15 de abril de 2014

Capítulo 4: Un mundo no tan distinto

- Aquí tienes, cocido de la llanura - dijo Dythjui mientras le servía en un plato de barro a la hambrienta Eliel en la mesa de la cocina, ya que no podía dejar que los otros clientes la vieran - Es la especialidad de Agnes, la cocinera.

La doalfar se quedó mirando las alubias con verduras y pedazos de carne que nadaban en una espesa salsa. Se alejaba mucho de las ensaladas, sopas y pescados que comía en la escuela o en su casa y ese cocido ya se le estaba haciendo pesado antes de comerlo.

- No pongas esa cara. Es lo más típico de los alrededores. No has estado en una ciudad si no has probado su gastronomía.

- Es que no sé... parece muy... denso. - describió sin encontrar un adjetivo mejor.

- ¡Eso es energía! - dijo mientras oscilaba un dedo en señal de riña, guiñándole un ojo – ¡Aun éstas en edad de crecer!

- Ya tengo veintiocho años, no he de crecer más - dijo Eliel algo indignada. Esa común no tenía derecho a tratarla como a una cría cuando aparentaba tener poco más de la mitad de su edad.

- ¡¿Veintiocho?! ¡Válgame Alma, si creí que tendría diecisiete! - oyó a Agnes, que estaba escuchando desde la despensa.

- Los doalfar son como los delven, viven muchos años, así que crecen más lentamente - dijo Dythjui, aleccionando a su cocinera, que ya se había asomado por la puerta.

- ¡No me compares con un delven! - dijo Eliel muy enojada.

Adriem entró en la cocina vestido con ropa calle y cargando unas bolsas, algo que a la doalfar le resultó extraño, pero la camiseta los pantalones le sentaban mucho mejor que el uniforme.

- Buenos días. Espero no llegar tarde, me he dormido - Adriem miró a su alrededor y comprobó lo cargado que estaba el ambiente - ¿Se puede saber qué pasa?

- La señorita doalfar, que siente su orgullo herido - dijo Dythjui con desdén.

- Tú me has comparado con una delven. Por ese mismo hecho, en Kresaar se puede encarcelar a un común. – Eliel se cruzó de brazos levantando la barbilla en una postura muy digna.

Adriem dio un suspiro. En esa pose, la joven doalfar no podía negar su alta cuna. Pero daba igual el estatus que pudiera tener, en el Imperio se habían abolido hace más de doscientos años cualquier tipo de título nobiliario, así que, el hecho de ser noble, marqués o duque no era más que una preposición en el nombre si esto no iba acompañado de una gruesa cartera repleta de escudos. A fin de cuentas, en Tiria, tu posición social dependía de cuánto dinero tenías en el banco. La pobre no sabía cómo era vivir en esa ciudad

- Pues vas a tener que acostumbrarte – dijo Adriem mientras se servía un plato de cocido y se sentaba a la mesa – en Tíria vas a encontrarte con muchos. La provincia de Ilnoa está bien comunicada, así que es muy frecuente verles por esta ciudad para hacer negocios.

- Son traidores. Su reyezuelo decidió aliarse con los comunes en aquella desgraciada guerra civil. ¿Y todo para qué? ¿Para que su reino fuera independiente de Kresaar? ¿Para no tener nunca más señores? Fíjate ahora, sólo han conseguido ser vasallos de los humanos. Una “provincia”, como decís los imperiales. Diría que a los doalfar nos ha ido mejor siendo fieles a los dragones.

- Esa “provincia” – hizo hincapié Adriem en esa palabra – se formó por un pacto con Tiria hace muchos años y les otorga un autogobierno, leyes propias y es el único territorio del Imperio donde aún existen las antiguas castas nobles. Además, sus armeros equipan en exclusiva a todo el ejército imperial. Aquel pacto se firmó por unión de sangre entre las familias reales, así que en ningún momento Ilnoa ha perdido su identidad, sino que ha sabido encontrar su lugar dentro de este país.

- Tú no lo entiendes. Eran nuestros hermanos, gozaban de los mismos privilegios que nosotros y los dragones los tenían en alta estima. Hubo un alzamiento en el asedio de Sazel durante la guerra y fueron castigados por no mantener aquella posición, pero en vez de aceptarlo, que hubiera sido lo honorable, todo su pueblo decidió recurrir a las armas. Si aquello no hubiese ocurrido, la Guerra de las Lágrimas nunca habría empezado, hubiese sido una simple revuelta de los comunes como cualquier otra, y millones no hubieran perecido en vano.

