vez, pudo reparar en su rescatador. Empezaba a notársele la sombra de la barba en una cara de facciones suaves pero bien definidas y tez morena. Cada dos por tres tenía que apartarse el cabello de la cara que empezaba a necesitar un buen corte de pelo. Tenía un atractivo que no llamaba demasiado la atención, pero cuando sus ojos se cruzaron y rápidamente bajó la mirada para volver a concentrarse en el plato. Pero se quedaron grabado en su memoria. Aunque hubiera sido durante un instante, notó que aquellos ojos intensos y oscuros estaban llenos de una melancolía infinita.

- Casi no has tomado nada y eso que parecía que tuvieras hambre - dijo sentándose en la mesa la casera -. ¿No está bueno? 

- No es eso, lo siento, es que estoy preocupada. Le agradezco mucho su ayuda, guardia, pero me deben de estar buscando… aquel hombre... - Eliel se encogió, aun veía la sonrisa del asaltante del tren cuando cerraba los ojos. El miedo a sentirse acorralada, sola, perdida, la caída del puente... Todo se había quedado grabado a fuego en su memoria.

- ¿Qué hombre? - preguntó Adriem acercándose al lado de ella con gesto de preocupación.

- Sí... yo... esto... - Se quedó callada. Pero ¿qué hacía? ¿Por qué tanta confianza con esos comunes que apenas conocía?  - Verás... - las palabras se le atragantaban por los recuerdos -, yo venía aquí para recoger unos libros...


Necesitaba quitarse aquella presión en el pecho y para ello se dejó de formalidades y contó su historia. Si sus amigos la hubieran visto confesando sus miedos con alguien así se habrían reído de ella. Pero necesitaba que la escuchara alguien y ellos dos la había tratado muy bien pese a ser una extranjera. Sin duda mejor de lo que ella habría hecho si fuera al revés y no podría evitar sentirse culpable por ello.