Las puertas estaban abiertas ante él. Sobre ellas rezaba la frase "tanto puede cegarte la luz, como ciego puedes estar en la oscuridad". Adriem percibía los latidos de su corazón como único sonido reinante en aquella oscura y ancestral sala que nunca antes había visto. Apenas era capaz de ver qué custodiaban aquellas dos grandes hojas mientras, con paso hipnótico, avanzó hacia ellas. Estaba preso del miedo, mas su cuerpo se movía solo.
Una voz atronó en sus oídos...
- ¿Cuántas veces vendrás a mí? ¿Tal vez tu respuesta sea distinta hoy? - La voz provenía de todas partes, y a la vez de ninguna.
Medio cegado, vio que unas cadenas negras como la noche se arrastraban por el suelo y que, como si de serpientes se tratasen, se deslizaban buscando retorcerse por su cuerpo. Asustado, Adriem dio media vuelta para salir de allí.
No había dado medio paso cuando se tropezó con alguien. Eliel.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - Hizo ademán de agarrarla para empezar a correr, pero ella se apartó y se se quedó mirándolo detenidamente.
Cuando se fijó en sus ojos, fríos, distantes, carentes de ningún sentimiento; se dio cuenta de que detrás no estaba la mujer que conocía pese a que era idéntica en todos los aspectos.
- ¡¿Quién eres tú?! - dijo, retrocediendo poco a poco. La presencia de aquella mujer le encogía el corazón y engullía incluso el miedo que había sentido a aquello que hubiera tras las puertas.
- No tengas miedo, no quiere hacerte ningún daño - dijo ella con voz suave. - por ahora. - empezó a caminar hacia él sin prisa.
Adriem fue retrocediendo hasta tocar la pared con la espalda. Acorralado, no era capaz de apartar la mirada de aquella extraña doalfar que se parecía tanto a Eliel. Su instinto le gritaba que huyera, pero la presencia de aquella extraña parecía que ocupaba toda la sala.
Ella se acercó hasta apoyar su cuerpo contra el suyo y le abrazó con fuerza. Un fortísimo escalofrío le recorrió todo el cuerpo al notar el frío contacto de su piel.
- Quédate aquí, olvídate de esa muñeca que quiere parecerse a mí - le dijo en un susurro sensual al oído -. Ella acabará encerrada en estas puertas y nunca más la recordarás. No tienes por qué sufrir.
Al saber que se refería a Eliel, se impuso a su propio miedo y la empujó con fuerza, tirándola al suelo. Ignorándola, miró las enormes hojas que poco a poco se iban cerrando.
- ¡No, espera! - corrió hacia las puertas pero unas cadenas le asieron de una pierna, tropezando y dándose de bruces contra el suelo. - ¡No! - las cadenas empezaron a recorrer su cuerpo, apretándole en un abrazo de frío metal.
La doalfar se puso ante él, pero ahora su aspecto era mucho más joven. Él trataba de avanzar, estirando el brazo en un vano intento de alcanzar las puertas, hasta que el pie de la niña, con una fuerza inusitada para alguien tan pequeño, le pisó y aplastó los dedos contra el suelo. Un grito de dolor escapó desde lo más profundo de sus entrañas al notar como se rompían los huesos de la mano.
- Eres incapaz de entenderlo. Eres cómo Arshius - levanto el pie y volvió a pisotearle la mano. Apretó los dientes y ahogó el grito de dolor - ¡Te pareces tanto que me das asco! ¡Muérete de una vez! ¡Desaparece! - Le empezó a golpear sin compasión.
Los ojos de Adriem, aún abrumados por el dolor de los golpes, vieron algo detrás de ella, en el centro de las puertas, justo antes de cerrarse… La bota de la niña le golpeó en la cara y algo crujió antes de volver todo oscuro, silencioso y sin dolor.