9 de abril de 2014

Capítulo 3: Soñando por un mañana mejor

Los restos del tren estaban diseminados a lo largo de más de un kilómetro de vías cuyos carriles habían quedado retorcidos. La fría mañana había revelado con más claridad el caos de madera y hierros retorcidos que, según las primeras investigaciones, habían sido ocasionados por la rotura en uno de los bogie. La circulación había sido cortada y un par de grúas ayudaban a levantar los esqueletos desfigurados de los vagones que ya habían sido examinados minuciosamente lejos de cualquier mirada curiosa. Varios guardias rastreaban cada centímetro del vagón de primera clase en el que parecía, se había originado el fallo mecánico, para disgusto de los representantes de la compañía del ferrocarril que demandaban airadamente a dos oficiales de alto rango la celeridad en las investigaciones para la puesta en marcha de la línea lo antes posible. Pero sus quejas caían en oídos sordos pues el hecho de que en el vagón sobre el que se estaban centrando las investigaciones, algunos de los muertos presentaban extrañas heridas y cortes que no eran propias de los hierros retorcidos por el impacto al volcar. A parte de un doalfar kresáico que no venía listado en el acta de pasajeros.

Melisse, acompañada de un capitán de la Guardia Urbana, accedió al vagón con sumo cuidado de no entorpecer la labor de los agentes ni tropezar. Caminar por el pasillo inclinado era sumamente difícil. Al llegar al lugar donde yacían varios cadáveres no pudo evitar taparse la boca y la nariz con una de las mangas de su hábito para evitar el penetrante olor que venía de los cuerpos que se hallaban sobre sendos charcos de sangre. Un nudo se le hizo en el estómago al ver los múltiples cortes y desgarros que presentaban, en la mayoría de los casos, dejando sus tripas al aire.

- Comprenderá que esto es muy inusual, priora - le comentó el capitán - Procure no tocar nada, se lo ruego.

- Si, no se preocupe, Henry, se lo agradezco mucho. Sólo me tomará un momento. - apoyó la mano en el pecho - La diosa Alma los acoja.

- No quiero disgustarla con detalles, pero parece que quien fuera que hizo esto se ensañó con ellos cuando aún no se había producido el accidente. Lo extraño es que salvo el doalfar ninguna de las víctimas presenta heridas de autodefensa. Es como si estuvieran inconscientes o drogados cuando les asesinaron - A diferencia del resto, el capitán lucía bordado las iniciales G.U. en plateado y un par de líneas negras en su hombro derecho que le correspondía por rango. Era un hombre de mediana edad, con unas pronunciadas entradas y canas en los aladares. Un bigote corto perfilaba sus finos labios, enmarcados en un rostro anguloso y algo severo.

- ¿Ya tienen alguna pista? - No podía dejar de mirar aquellos cuerpos desfigurados - ¿Nadie ha visto nada?

- Me temo que poco por ahora. Los pocos supervivientes de los otros vagones que han podido testificar no oyeron nada antes del accidente - se rascó la cabeza pensativo - La única pista que tenemos fuera del tres es que localizaron al revisor al que le correspondía este trayecto, muerto en los baños de personal de la estación oeste del sector tres.

Para alivio de la priora, entre las víctimas, no estaba a la novicia kresáica, por lo que podría haber sobrevivido pero no quería preguntárselo directamente al oficial. No tardaría en presentarse por allí el Servicio Secreto Imperial a meter las narices y no quería que supieran aun de la joven - Haré cuanto esté en mi mano por ayudaros. Es sólo cuestión de tiempo que aparezca aquí algún delegado del gobierno cuestionando la capacidad de la guardia del sector o algo peor...

- Tengo a todos mis hombres trabajando en ello y ya me he ocupado de que los burócratas no metan las narices por el momento pero...  ¿qué puede hacer al respecto?

Merise sacó de un bolsillo de su hábito una pequeña caja de madera que contenía dos tizas - Le pediría que sus hombres me dejaran un poco de espacio, capitán.

1 de abril de 2014

Capítulo 2: La danza de las sombras

Adriem era incapaz de sentarse, estaba demasiado intranquilo como para quedarse quieto. Se limitaba a dar vueltas enfrente de la mesa. La chaqueta del uniforme se secaba al calor de la lumbre y había optado por dejarse los tirantes caídos y quedarse en camiseta. No sabía si sudaba por el calor de la cocina o por los nervios de haberse saltado el código de la guardia.

Centró de nuevo su atención en la muchacha que le hablaba sentada en la mesa, indudablemente más serena que él.

- Me hubiera parecido muy bien que te trajeras un ligue, tal vez un amigo, o alguna vieja conocida... Pero ¿subir a tu habitación a una desconocida? Deberías haberla llevado al cuartel, y que allí se encargaran de ella.

