Rognard observaba las últimas inscripciones de la duodécima Sacra Squela. Una enorme piedra de tres metros de altura que, junto con sus once hermanas, relataban la historia del mundo. Según se decía podían rivalizar en importancia con el mismísimo oráculo de Nara. Dispuestas en círculo en la enorme sala de mármol, los estudiosos intentaban descifrar las misteriosas inscripciones, pese a las altas horas de la madrugada que eran.
Unos pasos acelerados y marciales sacaron a Rognard de su ensimismamiento. Una pareja de soldados, con uniformes con bordados granates que lucían el escudo imperial, formaron a ambos lados de la entrada, mientras una delven, ataviada con la misma indumentaria, entraba con sus vivos ojos claros clavados en él.
- ¡Prior Rognard! ¡Estoy muy disgustada con su actitud, y sepa que el Emperador también!
- Comandante Alexa, siéntase como en su casa. No hace falta que llame a la puerta - respondió con educada ironía y una pronunciada reverencia.
- Ha llegado a mis oídos por la Guardia Urbana de la ciudad que ha habido problemas con una noble kresaica en la ciudad.
- Cierto es - Rognard la miró con indiferencia, sabiendo que, pese al temperamento de ella, como miembro de la Santa Orden era ajeno a su autoridad. Alexa era una mujer muy bella, de aspecto fiero y cuerpo atlético, de piel oscura y pelo rubio recortado por detrás, lo que dejaba al aire su nuca. Costaba creer que siendo tan joven, con apenas treinta y dos años, y mujer, hubiera alcanzado uno de los rangos militares más altos del imperio. Comandante de la Guardia Imperial.
- ¿Y por qué no se informó ni a nuestro ilustre Emperador ni al Senado?
- Querida comandante, no queríamos intranquilizar por algo que era nuestra responsabilidad, puesto que la noble era invitada de la Santa Orden. Se informó al Sumo Pontífice, por supuesto.
- Pero ¿es consciente del delicado momento por el que atraviesan las relaciones con Kresaar? Creo que no es muy consciente de el incidente que podría haber provocado... - entornó la mirada - ¿O tal vez si?
- A veces - dijo Rognard, girándose de nuevo hacia la Squela y fijándose en las líneas que estaba estudiando -, es mejor que no se sepan las cosas de las que aún no conocemos sus consecuencias.
- ¡Deje los juegos de palabras, prior, el hecho es que no informó a las autoridades! - Alexa dio un paso al frente, visiblemente airada - ¡Quiero respuestas! - su voz retumbó por la sala - Recuerde que aunque este suelo sea sagrado, pertece al Imperio y tiene obligaciones con él.
- No hay respuestas porque no las tengo. Tenga la amabilidad de abandonar esta sala, está molestando a la gente que aquí realiza el noble arte del estudio o el descanso. - la miró con desdén - Sólo me debo a Alma, señorita Alexa. Adiós.
- Escúdese en su posición si quiere, pero por mucho que pretenda ignorarme, o despreciarme, pero le prometo que volveremos a vernos las caras, prior. Estoy cansada de usted, no es la primera vez que se salta las leyes, y no me quiere como enemiga, se lo aseguro. - Dijo apretando los dientes para contener el tono de su voz. Se giró en redondo y abandonó la estancia acompañada de sus hombres, mientras Rognard añadió un último apunte a sus notas.
- ¿Acaso no lo somos ya, mi querida comandante? - murmuró el prior, consciente que la delven había oído sus palabras mientras se alejaba, y volviendo de nuevo a su estudio de la Squela.