- No... lo siento, estaba muy asustada. No quería llevarla directamente para que la acribillasen a preguntas. Es una doalfar, probablemente de la Confederación de Kresaar, y ya sabes cómo los tratan; en su estado sería muy traumático. Es mejor dejar que se recupere y luego ya haré lo que tenga que hacer. - se sentó al fin en la silla, afligido - Lo siento, Dythjui, no es mi intención traerte problemas.

Sabía que la dueña de la posada no gustaba de imprevistos en su negocio, como era habitual, pero no sabía a quién más recurrir. 

Ella se recostó sobre la silla y suspiró - Tienes que ser más egoísta, Adriem. Este tipo de cosas te van a traer algún día muchos problemas - dijo a modo de sentencia.

Dythjui nunca le había confesado su edad, pero la chica era más joven que Adriem. Tenía el pelo negro con algunas mechas verdosas, recogido en una sencilla coleta alta. Vestía una camiseta de cuello alto bastante gruesa de color beige, combinada con unos pantalones granates y zapatos de cuero marrón. Rara vez la había visto arreglada, siempre llevaba ropa cómoda y funcional. Sus ojos grises y una complexión delgada, tal vez demasiado, remataban la curiosa estampa de la dueña de El Puente de Álsomon. Pese a que sus palabras solían estar cargadas de una madurez impropia de su juventud, según algunos era demasiada responsabilidad para ella el regentar aquella pequeña posada de apenas tres pisos, contando la buhardilla, situada a la sombra del gran puente de piedra y metal, del que tomaba el nombre, que unía los distritos tres y nueve.

Le había pedido que se reunieran con discreción, por lo que se habían sentado en una de las mesas, justo al lado de la despensa. La cocina  era grande y el salón donde se servirían en poco tiempo las comidas quedaba al otro lado, lejos de oídos indiscretos. Algunos clientes ya habían llegado y el guardia escuchaba de fondo como se entretenían con anécdotas del día regadas por buenas cervezas, a la espera de la cena. Es por ello que no tardaría en llegar Agnes, la cocinera, para empezar a preparar la comida a los parroquianos y huéspedes como él. 

La cocina poco tenía que destacar. Los fogones y la carbonera oscurecida por el uso ayudaban a que hiciera siempre calor en esa estancia y los fregaderos, así como las dos amplias mesas parar preparar los platos permanecían aun limpios. Al lado de la puerta de servicio y bajo una ventana en la que arreciaba la fina lluvia, perlado el cristal, se amontonaban cajas con verduras, patatas y todo lo necesario para el menú de aquella noche. Él bien sabía que Agnes era una maniática de la limpieza, y los azulejos blancos, inmaculados, así lo atestiguaban bajo la vigas de madera oscura que sostenían el techo.

- Bien, aquí tienes, cincuenta escudos, eso cubrirá su estancia y las molestias que te pueda ocasionar hoy - dijo Adriem deslizando unas cuantas monedas sobre la mesa -. Creo que será más que suficiente por esta noche.

- Adoro tu generosidad, pero no hace falta. Eres cliente desde hace mucho, me conformo con que sigas siendo puntual en el pago de la habitación. - le empujó las monedas de vuelta hacia Adriem.

- De acuerdo, de acuerdo. - Sonrió agradecido, y se levantó de la silla. Su sueldo de guardia no le permitía hacer muchos desembolsos ni  lujos, así que pese a no ser cortés, no insistió -. Tengo que irme, Makien me está cubriendo el puesto, y ya le debo un favor. Más vale que vuelva a patrullar.

- Vale, pero ¿qué haré si despierta?

- Mmmm ¿sabes hablar doalí?

- ¿Acaso tú sabes?

Adriem se giró y le dedicó una sonrisa para luego salir de la estancia. Se medio tropezó con Agnes, que entraba en ese momento. Le dirigió una breve disculpa y siguió su camino. 

- Si todo tiene que estar atado a un plan ¿qué significa esto? - dijo Dythjui sin percatarse de la entrada de la cocinera.

- ¿El qué, Dythjui? -preguntó la recién llegada mientras sacudía el paraguas. Agnes era una mujer de unos cincuenta años, aunque ella nunca había dicho su edad. Tenía el pelo cobrizo, ondulado y no muy largo. Unos pequeños ojos oscuros, enmarcados por las arrugas propias de una persona acostumbrada a sonreír, miraban tras unas pequeñas gafas redondas de montura dorada.

- Nada, Agnes - dijo mientras se levantaba de la silla - Como siempre, Adriem y su manía de dejarlas frases a mitad.

- Ese muchacho siempre va con prisas. Aún me acuerdo de cuando tuvo que volver corriendo del trabajo porque le sentó mal el guiso que preparé. ¡Y no fue porque estuviera malo! - dijo con orgullo - Sino porque se lo comió en apenas cinco minutos.

Dythjui no pudo evitar reírse al recordar el aspecto tan pálido que tenía Adriem aquella vez. No pudo comer nada en dos días. Lo tuvo a base de sopas.

- Tienes razón. Tuve que cuidarle porque no quería ir a ver al doctor. Es como un niño.

- Lo que pasa es que trabaja demasiado. Debería dedicarse un poco de tiempo. -Agnes se enfundó el delantal que tenía guardado detrás de la barra-. Esta noche creo que voy a preparar unas buenas tortillas.

- Eso suena muy bien.

"La Torre del Reloj" (Tiria) - 2012

26 de marzo de 2014

Capítulo 1: Los días en los que el destino se durmió


//Año 499 E.C. (Era Común)

El oráculo de Nara. Una enorme y ancestral maquinaria sobre la que se construyó hace siglos el templo del mismo nombre, enclavado entre altas cumbres. Recubierta por una bóveda la gran estancia circular parecía pequeña, pese a los diez metros de altura de sus gruesas paredes de piedra, en comparación con el complejo mecanismo de poleas, ruedas y aros metálicos unidos por raíles que giraban lenta y pesadamente provocando chirridos y crujidos que resonaban en la cámara. Una llama se enroscaba en el aire en el centro de los engranajes, ardiendo en tonos azulados en espiral formando una esfera casi perfecta, era el corazón de aquel artilugio cuyo origen se perdía a través del tiempo. Los enormes aros metálicos de color dorado tenían escritas complejas runas que brillaban al paso de los distintos indicadores.

El resto del lugar, en contraste, era de lo más austero. La piedra gris, que conformaba las paredes y el techo, mostraba vestigios de haber tenido en el pasado algún relieve o fresco, que habían terminado devorados por la humedad y el paso del tiempo. Tan sólo rompían la rutina de la piedra doce pequeños tragaluces que iluminaban según la hora del día uno de los signos zodiacales representados en el suelo y que aún se podían distinguir con claridad.

Debido a la monotonía de controlar día tras día aquel monumental artilugio, la shaman vigilaba ante sí las secuencias rúnicas de uno de los tres atriles que, a modo de puesto de control, monotorizando su óptimo funcionamiento. Su piel blanquecina cual porcelana, cabellos lacios y oscuros, así como rasgos delicados evidenciaba su pertenencia a la etnia “doalfar”. Llevaba remangada su amplia túnica blanca con bordados florales en plata, dejando al descubierto parte de sus brazos, donde llevaban inscritas diversas runas que reaccionaban con la maquinaria.

Ni siquiera miraba a sus otras dos compañeras que hacían la misma función en sus correspondientes puestos, el oráculo interpretaba cada una de las alteraciones del mundo, ininteligibles para cualquiera que no hubiera estudiado durante años su funcionamiento. Un conocimiento fuera del alcance de cualquier mortal.

Sentía cada pequeña variación, oscilaciones en aquella armonía que provenía de las runas, que parecían seguir una partitura escrita por la mismísima diosa creadora, Alma. Sin una sola pausa desde hacía cinco siglos inundaba aquella melodía el espíritu de quien se acercaba al oráculo...

Silencio

Abrió los ojos asustada ante el súbito vacío que sintió en su alma para comprobar cómo las runas de su atril se habían quedado congeladas, sólo movidas por alguna distorsión como si algo les estuviera interfiriendo. El miedo atenazó su corazón al ver como la enorme estructura se había detenido y la llama de su interior se desvanecía. Una a una cada runa se fue desvaneciendo dejando tras de sí un silencio siniestro. Ella fue consciente de la gravedad del asunto y, al igual que sus compañeras, miró con temor e incredulidad aquella maquinaria que se había detenido engranaje tras engranaje como un moribundo exhalando sus últimos alientos. La luz del mundo que daba calor y confianza a quienes lo habitaban se había apagado.

No acertó a decir nada. De sus labios no surgía palabra alguna, sólo un temblor en su cuerpo que apenas le permitió coordinar sus piernas para no tropezar mientras subía las escaleras para anunciar tan terrible acontecimiento.

Alma había callado su voz.



25 de marzo de 2014

Prólogo: Anoche tuve un sueño...



Anoche tuve un sueño:


 Vi tinieblas y ceniza cerniéndose sobre un bello campo de lanzas y flores.
En medio había una niña triste y sola, que lloraba cubierta por un manto de escamas.
Desconsolada, llamaba una y otra vez por sus nombres a personas que no conocía, pero a la vez añoraba.